sábado, enero 09, 2016

Escape.

Hay que escapar. A donde sea. Hay que esconderse de la angustia, la tristeza, los impedimentos. Hay que escaparse, levantar un puñado de tierra del camino, morder el puño y enterarse de que más allá (mucho más lejos del último lugar que toca la vista) no espera nada.. Hay que correr, caminar, cojear, licuar los huesos en un último arrastrarse. Hay que viajar a las tierras exteriores. Son muchas voces a las que hacer caso, tantas que el hilo se tensa por los cuatro lados y sus subsidiarias estrangulan la sangre en todas las direcciones, como una telaraña rosa de los vientos. 
En la mente, una guadaña trasegando imposiciones. En la boca, una risa que se agranda. 
Y en el centro, resistiendo, las murallas.




viernes, noviembre 27, 2015

Otros ámbitos.

Estoy escribiendo algunas otras cositas en Medium
Y en Drive, el bloc de notas de la netbook, en el celular y las libretas viajeras, y también en el espacio entre neuronas cuando no tengo soporte.
Pretendo quedarme sin aliento para fin de año y cambiar el aire en el 2016 que nos espera acá nomás, a la vuelta.
Gracias por seguir leyendo.

domingo, septiembre 20, 2015

Veinte días


En estos veinte días sin escribir un cuento completo pasaron muchas cosas. Nació la hija de una amiga, supe que el sobrino por venir será varón, trabajé fuera de la oficina, empecé a correr, me propuse darle más bola al bajo y la guitarra, conocí a personas que solamente había leído, perdí la despedida de mi primo que ahora retoza en Nueva Zelanda, volví a escribir caminando. Me partí la frente varias veces, apreté los dientes y agaché la cabeza. Grité frente al espejo. Reviví viejas pesadillas. También intento empezar a sanar una vieja herida. Quiero exigirme un poco más. Acepto que aunque no sé cómo ni cuándo, ya sé qué y con quién. El futuro no es más que presente transcurriendo.
El proceso de aceptación es largo y tedioso, frustrante y esquivo. A veces me cierro, no puedo dar nada; no tengo más que unas ganas locas de desaparecer. Cerrar los ojos y que al abrirlos haya un vacío donde se arremolinan la lluvia, la nieve, el silencio. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté de pie sobre una roca frente al mar, temblando como una hoja que atraviesa el viento. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté frente al valle verde que veías con el corazón antes de alcanzar la cima de la montaña. Cerrar los ojos y que al abrirlos me haya convertido en una ballena a la deriva, con todo el mundo por delante. Cerrar los ojos y que al abrirlos sea un perro lobo con recuerdos del fuego amigo. Cerrar los ojos y que al abrirlos todo sea nuevo.

Estirar la mano. Encontrar tus dedos. Recordar cómo era ser humana.

sábado, agosto 01, 2015

ProyecToCuen

Empecé este tumblr por el mes de agosto con el propósito de escribir un cuento al día en una hora.

ProyecToCuen

Pueden leer el primer cuento aquí.
Y a ver qué va pasando mientras.

sábado, julio 04, 2015

Astillas

Se hizo de noche mientras tomábamos el último sorbo de exprimido. Ya no me latía el corazón como al principio, aunque sabía que él se iba en un rato nomás. ¿Qué otra excusa iba a poner para seguir hablando? 
Esperé tanto ese momento, contando los días como una presa. De febrero a abril había cambiado de trabajo, desarrollado una lumbalgia y caído en la más profunda de las tristezas. No guardo recuerdos después de la primera semana de marzo de 2004, cuando volví del festival de cine. Ahí lo pasé bien. Dos semanas antes de eso, él me había despertado llorando. 

Quería hablar. Yo lo amaba con esa voracidad de los veinte años y cada palabra que conseguí de él está grabada a fuego en mi memoria. Me senté con la espalda contra la pared, en esa cama descuajeringada que conocía mejor que ningún otro lugar del mundo porque él era mi mundo.
Y me dejó. Ahí mismo, abrazándome y llorando por primera vez. Qué fuerte era verlo llorar después de siete años de conocernos cada gesto. Fue una conversación muy breve en la que me limité a hacer gestos y monosílabos para no interrumpirlo. Acepté todo lo que dijo, no refuté nada. Lo único que podía pensar es "¿en qué fallé? ¿en qué fallé? ¿en qué fallé?", pero no conseguí articular un solo reclamo. Me dijo que ya no estaba enamorado, así que más no se podía hacer. ¿Qué importaba desde cuándo y por qué? 
El amor nos había separado al fin. 
Me pidió que no lo contactara más porque creía que no iba a poder resistir las ganas de verme si yo le dirigía la palabra. ¿Ni siquiera por mail o msn? Ni siquiera. Me logueé en el MSN en su computadora y le hice mirar mientras bloqueaba y eliminaba su contacto, el de sus familiares y amigos. Sonreí para darle ánimos en medio de las lágrimas y ahí, creo, me rompí. Una grieta fulera. Crac.
Era un sábado de verano y el calor dio la excusa perfecta para levantarse temprano. Creo que lo hizo para que no nos cruzáramos con nadie de su familia cuando saliéramos de la casa. Para que no vieran nuestros ojos rojos, como nunca habían visto u oído nada extraño entre nosotros. Me llevó a la estación de trenes en silencio y volvió a llorar cuando estacionó en la puerta. "Prometeme que vas a estar bien y no vas a hacer ninguna locura". Prometí, porque estaba muy convencida de que si bien ya no importaban un carajo ni la vida ni el futuro, era capaz de hacer por él lo que nunca haría por mí misma.
Ni siquiera me di vuelta a mirarlo por última vez porque ni bien cerré la puerta del 504 a mi espalda empecé a llorar con angustia, el pecho reventando de gemidos. Creí que me moría de dolor y me pareció tan injusto mostrárselo. Tan indigno. Corrí el tren, me subí a uno de los últimos vagones, me acurruqué junto a la ventana y quedé ciega al mundo. No escuchaba, no podía hablar, no hacía nada más que llorar porque no iba a escuchar su voz nunca más, no iba a poder tocarlo nunca más. 
Recuerdo que pensé muchas veces "ojalá me muera ahora".
El vidrio en el que apoyaba mi cabeza reventó a la salida de Ringuelet. Sentí el estruendo en el cráneo. Volví a la realidad porque los pocos pasajeros del vagón me rodeaban gesticulando y gritando. Miré la ventana, había un agujerito y astillas que se desprendieron un poco cuando me separé de ellas. No escuchaba lo que me decían. Sonreí y les dije que estaba bien. Debatieron brevemente que si piedrazo o balinazo mientras yo volvía a apoyar la cabeza en el exacto lugar del agujero. 
"Ahora no vas a llorar más" escuché. Y literalmente no volví a llorar. Crac. Los pedazos cayeron. Bajé en Constitución con un frío en las tripas que nunca había sentido antes. 

Se hace de noche y yo pienso en todo esto. Gracias a vos, aprendí a escuchar y a hablar. Aprendí a aceptarme, ¿qué importa si el resto del mundo no te entiende? ¿No estás mejor ahora que sos un bicho a los gritos, que cuando te hacías la chica Clueless? Sí, estoy mejor gracias a vos. Qué mal me hace mirarte a los ojos y saber que este amor nunca más será correspondido. Tu mano sobre la mía y esa sonrisa de alivio sincero porque ahora podemos vernos como amigos. 
"¿Viste que la distancia era mejor, al final?" Sí, la puta madre, era mejor. Procesé tu ausencia y en el camino me volví un fantasma. Mi familia ya no sabe quién soy. Estoy saliendo con un tipo porque necesito coger con alguien, querer a alguien, encaminar este quilombo que es mi vida y pretender que está todo bien. Pero justo ahora que pagás la cuenta y vamos hacia la puerta me doy cuenta hasta qué punto la tristeza agujereó el contenedor de mentiras, se colaron todas. Estoy vacía de verdades. Camino como un zombie y no paro de perder trocitos día a día. Como te perdí, me pierdo.
Una buena: ahora que no somos nada, por fin te puedo mentir. Y todo lo que ves cuando subís al auto y agitás la mano para despedirte es la mirada de una mujer que te quiere bien. Una mujer superada. Tu amiga. La realidad es que sigo vacía desde que te fuiste, que ese lugar no va a ocuparlo nadie y que ahora sé que se puede amar a alguien que no te corresponde, pero el precio es alto e innegociable.
Cómo iba a imaginar que ese frío en las tripas y la falta de lágrimas continuarían muchos años más. 

(abril de 2004)





Esperá, antes de que te vayas
tenés que saber cómo me siento mientras te vas
Entiendo que necesites algo de tiempo, 
un poco de soledad.
Esperá un poquito, antes de que te vayas
deberías saber ya que mi corazón es tuyo.
Sé que tenés que irte,
y puedo ver que no es fácil para vos, no.
Pero estaré aquí y sabé que mi alma
está siempre cerca tuyo.

Esperá, antes de que te vayas
tendrías que saber a esta altura
que te amo y que esperaré también.

Mueve la vid y las hojas caen,
derrama el vino y nuestros sueños se derrumban 
todo alrededor.
Las arenas del tiempo se deslizan entre mis dedos.
Vos y yo, los recuerdos que perduran
y perduran...
Ahora sé que solo puedo dejarte ir
y esperar un rato, volverás conmigo
y seremos los mismos viejos amigos de siempre.

Esperá, antes de que te vayas
tendrías que saber a esta altura
que te amo, y entonces te esperaré un rato
esperaré un tiempo
esperaré un tiempo
por tí.

sábado, abril 04, 2015

La tercera vida

Volvimos de viaje cuando todos se estaban yendo con una noticia muy triste a cuestas. En alguna parte de la ciudad que compartimos, esta vida se apaga y no hay mucho más por hacer. Una sonrisa y el puño cerrado, con el corazón apretado adentro y el resto es silencio.
La vida y la muerte sobrevuelan. Hay que estar muy adormecido para no sentirlo, muy metido en el trabajo o la rutina de los días, muy lejos de todo lo que se parezca a ser humanos. Cada vez que subo al auto me despido un poco de la vida porque en la ruta nunca se sabe. Nadie te va a cuidar allí. Ni el cinturón atado, ni toda la prudencia del que maneja te garantizan llegar a salvo cuando la premisa ajena es escapar. 
Allá, en el silencio, la vida y la muerte también me acarician. Ardía Chubut mientras nosotros parábamos en Río Negro. El silencio del bosque en otoño, casi sin gente, con algunos perros peleando por las noches como única banda sonora de estas vacaciones, me puso en contacto con las cosas que más quiero y necesito.

Esta noche de sábado, lejos de todo eso (una vez más), nuestro Getsemaní es la sensación inexorable de final. Un final que es todos los finales. La red invisible te hace eso. Sos un hilo al que hacen vibrar otros hilos. El tapiz es intrincado; la distancia no significa nada.
Los seres humanos valoramos muy poco la compañía, en realidad. Nos agrupamos en megalópolis para no escucharnos nunca, exacerbamos emociones en las redes sociales para no tener que abrazarnos cuando estamos frente a frente, presumimos de informados cuando hace años que no caminamos un milímetro por fuera de la línea de lo que mandan los poderosos de este mundo. 
No quiero pertenecer a este colectivo autómata al precio de perder mi humanidad.
Sí deseo, cada vez más fuerte, esta proximidad con el mundo que olvidamos de tanto anclar en el cemento.

Sensibilizados por la primera parte de nuestras vacaciones, decidimos usar los días que quedaban para recorrer la mayor cantidad de bosques posible. Hay un hilo común entre los anarquistas que nos configuran a él y a mí. Un hilo de silencio entretejido de árboles, insectos, aves, agua, tierra y piedra. Un silencio que tiene el olor del compost vegetal, la digna indiferencia de los coihues antiguos colapsados por las tormentas y de los gigantes verdes que se abrazan uno al otro mientras compiten por el sol.

Hay un hilo entre nosotros y el resto de los habitantes del bosque, los otros humanos que se escaparon del cemento y con los que interactuamos espontáneamente esos días, casi sin palabras. Ana, Adrián, Susana, Graciela, Edgardo, tantos otros cuyos nombres no pregunté y que no hicieron preguntas, tampoco. Ana, capaz de manejar veinte horas de ida y veinte de vuelta en un citroen hasta Córdoba para ver a una amiga que agoniza víctima del cáncer, apretarla en un abrazo y regresar enseguida porque siempre hay mucho por hacer. Adrián, que trabaja en silencio y apenas se anima a las sonrisas pero tiene el alma sensible a todo lo que respira. Edgardo, excéntrico chocolatero de costumbres exhuberantes, siempre firme en el único puesto de la feria que no cierra ningún día de la semana. Graciela, que llegó del litoral un verano y ya lleva cuatro inviernos seguidos en la Patagonia. Susana, que quiere morir de pie como los árboles haciendo lo que más le gusta.
Alguien me escribió el otro día "sos una especie de Henry David Thoreau femenina". Me dio vergüenza reconocer que no había leído nada de Thoreau, excepto citas sueltas. A mitad de este fin de semana largo llevo bien avanzado "Walden o la vida en los bosques", pero antes de eso caí rendida por el brevísimo repaso a los títulos y colofones de los libros. ¡"Caminar"! Siempre quise escribir un librito llamado Caminar para dejarlo de legado a mis niños. Más de dos siglos antes de mi propio nacimiento, sus amigos dijeron de Thoreau: "Caminar junto a él era un placer y un privilegio". 
Más allá de toda pulsión de ambición o deseo propio, sería lindo que el día que me muera haya un solo ser humano que pueda decir eso de mí.

jueves, marzo 12, 2015

Verano cruel

Chau no: hasta pronto. Te espero, te anhelo, te quiero.
Tengo que dejar de escribir porque en cualquier momento vendrán a pinchar esta burbuja hermosa en la que me metiste.
No quiero obsesionarme, pero todo en mí grita que ya deberías haber llamado. Quizá es la ansiedad, la puta necesidad de que llames, es tan raro que no hablemos por más de medio día. No quiero tener miedo de nada. Ahora el mundo se concentra en este miedo que me aprieta el pecho, ¿es esto el futuro?
Sin embargo...
De alguna forma, nos estamos salvando la vida. Gracias a vos, hoy sé que puedo esperar y también actuar. 
No voy a defraudarte porque no quiero defraudarte. Tengamos paciencia, seamos positivos. En el peor de los casos, mi incapacidad crónica para darle cierre a las cosas tomará unos días más de lo esperado. Cuándo, cuándo, cuándo. Ya sabés que mi problema no es el cómo, es el cuándo.
No es justo para nadie. Sé que no es justo. No soy ingenua: hay demasiadas cosas en juego. Todo pasó muy rápido y en muy poco tiempo. Cómo pedirte más de lo que ya estás dando. De los dos, el que más tiene por arriesgar sos vos. Pasé los veinticinco sin ninguna esperanza sobre el futuro y por primera vez tengo un norte; todo es posibilidad, todo es asombro, cualquier cosa juntos es más segura que la convicción más arraigada de esta misántropa en la que me convertí.
Van a ser difíciles los próximos días, cuando caiga en la cuenta de que ya no tengo tus abrazos, de que tu olor desaparece poco a poco de ese colchón donde caímos a disfrutarnos y devorarnos a pesar del calor. Anoche dormí en el piso en vez de la cama, en el colchón finito que conservaba para las visitas que nunca vienen, y que a partir de ahora ya no será para nadie. 
Estaba tan asustada cuando llegaste, tan nerviosa. Y sin embargo me hiciste olvidarlo todo en el tiempo que dura un viaje en taxi desde Retiro hasta Balvanera. Siento que no estoy a la altura de tu esfuerzo. No sé cómo agradecerte por estas horas preciosas robadas a la rutina. 
Como a cucharaditas el último resto de salsa del almuerzo que nos preparaste. Espero que me llames después de un día muy largo.
Ayer a esta misma hora estabas saliendo de casa.