Hace tiempo, en una galaxia muy lejana...

Revisando posts viejos, me encontré con este y pensé que estaría bueno tomar el test otra vez a ver qué salía.

Como en aquella época todavía no tenía este blog para hacer testudeces, solía ser muy honesta en mis respuestas. Me asombré bastante aquella vez, pero ahora no.


This Is My Life, Rated
Life:
7.5
Mind:
7.1
Body:
7.3
Spirit:
7.4
Friends/Family:
7.4
Love:
9.1
Finance:
8.4
Take the Rate My Life Quiz


Creo que he mejorado, aunque (por supuessssto) no necesitaba re-hacer el test para darme cuenta. Nomás de curiosa ^_^


De Summers y Tomasitos

Bueno, finalmente vi "(500) Days of Summer". Miento si les digo que no tenía ganas de verla, aún si no me la hubieran recomendado tanto: las historias de desamor tienen ese qué se yo que siempre me causa curiosidad, sobre todo por la distancia que suelo ponerle a todas por igual ("eso a mí no me pasaría", por caso: ¡si habré pensado esto de chica!).
De todos modos, acá pasó algo raro. Por primera vez en mucho tiempo me encontré hablando a la pantalla, debatiendo en pareja sobre las situaciones que se presentaban y los paralelos en nuestras respectivas vidas. Riéndome y pensando un rato, más allá del hecho cinematográfico. Porque ¿para qué están las películas sino para movernos el piso, emocionarnos un poco, cambiarnos la vida?

En fin, que no pude evitar ponerme por momentos del lado de Zooey (Summer), porque alguna vez me tocó estar allí. Si bien no fui una heartless bitch todo el tiempo, sí que tuve episodios bitchy que todavía hoy me apenan (también mentiría si dijera que me arrepiento; la yo que fui me hizo la yo que soy. Entiendan: el karma existe).
Las heartless bitches lo son inevitablemente porque quieren el pan y la torta. Quieren divertirse sin consecuencias. Reclaman inconscientemente una revancha por siglos de machismo, de "yo te llamo", de ser las que sufren en silencio. Lo sepan o no, se creen las reivindicadoras de su género y están absolutamente convencidas de obrar de la única forma correcta, de no hacer nada con mala intención. Son inevitablemente egoístas, aunque comiencen mostrándose como personas generosas; al final de una relación siempre será "sálvese quien pueda, y si soy yo mejor".
Para ellas, quien avisa no traiciona. Entonces, cuando Tom recapitula sus sentimientos por Summer luego de la ruptura, puede concluir:
"O es un ser humano malo, miserable y sin alma...o un robot".

Pero a su vez, y luego de escuchar esta letanía de sufrimientos, una anónima cita a ciegas puede retrucarle a Tom:
"¿Ella nunca te traicionó? ¿Se aprovechó de tí en alguna manera? ¿Y te dijo desde el principio que no quería un novio?"

Claro que la neurosis de Tom es tan fuerte en este punto de la ruptura que será incapaz de tener la epifanía por sí mismo. Necesitará hacer todos los pasos del duelo, incluída la recaída. Ella, mientras tanto, rehará su vida ignorando deliberadamente los sentimientos de Tom, convencida de que está haciéndole un favor al conservarlo en su vida, porque total las cosas están muy claras... ¡Para ella!

Lo cierto es que es inevitable volverse Tom cuando el corazón se te hizo astillas y la persona que creías tu Felices Para Siempre te dice que no quiere verte más, o peor: te trata como a un amigo. Créanme: si no pasaron por esto todavía, aprenderán llegado el momento que la buena persona es aquella que los dejará ir, les librará de su presencia y les prohibirá todo contacto.
A la persona que buscó apurar el proceso pasando de media naranja cuchicuchi a BFF (mejores amigos por siempre) la recordarán mal, con una sensación de veneno en la boca del estómago, aún cuando el duelo esté más que superado: no conozco una sola persona que recuerde ese dolor sordo y amargo de lo inalcanzable (la expectativa que excede a la realidad) como algo positivo. A menos que sea un masoquista.

A esa persona que te expulsa de su vida en lo inmediato la recordarás bien, independientemente de lo hija de puta que la hayas sentido en ese momento. El tiempo todo lo cura. Todo. Incluso los corazones rotos.
Los seres humanos, como ya dije tantas veces, estamos hechos para la esperanza.

Para los que esperaban un análisis más propio de una cinéfila, les diría que me gustó pero no me encantó, y que sin dudas lo mejor de todo es lo logrado que está el equilibrio narrativo y los flashbacks-flashforwards. Y Zooey Deschanel me encanta. He dicho.

Darkest dreaming of a saturday's child...

Quienes frecuentan el blog hace un tiempo conocen de mi absoluta pasión por Dead Can Dance, This Mortal Coil, Cocteau Twins, etc, etc ... todas melodías muy alegres*. Y resulta que el otro día mientras miraba CSI por canal 9 (prácticamente es el único uso que tiene la televisión en casa los domingos) me encuentro con este señor:



E inmediatamente pensé en este otro señor:



De David Sylvian conozco muy poco, por ahora. Pero a Brendan Perry le aguanto los trapos hace un rato largo. También me encantan de él otros trabajos como éste y éste. El gothic-ambient me parte el mate. Me pongo a darle vueltas y vueltas, y siempre encuentro algo que me hace click en la cabeza. Y no es que haya demasiada complejidad o virtuosismo en esas composiciones (hay de todo, como en botica). ¿Viste cuando algo te pega en un punto personal y le habla a tus instintos? Eso es lo que me pasa con este tipo de melodías.

Vaya la advertencia: este no será el último post donde hable de música. Me andan rondando algunas asociaciones de lo más extrañas. Vaya mi reconocimiento a una que hace rato nos viene entreteniendo con este tipo de ejercicios (guiño-guiño).
También a ese que me cree un pequeño prodigio, sólo por tener buen oído; alguien que estimula esas cosas que siempre estuvieron en mí y me hacen tan bien.


*Léase irónicamente.


And now for something completely different: ya les dije que el calor no es lo mío, no? uf.

Silencio

Me cuesta imaginar la vida silenciosa. Poner la cabeza en pausa un instante cuando hay tanto ruido que atender es algo que experimentamos muy pocas veces. Sé que algunos fármacos consiguen un efecto similar al de una escafandra, alejando el ruido y alterando la percepción de una forma parecida a la del exceso de alcohol o drogas. Pero el silencio absoluto es algo tan precioso y perfecto que se diría un estado de ánimo antes que una objetivación de situaciones reales.

Al menos así me viene pasando desde que vivo un poco más lejos del campo que de la ciudad. La costumbre del silencio perfecto, o casi perfecto, se diluyó inevitablemente en la adaptación a ambientes más ruidosos. Tuve que reaprender ritmos de sueño, o acostumbrarme a llegar a la cama tan cansada que no hubiera frenazo de colectivo, alarma o guitarreada de vecinos borrachos a la madrugada capaz de despertarme. Recurrí al inefable aparatejo de radio y casette cuando el cansancio no era suficiente. Y de a poco me volví casi impermeable a los ruidos, incluso a los sonidos del equipo de música, en la necesidad de recuperar el espacio del silencio que sentía cada vez más inaccesible.

Creo que por una cuestión atávica estamos menos preparados para el silencio que para el ruido. Concentrémonos por el momento sólo en el murmullo exterior y no en el ruido blanco de las demás actividades en las que invertimos tiempo. Hoy por hoy, la ausencia de ruido inquieta antes que relajar.
Para algunos, el silencio es el espacio de la reflexión y del encuentro con uno mismo (me incluyo en este pensamiento); para muchos, ausencia de palabras o sonidos es incomodidad. Y para otros cuantos, el silencio es la prueba de fuego de las relaciones humanas. Quien es capaz de permanecer callado sin cargar el ambiente de una electricidad enervante es un raro objeto coleccionable, un amigo fetiche al que podemos recurrir cuando todo lo demás falla. Aunque, eventualmente, pase la magia y sus silencios se vuelvan incómodos; aquí no hay que engañarse: el problema es uno mismo, la falta de conexión propia con los silencios personales.

De cualquier manera no me apresuraría a juzgar a nadie por la forma en que llenan sus días de ruidos varios. Quien ha sabido callar para escucharse en momentos críticos comprenderá perfectamente si digo que muchas veces la mente es un pequeño infierno. Decidirse a recorrer los vericuetos de un edificio espiritual en ruinas, a bucear en las cavernas inexploradas de la psique, es tan duro como cualquier otra decisión vital más inmediata. Más aterrador, a veces, en tanto no hay certeza de qué encontraremos. Más incómodo, ya que no hay manera de culpar a otros. Cuando estás solo con tu alma, estás solo. Es intransferible. Se requiere de una enorme voluntad para internarse en ese núcleo de silencio, sin neurosis (otro ruido) y sin trampas. Reconocerse a sí mismo como alguien diferente a ese que se presenta ante el mundo. El silencio, la decisión del silencio, funcionaría como metáfora del verdadero Yo; el ego desnudo, sin intermediarios. Sin capas de música preferida, actividades diarias, ropa, status socioeconómico, gente relacionada, todo eso que hace que el otro crea conocernos. Todo eso que creemos que nos identifica.

A la vez (oh, paradoja) debería ser la decisión más sencilla de tomar. Uno puede saltar del adentro hacia el afuera y dejar de pensar(se) automáticamente, si así lo desea. O tal vez no. Tal vez la trampa sea ese delicado engranaje enganchado a nuestra conciencia que sigue girando aún cuando creemos estar a salvo, de regreso al ruido y a las distracciones diarias.

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Cita del día:

La vida tiene una problemática muy sencilla, tan sencilla que es casi pava: o vivís o te morís.
Estuve todos estos meses viendo por cuál de las dos me decidía. Y no fue fácil tomar la decisión porque cuando a uno le toca sufrir, quiere terminar con el dolor lo más rápido posible. Y en el dolor, uno es egoísta. Y además, el dolor nunca se puede compartir, ni siquiera acompañar. Entonces, uno está solo y dolido. Y está solo de verdad, como nunca antes. Y no le queda otra más que, en algún momento, decidir qué va a hacer.

Vontrier - Diarios Daneses

La Bohéme

A mis casi treinta sigo sin tener del todo claro cuál es la definición de bohemia, que en más de una ocasión me fue (creo que inmerecidamente) adjudicada. Claro, para los estándares de mi familia gringa, de clasemediatrabajadora, aspirante a propietaria de al menos un bien inmueble y cultora de la tranquilidad que dan el ahorro y la salud, probablemente yo sea lo más cercano a la bohemia que han conocido.


Esto viene un poco a cuento de que recién ahora tengo un trabajo formal, después de varios años de informalidad y adhonorenismo. Algunos de mis mejores amigos deben estar boyando entre la alegría por este inesperado golpe de buena fortuna y la sorpresa por el lugar donde terminé. Era más creíble que me quedara subsistiendo con lo mínimo y, quizá, tocando la guitarra en el subte como forma alternativa de ganarme la vida. O que empezara de nuevo, una mano atrás y otra adelante, en algún pueblito recóndito junto a las sierras o al mar.


Mis actuales compañeros de trabajo desconocen prácticamente todo lo que me define como persona. Apenas saben que soy una especie de multitasking con mucha energía, mayormente de buen humor (aunque con arranques de mal genio); que me gusta mucho caminar, comer y tomar cerveza, y que soy casi casada. Y que vengo del interior del país. Nada saben (no hay manera) de mis veleidades artísticas, el berretín de escribir, el placer diario de embriagarse con música, lectura y subgéneros basura (comics, animé, catch...).


Si bien este blog ha funcionado un poco como vidriera de esa forma de vida y de pensamiento a la que me permito vagamente adscribir, muchas cosas que no exhibo ni siquiera aquí podrían calificar también como "bohemia". Si tuviera que inventarme mi propia definición sería largo.


Sería ese vicio que no se me quitó con los años, de dividirme en dos para no ser mi trabajo, ni la forma en que me visto, ni mi charla convencional en la mesa de los domingos en familia. My own private citadel, con sus códigos inventados y su caos tempoespacial, con sus pliegues y ocultamientos.


Vivir en la ciudad como si no estuviera acá, pero estando. Transcurrir mientras aspiro a otra forma de vida donde pueda (podamos) cristalizar en la vida real ese espacio que sólo es real parte del tiempo. ¿Impracticable? No lo creo. Como el agua, tarde o temprano, la naturaleza del bohemio se abre paso y encuentra un cauce. Es un remanso cuando la vida te tira por lugares donde no querrías estar, o atravesando situaciones inevitables. Es lo que te obliga a moverte, a decir "no me quedo con esto, no me agoto en esto". Es tener un sueño más cada día, algo más para esperar del futuro. Es no bajar los brazos. Ser, por encima de todo; la forma más difícil de la coherencia. Duro de poner en palabras, porque siempre la acción define mejor. Con contradicciones y todo. Bohemia sería un continuo aprendizaje, no una etiqueta ni un compartimento estanco; me encantaría conocer a una persona pura bohemia. Todavía no me pasó.


Allí, en el blogroll de al lado, hay unos cuantos ejemplos de bohemians-to-be. En la ruta estamos, ellos y yo. A veces sueño que en un futuro fundamos una comuna anárquica y terminamos bailando y cantando alla RENT. Pero es mi propia proyección platónica. Como dice el roommie: después duermo y se me pasa.

Libertad por siempre. Qué hermoso sueño. Nunca termina...





(Acá hay una definición de bohemia accesible, aquí otra. Se aceptan correcciones y contribuciones).

Irritantes redescubrimientos veraniegos


- Amo los vestidos aunque me hagan lucir como un repollo incubando un embarazo. Vuelven a ser mis musts del verano.

- El carácter me cambia con el calor, aunque no quiera. Me vuelvo totalmente intratable e irritable, como un oso al que hubieran obligado a postergar la hibernación. No hay suficiente agua, no hay suficiente aire, y por sobre todas las cosas... sigue habiendo demasiada gente en Buenos Aires. 

- No respondo de mí si alguien hace sentir mal a quienes quiero. Cuidado con este grizzly chinchudo, que hacen treintaytodosgradoscentígrados, y no soy yo cuando me enojo.

Feliz 2010

En muchos sentidos, esta es la primera vez que formulo mi deseo a conciencia. Con total y absoluta conciencia de su extensión. 

Cuando empecé a escribir en este blog llevaba una carga, en cierto sentido. Esa carga ya no la tengo. Me eché algunas otras después, pero ninguna como aquella. Hace cuatro o cinco años había perdido el Norte y me sentía agobiada, miserable. Extra culposa. Encaré un camino de redención equivocado, porque en su transcurso no me perdoné a mí misma. Ahora pienso si todos los deseos que tuve desde ese momento hasta un tiempo después no tuvieron algún tipo de efecto rebote, y el bien que quise hacer se transmutó en daño. De todas maneras ya no importa.

No importa porque desde hace tres años, poco más o menos (parece mentira, ¡tanto y tan poco!) pasó algo que trastocó mi manera de ver el mundo. Reafirmó certezas que tomaba por intuiciones y derrumbó un par de ilusiones que había tomado por ciertas. De los golpes de la realidad salí rehecha y más dispuesta que nunca a no dejarme vencer de nuevo. Y este diario dejó de ser lo que era.

Hay registro de todos los cambios entre líneas. Los que estuvieron y están, desde el antes-durante y ahora, tienen un poco más de datos para entender esos cambios. Para mí, los altos y bajos están muy claros. Algunos me avergüenzan, pero elijo no tocar ni una coma.

A cambio, lavo la cara del blog (ah, las mujeres siempre hacemos algo drástico con la estética cuando queremos comunicar insignificancias sin usar las palabras) y dejo libre el deseo, absolutamente libre, para que los encuentre a todos ustedes. Los que leen y los que no leen. Los que saben y los que ignoran. Los que prefieren creer que no escribo en blogs. Los que me encontraron y me encontrarán por accidente. 

Lo que importa, siempre, va a estar muy dentro de mí. O sea, allá afuera. 

Donde los encuentro, tarde o temprano, a ustedes. Mis otros. A quienes he elegido llamar con toda humildad y respeto, mis amigos de la vida.

Namasté.

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Update: Lucy in the Sky, desde su San Martín de los Andes, lo dice mejor que yo. Y le agradezco. Comparto el deseo de ella con todos ustedes.