domingo, abril 16, 2017

Viajar liviana.

Vuelvo al blog cada vez que siento que no quedan más refugios virtuales a la realidad sin infiltrar con cuestiones que deberíamos defender voz y cuerpo presentes. Vuelvo a mis papeles cada día porque sé que el destino del papel es degradarse y arder, como los cuerpos y la mente, y no quiero otro destino para mi palabra. Vuelvo a casa porque he crecido y devenido, de alguna forma, conservadora de lo poco que logré en la vida, al mismo tiempo que pienso cómo deshacerme de todo eso para empezar de nuevo. Vuelvo porque el retorno está en la misma esencia del ser humano, porque no hay resiliencia sin revisitar aquello que nos ha marcado, porque no entiendo otra manera de vivir. Todavía
Y vuelvo a mi pendular, a la búsqueda de comprensión que me lleva cada vez más lejos aunque no me aleje demasiado del mismo punto, como Verne, que sólo vio el mundo a través de sus lecturas, o Spyri, que entendió a las instituciones humanas como una extensión de su pequeña aldea suiza. 
Las claves de estas vacaciones: no soy perfecta y nunca lo seré, así que más me vale ajustar este mínimo atrezzo disponible y sacar lo mejor que pueda de allí, porque es mejor arder cuando ya estás consumida y no te queda nada más que ese vos que eras al nacer, la mínima potencia, el tanque vacío, la tierra baldía en la que crece una vara de ciprés lista para ser el árbol que no verá mi generación, sino, con suerte, las que sigan.
Quiero viajar liviana y dar hasta gastarme. 
Que no quede nada de mí, ni la ceniza ni el recuerdo.
Que en el lugar vacío crezca algo completamente distinto.

domingo, marzo 26, 2017

Perspectiva.

Si me devolvieran todo el tiempo que perdí en amargarme, viviría un par de años más de los que tengo destinados. 
Es un momento extraño que no puedo explicarle a nadie. Desparramo piezas otra vez. Una vieja costumbre para una nueva conducta. Haré lo que haya que hacer, no se pueden vivir todas las vidas. Me tomo estos meses como un sabático de incertidumbre y pruebo, fallo, vuelvo a probar. Encontré papeles viejos, una frase de mis veintipico: he sido buena y cobarde en lugar de mala y valiente. ¿En qué momento nos damos cuenta de que pasamos media vida equivocados? ¿Y qué se puede hacer con lo que queda? 
Palabras nunca sobran. 
Las mastico, las trago, como alguna vez tragué veneno ajeno. Depósito de almas. Doy vida y descarto, no puedo detenerme en un solo personaje, me ahogo. Peleo contra lo que quiero, después a favor. Soy un doble agente del deseo y el hambre. 

martes, febrero 28, 2017

Alerta naranja

Las cosas que quiero escribir en estos días reposan en el papel por la sencilla razón de que no encuentro el ánimo para sentarme a pasarlo. El tiempo frente a la computadora me resulta penoso cuando hace este calor. Las temperaturas subtropicales y yo no nos llevamos bien desde que tengo memoria. La sangre me quema, las tripas me arden. Tanto, que a veces fantaseo con cuchillos helados por todo el cuerpo. Sueño que me corto con esos cuchillos y dreno ácido, vapor sulfuroso, hasta quedar exangüe y fría. No puedo caminar ni correr, ni coger, ni bailar, ni siquiera comer con temperaturas arriba de los treinta grados. Aunque esté en un ambiente climatizado, el cuerpo sabe. Incluso en invierno me siento desnuda frente a la computadora para escribir y sudo a mares, desde la raíz del pelo hasta los tobillos. 
Hace años sueño que vivo en otras latitudes y cada cosa que hago tiene como único objetivo escapar del verano subtropical en el que pasé toda mi vida. Frío y silencio es todo lo que necesito. Frío y silencio. Frío y silencio. Frío y silencio. 

lunes, enero 02, 2017

Carta a Marius / 2

Un día empecé a escribirte y no paré. Hubo una noche entera que pasé despierta al teléfono por primera vez en la vida. Una tarde te pedí que no cortaras el Skype aunque me caía de sueño y tenías que seguir trabajando. Una madrugada te susurré lo que ya sabías y te oí responder "cagaste". Sonreí entre lágrimas. Luego viajé a verte. Padecimos todo un febrero. En marzo emergimos. Ese año fue vértigo y encierro. Las primeras discusiones, la convicción de que nuestro carácter nos haría alternativamente la vida imposible, e imposiblemente hermosa. Pasamos meses reconcentrados en nosotros mismos, entre largos silencios y charlas maratónicas. Reunimos unas pocas pertenencias, cambiamos de casa, pudimos hacer los viajes que siempre quisimos. Me partí en mil pedazos y los sostuviste a todos. Te quebraste e intenté hacer lo mismo que habías hecho para sanarme. Los miedos vinieron y se fueron, se van y vienen. Como los días, como olas. Vimos crecer a los niños, convertirse en adultos. Vimos nacer a otros niños. Empezamos proyectos que nos dimos el lujo de dejar en pausa como si fuéramos eternos, pensando que siempre hay tiempo, que si no es hoy será mañana. Un poco así somos las almas gastadas. Lo mejor siempre está al frente y la suerte favorece a la mente preparada. Deambulo por este extraño mundo que hace rato no transita nadie, casi puedo escuchar el eco de mis pasos. Todo esto, nuestra vida que discurre, me parece que empezó ayer nomás. No siento el cansancio de los años en el cuerpo ni en la mente. ¿Qué hacemos si un día amanecemos viejos sin habernos dado cuenta? pregunto, y contestás, con ojos llenos de vida y una sonrisa, nuestra cita preferida del Eclesiastés: "Todo tiene un tiempo bajo el sol". 
Y yo entiendo. Entiendo todo.