lunes, noviembre 06, 2023

Decir y volver a decir

Ya es noviembre. Tanto, todavía, por hacer, y tan poquito tiempo (y recursos). La pandemia terminó hace rato y no sólo no nos hizo mejores, sino que nos dejó de regalito una serie de subpandemias una peor que la otra, todas deshumanizantes. Impera el desprecio por el otro, cada vez es más maniqueo todo, la sensación de fin del mundo destruye cuerpos y mentes. Hay, como en todas las eras de todos los imperios desde el inicio de la civilización, quienes viven en su nube de pedos y no se enteran hasta que la muerte les respira en la nuca o les engarfia la cara. Hablábamos ayer sobre el desgaste de la supervivencia y cómo el espíritu, hambriento, pide más. Difícil no empantanarse en la frustración, más cuando un ciclo que parecía temporario se alarga indefinidamente. ¿Y si esto no cambia? ¿Vamos a vivir así para siempre sólo porque lo que hay al frente puede ser peor que lo que hay? 

Así las cosas, el país se dirime en una nueva elección y la cosa está más peluda que nunca. Oh, momento: esto ya lo viví. En 2015. Recuerdo que a partir de ese año fue todo encerrarse y caer en un pozo de oscuridad tremendo, mientras la mayoría de las amistades vivían en un cumpleañito sin calentarse siquiera en preguntar cómo estás. La angustia con la que fui a votar esa vez sabiendo que todo se iba al tacho. Y sobrevivimos. Argentina es un país tan generoso que siempre queda algo que los predadores y carroñeros puedan seguir rascando. Es un país tan enorme, tan lleno de gente hermosa y pujante que se puede reconstruir una y otra vez. Por eso los que nos van a hacer mierda son los de afuera, los que vengan a sobrevolar los despojos una vez que nos hayamos peleado entre nosotros de forma irreconciliable. Cuando tengamos anulada cualquier posibilidad de construir comunidad más allá de las diferencias, cuando estemos completamente obnubilados por el medio y el mensaje, seremos aniquilados. 

Siento que ya lloré todas las lágrimas y aún me queda tanto por llorar. A veces es la felicidad la que me abruma. ¿Es posible ser feliz sabiendo lo que depara el futuro? Sí, me digo una y otra vez. Sí. Hace algunos años vi Arrival por primera vez (véanla, háganse un favor) y si sigo llorando cada vez que empieza y al llegar a su clímax es por eso mismo. Brevísimas ráfagas de intensidad, preciosas como diamantes, pueden emerger en las situaciones más desesperadas. A eso me aferro con toda la fuerza de mi alma. 

Hay una negrura que me habita (más bien me constituye) y, a la manera de Ungóliant, sólo puedo contrarrestarla alimentándome del brillo de todas las cosas. Espacios, experiencias, seres vivos. Si puedo, si tengo cómo hacerlo, ¿a qué voy a esperar? ¿a que me abandonen las fuerzas? ¿a que mañana sea mejor o más propicio? Y esto vale para todo. Para avanzar y detenerse. Para tiempos de guerra y de paz. Para hacer y para esperar. Por suerte el instinto sigue alto, activo, lo único en mí que jamás duerme. Y el camino, el sinuoso y espléndido camino que hace a la felicidad misma, que a veces es la única felicidad posible. Escuchemos: 


martes, mayo 23, 2023

Hay que decir bien

 Una de las letanías que más escucho de un tiempo a esta parte es "hay que decir bien". A veces también la uso como fórmula cuando alguien que no me interesa me pregunta cómo estoy. En mi imaginario funciona como un modo más de la omisión, mi manera preferida de evadir, de hurtarle el cuerpo a la expresividad innecesaria. Somera y precisa, pero vaga al mismo tiempo. No digo bien para no falsear, tampoco diría mal porque soy de las personas afortunadas que tienen dónde caerse muerta en tiempos de zozobra. Y sobre todo aclarar que hay que decirlo, porque nadie que pregunte, por más que pregunte por compromiso o sin interés real, se toma a bien una mirada fija, un encogimiento de hombros, un llanto o un silencio como respuesta. 

Entonces, a la pregunta cómo estás / cómo va todo, hay que decir bien. Y una sonrisa al final, como un emoji, o un gesto chueco para matizar. Depende de qué lado cae el ánimo del día. Después, quedarse pensando en por qué estamos obligados a decir algo, o, yendo más lejos en la semántica: por qué hay que decir bien, biendecir, bendecir; cuando lo que en realidad quisiéramos es decir lo que nos salga de las tripas asqueadas, revueltas, envenenadas, alegres o cansinas. 

En fin. Ayer se me ocurrió poner en la otra red social que tengo una lista de cosas que levantan o mejoran la experiencia de lo humano (para mí), y se me ocurrió venir a escribirlas aquí. A veces el desánimo es demasiado como para recordarlas, así que no viene mal tenerlas a mano y, cada tanto, pegarles una editada.

Recetas para sentirse un poco bien cuando parece que todo va mal

- Prepararse algo rico para comer, o pedir algo si no te gusta cocinar 

- Obviamente siempre va a ser mejor cocinar, y siempre va a ser mucho mejor cocinar para otras personas. El proceso de elaborar la comida es de por sí una forma de auto cuidado muy potente.

- Organizar un encuentro con alguien que sea adecuado para transitar el momento. Ad: saber pedir ("necesito que nos juntemos para hacer X /Y", "quisiera verte pero no hablar", etc) 

- Caminar. Mucho tiempo. De ser posible, caminar por lugares abiertos y silenciosos, agrestes, en una hora en la que haya poca gente o nadie. Caminar bajo la lluvia, metiendo el celular, la plata o las llaves en una bolsita y usar sólo en caso de emergencia. Todo lo que se pueda hacer caminando, hacerlo caminando. 

- Tener alguien con quien caminar, hablando o en silencio, para poder recurrir a esa persona cada vez que sea necesario.

- Sentarse o recostarse en pasto, arena, tierra, agua. Estrujar el suelo con las manos.

- Una ducha prolongada o un baño de inmersión calentito, con música. 

- Romper el día yendo a un lugar nuevo, o haciendo algo que nunca hiciste. 

- Acariciar algún animal que esté predispuesto. Rodearse de animales todo lo que se pueda. 

- Escribir a vuelapluma, poner en palabras todo lo que pasa por la cabeza. Prender fuego al papel. 

-  Ir a un lugar tranquilo (un bar, un café) a beber algo rico y reconfortante mientras se toman notas en una libretita o se lee un libro.

- Leer. Buscar el próximo libro que apasione, absorba y transporte a otro mundo. Leer siempre consuela.

- Tocar un instrumento. Cantar si no se sabe tocar ningún instrumento. 

- Bailar. 

- Mirar películas confortables, esas que uno sabe que lo dejan en estado de gracia. Tener a mano una lista de esas películas para recurrir en caso de emergencia. Prepararse un buen bowl de pororó también ayuda.

- Buscar un lugar despejado y sin luces donde se pueda apreciar el cielo nocturno.

- Ir al cine en soledad.

- Procurar la compañía de los niños. 

- Encender un fuego de leña y quedarse mirando. 

- Elegir una tarea mecánica largamente postergada y emprenderla hasta el final (cambiar la ropa de estación, clasificar papeles, limpiar en profundidad un rincón de la casa, etc) 

- Dejar de mirar televisión, escuchar la radio y espiar redes sociales por uno o dos días.

- Partirse el alma llorando si hace falta. Recurrir a todas las conductas de autodestrucción posibles. Dinamitar los puentes, segar y roturar el entorno para que la vida pueda emerger después de tanta oscuridad. 

 

jueves, marzo 30, 2023

Todas, en todas partes, todo el tiempo

 (o cómo ser una y todas en una sola dimensión vital)

Volvieron los días más frescos y también un poco el impulso de escribir en los espacios que deja la vida para que la cabeza vomite. Esto va a ser largo e inarticulado, porque ya no grito nunca y casi no lloro, pero cuando lo hago me cuesta detenerme. Tengo problemas con el límite, o él los tiene conmigo, qué se yo. Terminó el verano, uno de los más largos y tortuosos que puedo recordar (pero al menos el factor humano no fue lo más pesado: eso se agradece siempre) y siento que me dejó una sensación de estrés postraumático peor que la pandemia. No, esta vez no es exageración. En estos días estoy saliendo más al patio, había dejado de ir con regularidad desde que descubrimos que murió el arbolito de palta después de casi cinco años de intensísimos cuidados. Lo vi languidecer semana a semana desde septiembre, a veces repuntando (qué cruel es la esperanza) pero en febrero ya no quiso más; las hojas amarillearon, ralearon y murieron, el tronco se ennegreció y quedó allí todo marzo, pasto para la enredadera que es una plaga que ahoga todo en el cerco, el monumento al esfuerzo en vano y la inconstancia. Ahora que veo ese árbol muerto, todavía de pie, ya sin esperanza alguna y recubierto de hojas verdes de plantas parásitas, y lo veo todos los días de mi vida cuando salgo a trabajar, a alimentar a los perros, levantar soretes o patrullar el estado de los tapiales, me crece una rabia enorme que no puedo canalizar del todo. Efervezco de ganas de arrasar todo lo que quedó chueco, amontonado, podrido o seco. Empiezo por donde puedo y cada tramo lleva dos etapas, a veces más, pero intento hacer las cosas minuciosamente para no tener que volver a pasar por la angustia de que todo retroceda veinte casilleros. Cortar el pasto, juntar una botella, desmalezar una porción de huerta, arrancar algunas guías de enredadera.

Dicen que volvió el dengue (spoiler: nunca se va) y de golpe recuperé las ganas de celebrar mi cumpleaños. Hacía más de diez años que no quería saber nada de reuniones ni festejos. Soy buena concurrente o asistente de celebraciones, pero pésima a la hora de ponerme en anfitriona o centro de atención. Milagrosamente me relajé, la pasé bien, todo salió como yo quería y ni siquiera pensé en lo que faltaba allí, en ese momento y espacio. Hace un tiempo no me concentro en todo lo que extraño (hacer, tener, experimentar). Algo que me dejó la pandemia es la certeza arrasadora de que cada encuentro con un ser querido puede ser el último, y que seguramente ya viví un montón de esos con gente que todavía está viva pero mañana o en tres, cinco, siete años por ahí no. Se me están hipertrofiando algunos hábitos que creía haber perdido, como contar números primos o hacer este gesto con los dedos de las manos cuando estoy tratando de no caer en mi comportamiento de fuga, o desenfocar los ojos, o fragmentarme en pedazos que están un poco a cuerpo presente y otro poco detrás de los ojos de mis animales, o en un lugar que nunca vi más que en mis sueños pero que por alguna razón me resulta más real que cualquier otro más transitado o mejor conocido. 

Capas y capas y capas de máscaras, máscaras, máscaras. Multicolor, queer, crisálida, niña vieja. La de ayer en el hoy y sólo accidentalmente en un mañana en que quede alguien para recordar que alguna vez caminé estos senderos, calenté esta silla, amé y fui amada, me rechazaron, odié, sané, hice y deshice cada átomo sin tener control de nada. La versión Heidi, Juan Bautista, Casandra, el Eremita, Laura Ingalls, el Berserker, la oscura Atenea ratón de biblioteca. Leo, recuerdo: la locura es poder ver más allá. Tal vez esta manera propia de estar en el mundo sea la única forma lúcida real; agarrada a todos los pedazos para que no se caigan (ni caer), sin negar uno solo de ellos. Asumir que no puedo esconderlos. Ceder al cansancio de la condición humana.

Es casi natural que a todos estos movimientos suceda la necesidad de volver a la palabra escrita. Yo, que no me concibo por fuera del lenguaje, llevo casi tres años sin leer o escribir al ritmo que solía hacerlo. Ese abandono empezó ni bien llegué a esta ciudad, paradójicamente el mismo lugar donde se originó mi compulsión lectoescritora (siempre quería escapar de algo, reducirme a la mínima expresión o desaparecer). Nuevas cuestiones más acuciantes tomaron el lugar que había hueco y lo llenaron. Rebalsé de otredad como nunca, quizá porque esta vez se trataba de Otros deseados, amados y esperados durante gran parte de mi vida. No sólo seres vivos, también intangibilidades: silencio, sonidos propios de la naturaleza, aromas, un espacio propio. Me di cuenta hasta qué punto la angustia había sido tan condición de mi existencia como la rabia o el dolor: su ausencia intermitente me descolocó, reubicó cuerpo y espíritu. Empecé cosas que no terminé, cosas que sí terminé, volví a ser amiga del trabajo de corrección y edición, volví a la poesía. Tengo trabajo y de a poco apunto a trabajar más tiempo en otras cosas que quisiera sean el verdadero trabajo de aquí hasta que muera (imposible pensar en jubilarse, imposible pensar más allá del próximo año).

Deseo a largo plazo y lleno esas esperas con fragmentos de otras vidas: otras yo, otros él, otros nosotros. Hay una idea que punza y se abre camino inorgánica, desordenadamente, sin apuro. ¿El mundo sabrá lo que se perdió si muero sin haber escrito una sola palabra de todo eso que palpita aquí adentro? Ni lo sabrá, ni le cambiará la suerte. Es exactamente igual si nace o no a los ojos de los otros. Esta idea me ayuda en gran parte a no poner más excusas. Vuelvo a leer, pues. A ver películas y series. A conversar con los demás. A salir a recitales y espacios abiertos. A limpiar una y otra vez el espacio propio donde alguna vez, en algún momento y lugar de esta o cualquiera de las otras vidas, la niña que no hacía ruido inaugure otra historia.

viernes, marzo 24, 2023

Funkytown



 

por Daniel Mucetti


Éramos los nuevos adolescentes, la sangre joven. Entre doce y trece años, trémulos todavía junto a los adultos pero muy alerta junto a otros adolescentes, listos para pertenecer: me recuerdo tirado al sol en malla al lado de la pileta municipal, mirándola a la Susy pelear con Ale como pendejos por cualquier estupidez y preguntarme cómo sería ella -o cómo sería yo- a los cuarenta años. Con arrugas, con experiencia, la voz grave; con el cuerpo diferente. Susy entonces era una petisa mandona y a esa edad prometía rajar la tierra en breve; pero vamos, es mi cerebro de reptil el que la describe habiéndola visto convertirse en una mujer por la que los hombres peleaban en los boliches. El cuerpo diferente, sigo, intentando imaginar cómo sería estar muy lejos de ese tiempo, adelante, lejos -también- de ese sol dorado y seductor que teníamos en aquella frontera interior, lejos de esos días perfectos en el exilio. Quería también saber cómo sería estar cuando llegara el Día de la Verdad en el que Videla sería descubierto por el mundo y castigado de manera ejemplar. Porque yo en la pileta, con Susy y Ale peleando, estaba silenciosamente obsesionado con la existencia de alguien capaz de hacer lo que hizo Videla a los ojos de todo el mundo mientras el tema era si Maradona y Ramón Díaz podían llegar a jugar juntos en la Selección Mayor, pero aún obedecía a mis viejos y no hablaba de esas cosas con nadie.

Éramos los nuevos adolescentes, los que se graduaron de la pubertad ese verano de 1980 en que sonaba Funkytown en un grabador, trayéndonos el mundo al lado de la pileta del Balneario Municipal de Merlo, San Luis, el actual lugar en el mundo en el que hice una adolescencia soñada y totalmente fuera de la planificación de mis viejos.

En ese mundo irreal y lejano que venía en cassettes que copiábamos hasta que apenas podías escuchar, moría públicamente John Lennon y la fiebre del sábado por la noche ya era música gastada: coincidentemente, nosotros éramos los primeros en tomar conciencia de que Argentina se estaba quedando atrás porque suspirábamos por todo, como tal vez hacían los chicos rusos orejeando a Occidente. Siempre había alguno en la escuela, en el barrio o en el pueblo que había ido a Miami y se había traído ataris, había escuchado The Boomtown Rats en lo de un primo en Inglaterra o te caía con una versión completa de The Wall, que tenía Another Brick in the Wall part II sin censurar y el solo final de Comfortably Numb, ambos expurgados por los inefables señores tijeras.


Mi familia llevaba casi un año exiliada en esa frontera interior; “un lugar donde está todo por hacerse”, le dijo una vecina que era nacida en Luyaba a mi vieja, “a ustedes les encantaría si están buscando algo tranquilo pero con futuro”. Claro que buscábamos algo tranquilo: cuando todos los compañeros de mi viejo empezaron a faltar a las reuniones hizo una replegada táctica. Dijo, y nos hizo decir en todos lados, que nos íbamos a Mendoza; amagó que rajábamos para el exterior con sus hermanos, a EEUU -sacamos pasaporte, visa y todo- y plop, desaparecimos en Merlo sin una palabra. No podía decirle a mis compañeros de escuela ni el día que me iba, pero a una compañera sí le dije porque creía que era mi novia. Tenía once.

Mi viejo me contó la historia de su militancia y el porqué estábamos ahí cuando supuso que “tenía edad para entender por qué rajamos”, a los dieciséis. Me interesaba la política y la historia de mi viejo, pero no podía entender mucho; más me interesaba Susy cuando salía de la gigantesca pileta del balneario municipal a la que seguíamos yendo todos los veranos, con los timbres duros por el agua fría de arroyo con que la Municipalidad llenaba la pileta. Evocaba imágenes más explícitas y con turgencias que no sé si se encuentran naturalmente en sus actuales cuarentaitantos, rezongona, flaca y de mirada triste como está en estos días, pobre Susy, fumadora empedernida.


El ataúd de Herminio y esa tarde del ‘83 en que ganó Alfonsín dividieron las aguas. La democracia nos traía la derrota de los genocidas, una derrota pírrica, y la obvia y sobreentendida corrección de la anomalía llamada Jorge Rafael Videla. A pesar de que el radicalismo había firmado virtualmente con la Junta su Comunicado Nº 1, tuve fe, había sido Balbín, y algunos decían que Alfonsín era distinto, pero para mí era un extraño porque la UCR era anatema en casa. Juicio a las Juntas, Nunca Más y CONADEP, estuve a punto de creer en Alfonsín. Pero sospechaba no por él, sospechaba porque no había un clamor popular que dijera “¿pero cómo pasó esto, quién fue el responsable?”. La horda indignada no aparecía. Pasaban los años y los reclamos eran paulatinamente mala prensa, apenas si algunas voces solitarias a mi alrededor con las que intercambiábamos incredulidad, sobre todo. Había ruido, pero no consecuencias proporcionales al crimen cometido. Hasta se hablaba de pacificar.


Qué mal me resultaron en esos años todos los intentos por usar los códigos con los que había vivido de chico, porque estaba sobreentrenado en peronismo setentoso y mi caja de herramientas para la política decía: “Hecha en los talleres clandestinos de la Tendencia”. Mi lista de fracasos en ese tema es notable:


  • En uno de los actos por las elecciones, en pleno fervor vivaperonístico -porque el primer intendente de la democracia recuperada en Merlo, y de cualquier otra, era peronista- se me ocurrió agarrar el micrófono y gritar “Viva Perón... carajo!”. Me escucharon todos: unas dos mil personas adentro del club y el resto del pueblo afuera, radical o lomo negro, que fue a ver porque éramos muchos para un pueblito de seis mil habitantes. Me sacaron el micrófono.
  • El papá de Susy me echó de la casa cuando la fui a visitar después de esa noche de fervor peroncho. Era antiperonista y relacionaba al PJ con todo lo que había pasado: Aramburu, Montoneros, Cámpora, los indultos, el León Herbívoro, Isabel y la Dictadura. “Pibe, yo lo estimo mucho, pero espere a que se me pase la bronca”, me dijo. Él me había hecho de Tigre porque el hijo le había salido de River.
  • Durante la campaña electoral en las que ganó Alfonsín conocí a una piba más grande que yo del Partido Humanista. Un día se me ocurrió, post polvo y con ánimo un tanto peleador, decirle que me parecía un error que su partido gastara toneladas de guita y militancia en el tema de la deuda externa y no hablara de los desaparecidos y las torturas. Casi nos agarramos a piñas. Pegaba duro.
  • Un día se armó una peña en la sede de la juventud del PJ de San Luis Capital, era un Congreso o algo, yo era uno de los más chicos. Apareció una guitarra y empezó a girar. Toqué Que se vayan ellos, de Piero y José. Se me quedaron todos mirando, silencio incómodo, alguien me sacó la guitarra y empezó a cantar algo de Los Olimareños. Tendría que haber cantado Sólo le pido a Dios o Funkytown.
  • En los tempranos años de cierta agrupación fui a ofrecerme. Mi idea era “hola, volví, no me conocen porque emigramos a San Luis y militaba allá pero en política, quiero militar acá, esta es mi historia”. Me mandaron de vuelta a mi provincia, allá seguro me iban a conocer. No les podía hacer entender que ya no era de allá, ni de acá, ni de ningún lugar; “Soy porteño yo también, viví allá pero volví”. Ellos estaban jugando a la orga y yo era un pelotudo del interior que no tenía idea. Igual no importaba, Videla seguía vivito y coleando y todo lo que se hacía para subrayarlo terminaba haciéndole olvidar el tema principal a la sociedad, que a esta altura era responsable tanto de lo que pasó en aquellos años negros como en los grises post dictadura.


Mi fracaso fue tan frustrante que al final me desentendí del tema y nunca pude realmente formar parte de un apedreo de genocidas; ni siquiera fui capaz de provocar en los demás la idea de que ese u otro castigo debía ser automático y justificado y que se estaba atrasando.

Me fui del peronismo con el indulto: fue una decisión que tomaron ellos. La mayoría se tragó el sapo. Quedé muy sorprendido por haberme sentido peronista alguna vez: comprendí cuán grande había sido su reculada durante la Dictadura y por qué todos todos agachaban la cabeza con el tema y bajaban la voz.

A mi generación de militancia le tocó ser la primera que creció a la sombra de ese silencio obvio, doloroso e indignante. La siguiente no tenía idea o no quiso tenerla. Los viejos estaban medio como “hablemos de otra cosa”, tratando de olvidar alguna incomodidad y los que habían realmente sido sus víctimas directas simplemente subordinaban la cuestión a la agenda partidaria -como mi viejo- que en los dos partidos grandes era “no meter bulla al pescado”. En esas idas y vueltas de la agenda partidaria, un día vino uno que no tenía nada para perder, el agridulce Néstor, y bajó el cuadro, empezaron los juicios por fin y llegó la muerte de Videla más o menos naturalmente y tarde. Casi llega demasiado tarde a la foto, no le dieron tiempo a Rodríguez Saá que tenía problemas de gobernabilidad más acuciantes.

También quedé afuera de todo eso, esta vez sin ninguna inocencia. No tengo doce años, ni dieciséis, tengo ahora sí, cuarenta y seis años. Tenía seis cuando Cámpora y Perón-Perón, siete cuando el golpe. Mi viejo murió con cincuenta y seis, en pleno menemato y con todos los militares indultados. Videla con casi noventa años y nunca vivió su condena como yo hubiera querido, pero ya no camina entre nosotros. El día de su muerte fue pura alegría, mi primera reacción antes de caer en la cuenta de que quizá ni yo viva tantos años como él y que yo venía esperando eso desde hacía tanto que ya había aprendido a vivir con Videla en el zapato.


Por las dudas y para que quede constancia, Susy nunca me dio pelota a pesar de los esfuerzos, como normalmente suele ocurrir, pero fuimos amigos; hoy apenas estamos en contacto gracias a Facebook. Ahi dice estar enamorada de CFK.

Leo en una reciente entrada en su muro, en ocasión de estas elecciones, una alusión al descenso del cuadro de Videla por Néstor.

Sonrío, triste.


(24 de marzo de 2014)