viernes, febrero 24, 2012

Pasajeros del silencio

Esa mañana, Laura se tomó el Sarmiento. Igual que todas las mañanas. Un poco triste por el fin del fin de semana largo, un poco contenta de que fuera semana corta. Dejó atrás Haedo, Ramos, Ciudadela, Liniers... Los barquinazos eran los de siempre. Las frenadas, más o menos bruscas. Lo de siempre. Laura iba parada porque desde Moreno, la estación cabecera, el tren venía lleno. En Floresta, el tren casi no frenaba. Con la cabeza puesta en llegar temprano, ni se dio cuenta que la velocidad era mucha cuando llegaron al andén de Once. 
Laura iba en el primer vagón.
Se salvó porque estaba parada y se sostuvo con todas sus fuerzas de algún respaldo, pero el cuerpo se le combó en un segundo por la violencia del choque. 
Cuando reaccionó, ni siquiera se dio vuelta a ver cómo el techo se doblaba y comprimía por el peso del segundo vagón. Quiso salir, a cualquier precio.Estalló una ventana justo en el momento en que abrió la boca para gritar; tragó cristal roto, el marco le golpeó las piernas. Se cayó. La pisaron. Pudo levantarse. Logró salir, todavía no sabe cómo. Laura cuenta que vio gente sin piernas, con las piernas amputadas. Que la sangre. Que los gritos. El olor. 
El dolor.
Laura está en shock y no puede volver al trabajo porque no se anima a subirse al tren.

Ya pasaron dos días. 
En la radio, Ernesto Tenembaum editorializó: "Hay un silencio que crece". Es verdad: hasta el momento, ninguno de los miembros del poder ejecutivo nacional se expidió al respecto. Un par de ministros, carne para los cuervos. Y claro, un programa de televisión que salió a hacer análisis de medios, como si el grupo Clarín o Juan Pablo Varsky hubieran prohijado con fondos del Estado a los corruptos empresarios que dejaron que las vías del Sarmiento sean peligrosas para transitar a velocidades mayores a 30 km/h. Que dejaron a los trenes sin mantenimiento hasta que, en este miércoles fatídico, uno directamente no frenó.

Este silencio cobarde es un eslabón más de la cadena de ignorados. De nadies. De ciudadanos de segunda. Para un líder político, hace año y medio atrás, hubo "dolor nacional". Para un Flaco querido que se va, para cualquier ídolo de multitudes. Para los que enderezan lo roto, para los que pagan el impuesto que hace que el festejo del Bicentenario o las pompas fúnebres de un ex presidente sean memorables, sólo hay silencio oficial.
Los aullidos pasan por otro lado. Llámese redes sociales o el hall de Plaza Miserere. 

Cada muerte, cuando llega, es irreversible. Siempre quedan algunos a quienes les duela, como duelen todas las ausencias. El dolor de una persona a la que le arrancaron de un día para el otro a su ser más querido no tiene arreglo.
Lo que no es irreversible es el daño a futuro, porque si hay algo que las tragedias enseñan a los pueblos, es que se puede (y se debe) aprender. Actuar desde la prevención. Solucionar desde el reconocimiento del problema; por ahí se empieza.
En realidad, podríamos empezar hablando, pero no hablando por hablar, "al cuete", como decimos en el terruño. No hablar bolazos. No más de lo mismo. Y que las palabras lleven a los hechos. Y que nunca más, por favor. Nunca más, pero en serio. Nunca más esperar a más adelante. 
Lo que nos pasa hoy es el resultado de ayer, y lo que dejamos sin pagar hoy, se nos reclama con intereses mañana. 

Cuando los militantes ultrakirchneristas con los que trabajo me hablan de una nueva Eva, yo pienso en una mujer que, en esta coyuntura, se habría acercado a la estación a ayudar hasta el límite de sus fuerzas. En una mujer capaz de trabajar con un grupo de asistencia a familiares, en alguien con la capacidad de escuchar. En alguien para quien el sencillo gesto de tender una mano es lo más natural del mundo, aunque nunca alcance. Esa es, en parte, la Eva que tengo en mente.
Pero tenemos una dirigencia con la capacidad de reacción de un tren de TBA
No nos gobierna una estadista, sino una reina de hielo que comunica sin espontaneidad, calculadoramente y tarde. Siempre tarde.
Tenemos un vicepresidente tan cool que toca la guitarra eléctrica en eventos en vivo, tiene una espectacular novia-trofeo y una cuenta muy activa en Twitter. Pero que es incapaz de calzarse las zapatillas cancheras que gasta en un escenario para caminar junto al SAME, la Policía, los Bomberos o algunos familiares que piden que alguien dé la cara. 
Tenemos un ministro de Planificación con la cara de cemento, que sobrevivió a escándalos que en otro país (¿acá, en otra coyuntura?)  habrían descabezado gobiernos completos.
Tenemos una Justicia cómplice de empresarios corruptos y funcionarios prebendistas.
Tenemos medios oligofrénicos que instalan y desinstalan agenda con tanta y tan obscena rapidez que lo que ayer era bueno hoy es malo. Tenemos cada vez más burros, más sordos, más neuróticos que no quieren aprender, oír ni ver.

Lo más terrible de todo, tenemos anemia de acción. Nos estamos acostumbrando a dejarnos llevar a la rastra, a las patadas, porque creemos que la única que nos queda es gritar a tontas y locas mientras Algo Allá Afuera nos pone de cabeza, nos obliga a hacer cosas que no queremos, nos acorrala, nos mata. Y de a poco, también nos quedamos sin voz. Afónicos de tanto gritar, porque la inexpresividad en la cara del que nos arrastra nos convence de que nos hemos quedado mudos. O que ellos son sordos.

ES MENTIRA. Mentira que nos arrastren. Mentira que no podemos. Mentira que nos llevan y que no hay nada que hacer. Siempre se puede hacer algo, SIEMPRE. Allí están Famatina y Alumbrera de pie. Allí está Esquel. Allí están los Qom, la Asamblea de Gualeguaychú, los curas villeros, las Madres del Dolor, Susana Trimarco, La Alameda, Red Solidaria, cientos de comedores comunitarios, el Tren Alma, Médicos sin fronteras, tantos más que mi memoria ametralla. 
Lo único que puedo pedir en este momento es un poco de justicia. Y que las voces no se callen, ni ahora, ni nunca.

(Dedicado a esas manos que ya no se mueven para obrar, ni para acariciar).

jueves, febrero 09, 2012

Nosotros, los gordos

Sé que algunos de quienes todavía me leen aquí o en Twitter no me junan en Facebook, es difícil mantener todo así pegoteado en la vida, y más cuando una es la inconstante que es. Sin embargo, en algo me he mantenido constante los últimos meses: en mi propósito de llegar a terminar la tesis, la escritura, el plan de mudanza a mediano plazo (con todo y proyectos imbricados) y algo que me pone bastante más orgullosa a la luz de los rápidos resultados: mi cambio definitivo en la relación con la comida.
Todo esto lo pueden encontrar en Nosotros, los gordos; blog que empezamos casi casi con el año 2012 y que administramos con mi compañero de la vida. Allí contamos la experiencia que estamos transitando ahora mismo, veinte kilos menos después (yo: él, muchísimo más). Colgamos el programa de alimentación responsable que seguimos a rajatabla desde agosto de 2011, escribimos recetas propias y tips, linkeamos notas y noticias interesantes... Además, aceptamos comentarios, sugerencias y todo lo que quieran mandarnos. No pretendemos enseñar nada, sólo compartir una experiencia... Aunque yo creo también que esa experiencia de dos puede estar generando también algo de conciencia colectiva entre los lectores más fieles; hay un par de amigos transitando ya este mismo camino con buenos resultados.
Les invito, si gustan, a dar una vuelta. A hacerse seguidores, por qué no. Recomiéndenlo si les parece bien, si creen que hay alguien de su entorno que se pueda sentir identificado con la situación que vivimos nosotros, y tiene oportunidad de cambiar un poco su vida.
Todas las sugerencias y críticas serán atendidas y bienvenidas. Gracias por acompañarme también en esto.

martes, febrero 07, 2012

Soñadores y magos

Entramos al cine con la amenaza de la lluvia a lo lejos. El corte (mínimo) de la proyección cerca del final nos avisaba que la tormenta finalmente estaba sobre nosotros, allá afuera... esperándonos.
En la puerta, al salir, la gente de azúcar esperaba apretujada que los taxis pararan cerca del Gaumont. Caía (todavía cae) agua a baldes sobre las calles de Buenos Aires. Agua caliente. Vinimos sin paraguas, pero listos. Nos miramos agarrados de la mano, cómplices.
Y dejamos que las lágrimas se confundieran con las gotas y se fueran. Y reímos como niños mientras corríamos en la lluvia.

No es la primera vez que la magia del cine me acompaña más allá de la pantalla, transformándome.
Tampoco será la última. 
Gracias por permitirme seguir soñando.




(... También quiero hacerme viejita a tu lado. Mi mago.)

sábado, febrero 04, 2012

Aquellos días, estos días.

Mi cuerpo está cansado. Mi cabeza también. A veces no sé cuál de los dos cansancios tira más, pero le juego unas sotas a la cabeza. Después de todo y pese a la enorme ayuda que significó perder todo el sobrepeso que arrastraba hacía años, es verano: voy a sufrir el calor hasta el día que me muera, me revienta mucho más un día de calor que un día de limpieza. En cambio, la cabeza...
Cuerpo y mente concuerdan en una sola cosa en estos días: la nostalgia. Extrañar esos abrazos, aquellos momentos. Últimamente vivo de duelo en duelo, derrochando adioses que las muchas bienvenidas no llegan a compensar. Cada pieza de mi corazón que se pierde o cambia de sitio lo redefine todo. Todo. Por más que deje ciertas reflexiones para más tarde, los hechos (lo que es, en este momento: lo que está pasando) se imponen siempre en algún momento del día, usualmente el más inesperado. El más desequilibrante e inoportuno. Y tengo que apretar los dientes para no llorar, tengo que hacer fuerza para cambiar el carrete de película en mi cerebro. Tengo que tratar de poner en perspectiva todo lo que me pasa y vencer, todos los santos días, el impulso de hacer algo estúpido. Tengo que reírme o enojarme. Y todo es esfuerzo agotador que lastra mi energía. 
No tengo quejas, sí preguntas. Muchas preguntas, las de siempre y las nuevas. A veces me frustro mirando al costado y pensando cómo hacen algunas personas para que todo les resbale, para engañarse de manera tal que siempre el otro tiene la culpa y, por ende, ellas no tienen que hacerse cargo de nada. El otro, fue. Yo no puedo hacer eso. Será mi premio o mi castigo, no puedo. No tiene que ver con ser mi propia verdugo; tiene que ver con la asunción de responsabilidades que me corren en este duelo que no puedo resolver ni siquiera para mí, pero que gustosa arreglaría para todos.
No sé cómo decirle a esta persona todo lo que la extraño, lo que la necesito. Lo fuerte que la abrazaría y el gusto con el que me quedaría a su lado a arreglarle la vida si pudiera. No puedo decírselo, lo mataría. Le haría más daño del que ya tiene encima. Entonces, dejo que el silencio y la represión me maten un poquito para compensar. Me acostumbro (o eso intento) a sentirme permanentemente incómoda. Los años me prepararon para hacerme una idea de lo que iba a ser este trance, pero no para la forma de mis pensamientos y mis emociones hoy. De alguna manera, al dejar de ser la que era cuando empecé a armar este rompecabezas mental (ese what if que el paso del tiempo iba volviendo más lejano y difuso) las cosas quedaron congeladas y mi movimiento hace que hoy las descubra grotescas.
Como si le estuviera pasando a otra persona. Como si las personas del cuadro fueran reflejos, sombras en la cueva. Como si la situación fuera ficción, volver a tener diez años y representar frente al espejo las cosas que haría y que diría si tuviera el valor, si me dieran la oportunidad. 
Desarmada, cansada, con la guardia baja, vuelve la peor de las nostalgias. La más perversa de todas. 
Porque no puedo (no debo) extrañar aquello que nos destruyó a todos. 
Es que en el ayer estuvieron también tantas alegrías... La raíz de mis afectos reside allí. Mis afectos no han cambiado, aunque se hayan formado en un entorno enfermizo resultaron sanos y constructivos, con el paso del tiempo. Y la cabeza busca volver a ese momento (¿costumbre? ¿reflejo?) y automáticamente la regreso al presente para que no se distraiga. 
Alerta, Cass, alerta siempre. Por el bien de nuestra alma.
Por la sana nostalgia. 
Curá tu corazón, secá esas lágrimas.
Sigamos adelante. 

El pasado pasó.

viernes, febrero 03, 2012

Propias y ajenas que me ayudaron a sobrevivir los últimos años.


Si caminas por un sendero sin levantar polvo, entonces no estás caminando por un sendero. Cuando haces un cambio verdadero en tu vida, las cosas se mueven, los amigos cambian y la gente no siempre está contenta con tu crecimiento. Los senderos auténticos nunca son tranquilos. Hoy reconoce que, mientras avanzas en tu vida, no todo el mundo va a apoyarte. No tengas problema con eso. Y dale hacia adelante.

Hasta el más hijoputa tiene quien lo ame, o ama tanto a alguien que sería incluso capaz de dar su vida. Eso renueva mi fe en la humanidad. Pero no lo hace menos hijoputa. 
(Queridos conspiranoicos mitómanos compulsivos, muertos para mí desde el día en que revelaron su miseria: todo llega. Descanso en la certeza de que incluso quienes más los defienden descubrirán por fin lo dañinos que son, y así tendrán la patada en el orto que necesitan para empezar a movilizar un cambio auténtico en sus vidas).

El amor no se puede forzar. Se siente o no se siente. Nadie está obligado a dar amor, nadie merece amor por decreto. No es cuestión de méritos.

Lo que no te mata, te fortalece. Lo que te daña también puede curarte.

El verdadero valor no nace de la negación del miedo, sino de enfrentarse a él y vencerlo de un día a la vez.

Aunque parezca paradójico, asumir que tenés un lado oscuro, miserias y defectos no te hace peor persona; sólo pone en perspectiva qué tan lejos estás de ser la mejor persona posible. Si no sos consciente de esto, ¿cómo pretendés llegar a estar alguna vez a la altura de ese ideal? Poder verse tal como uno es, por vergonzoso o doloroso que sea, es una bendición. Es autocrítica; es la puerta abierta al cambio. 

La confianza de los demás es un bien invaluable. Ser una persona recta, honesta y de confianza, tarde o temprano tiene su recompensa.

Siempre se puede dar un poco más, un paso más. En el movimiento y el servicio están las claves de un espíritu libre.

Y en el final, el amor que recibes es igual al amor que das.


sábado, diciembre 24, 2011

Cosas que ganamos en el fuego

Desde que trabajo en horarios normales, en semanas laborables relativamente normales, los viernes volvieron a ser mis días preferidos. Los viernes me cae encima una carga de euforia tal que siento que podría hacer cualquier cosa. Esa omnipotencia imprudente de la post-adolescencia que me hace volar con el pensamiento y que me transfigura de felicidad pura.
Ayer fue uno de esos viernes de volar dentro de casa. Abrazada a él, mirando el techo, repasando pasados y presentes, llegando a conclusiones nuevas, sorprendiéndonos todavía por el camino recorrido y por todo lo que tenemos que conocer, reconocer en nosotros mismos...

"Nosotros". Hablar en plural es mi singular hace ya un tiempo, y por primera vez en la vida es un singular compartido. Com-partido. Con un par, alguien que es y no es yo misma. Alguien con quien discutir ideas contrapuestas, puntos de vista no siempre iguales, reacciones muy distintas a los mismos estímulos. Un hombre excepcional, tan imbricado en su lado femenino (lunar, intuitivo) como yo en mi lado masculino (solar, pragmático). No existe el perfect match, pero así como creo en las causalidades también me permito creer que es posible la afinidad armónica en una pareja.
Sólo tienen que ser capaces de detectarse. Pavada de tarea...
Hace algo así como cinco años, un avatar dejó palabras en este blog y pronto esas palabras rebasaron el Extraño Mundo. Con los e-mails, los mensajes, las maratónicas llamadas (que sólo nuestra memoria conserva) y las cartas en papel que nadie leerá jamás, podría escribirse gran parte de una historia colectiva que nos desborda y que continúa hasta hoy. Si esas palabras no hubieran encontrado un eco en mis propias palabras, el fuego que a él le encantaba encender para volar los puentes que el mundo le tendía nos habría agostado a los dos, consumiendo cualquier posibilidad de un futuro que por aquél entonces sólo podíamos soñar. Como quien escribe historias que son deseo loco, deseo puro, pero que no se atreve a realizar por algún recelo absurdo.
Qué par de pájaros, los dos... tener que aprender a vivir con la pólvora mojada, después de décadas de fuego devorador. El hombre que volaba los puentes y la mujer que convertía en cenizas todo lo que tocaba terminaron construyendo una ciudadela sin muros donde tiempo, espacio, estaciones, comunicación, vínculos, pareja, romance... son conceptos maleables que se resignifican sin cesar.
Dos que pasaron la vida separados y que al encontrarse descubrieron que hacía tiempo latían sincronizados, parados en medio de las ruinas de sus propios proyectos, respirando agitados con las manos todavía ennegrecidas y pensando "hasta aquí llegué, ahora empieza la Vida".
Cada uno trajo su equipaje y se sentó en el pasto a mirar al otro. Exhibimos obscenamente lo más feo de nuestra propia conciencia, nos estudiamos con cautela. Sacudimos la cabeza una y otra vez, perplejos de que los defectos no espantaran al otro. Y una noche cualquiera, las palabras que no queríamos decir sencillamente brotaron. Se materializaron, después de ser sombras planeando entre los escasos silencios de nuestras madrugadas.

Este 2011 nos agarró subiendo y bajando vertiginosamente, viviendo situaciones descolocantes. Mientras se afianzaba la felicidad del pequeño núcleo familiar, el círculo inmediato (familia, trabajo, amistades, obligaciones) sufría. Las ondas de choque de cada pequeña crisis buscaron nuestros pies y allí fue donde pudimos comprobar la fuerza de los cimientos. Nunca me sentí más segura de mí misma que ahora, cuando realmente pongo a prueba lo que aprendí con los años. Y por primera vez me permití felicitarme por haber sabido preservar mi energía a salvo de las pequeñas mezquindades: no la gasté en resentimientos, reproches, ni en un solo pensamiento para los fantasmas de mi placard. Dejé que los muertos enterraran a sus muertos y gané la fuerza para mantenerme en pie en medio del fuego.
Hice, de paso, una pequeña lista de cosas que no querría perder jamás y que poco tienen que ver con lo material, aunque sí (y mucho) con aquél mundo de palabras que aún desprovisto de soporte físico somos capaces de llevar con nosotros a donde sea que nos lleve la vida.

- Esta sensación increíble de compañerismo que me abre un infinito de potencialidades, no sólo día tras día sino en cada futuro posible.
- La intuición, cada vez más aguzada.
- La noción total de valor de las palabras y de los silencios
- La capacidad de asombro.
- La autocrítica, el autoconocimiento.
- Mi valiosa y nunca demasiado estimada inteligencia emocional.
- La convicción de que todo lo que se desea correctamente, se cumple (mucho antes de saber que existía algo llamado "ley de atracción", ya la había puesto a trabajar para mí, y hoy tengo en la mano resultados que ni siquiera esperaba...)
- La cortesía, la alegría de vivir.
- La introspectividad necesaria para rearmarme.
- El blindaje férreo contra el resentimiento.
- La esperanza, pura y dura, de que vale la pena pelear y resistir por algo, siempre.



The thundering waves are calling me home, unto you.
The pounding sea is calling me home, unto you.

viernes, diciembre 23, 2011

Buscando el lado brillante de la vida.


En estos días siento que me quejo de todo. Me quedo sin fuerzas, y no tiene nada que ver con el fin de año (o quizás sí, no voy a andar subestimando el poder de la acumulación). Tengo la mejor de las voluntades de encontrarme con seres muy queridos, y a la hora de enfrentar la calle, la posibilidad de un diálogo, me apichono entera. A veces paso rato largo mirando el techo con el libro que no puedo terminar entre las manos, o jugando al Bouncing Balls en Facebook, o intentando desarrollar ideas para mis ficciones, o bailando en el living, sola. Cualquier cosa con tal de no pisar la calle.
Cualquier cosa, con tal de quedarme un rato callada.
Yo me quejo, sí; pero en el fondo sé que soy una chica afortunada. Si no, ¿cómo se explica que me haya cruzado con el tipo más generoso que conozco (que se preocupa por mi bienestar físico y mental, banca mis quilombos y me ayuda a crecer), que nos amemos como adolescentes desde el primer día y que, encima, nos hayamos elegido mutuamente? Sin mencionar el hecho de que pasó desapercibido delante de las narices de todas esas mujeres que se pasan la vida buscando un hombre con sus exactas cualidades. 
Definitivamente, soy la persona desafortunada con más buena suerte del mundo.
Llegan estas fechas que cada vez significan menos para mí. No hay arbolitos ni pesebres en mi casa. No hay adornos navideños. En Nochebuena, celebraremos con una pizza casera pequeña, picadita, alguna bebida. Miraremos películas que nos gustan, leeremos, nos iremos a dormir como cualquier otro día.
Solos. En silencio.
Para exorcizar al año que se va y hacer fuerza por el que está llegando.