sábado, diciembre 24, 2011

Cosas que ganamos en el fuego

Desde que trabajo en horarios normales, en semanas laborables relativamente normales, los viernes volvieron a ser mis días preferidos. Los viernes me cae encima una carga de euforia tal que siento que podría hacer cualquier cosa. Esa omnipotencia imprudente de la post-adolescencia que me hace volar con el pensamiento y que me transfigura de felicidad pura.
Ayer fue uno de esos viernes de volar dentro de casa. Abrazada a él, mirando el techo, repasando pasados y presentes, llegando a conclusiones nuevas, sorprendiéndonos todavía por el camino recorrido y por todo lo que tenemos que conocer, reconocer en nosotros mismos...

"Nosotros". Hablar en plural es mi singular hace ya un tiempo, y por primera vez en la vida es un singular compartido. Com-partido. Con un par, alguien que es y no es yo misma. Alguien con quien discutir ideas contrapuestas, puntos de vista no siempre iguales, reacciones muy distintas a los mismos estímulos. Un hombre excepcional, tan imbricado en su lado femenino (lunar, intuitivo) como yo en mi lado masculino (solar, pragmático). No existe el perfect match, pero así como creo en las causalidades también me permito creer que es posible la afinidad armónica en una pareja.
Sólo tienen que ser capaces de detectarse. Pavada de tarea...
Hace algo así como cinco años, un avatar dejó palabras en este blog y pronto esas palabras rebasaron el Extraño Mundo. Con los e-mails, los mensajes, las maratónicas llamadas (que sólo nuestra memoria conserva) y las cartas en papel que nadie leerá jamás, podría escribirse gran parte de una historia colectiva que nos desborda y que continúa hasta hoy. Si esas palabras no hubieran encontrado un eco en mis propias palabras, el fuego que a él le encantaba encender para volar los puentes que el mundo le tendía nos habría agostado a los dos, consumiendo cualquier posibilidad de un futuro que por aquél entonces sólo podíamos soñar. Como quien escribe historias que son deseo loco, deseo puro, pero que no se atreve a realizar por algún recelo absurdo.
Qué par de pájaros, los dos... tener que aprender a vivir con la pólvora mojada, después de décadas de fuego devorador. El hombre que volaba los puentes y la mujer que convertía en cenizas todo lo que tocaba terminaron construyendo una ciudadela sin muros donde tiempo, espacio, estaciones, comunicación, vínculos, pareja, romance... son conceptos maleables que se resignifican sin cesar.
Dos que pasaron la vida separados y que al encontrarse descubrieron que hacía tiempo latían sincronizados, parados en medio de las ruinas de sus propios proyectos, respirando agitados con las manos todavía ennegrecidas y pensando "hasta aquí llegué, ahora empieza la Vida".
Cada uno trajo su equipaje y se sentó en el pasto a mirar al otro. Exhibimos obscenamente lo más feo de nuestra propia conciencia, nos estudiamos con cautela. Sacudimos la cabeza una y otra vez, perplejos de que los defectos no espantaran al otro. Y una noche cualquiera, las palabras que no queríamos decir sencillamente brotaron. Se materializaron, después de ser sombras planeando entre los escasos silencios de nuestras madrugadas.

Este 2011 nos agarró subiendo y bajando vertiginosamente, viviendo situaciones descolocantes. Mientras se afianzaba la felicidad del pequeño núcleo familiar, el círculo inmediato (familia, trabajo, amistades, obligaciones) sufría. Las ondas de choque de cada pequeña crisis buscaron nuestros pies y allí fue donde pudimos comprobar la fuerza de los cimientos. Nunca me sentí más segura de mí misma que ahora, cuando realmente pongo a prueba lo que aprendí con los años. Y por primera vez me permití felicitarme por haber sabido preservar mi energía a salvo de las pequeñas mezquindades: no la gasté en resentimientos, reproches, ni en un solo pensamiento para los fantasmas de mi placard. Dejé que los muertos enterraran a sus muertos y gané la fuerza para mantenerme en pie en medio del fuego.
Hice, de paso, una pequeña lista de cosas que no querría perder jamás y que poco tienen que ver con lo material, aunque sí (y mucho) con aquél mundo de palabras que aún desprovisto de soporte físico somos capaces de llevar con nosotros a donde sea que nos lleve la vida.

- Esta sensación increíble de compañerismo que me abre un infinito de potencialidades, no sólo día tras día sino en cada futuro posible.
- La intuición, cada vez más aguzada.
- La noción total de valor de las palabras y de los silencios
- La capacidad de asombro.
- La autocrítica, el autoconocimiento.
- Mi valiosa y nunca demasiado estimada inteligencia emocional.
- La convicción de que todo lo que se desea correctamente, se cumple (mucho antes de saber que existía algo llamado "ley de atracción", ya la había puesto a trabajar para mí, y hoy tengo en la mano resultados que ni siquiera esperaba...)
- La cortesía, la alegría de vivir.
- La introspectividad necesaria para rearmarme.
- El blindaje férreo contra el resentimiento.
- La esperanza, pura y dura, de que vale la pena pelear y resistir por algo, siempre.



The thundering waves are calling me home, unto you.
The pounding sea is calling me home, unto you.

viernes, diciembre 23, 2011

Buscando el lado brillante de la vida.


En estos días siento que me quejo de todo. Me quedo sin fuerzas, y no tiene nada que ver con el fin de año (o quizás sí, no voy a andar subestimando el poder de la acumulación). Tengo la mejor de las voluntades de encontrarme con seres muy queridos, y a la hora de enfrentar la calle, la posibilidad de un diálogo, me apichono entera. A veces paso rato largo mirando el techo con el libro que no puedo terminar entre las manos, o jugando al Bouncing Balls en Facebook, o intentando desarrollar ideas para mis ficciones, o bailando en el living, sola. Cualquier cosa con tal de no pisar la calle.
Cualquier cosa, con tal de quedarme un rato callada.
Yo me quejo, sí; pero en el fondo sé que soy una chica afortunada. Si no, ¿cómo se explica que me haya cruzado con el tipo más generoso que conozco (que se preocupa por mi bienestar físico y mental, banca mis quilombos y me ayuda a crecer), que nos amemos como adolescentes desde el primer día y que, encima, nos hayamos elegido mutuamente? Sin mencionar el hecho de que pasó desapercibido delante de las narices de todas esas mujeres que se pasan la vida buscando un hombre con sus exactas cualidades. 
Definitivamente, soy la persona desafortunada con más buena suerte del mundo.
Llegan estas fechas que cada vez significan menos para mí. No hay arbolitos ni pesebres en mi casa. No hay adornos navideños. En Nochebuena, celebraremos con una pizza casera pequeña, picadita, alguna bebida. Miraremos películas que nos gustan, leeremos, nos iremos a dormir como cualquier otro día.
Solos. En silencio.
Para exorcizar al año que se va y hacer fuerza por el que está llegando. 

domingo, diciembre 11, 2011

Voces

Necesito empezar a quitarme la angustia de los días. La piedra de la panza. Los sueños inquietantes de estas fechas. Las profecías de autocumplimiento. Necesito resignificar de nuevo este seudónimo, limitarlo a sus origenes (más juguetones que cargados de simbología), despegarme de este innato dramatismo que tiñe mis acciones. 
En estos días de mar y caminatas en los que sólo me llenaron vos y la naturaleza, en los que volvimos a enumerar cada proyecto para el año próximo, me sentí segura y bien afirmada sobre mis pies. En cada rutina sin desperdicio, en cada lectura silenciosa, yace la clave de este hogar que, como gitanos, nos llevamos a todas partes sin instalarlo en ninguna.
Pero llegan los finales, los pequeños cierres (la tormenta de anoche que me puso en disposición enfermiza, otra vez) y vuelve todo eso de lo que creía escaparme. Y entiendo, aunque lo sé todo el tiempo, que no se escapa de la pulsión de muerte aunque se viva intensamente enfocado a la pulsión de vida. Que no podemos seguir como si hubiéramos cerrado una etapa si todavía nuestros cuerpos y almas acusan la vivencia, las consecuencias, los estragos. 
Hace tanto tiempo que elegí no odiar que escucharte ayer hablando de los odios necesarios me puso todo en movimiento. Dijiste algo así como que la mejor forma de odio, la más eficaz, es la indiferencia: una suerte de olvido sostenido el tiempo suficiente para borrar al sujeto de cada fibra de la propia existencia. Que ese sujeto desespere por saber qué hizo para merecerlo, sabiendo que nunca se lo vas a decir. El odio perfecto, sin odio. 
A los odios necesarios, en cambio (decías) hay que alimentarlos cada día; son esos que no ameritan el olvido, que merecen una condena diaria y a conciencia. Así como, a conciencia, vamos borrando a los sujetos que nos mellaron, tenemos que recordar a quienes nos hirieron de muerte.
Hoy me toca estar a caballito de algo que no sé si es odio.... o bien, si lo es, no logro distinguir a quién va dirigido. Lo único que sé es que es un odio necesario, porque necesito resolverlo y darle un lugar concreto, para ser capaz, de una buena vez, de construir ese futuro que me espera. ¿Es hacia un quién o un qué? ¿Debo acotarlo en tiempo y espacio? Y después de todo, ¿Qué es mi odio sino una operación consciente nacida del peso de mi estómago, de la insoportable sensación de aplastamiento que me gana una y otra vez, como en oleadas, desde hace días? ¿Cómo racionalizar mi parte más animal, la que aúlla "huí" cuando, en realidad, debo quedarme? 
Aún quienes sabemos escucharnos a la perfección necesitamos un segundo de vacaciones de la voz que nos abruma. Y en mi cabeza conviven muchas voces, porque nunca le puse una mordaza a ninguna de mis yo. Porque sé que, aún concluídas como etapas cronológicas, la Cass-niña, la adolescente, la cínica, la depredadora, la conchuda, la escritora compulsiva y la cobarde hija sometida de mi padre todavía pueden aconsejarme qué carajo hacer cuando todo depende de mí, cuando siento que el peso del universo cayó sobre mis hombros.
Agarrarlas a todas de las manos y armonizarlas es un esfuerzo que vale la pena, pero que todavía me mata de cansancio. Todas quieren (queremos) llegar al mismo lugar, al mismo tiempo. Es el "cómo" el punto de fisura. Cuanto más me hablan, más reconcentrada y silenciosa me vuelvo; más aislada. Mi energía se concentra en un núcleo duro y bien escondido para que ellas puedan tomar de allí lo que precisan (precisamos). Todo lo que ven, queridos afuereños, en estos días es la sombra de la sombra de una mujer que se mueve, quizá un poco más lentamente que de costumbre, hacia la pulsión de vida, hacia los proyectos  soñados, hacia las buenas noticias y todo lo que pueda nutrirme. Hacia todo lo que me puede salvar de este peso que no quiero, pero que tampoco puedo evitar cargar. 
Porque si no lo hiciera, sería la peor versión de mí misma. Y si hay algo que sé, es que no quiero cargar con ese peso adicional por el mucho o poco tiempo que me quede.



jueves, noviembre 24, 2011

Me duele la cabeza. Es por pensar, nada más. Me duele tanto, ya no sé si es físico o una impresión de mi mente. Me duele y sólo puedo pensar en que tengo que comer y no quiero. Sólo quiero comer duraznos. Me termino los duraznos y me duele. Me recuesto en la cama y la taquicardia no me deja descansar. Me levanto y me duele la cabeza. Me duele tanto. Ahora, el estómago. Me duele la incertidumbre. La cocina huele a cebollas, vomito. Me duele la cabeza. Mañana es viernes. Me duele la conciencia de los otros. Me asqueo, me repulso. Ahora que estoy bien no, pienso; ahora que estoy bien, por favor no. Me duele la cabeza de las malas películas, la frivolidad la estupidez y la música de mierda que se escucha en estos días. Me retuerzo en mi propia debilidad y al mismo tiempo me congelo en una pose insensible. ¿Qué estoy sintiendo? ¿Es este dolor físico, psíquico, emocional o todos ellos juntos?
Nunca fui más yo misma que ahora.
Quizá no estaba preparada


todavía.

martes, noviembre 22, 2011

Elegidos

Un veinte de julio cualquiera, llegó a mi casilla de e-mail un correo electrónico inesperado. Primero, porque lo escribía mi hermana (reticente compulsiva, durante mucho tiempo, de las computadoras en general y de internet en particular); segundo, por el contenido. Me emocionó, aunque ninguna de esas palabras me era ajena; vengo de una familia en la que son más las cosas que se hablan que las que se callan.
Mi familia, básicamente: mamá, papá y mis hermanos. Pero siendo todavía una pre-adolescente, una epifanía me golpeó con la misma fuerza que la muerte, cuando empecé a tomar conciencia de ella. Mi verdadera familia eran mis hermanos. Mamá y papá, la circunstancia que nos había hecho posibles, eran los depositarios de un amor incuestionable; a mis hermanos los elegía día a día, como se elige al amor de tu vida. Ellos fueron mi primer amor racional, mi primer afecto genuinamente humano. Mis primeros amigos. Mis primeros objetos de afecto, y las primeras víctimas de mis arrebatos.
Como suele suceder en las familias grandes, donde hay hermanos hay etiquetas. Hay prejuicios. El más viejo que conozco es el del hijo preferido, el favorito o favorecido. El elegido. Incluso están "el preferido de mamá" y "el preferido de papá". La percepción puede surgir del propio niño, pero mayormente es una percepción que instala el mismo entorno. Alguna tía, un abuelo, un amigo de la familia dejan caer un comentario y a partir de ese momento, la semilla germina en terreno propicio.
Siempre me resultó muy notable que el "preferido" no se diera cuenta de ese favoritismo. Por lo general, le parece que el preferido es otro. Le es tan natural ser el centro de la casa, que percibe hasta la más mínima variación en la atención que le dispensan en favor de uno de sus hermanos y de inmediato acusa descuido, desamparo. Pero las preferencias o elecciones varían según las circunstancias y las propias familias, rotando entre los hijos de acuerdo a la prioridad de las etiquetas. El hijo que más se te parece, el que demuestra más aptitudes, el más afectuoso, el colaborador, el que necesita más porque tiende a ser atolondrado, el pródigo... En cada familia, hay un criterio diferente que predomina al momento de mostrar un cierto favoritismo.
Lo cierto es que etiquetar, o "preferir", es inevitable para los adultos. Cada niño tiene, por más que reciba la misma educación que sus hermanos, una impronta propia y personalísima que lo distingue. Por cada niño hay un adulto que siente inclinación, afinidad, o mera proyección egomaníaca. Y esas inclinaciones son tan naturales para el ser humano como cualquier otra elección que involucra supervivencia. Es una cuestión evolutiva, lógica.

Nadie puede obligarte a querer a tu familia. Por más que te lo inculquen desde la más tierna infancia, el afecto surge o no surge; se desarrolla o se estanca, florece o muere. No se puede forzar el amor, como tampoco se pueden forzar el sentimiento fraternal, el filial... Ni siquiera una madre está obligada a amar al fruto de sus entrañas, por más que ese vínculo esté más allá de lo emotivo; para muestra, hay miles de casos de madres que abandonan a sus hijos año a año, pese a haberlos llevado en el vientre durante meses; a pesar, incluso, de la elección de parirlos.

Muchas veces les dije a mis padres que no importaba cuántos errores hubieran cometido, ni las marcas que me dejaron. Los volvería a elegir, son los mejores padres que podría tener. De ellos aprendí, fundamentalmente, que soy libre y que merezco respeto. Que hay cosas que nunca pueden faltar en la formación de un niño: la cortesía, la gratitud, la honestidad, la voluntad de superarse, la integridad. No escaparon del prejuicio, las etiquetas y las "preferencias", pero hicieron el mayor de los esfuerzos (aún lo hacen) por ser equitativos tanto en lo material como en lo afectivo.
De mis hermanos aprendí que no importaban las controversias, las peleas o los desacuerdos si se podía reflexionar sobre lo que había pasado. Siempre nos reconciliábamos antes de irnos a dormir. No recuerdo haberme acostado un solo día de mi vida malquistada con Pau y Ra, sin pedirles perdón si correspondía que lo hiciera, o sin decirles todo lo que me pasaba por la cabeza. Aprendí también que elegir implica aceptar, y que la elección siempre es consciente. Eso de que "la sangre tira" tiene mucho de mítico y de poético. Mucho de imposición sociocultural y de conciencia culposa.

Una vez a la semana, a veces más, a veces menos (los años trajeron obligaciones, ocupaciones y, sobre todo, una familia propia para cada uno) me reúno a compartir mates o una cena con mis hermanos. Ya no somos esos chicos jugando juntos durante horas sin aburrirnos y los duelos físicos ahora son verbales. Nos seguimos asombrando el uno del otro, sacudimos la cabeza con suficiencia cada vez que cualquiera de nosotros se manda "una de las suyas". Pero lo que nos mantiene unidos (ese Amor con mayúsculas, esa arquitectura endeble que se puede caer en cualquier momento), tiene la resistencia de una muralla ancestral unida por la materia más noble del mundo.

Al igual que al amor de mi vida, a ellos los elijo cada día y me duermo, todas las noches, con ellos en mis pensamientos y mi corazón.

sábado, septiembre 10, 2011

Notas sobre la autocompasión

Miro con cautela a los autoproclamados generosos, a los que hablan de "códigos", a los enamorados de su carácter "tal como es", y sobre todo a los que dicen no haber cambiado en toda su vida. Me cuido mucho de quienes hablan para defenderse de acusaciones que nadie les hizo, de los superados y los categóricos. Me cuido muchísimo (después de unas cuantas malas experiencias) de aquellos perros apaleados que nadie quiere, echados o renunciados de todos sus trabajos, por ejemplo... o que cambian de lealtades como quien descarta ropa sucia al mismo tiempo que se llenan la boca hablando de amigos y contactos tan convenientemente lejanos que no pueden desmentirlos. Pese a todo lo que me hace ruido, soy capaz de convivir con ellos.
Pero hay un grupo de personas de los que, directamente, prefiero tomar una cierta distancia.

No lo digo con orgullo. Lo digo con pena porque durante gran parte de mi vida, dediqué energía a personas rotuladas como "causas perdidas". Pensaba que una buena charla y una oreja siempre dispuesta, más los pequeños favores que podía hacerles, mejorarían su calidad de vida. Muchos años estuve convencida de que las actitudes positivas cambian el entorno; sigo convencida de que es así. Al menos, mantenerme positiva salvó mi vida y un par de otras, por contagio o qué se yo.
Esta categoría de personas es diferente. A fuerza de cruzármelas, aprendí a evitarlas porque a diferencia de las demás "causas perdidas", no quieren dejar de serlo. No quieren ser felices, sea porque no pueden con la carga de una vida feliz, o por simple aburrimiento existencial.
Son las personas autocompasivas.

La piedad y la compasión son sentimientos válidos. En cambio, la lástima es una sensación espantosa, para el que la experimenta por otro y para ese otro, objeto de lástima. Lo primero que pierden las víctimas de autocompasión es justamente esa perspectiva del dar lástima, lo que genera en quienes los rodean. Sienten que se quedan solos, y con razón: nadie quiere al lado una persona que se embandera en un dolor sin lucha, sin afán superador posible. Están enfermos y enferman.
El autocompasivo, a diferencia del depresivo que eventualmente encuentra la salida (sea por la superación, la terapia o el suicidio) provoca habitualmente repulsa, hartazgo. El cansancio que generan ciertamente es normal, ya que el entorno se agota de remar en dulce de leche y aquí no hay enfermedad que justifique la abulia, la apatía. No hay una condición psiquiátrica, sino psicológica: el autocompasivo genera un motor sinfín de fracaso-éxito y lo limita a repetición perpetua por comodidad. Le aflige y le pesa su rol de víctima, pero está tan confortable allí que la pereza le impide progresar a la etapa siguiente. Entonces, su (relativo) éxito estratégico está atado a la lástima de otros: cuanta más gente alrededor haciéndole de coro griego a su tragedia diaria, mejor se siente. Pero, a la vez, menos quiere salir del rol de víctima porque sabe que, en cuanto ponga lo que tiene que poner para salir adelante, estará solo.
Sus problemas pueden ser imaginarios o reales, aunque casi siempre se trata de problemas de solución clara y sencilla. Una simple decisión puede llevarlos a la superación de sus circunstancias: jamás la toman. O lo hacen de la boca para afuera, para acallar los consejos o las críticas.
El autocompasivo tiende a boicotearse ya que sólo encuentra consuelo en el conflicto. Cuando comienza a sentirse bien, busca agarrarse de algún pequeño indicio de malestar para retornar al drama cotidiano. La culpa siempre está allí afuera, siempre es de otro: del jefe, de los médicos, de los colegas, de los padres, de una pareja o ex pareja, de los amigos, incluso de los hijos. Nunca es de uno mismo.

El autocompasivo se resiente con todos los que consiguieron estar donde él querría y no se atrevió. Es el que se queda callado con una mirada de reserva cada vez que alguien cuenta que le pasó algo lindo. El que no puede aguantar estar en la periferia de los acontecimientos e interrumpe un relato para hablar de sus propios y pequeños temas. Como a menudo se trata de personas con escaso o nulo roce (social, intelectual), sus temas son, por extensión, repetitivos y dejan a sus interlocutores varados en un malestar permanente.

El autocompasivo no puede ser feliz porque no quiere intentarlo. Arriesgar implica, también, perder. Y no perder en minucias: perderlo todo. La aventura lo atemoriza, entonces se aferra a lo estático, a una rutina de confort, a los malos hábitos. Viven con o de otros, son dependientes materiales y emocionales. No quieren solucionar sus problemas, sino exponerlos para que los demás los escuchen y les palmeen la espalda, los consuelen, les muestren afecto.
Demandan constante atención, aunque no siempre de forma verbal: a veces se enferman y muchas veces sufren percances reales, aunque magnificados, que los alejan de sus metas ("quería dejar de fumar y justo se murió mi perro", "quería volver a estudiar y justo me surgió un trabajo", "iba a empezar a trabajar pero me salió una entrevista en otro lugar mejor"), y con cada nuevo tropiezo, regresa la vieja y querida conducta victimizante.
La mayoría de las veces, si no siempre, pasan algún tiempo enojándose con gente a la que en otro momento manifestaron su más profundo afecto, porque intuyen que estas personas comienzan a alejarse, quizá cansados de su poca voluntad de cambio y por sentir (con razón) que sus palabras de aliento, de consuelo o de admonición, no son suficientes para despertar a "la víctima" de su letargo.

Creo que ninguno de nosotros llega jamás a conocerse del todo (¡y qué maravilloso es esto!). Todavía ignoro mis límites absolutos, pero tengo muy presentes las veces que me tocó hundirme hasta el fondo en todos estos años y la única patada que me empezó a devolver a la superficie fue la que yo misma di al llegar a ese fondo. Me propuse no abusar de las prerrogativas de la amistad, la familia... el entorno en general, sobre todo si es un entorno querido y pendiente de uno. Al contrario: es más posible que me comportase de manera retraída cuando pasaba por un momento especialmente duro.
Quizá por todo esto (por este amor crónico por la vida con sus delicias y dificultades, por mi afición casi adictiva al movimiento) siento una terrible impaciencia, unas ganas crónicas de huir cuando un autocompasivo llega al mismo ámbito en el que estoy. Si no me une a él un lazo imbatible, íntimo, me retiro a prudente distancia, absteniéndome de poner un gramo de energía extra en esa tierra estéril. Llámenlo insensibilidad, llámenlo intolerancia si quieren, pero sólo quien pudo zafar de las arenas movedizas de la convivencia con una de estas "víctimas" sabe que hay algunos hábitos de interacción humana que es mejor no repetir.

Los depresivos, los enfermos, los locos, los desesperados, los outsiders y los parias siempre encontrarán en mí una persona dispuesta a extenderles la mano en circunstancias turbulentas.
Los tristes agentes de la desesperanza, los cultores del duelo perpetuo, sólo verán en mi mano extendida la llave de la puerta a la felicidad: una puerta llamada DECISIÓN.

Pero no voy a abrirla para ellos.



jueves, agosto 18, 2011

Ojalá te enamores

Hoy fui al cine a ver "Viudas", de Marcos Carnevale. No voy a hacer la crítica formal aquí (para eso tenemos la otra web), pero sí necesito escribir un poco las cuestiones que la película movilizó en mí.

Cuando Adela, el personaje de Valeria Bertucelli, llora su angustia irreprimible frente a Elena (Graciela Borges), yo le creo. Cualquiera que haya llorado con esa angustia, entre espasmos, apretando los puños y sintiendo que el aire se escapa del pecho como si algo ahí afuera lo aspirase, va a entender qué pasa por la cabeza de esta "viuda" tan atípica que llora a su amante como si hubiera perdido a la mitad de sí misma.

En cierto momento anecdótico de la película (un momento borgeano, historia dentro de la historia), una mujer que mira a la cámara de forma sesgada y triste rememora que existe una maldición árabe que se lanza a quien te haya hecho mucho daño. La maldición reza: ojalá te enamores. Y claro. El que amó y subió, eventualmente perdió y bajó; esa persona lo sabe.
Quien no lo sabe, es porque no ha experimentado ninguna variante del amor.

Porque el amor te eleva, y también te sepulta. Subir por obra y gracia del amor implica, inevitablemente, un descenso al infierno cuando el amor se acaba. Por obra de los años, del desengaño, del pasaje de un objeto del afecto al otro... El Amor como entelequia puede ser hermoso, eterno, incluso trascender a las personas que lo experimentan. Pero es eso, apenas... una entelequia, un ideal abstracto en qué creer. Es esa clase de Amor que, según cuenta la leyenda, puede unirse a una suerte de simpatía cósmica que sobrevuela todo y se replica en personas muy distantes unas de otras, como me pasa con la Madre Universo.

Pero el amor que siente un hombre por una mujer (o por más de una); el amor de una mujer a un hombre (o más de uno); el amor de los padres por sus hijos, el amor fraterno, el amor entrañable y maravilloso que une a los amigos y que puede ser más fuerte que la sangre... Ese amor tiene fecha de caducidad. Lo querramos o no. Alguien se va y desgarra al otro, lo separa de sí, lo deja vacío. O demasiado colmado, con una energía que se derrama en el vacío, sin recipiente que la contenga.
Y el dolor puede volvernos locos. Puede matarnos.

Quedan los recuerdos, por supuesto. Quedan huellas, porque un amor fuerte marca no sólo a quienes lo viven, sino a su entorno. Quedan frutos visibles o invisibles del amor que ha pasado, como sucedáneos modestos (sombras en la cueva), pero esa energía se malogra para siempre. Si yo leo los diarios de Sylvia Plath, la autobiografía de Isadora Duncan o innumerables y hasta legendarias cartas de amor, puedo experimentar la misma emoción que me genera una obra de ficción pura como "Cumbres Borrascosas" (cuya autora, Emily Brontë, rara vez traspuso las puertas de su casa y se desconoce si alguna vez tuvo siquiera un interés masculino). Hay esa profunda huella de una emoción genuina, pero uno (espectador, lector, testigo indirecto y tardío) siempre se queda con la impresión de haberse perdido de algo increíblemente puro, tan fugaz como este mismo instante.

Ser testigos del amor es un momento mágico. Ser protagonistas del amor es muchísimo mejor. Vale la pena arriesgarse a la tortura de la pérdida por semejante regalo.

(A todos aquellos amores que han marcado mi vida... gracias.)



viernes, agosto 05, 2011

Out of this world: La historia del Bluebird

Marillion es una de esas bandas que escuchan los músicos, mayormente. Una banda que en Argentina muchos consideramos "de culto" o para unos pocos, a pesar de que en algún momento incluso vinieron a tocar a Buenos Aires. Seguramente, si los han escuchado nombrar es gracias a este tema, que es el más conocido (prácticamente el único que habrán pasado en la radio, aunque no estoy tan segura).
En 1988, luego de ese momento hitero que los hizo saltar a la fama, Marillion cambió de cantante. Fish se fue a probar suerte como solista y en su lugar entró Steve Hogarth, dueño de una voz mucho más trabajada (increíble, para mí. Pero porque soy una ñoña y me encanta el Marillion post-Fish).
Con Hogarth llegó una de las mejores etapas de la banda, con letras que oscilaban entre la radiantez y la melancolía. El cuarto álbum de esa etapa, Afraid of sunlight, tiene algunos de mis temas preferidos... entre ellos, el más preferido de todos (y conste que, cuando hablo de bandas que me gustan, "tema preferido" es algo complicado de definir). Se llama "Out of this world" (Fuera de este mundo) y me hace llorar cada vez que lo escucho. Fue uno de esos temas contundentes, que te flechan desde el primer día aunque no entiendas exactamente de qué va la letra.

Cierto domingo a la mañana, buscando en Youtube videos de temas que me gustaban, encontré esa canción y la dejé de fondo. Tardé un minuto en darme cuenta que en realidad el video era un extracto de una película de la BBC sobre la vida de Donald Campbell, el hijo menor de un lord inglés fascinado por la velocidad, que se sobrepuso a sus limitaciones físicas y que actualmente ostenta el honor de haber sido la única persona en romper dos récords simultáneos de velocidad (en tierra y agua) en el mismo año (1964).
A bordo del Bluebird, Campbell se convirtió en el más prolífico rompe-récords de velocidad sobre agua. Había sido rechazado para servir en la RAF por una enfermedad y desde entonces se dedicó a la ingeniería y los negocios. Pese a su innegable talento en estos campos, su temperamento terco y difícil lo llevó a consagrar su vida a superar a su propio padre, Sir Malcom Campbell, que había ostentado a su vez trece récords de velocidad en el Bluebird. Su obsesión lo llevó a mejorar varias veces la legendaria nave de su padre para conseguir los récords que Sir Malcom no había podido quebrar. Se casó tres veces, la última con Tonia Bern, que estaba a su lado la mañana fatal del 4 de enero de 1967.

Aquel día, Donald condujo por última vez el Bluebird en el lago Coniston. Luego de una pasada inicial sobre el lago, en la que alcanzó los 507 km/h, decidió el segundo y definitivo intento sin repostar combustible. Hay quienes piensan que esta decisión fue la que lo llevó al desastre. Lo cierto es que en la segunda pasada, cuando el Bluebird alcanzaba los 510 km/h, la nave se desestabilizó levemente y antes de que Campbell pudiera aplicar los frenos, se alzó en el aire, dio una vuelta y cayó de nariz, quebrándose contra la superficie y matando instantáneamente a su piloto. Los restos de Donald y su nave se hundieron en el lago en cuestión de segundos, ante la mirada impotente de su equipo técnico y las decenas de corresponsales de prensa que acampaban en la orilla.

La trágica historia del Bluebird y su audaz tripulante inspiraron a Steve Hogarth, que escribió la canción en 1994 para el álbum que se editó en junio de 1995 y actualmente es uno de los más celebrados de la banda británica.
La realidad inspira al arte, y el arte a la realidad: luego de escuchar "Out of this world", el buzo profesional Bill Smith, fanático de Marillion, comenzó a gestar el Bluebird Project para rescatar la nave de Campbell del lago Coniston. El rescate se realizó en octubre del año 2000 y tanto Hogarth como Steve Rothery, guitarrista de Marillion, estuvieron presentes en el lugar como invitados de honor. Hogarth escribió una detallada crónica en el sitio web oficial de la banda, que con todo y licencias literarias, es de una humanidad tan conmovedora como la canción.

Vi cómo la segunda esposa de Donald, Tonia Bern-Campbell, era llevada a la barcaza para tener una mejor aproximación a la maltrecha máquina, aún medio sumergida y rodeada por los buzos, que todavía tiraban de las bolsas de flotación, maltratando los restos del Bluebird en un intento de guiarlos al trailer de remolque y evitar su colisión con la barcaza. Tonia miró por un rato. Dios sabe lo que sentía. ¿Qué sientes cuando estás frente a los restos de una máquina que causó la muerte de tu esposo hace 34 años? Sorpresa por la súbita oleada de dolor? ... Culpa por no ser capaz de sentir lo suficiente?... Enojo por haber sido obligada a enfrentarte a estos sentimientos? 34 años es mucho, mucho tiempo.

Los restos mortales de Donald Campbell fueron rescatados del lago varios meses más tarde, pese a la oposición de la propia Tonia. "Me habría gustado que permaneciera allí. A Donald le habría gustado".
Si antes de conocer la historia de Donald y su Bluebird la canción me conmovía hasta los huesos, ahora sencillamente no puedo leer los nombres sin que se me llenen los ojos de lágrimas. Donald, Tania, Bluebird, Coniston Lake, speed, water, only love will turn you round. Sólo el amor te dará vuelta. Como voló el Bluebird, vuelta completa en el aire, aquella mañana de enero en su último e inesperado viaje.
El "oh..." final de Donald en el radio. Y la estática.
El silencio.
Spinning round in your head / Everything that she said...




Three hundred miles an hour on water
In your purpose-built machine
No one dared to call a boat
Screaming blue
Out of this world
Make history
This is your day
Blue Bird
At such speeds, things fly

What did she say?
I know the pain of too much tenderness
Wondering when or if you'll come back again
Wanting to live for you
And being banned from giving

But only love will turn you around
Only love will turn you around
Only love
Only love will turn you around

So we live you and I
Either side of the edge
And we run and we scream
With the dilated stare
Of obsession and dreaming

What the hell do we want
Is it only to go
Where nobody has gone
A better way than the herd
Sing a different song
Till you're running the ledge
To the gasp from the crowd
Spinning round in your head
Everything that she said


jueves, julio 28, 2011

Asquerosa alegría / 2

Otro agosto. Otro invierno que me dura poco. Como en cada mes de julio, releí las entradas de 2006 y 2007. Releí mails viejos, chats. Hurgué en las fotos que nos pasábamos por MSN. Traté de recordar cómo era probar el vino sola, cómo era dormir sola. Hice fuerza para detectar la mínima duda, el mínimo sentimiento de nostalgia por la oscuridad que ayer llenaba todo este espacio y hoy habita casi exclusivamente mis ficciones.
No puedo parar de mirar las últimas fotos en la cámara que nos regalamos el año pasado, la primera que tuve en mi vida. Desde que llegaste me di cuenta cuántas "primeras veces" me faltaban vivir. Y las que me faltan, todavía. Estas fotos son especiales porque la fiaca me hizo demorar su bajada a la PC y allí se juntan un montón de nuestros afectos, personas increíbles que todavía no se conocen entre sí, todas hermosas estrellas en este universo personal.
Ah, digo estrellas y todavía guardo en la retina ese momento increíble en que me preguntaste si había luna afuera (allá por Pampa de Pocho, cerca de Cruz del Eje), y te contesté "no, pero hay un montón de estrellas...". Entonces paraste el auto a la vera de la ruta, apagamos absolutamente todo y salimos al silencio y a la noche helada con presagio de nieve, para ver por fin las nubes de Magallanes.
Hacía tantos años que nadie me regalaba noches así... momentos así...
De pronto mi vida se llenó de niños. Quién lo diría. Los suyos y los míos. La "tía Alicia" y el hombre que en su adolescencia no se imaginaba padre. Pese a nuestro consenso mutuo, la sangre se mueve, la vida se abre paso. Esos niños que no heredaron ni sus ojos ni los míos, pero tienen algo nuestro también, me colman de una ternura y una zozobra desconocidas. ¿Qué será de ellos? ¿por qué los adultos no podemos eludir esa pregunta? Tarde o temprano, alguna proyección aflora y los contamina; es inevitable. Mi memoria los llevará imprimados en cada etapa. Es lo menos que puedo hacer por ellos, los de ahora... casi incorruptos.
Escribir felicidad es muy difícil para mí. Transmitirla se me hace difícil. Lo bueno es que siendo feliz, como dice una de esas amigas de la vida, una se toma revancha de todo. Los cadáveres pueden pasar por la puerta y amontonarse; ya no importa. ¿Me lastimaste? Te lo agradezco. ¿Pasé privaciones? Salí fortalecida. ¿Todavía no estoy donde quiero estar? No hay apuro. Si me voy a morir mañana, no llego aunque corra. Y si me queda tiempo, haré la porción de camino que pueda hacer. A mi ritmo.
No sé qué decirles a mis más queridos, más que lo mucho que los amo, los extraño y los atesoro. Aunque sepa que lo saben. Necesito acariciarlos con mis alas, como ellos me acarician con su luz cada día. Hacerles entender que detrás de los miles de defectos tendrán siempre una mujer fuerte y leal con quien contar. Que podemos compartir el silencio, e incluso la indiferencia. Que no tengo nada que perdonar y que de a poco voy dejando de pedir perdón por todo. O eso intento.
Que soy la afortunada con más mala suerte del mundo, pero que no pienso dejar de reírme.
Ahora, que descubrí ese humor y esa alegría que siempre llevé dentro, hasta mis lágrimas tienen un nuevo significado.

En este blog hablo de mí, de mis experiencias vitales, de esas cosas que no le importan a nadie. Lo que realmente se me hace muy difícil transmitir es qué tan llena de otros está esa vida, esos momentos, esas experiencias. Es que no hay palabras que puedan expresar claramente lo importantes que son para esa vida que me pasa todos los días. Me cuesta ponerlo en un muro para que todos lo lean; ante todo, soy una maldita desconfiada de quienes necesitan gritarle a todo el mundo emociones perfectamente naturales, y una chica chapada a la antigua que se reserva lo mejor de sí para la intimidad, el cara a cara. Mi emoción, cuando se desborda, es difícil de manejar, incómoda... sobre todo para el otro. La prefiero así, puertas adentro, en el círculo de mis abrazos.
De cualquier manera, esos, mis Otros, lo saben.
Vos, que sos parte de esa alegría, lo sabés.



domingo, julio 24, 2011

Patrick Wolf: las estaciones del corazón

Patrick Wolf (Londres, 1983) es uno de los artistas preferidos que Esquizofónico me regaló. Creativo, furioso, multitasking, en su momento Thiago lo definió como un tipo que grita sus problemitas con violines.
Así lo entendí cuando escuché su extraordinario Lycantrophy, me quedó más claro con The Wind in the Wires, pero la verdad es que arranqué por la mitad: The Magic Position es, indudablemente, uno de los discos de mi vida. O al menos, del último tercio de mi vida.
No voy a profundizar, por lo menos por ahora, en los dos primeros y excelentes trabajos de PW. Hay una crudeza en ellos que nos excede en el análisis y pega directo en lo afectivo. Lo vas a odiar o lo vas a amar, pero no te va a dejar indiferente. Las letras apuntan a una identificación con quien escucha. Pero no es hasta la que yo llamo "la trilogía de los ciclos del corazón" que esa impresión busca directamente al "gran público", a un rango más amplio de oyentes. Los puede escuchar un adolescente, un joven adulto o una persona madura que ya pasó por varias relaciones: todos, sin excepción, encontrarán algún lugar que hayan transitado.
Para mí, la cosa viene más o menos de esta manera:

The Magic Position (2007): el amor

"Deja que la gente hable / en esta caminata de domingo por la mañana"



Es en este trabajo que Patrick se permite, hablando mal y pronto, ser feliz. Un tipo introspectivo, iracundo, una especie de lado B de Emilie Autumn con la ambigüedad de Boy George pero sin la melosidad, de repente... ¡es feliz! Está enamorado y, en su estilo, es un ñoño más. El que estuvo, está o vive enamorado sabe bien a qué se refiere Patrick cuando dice me pones en la posición mágica para vivir, para aprender, para amar en clave mayor*.
Los temas más melancólicos, como "Magpie" (mi preferido, en el que participa la inigualable Marianne Faithful) o "Bluebells", no hacen más que poner la nota de sal a la mezcla dulce y armoniosa de este disco. Resaltan su carácter feliz y juguetón, que cierran en un "Finale" perfecto para escuchar mientras cae la tarde en la ciudad.
No por nada este fue el disco que más escuché en 2007, cuando mi realidad cambió drásticamente y transitaba el inicio de una de las etapas más felices de mi vida. Cagados de angustia y de incertidumbres los dos, pero enamorados.

The Bachelor (2009): el fin del amor, el duelo y la furia.

"No me voy a casar en otoño / No me voy a casar en primavera / No me pienso casar, no me casaré en absoluto / Nadie usará mi anillo de plata"



Cuando salió este disco daba para preguntarse ¿¿qué pasóoooo?? desde el arte de tapa mismo. Totalmente rupturista no sólo con el anterior, sino con los demás. Un Wolf áspero de ángulos agudos, virado a los sonidos metálico-tecnos, crudo como en The Wind... pero además cargando una salva de resentimientos y escupiendo clavos desde los títulos de los temas: "Count of Casualty", "Vultures", "Blackdown" y letras como expresión de catarsis casi adolescente (Padre, ¿dónde está mi arma? No necesito a nadie, a nadie).
Pero, como ya hablamos del ying-yang y la sal en lo dulce, también hay letras donde se plantean propósitos de resolución, con ánimo batallador. Una forma totalmente sana de poner la ira a actuar para la sanación, como sucede en el texto que Tilda Swinton recita en "Oblivion" y que funciona como la voz de la conciencia del amante herido.

Lupercalia (2011): el regreso al amor y la esperanza en el futuro.

"Oh, esta es la mayor paz que haya conocido"



Llegamos a 2011 y en las redes sociales estalla "The City". Lo sentimos: Patrick volvió a enamorarse. Y de alguna manera Lupercalia viene a cerrar el ciclo de su corazón, así como su primera década musical. Patrick sigue siendo, todavía, ese adolescente flacucho y desarrapado que aporrea teclados en un escenario o sacude los brazos como si le pesaran. Pero ahora hay una madurez emocional que le hace abandonar, una vez más, todas las precauciones.
Cae la guardia, caen las reservas y se curan rápidamente las heridas del duelo. No voy a dejar que la ciudad destruya nuestro amor, dice Patrick, y también revaloriza aquél duelo cuando dice estar más feliz sin vos (en "Time of my life"). Vuelven también los momentos ñoños de Magic Position en dos de mis tracks preferidos, que por esas cosas bellas de la vida están pegaditos: "The Days" (reminiscencias Woolfianas, quizá?) y "Slow Motion", uno de esos temas que serían perfectos para chapar si no fuera por los aulliditos étnicos y el casiotone, que le dan forma experimental y juegan con el anticlímax.


Hasta aquí mi análisis personal, basándome en la escucha de los tres discos. Lo sorprendente es que la realidad me desmiente por completo: The Magic Position y Lupercalia son dos discos transicionales, es decir, escritos en medio de rupturas amorosas, mientras The Bachelor es el único que produjo mientras estaba en una relación. De hecho, la idea original de Patrick fue que The Bachelor y Lupercalia fueran un doble álbum, un proyecto al que tituló Battles y que fue cambiando de forma sobre la marcha. En fin, una muestra más de que muchas veces la música nos lleva a lugares donde los artistas ni siquiera imaginaron cuando concibieron sus obras.

En la barra lateral, en mi clásico widget, este mes se queda la trilogía wolfeana para quienes gusten oír y sacar sus propias conclusiones. En caso de querer acceder a las listas que se mencionan en posts anteriores, las encontrarán en mi usuario de Grooveshark: están ordenadas muy claramente. Y habrá más.

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*En música, la clave mayor es la que se usa para las melodías brillantes, consideradas más alegres; la clave menor se considera dramática, melancólica e introspectiva.

viernes, julio 15, 2011

Synesthesia

Un bolso abandonado, ahí, esperándome. La nariz y los pies helados, el cuerpo cansado, las rimas que me dan risa. A mil kilómetros de distancia se resuelven tantos destinos. A tres mil, a cinco mil kilómetros de mí, a quinientos metros (y sólo por hablar de seres queridos). Yo no puedo más que extrañar lo que no es. El azul es un color y también un olor, una sensación. Saborear el último trago de la última cerveza patagónica que vino con nosotros de las vacaciones es igual a escucharlo a Emi hablar de las cenizas y los truenos. Puedo ver el cielo gris y blanco y los árboles amarillos y marrones de la Villa, imaginar el frío silencioso de las piedras en el fondo de los lagos, retrotraerme al silencio primordial de las mañanas en las que el horizonte se abría. Cuando tocar un arcoiris era más una realidad que una entelequia.
Ya no puedo llamar a mis amigos, se me hizo tarde. Alguno hará el esfuerzo de leerme. Tengo adormiladas la lengua, la mente y los dedos y apenas me repuse de las lágrimas incontrolables de recién. Pasar de la risa al llanto, del nudo en la tripa a las mariposas. Del deseo arrasador a la más pura sinestesia. Y por más que me esfuerce, nunca creer en lo que mis propios ojos ven. El brillo tuyo en la pupila, esa admiración, la alegría que me tira de las manos invitándome a bailar. ¿Qué soy, de dónde vengo? Por qué sigo sintiéndome tan extraterrestre en este mundo enjuto y exclusivo?
Algún día volaremos de aquí, solos o acompañados (pero mejor juntos) y entonces habré cerrado una puerta que me conecta a este mundo donde a es igual a rojo, cuatro a eucaliptus y sol a pinotea, y abriré una ventana donde el arco de luces tiene todas las melodías del mundo desencadenadas.

Me habré vuelto totalmente loca y sabré que esa es la normalidad que perseguí toda mi vida. Que ya no necesito de la confirmación de terceros para sostener esta máscara cada vez más endeble. Que puedo ser la misma allá y en todos lados. Amargo lúpulo en la lengua, cerebro-esponja, nombres sin destino posible, presentimientos.

Yo pequeña, muesca de grano de arroz en la periferia de uno de tantos Universos, te digo hasta mañana, te digo que duermas bien, te deseo la música y la felicidad y todo aquello que alguna vez fuiste y podés volver a ser, te pido que tengas fe, que siempre, pero SIEMPRE se puede. Aunque ya no crea en absolutos, se puede. Podemos.

Sólo el Amor mueve. Sólo... esta energía. Sólo...



sábado, julio 02, 2011

Carta a Marius

Hermano mío, mi par.
Me sorprende muchísimo que la gente que te conocía antes que yo no se haya dado cuenta de lo increíblemente sensible que sos. Que vean en tu sinceridad brutal un defecto y no una virtud es algo que me asombra. Posiblemente, si les preguntás se definan como personas "que van de frente" o que prefieren que les digan la verdad. Ninguno admite que les gusta la mentira y que lo que les molesta de vos es, justamente, que no perdonás la mentira ni la dejás pasar.
Se me escapa una sonrisa cuando reconozco nuestras similitudes: nos la pasábamos escribiendo y leyendo desde niños, curioseando y debatiendo. Siempre nos gustó la expresión oral y escrita. Aún así, amigos y familia, novios y entenados, se asombran cuando leen lo que escribimos. Algunos no nos han leído jamás y asumen que todo esto son palabras a la basura. Me revuelco de risa pensando que, así como nosotros pasamos por delante de su indiferencia, de las burlas, de su ceguera selectiva, se les pasa también la vida con todas sus bellezas. Mientras ellos tipean en las redes sociales, declaman en televisión o cultivan vidas estáticas, sin asombro ni inquietudes, nosotros atrapamos el paisaje con los dientes, con las manos, con todos los sentidos.
A veces me preocupa que aquellos que dicen querernos nos conozcan tan, pero tan poco. Al rato, cuando volvemos a la ciudadela, todo desaparece de mi mente. Incluso esos seres queridos que no son vos y que también forman parte de mi mundo.
Hermano mío, mi par: Como alguna vez te escribí, como alguna vez pensamos al mismo tiempo, el mundo no está preparado para nuestros "modos". Aprendimos nuestra propia forma de amar. Ni mejor ni peor que otras; sólo... más sana. Más libre.
La diferencia entre nosotros va un poco más allá de los años; posiblemente, con el paso del tiempo, me parezca más a vos que a mi propia familia (la afinidad que nos unió trasciende la genética) y necesite estar más aislada. La raíz de la sociabilidad y la tolerancia se aloja, cómoda, en la parte dulce de mi carácter; es la porción que más me cuesta, la que cultivo con más cariño, para tener algo que ofrecer a los amigos y la gente que importa. Mi raíz ermitaña, la más natural, sintoniza con vos a la perfección y con unos pocos más, que no dejan de aprenderme y todavía tienen la paciencia de comprenderme(nos). Cuando hayamos terminado con el mundo, sólo nos quedarán los afectos que hayan hecho el esfuerzo de entender que sólo podemos ser como somos, y que sólo podemos amarlos de esta manera porque de otra forma seríamos hipócritas, deshonestos. Ni ellos lo merecen, ni nosotros.
La retorcida en mí te agradece la transparencia. Agradezco que no puedas disimular con los ojos lo que tu cara pretende esconder por decoro, por diplomacia. Agradezco ese daño preventivo de saber cuándo golpear con tus dudas y certezas. Agradezco tu facilidad para soltar y tu falta de paciencia, que se parece mucho a la paciencia misma. Agradezco todo lo que es tuyo y que no te enseñó nadie, tanto como lo otro que nos hace parecidos y que aprendimos (que seguimos aprendiendo) por separado.
Desde que apareciste en mi vida, las pocas cosas que elegía no ver se han vuelto transparentes, con todo lo que eso implica. Dolor, rabia, impotencia, hacia afuera y hacia mí misma por permitirme la neurosis. Todavía trato de encontrar la forma de manejar esa espita que abre y cierra las emociones, las epifanías. Todavía intento no dejarme arrastrar por la pretensión del control sobre los demás.
Una vez, al poco tiempo de cruzar nuestras primeras palabras, escribí un post catártico que me hizo darme cuenta del poco valor que le daba al futuro, pese a la presión de un entorno que te impone pre-fijar tus pasos. Sigo sin verlo, Marius. Sólo puedo soñarlo y caminar hacia él. A fuerza de sueños y caminatas erráticas llegué a encontrarte. ¿Qué tengo que pensar, entonces?
Entre tantos errores, algo habremos hecho bien.

Que venga el futuro, con todas sus sorpresas y desengaños. Que nos encuentre vivos o muertos, juntos o separados. Pase lo que pase, aún si es algo que me quiebra en mil pedazos, te pido que seas como sos.

Sin absolutos...

Pandora.




miércoles, junio 29, 2011

Esta canción no trae paz

Fuimos a ver a Panza en su primer recital en el ND Ateneo. Es difícil para una persona que en esto de la música es apenas una escuchadora ávida y bastante criticona encontrar las palabras para definir lo que esta banda significa a nivel emotivo. En mi manera de escuchar la música, y sobre todo la música hecha en Argentina, hay un antes y un después de Panza. Aunque no supiera nada sobre ellos (su historia, sus pensamientos, sus lados B, cómo son en persona y algún otro detalle que va llegando cuando te ponés a prestar más atención a las cositas que te interesan) sentiría los mismos escalofríos al escuchar sus temas.
Para qué explayarme sobre el obvio talento de sus músicos, algo que se puede apreciar no sólo en los discos (la producción puede ser tramposa) sino, y sobre todo, en vivo. En alguna reseña sobre la presentación del 2 de junio*, leí algo que los pinta de cuerpo entero. Algo así como la música de Panza, es mucho más que música. Es y no es los libros que han leído, el camino recorrido, los amores malogrados. Es su experiencia y desengaño y alegrías en la música. Son eruditos del rock. O algo así. En todo caso, irónico y negro o transparente y naif, es un eufemismo que explica bastante bien lo que siente el que los ve, los escucha y los palpa por primera vez frente a frente. Sobre la tarima mínima del Ultrabar, presentando un disco en el CC Borges o en un escenario de Sarmiento al 700, con cinco puñados chiquitos de groupies tímidos, de gente toda separada que se veía por primera vez, todos pogueando y cantando a morir. Nada que ver a lo que vimos en el ND, que vendría a ser la versión extendida de todo lo anterior.

Queda apenas una cosa. El mejor disco original que van a comprar en su vida es el triple "La madre de todos los picantes". En los recitales y en MercadoLibre se puede conseguir por 50 pesos. No sé cuánto costará en otros lugares. Sé que una banda nefasta que sigue siendo noticia por haber provocado con su acción-inacción dos centenares de muertes cobró 45 pesos un CD retorno post-tragedia, y eso hace ya cinco años. Si lo pensás, $50 por 44 canciones increíbles no sólo es un golazo, sino la mejor manera de ayudar a esta banda a alcanzar al público que se merece.

Mentira, chicos. El público que merecen ya lo tienen. Y les es fiel.
Es momento de seguir sumando.



(más: la letra de una de mis canciones preferidas del disco 2, "Pomelo").

Asunto escabroso

Mirate una peli
Si te querés entretener
Tocate un poquito
Si queres pasarla bien
Yo
no
soy
tu puto payasito


Andá a escuchar boleros
si te querés enamorar
andate a un curandero
si te querés desestresar

Yo no soy tu puto payasito
yo no soy tu puto payasito

Pagate un terapeuta
No me cuentes nada más
Solucioná tus temas
Yo no los pienso armonizar
Y si estás aburrido
Empezate a acostumbrar
Podés leer un libro
Si me querés impresionar

Yo no soy tu puto payasito
Yo no soy tu puto payasito... (Solo)

Andá estudiar un poco
en vez de tanto criticar
Andá a lavarte el orto
Si vas a hablar de los demás
Andá a correr un rato
Y empezá a transpirar
Y si no sabés cómo
Podés ponerte a averiguar.

Yo no soy tu puto payasito
Yo no soy tu puto payasito

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*Aclaración importante: Este post quedó anacrónico, ya que empecé a escribirlo antes del recital de jueves 2 de junio, uno de los mejores de mi vida y seguramente, uno de los mejores de la escena musical argenta de los últimos tiempos. Los invito a leer algunas de las reseñas sobre la presentación aquí, aquí y aquí. No encontré ninguna desfavorable, pero de todos modos... ¿cómo iba a encontrarla? Pese a haber llegado al ND Ateneo, Panza todavía pelea por su merecido espacio. Lo bueno es que lo hacen tranquilos, seguros de lo que son y de lo que tienen. Por eso "La madre de todos los picantes" es el excelente disco triple que es. Porque siempre suman, siempre crecen. Lo de mañana es mejor que lo de hoy. Y eso también te devuelve un poco de fe en todas las cosas.

La última, la última!!


domingo, mayo 29, 2011

Nueve gatos bailando en la luna

Un domingo a medianoche, cierre de semana movida, el último sorbo de este té rojo ya frío, las estufas aún sin estrenar, las manos cuarteadas por la limpieza, la ropa secándose en el tender, el primer reproductor de DVD de mi vida que en este momento reproduce música (Nick Drake, Hazey Jane II), todavía sin lujos, preparativos de viaje a mediano plazo, encuentros inminentes con amigos, la inauguración de un departamento, escribir, cancelar deudas, mirar fotos viejas, cuidar a las nenas (y disfrutarlas como loca), PANZA el jueves que viene en primera fila, tesis, sincericidios, el trabajo nuestro de cada día, un debate sobre los besos y el erotismo, esencia de canela, Robotech, House MD y CSI, una pila de facturas, llegar corriendo a fin de mes, procrastinar los turnos médicos, chuchos de pánico por los casamientos combinados del año próximo, vieja y querida culpa que me acechas detrás de las deudas morales, el cielo y el infierno en mi cabeza, caer y levantarse, las listas... siempre las listas.
Y los reencuentros. Brindo por los reencuentros.
Y empezar a pensar en mí a la par que en nosotros.
El año por la mitad y tanto por hacer, sabiendo que cada día puede ser el último. Viviendo la vida como si se fuera a acabar mañana. Sin poses. A tragos largos, a pura sonrisa, descalza mientras pueda.

Acá al lado, en el widget, la música de estos días. Mis tres discos preferidos (hoy, mañana quién sabe) de Porcupine Tree: "On the sunday of life", "Up the downstair", "Lightbulb Sun". Quien quiera asomarse a mi cabeza puede empezar siempre por la música. Después, si quieren, continúan por mis escritos. No garantizo complacencia, equilibrio ni cordura; sólo autenticidad. No doy más de la ansiedad por terminar lo que empecé que todavía no tiene un final definido. Saldrá crudo, seguro, y no creo que vuelva a tocarlo. Pero saldrá a mi gusto y eso es lo único que me importa.

Buena semana y buena vida a todos.

miércoles, abril 27, 2011

Yo EXIJO / II

Esto lo escribí hace ya tres años, parece mentira; lo saqué de un cuaderno más viejo todavía. Hablando de coherencia en algunas ideas...

Lo que estaba al tope de mis exigencias entonces, sigue ahí. Hoy. Y tiene actualidad porque desde una página web empezó una suerte de bola de nieve que nos arrastra (incluso a los más desentendidos) a una discusión totalmente necesaria. ¿Pueden los piropos implicar algún tipo de violencia?

Los hechos
- Hollaback / Atrévete!, el sitio que pone en tela de juicio el piropo como manifestación de violencia de género.
- Columna de Juan Terranova en El Guardián, sobre el movimiento Hollaback.

Hay mucho más en Google, pero no voy a ser extensa; creo que los vinculos dan un pantallazo de algunos puntos de vista sobre la polémica.

El planteo original abarca a las mujeres exclusivamente, por tratarse de las más desprotegidas frente a una práctica que, por usos y costumbres, se volvió cada vez más denigrante. Yo sumaría a otras minorías, pero concentrémonos por esta vez en el núcleo de los hechos.

Una perspectiva personal
No hay manera de categorizar piropos, galanterías, guarradas, insultos desde la propia subjetividad. No hay manera. Algún boludo dirá que las minas del conurbano son más gauchitas y no se quejan; otros, que hay mujeres a las que halagan las ordinarieces disfrazadas de elogios. Puede ser. Yo no soy de esas chicas, y no he tenido el dudoso placer de conocer a ninguna que guste de levantar su autoestima pasando por delante de una obra en construcción para que le griten, como cuenta una leyenda urbana. Eso no quiere decir que no existan; estoy bastante convencida de que sí existen.
A decir verdad, y aunque intento no hacer juicios de valor sobre el tema, me dan bastante pena. Si vas a reafirmar tu autoestima mediante otros, cuánto mejor es que ese otro sea un amigo, alguien con quien tenés confianza, inmediatez, algún grado de intimidad. ¿Por qué tiene que ser un desconocido, por qué tiene que ser alguien que te meta de prepo y sin tu consentimiento en el círculo vicioso de mujer sujeto/objeto de deseo, desechable, cosificada?
Cuando yo era chica, entendía que un piropo era algo elogioso que una persona te decía al pasar, casi sin darse vuelta, sin seguirte y sobre todo, sin cebarse en una seguidilla de gritos cada vez más subidos de tono y tenor. Pero lamentablemente puedo recordar muy pocos. Tenía once años cuando me empezaron a gritar las primeras obscenidades en la calle, a la vista de cualquier vecino, justo cuando empezaba a cambiar mi cuerpo y me mataba de vergüenza ser notada por ello. Volvía llorando a mi casa, y en días realmente malos era capaz de perseguir al "piropeador" para golpearlo, rayarle el auto o meterle un palo en la rueda si es que iba en bicicleta.
Cuando me hice mayorcita aprendí a manejar el arma que creía más eficiente: la indiferencia. Y un día me di cuenta que a mayor indiferencia, mayor la probabilidad de que me tocaran el culo. Literalmente, y comprobado ipso facto. Además, según fui aprendiendo, la falta de respuesta o la bajada de ojos con rubor iracundo incluído le daba mayor visibilidad al que agredía y sólo contribuía a disminuirme. Con cada insulto disfrazado de elogio que dejaba pasar, yo (y por transitividad, mis compañeras de género) perdía visibilidad y reafirmaba el status quo que tanto detestaba.

A ver si nos entendemos: En el contexto de un grupo de amigos o gente de confianza, soy capaz de hacer chistes con absolutamente cualquier cosa. No soy ninguna pacata. Me encanta que me digan guarradas, el roleplaying, la desinhibición; me gustan los tipos que sepan plegarse a mis juegos, llevarme a su terreno e incluso dominarme. Disfruto del sexo como disfruto de pocas cosas en la vida: plenamente, sin límites. Nunca me faltaron parejas ni tuve que salir a buscar emociones fuertes porque, intuitivamente, tengo un imán para conseguir lo que quiero, en el momento en que lo necesito. El apelativo que menos me cabe es "mal cogida".

Sin embargo, me violenta que un perfecto desconocido me aborde en la calle para imponerme su masculinidad como un trofeo, con ese envanecimiento que cacarea "mirá lo que te estás perdiendo, mamaza... sé que nunca te voy a tocar ni con un palo, así que por lo menos te mojo un poco la orejita, total, a vos te gusta. Si no, no te vestirías así / no serías tan linda / no sonreirías cuando caminás. Puta".
No me importa que el perfecto desconocido (o desconocida) lleve ropa de marca, pele billetes, un auto caro, o le falten todos los dientes. Me es indistinto que la persona que me está abordando (repito: de manera agresiva e invasiva) sin yo pedírselo sea Brad Pitt o un cartonero. Me violenta, invade mi espacio. Y un día, después de años y años de padecer, leer, pensar, debatir, decidí que no voy a dejar pasar una sola más.

Para muestra: una vez, hace muchos años, le conté algo en confidencia a un chico que estaba en mi grupo de amigos. Lo hice porque confiaba en él, aunque en realidad eso era apenas la confirmación de un secreto a voces y a esa altura no me importaba tampoco que se supiera por todo el barrio. Por simpatía o por afinidad, lo convertí en el depositario de la verdad de primera agua, MI verdad: había curtido con uno de los chicos del grupo, mi mejor amigo. Lo primero que hizo, como contraprestación a alguna otra confidencia, fue pedirme que le mostrara una teta. De repente, habíamos dejado de ser amigos para que él pasara a considerarme mercancía de cambio, "chica fácil", bah. Cuando me negué, se mostró sorprendido, onda "por qué él sí y yo no".
Porque yo lo elegí, chiquito. Y él me eligió a mí. Hubo un acuerdo mutuo, sin palabras; hubo un acercamiento, un mínimo rito de cortejo y seducción antes de resolver de común acuerdo lo que iba a pasar después.
Yo elijo a quién le muestro las tetas o con quién me acuesto. Yo decido de quién acepto un piropo o a quién le permito una galantería. Yo decido quién me paga el café, a quién franeleo en la vía pública, qué me gusta que me digan y sobre todo, en qué ámbitos (uno de igualdad, fundamentalmente). No voy a sonreír embobada de gratitud si un desubicado me dice "rubia, llego a casa y le echo tres polvos a mi mujer" mientras me mira las tetas. No voy a aceptar sumisamente que un entrajado de la zona de Tribunales me cierre el paso obligándome a arrinconarme contra la pared mientras él me dice cuanta barbaridad se le ocurre, sólo porque hoy decidí usar pollera en lugar de pantalones.
El piropo, según lo entendía antes, se trata en definitiva de un ida y vuelta. Aún si la mujer no responde, esas palabras mágicas bien dichas habrán cumplido un objetivo tanto para uno como para el otro. Cuando el "goce", por llamarlo de alguna manera, es sólo para el macho, mi reacción natural es hacerme a un lado. Si la unilateralidad sigue un estándar de buen gusto, es muy posible que mi reacción sea de neutralidad o indiferencia.
Cuando el piropo o el avance unilaterales implican un grado de imposición dominante, se me subleva la sangre; soy una respetuosa extremista del espacio ajeno y jamás me tiré en piletas donde no supiera que había agua. Pido no agresión porque no soy agresiva. Entiendo los límites del otro casi de inmediato. En definitiva, me porto como predico.
Si eso es ser una mal cogida histérica para vos, el problema es tuyo... no mío.

Si cada uno empieza a actuar ahora, en vez de pensar cuánto falta, cuando querramos acordar estaremos unos cuantos pasos más cerca del objetivo. Que en definitiva, es el respeto mutuo. Porque se puede piropear desde el respeto, también.

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Este texto fue producido por el colectivo editorial Leones Enamorados y convoca a cien firmantes varones a respaldarlo, diciendo no al odio, la adversión a las mujeres. Quienes lean y deseen, pueden dejar asentada su conformidad para firmarlo enviando un e-mail a leonesenamorados@gmail.com

Por qué decirle no a la misoginia

Porque existe en todos los estratos sociales, tipos de sociedades, continentes y no discrimina creencias o posiciones políticas. Porque de todas las discriminaciones es la más difícil de reconocer y, como tal, es la que más nos obliga a replantearnos qué clase de valores están vigentes y en qué medida acordamos a ellos. Y al replantearnos los discursos con los que crecemos, también nos vamos recreando en varones nuevos, conscientes de la necesidad de ponernos de igual a igual con nuestras compañeras.
Porque sin darnos cuenta, nosotros caemos una y otra vez en prácticas y discursos minimizadores hacia la condición de mujer, asociando por ejemplo, femineidad con debilidad cuando son ellas las que nos trajeron al mundo, las que nos bañaron, alimentaron y educaron cuando todavía no recorríamos nuestro camino, las que fueron objeto de amor y también desengaños pero que a través de los vaivenes del sistema sentimental nos hicieron crecer y las que nos acompañarán en los últimos momentos sobre la tierra, cuando el estar acompañado vale más que todo el oro posible de acumular ¿En qué error caemos al asociar debilidad con condición femenina, cuando vemos que a ellas les cuesta el doble, en el estudio, el trabajo, en la militancia política, en la vida que nos toca transitar juntos, y sin embargo a veces parece que juntos es un millar de kilómetros alejados uno del otro? ¿Qué debilidad le podemos achacar a un género que nos legó a Angela Davis, Emma Goldman, América Scarfó, ejemplos para nosotros, hombres que pensamos merecernos algo mejor que esto en lo que estamos viviendo?
La misoginia adopta múltiples formas y asimismo, ante ellas, reaccionamos de diferente manera: nos horrorizamos con los asesinatos sistemáticos en Ciudad Juárez y con los constantes avallasamientos a la identidad femenina en los territorios donde domina el fundamentalismo musulmán pero no nos indignamos cuando somos testigos del crecimiento en estos últimos años de las redes de prostitución y los secuestros y el tráfico de mujeres asociado a ellas; o cuando todavía los sueldos de las mujeres son inferiores a los de los hombres para igual tarea o jerarquía; o cuando se justifican posiciones anti aborto colocando a las mujeres como únicas responsables del asunto al reducirlas a meros “compartimentos” para la procreación. Las formas más sutiles de discriminación y negación son las que permanecen más latentes, las más difíciles de enfrentar, porque enfrentarlas es enfrentarnos a nosotros mismos.
La lucha que encaran nuestras compañeras no es ni para anular nuestra condición o identidad masculina ni para imponer un código de comportamiento derivado de moralinas represivas, propias de autoritarismos de carácter político o religioso: es una lucha por establecer un cuidado entre las relaciones inter-genéricas, que contemple el respeto, la igualdad de derechos y la instauración de entornos que propicien el desarrollo de las potencialidades de cualquier género (masculino, femenino, transgénero y demás), sin darle espacio a censuras, actos/discursos violentos o degradatorios o impedimientos varios. Desde nuestros ámbitos cotidianos de desenvolvimiento, el empezar a rever discursos y conductas que impidan la necesaria fluidez en la relación con el género femenino es un primer paso que podemos dar como compañeros, parejas, trabajadores a la par de ellas, padres, amigos, docentes o estudiantes. Es necesario, por nosotros y por ellas.


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Necesario epílogo.
Él, posiblemente, no va a ganar ningún premio. Nunca hizo un taller literario. Aunque se le conocen muchísimos cuentos, no terminó una sola novela (de hecho, destruyó gran parte de sus creaciones). No le perdona la vida a nadie, ni siquiera a sí mismo. No es constante ni disciplinado ni lo será jamás.
Pero es un escritor bestial. De esos que te ponen los pelos de punta, porque aunque nunca haya asesinado, robado o violentado a una mujer puede escribir desde su propia sensibilidad y sabe transmitir su experiencia de vida. Podría contar con los dedos de una mano las personas a las que conozco capaces de hacer lo mismo (A esta altura puedo decir que he conocido a muchos escritores, wannabes y de los otros).
No me sale ser subjetiva con él en estos temas (editando sus otras creaciones puedo, sí, ser totalmente implacable). Les dejo sencillamente el escrito que motivó este post.

domingo, abril 10, 2011

¿Qué hago con mi inteligencia?

¿La exhibo como un objeto decorativo?
¿Hago un test de CI y cuelgo los resultados en la web?
¿La cultivo como a una planta de interiores y me enorgullezco mirando cómo crece, para darme cuenta muchos años después de su inutilidad práctica?
¿La uso para estudiar una carrera y después me la olvido en un cajón? (Total, "no hace falta" inteligencia para criar hijos, cultivar un jardín o mantener una conversación).
¿La descarto y me brutalizo adrede porque me asusta quedarme fuera de la aceptación de un círculo de mediocres?
¿La acepto pasivamente? ¿La cuestiono inflexiblemente?
¿La utilizo como un argumento para aislarme de un colectivo de personas? ("soy demasiado inteligente para rebajarme a hablar de esto/con éstos")
¿La ejerzo con despotismo para denigrar a quienes creo menos inteligentes? ("ejercer la inteligencia"... ¿qué es esto, una carrera?)
¿La desperdicio melindrosamente en tareas que requieren una mínima complejidad y un máximo nivel de automatización?
¿La pongo al servicio de una causa contra mi conciencia porque es lo que se espera, o porque "es lo que hay"?
¿La uso como argumento para ponerme por encima de una situación y convertirme en prescindente?


¿O me dedico a usarla para aprender a mejorar mi vida y la de los que me rodean?

(En algún punto de este espectro estamos todos. Los geniales, los brillantes, los inteligentes rasos, los simplones, los mediocres... sin excepción. Vale la pena preguntarse, todos los días, qué estás haciendo para cambiar tu vida, tus relaciones, tu realidad).

Me salió recontra Bucay esto, sin querer. Que tengan una buena semana.

viernes, abril 01, 2011

All you need is love

No necesito gritarle a los cuatro vientos mi amor a mis amores. No necesito vivir en el pasado para hacerme cargo del peso de mi historia. No necesito poseer. No persigo la Felicidad; trabajo por ella. No me hacen falta amigos de ocasión; sí buenos compañeros e interlocutores en cada tramo del camino. No quiero quejarme. No busco la sanidad mental tanto como la estabilidad emocional. No ambiciono ni codicio. No necesito de nadie para vivir o para morirme. No necesito idealizar, y es uno de los dones que más agradezco. No necesito tomar ventajas o ganar siempre. No necesito exceso de abrigo, confort, pan para mañana. No necesito ni quiero a quien no me quiere. No sirvo para endulzar verdades, aunque sí que puedo ser elíptica y enmarañada cuando tengo días difíciles. Tampoco para esconder mis emociones. Si alguien va a alegrarse de mis dolores y sufrir mis alegrías (y viceversa) es su tema, no mío. No necesito vivir a través de otros, generar conflictos o armar bandos para una guerra que se pelea en el terreno de la imaginación. No necesito pensar que merezco algo de "la Vida".

Sí necesito que sepas cada día que te quiero. A vos, persona especial que estás en mi vida, nunca te van a faltar mi mano extendida ni mis palabras o actos de amor (privados, íntimos). Sí necesito la paz que conseguí a fuerza de darme mil batallas. Necesito de la naturaleza. Necesito mis cuadernos, la escritura, casi como al aire que respiro. Necesitaría vivir al lado del mar o la montaña, aunque sea unos meses por año (aunque esto es un condicional no inmediato ni excluyente; no puedo sentirme desagradecida con la vida que me ha tocado). Necesito, por nombrar algo frívolamente placentero, del mate por las mañanas y un poco de buena música variada en el celular para transitar estos espacios demasiado ruidosos. Necesito la música y las películas que puedo seguir viendo una y otra vez aunque sigan vivas e intactas en el recuerdo. Necesito estímulos constantes para que mi universo interior estalle cada día con una gama de colores diferentes. Necesito períodos más o menos largos de introspección o aislamiento (no puedo evitarlo). Necesito despertar cada día pensando que estoy en el Paraíso, por poco que dure esa sensación al encender la radio o llegar a la calle.

Si apenas una década y media atrás me hubieran dicho todo lo que mis significant others me dicen ahora me habría reído abiertamente. "Es una joda, ¿no?". Ahora la sonrisa es de gratitud e incredulidad. De a poco voy aprendiendo que algunas cualidades que consideraba menores han servido para llevarle algo de felicidad a gente que aprecio muchísimo, que quiero, que me importa. Increíblemente, a algunos desconocidos también. Al final, mi lugar en el mundo es un lugar de servicio: cada vuelta del camino me ha puesto a disposición de uno, varios o muchos. Cada vez son más y hay a quienes no conoceré jamás. Así lo prefiero. Que la energía positiva me acaricie una vez al día, cuando más lo necesito, es todo (y más de) lo que puedo pedir.

Aunque a esta altura de la vida hablar de experiencias como si fueran verdades es indudablemente pretencioso y poco humilde (sobre todo porque el aprendizaje nunca se acaba), creo que puedo decirles sin lugar a dudas que el mayor Maestro es el corazón. Si saben escucharlo, nunca los va a engañar. El problema es que aprender a escucharlo necesita de una cuota importante de abandono, intuición y confianza en uno mismo. Es imprescindible que apaguemos un poco el intelecto y el ego para que la cabeza y el alma queden absolutamente expuestos. Es fundamental también dejar de autojustificarse y aprender de una vez por todas que el "no sos vos, soy yo" puede, efectivamente, ser así tanto como al revés. Hacerse cargo de lo que es cada uno con sus fantasmas, limitaciones, errores y aciertos debe ser la tarea más interminable y dura del mundo.
Como suelen decir algunos de mis muy queridos maestros de la vida, se puede aprender de todo y de todos. Escuchar es un don precioso en vías de extinción. Oír, oímos todos. Escuchar... pocos. "Vengo con puños llenos de verdades" sólo es válido cuando las verdades lo ameritan, o la emoción nos tuerce el paso.
Pese a lo largo que lo expongo, creo que no es tan difícil. Sólo el que se carga la vida de ruido y obligaciones para no pensar corre el riesgo de truncarse en su crecimiento, por más que a su alrededor florezcan comodidades, trabajo, hijos y proyectos.
Yo quiero rendir, al final del camino, mis manos vacías y llenas de callos. Que cuando me pregunten en qué estaba invirtiendo el tiempo de mi vida pueda mostrar algo más que palabra escrita o diplomas en una pared. Quiero sostener la certeza de que en el final, el amor que obtienes es igual al amor que das.
Hasta ahora, cada vez que salgo de un período de silencio y oscuridad, o cada vez que caigo y me levanto, las manos que se extienden hacia mí no hacen más que darme la razón.

Gracias.

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Esta es la música que ilumina mis días, los últimos de calor furioso, y me cambia la cara cuando camino por la calle.

miércoles, marzo 16, 2011

Cocinar, ese placer


En la casa suele haber libros apoyados en cualquier lugar. Toallas y ropa colgadas de los respaldos de las sillas. Zapatillas tiradas por todos los rincones. Lo que nunca falta es el tiempo para cocinar. Los dos somos privilegiados en ese sentido: tenemos buena mano y buena predisposición, nos gusta la comida casera, disfrutamos cocinando. Disfrutamos sobre todo del rito de cocinar juntos, con música de fondo y conversando. Tal como lo hacíamos antes de la convivencia, cuando gastábamos la batería del celular mientras cada uno preparaba su cena, a mil kilómetros de distancia uno del otro.
Hoy, primer día del resto de mi vida y después de una semana de re-adaptación posterior a varios días de viaje laboral, descorchamos una botella de Syrah y abrimos las aceitunas al roquefort para celebrar una nueva tanda de decisiones consensuadas y de propósitos (míos) que seguramente volverán a llegar a un punto muerto en cuestión de días. Pero no importa.
Lo que más me importa en este momento es que la plancha esté bien caliente para recibir dos bifes, uno per capita. La copa recién servida con ese vino oscuro que no deja pasar la luz. Las cebollas rebanadas bien finas junto con el tomate, mientras controlo que no se pase la carne. Apoyar el traste en la mesada para mirar pensativa la colección de especias y aderezos que hemos ido juntando, viaje por viaje, hasta atiborrar el estante sobremesada y una alacena completa. Algunos son regalos de amigos muy queridos, como el cardamomo y la canela israelíes que nos trajo María y que administramos con avaricia. O las pastas de aceitunas patagónicas de Pau. Y pensar que todo empezó en el Barrio Chino, con las variedades de curry y mostazas, y la botella de ají picante de un litro que lleva casi dos años en la heladera y que todavía no conseguimos terminar.


Pensar que cuando empecé a arrimarme a la cocina (por vivir sola y por la necesidad de experimentar variantes de platos clásicos, más que nada) me sentía una eficiente ama de casa. El punto máximo de mi creatividad eran los omelettes: llegué a rellenarlos con atún o lentejas cuando no tenía nada más que usar. Recocía incluso la salsa para las pizzas y los champignones hasta achicharrarlos antes de coronar con ellos una pila de fideos con crema. El pollo se hervía o se horneaba, como máximo con una capa de mostaza al limón. La carne también: al horno o a la plancha, a lo sumo un puchero con sal y dientes de ajo como único condimento. Lo único que podía amasar eran tortas fritas y unas pepas de membrillo (o pastafrolas) cuya receta tenía que espiar una y otra vez si no quería que la masa se quemara al cocinarla. Y era incapaz, absolutamente incapaz de hacer una salsa blanca o la masa de los panqueques. Solamente me salían bien las tortillas, algo increíble si se tiene en cuenta que las cocinaba en la misma sartén donde hacía las tostadas, los bifes de hígado y los buñuelos de membrillo, sin solución de continuidad.
Así sobrevivimos mis hermanos y yo los pocos años que compartimos juntos. Cuando me fui a vivir con el Ra, empecé a soltarme un poco más, a leer e investigar recetas bien hechas y a frecuentar gente más cocinera que me fue inculcando nuevos hábitos, incluso el disfrute discreto del buen vino. Muy poco tiempo después, bastó que él llegara para hacerme entender que cocinar era otra cosa. Que hace falta más que el simple gusto de comer; que elaborar lo que uno come y lo que va a probar ese otro que nos importa agasajar es un acto de amor. Ni más ni menos. Y que cada plato, así sea el más común y corriente de los platos, es especial y digno de la dedicación que ponemos los que damos al comer la importancia que ese acto cotidiano merece.
Con él aprendí que se puede cocinar en treinta minutos algo tan maravilloso y simple como unas crépes vegetarianas. Supe que incluso una heladera vacía y una alacena limitada pueden contener el germen de un plato nuevo. Que los condimentos adecuados son la clave para transformar una comida de todos los días en un nuevo clásico. Que la clave maestra de quienes saben cocinar son buenos cuchillos, bien afilados. Y que, sobre todo en invierno, no pueden faltar una buena cantidad de deshidratados (avena, sémola, cebolla, ajo, espinacas) a los que recurrir cuando la imaginación agotó polentas, arroz, fideo, guisos y potajes varios.
Yo, que no condimentaba las ensaladas más que con aceite de girasol, sal y limón, comencé a alternar la sal común con la marina y ahora incluso me animo a las sales especiadas. En la alacena, el vinagre de alcohol y el de manzana conviven con dos tipos diferentes de acetos. El aceite de girasol es apenas un resguardo por si se acaba el cumplidor aceite de oliva catamarqueño, comprado por galón cuando tenemos la posibilidad de ir de visita por allá. Pero usamos, más que nada, el spray vegetal para casi todo.
Rescaté la mandolina de mi bisabuela para darle a los salteados y ratatouilles el corte justo, además de jugar con las clásicas papas rejilla o acanaladas en ocasión de recibir visitas. Reciclamos una olla gigante para esos días de invierno en los que hay que repartir entre batallones o guardar viandas en el freezer, y otra olla que además es vaporiera. Gracias a ella, no hemos vuelto a comer brócoli, coliflor o repollitos hervidos, sino que los podemos tener en el plato con su color y sabor originales, tiernos y turgentes al mismo tiempo.
Ahora me animo a innovar con bollos de masa (yo, que nunca fui capaz de hacer una hogaza de pan sin que se apelmazara...) y a adaptar recetas que veo en TV o internet. Me gusta inventar nuevas ensaladas y armar picadas vegetarianas por muy poco dinero. Revitalicé mi gusto por el picante y en la heladera nunca hay menos de tres variedades de ajíes, cuatro tipos de quesos, un vino para cocinar y caldos saborizantes varios: comodines salvadores de cualquier urgencia culinaria.
Incursionamos con bastante audacia y éxito en la comida mexicana, la judía, la árabe, la china, el sushi... Él se convirtió en el responsable de las olladas de locro del 25 de mayo, de la humita norteña y de las pizzas de los viernes entre amigos. Yo tengo mis propias especialidades: nadie me gana cocinando cualquier tipo de empanadas (especialmente fatay) o tartas con masa casera, y puedo pasarme una tarde tranquila amasando pan árabe para algún evento especial, o para guardar en el freezer y usar de comodín.
De a poco vamos dejando de comprar cosas que podemos elaborar en casa: el vinagre para el sushi, conservas de distintos tipos y aderezos caseros, además del pan para recibir visitas y algún postre rescatado de los recuerdos de infancia que se pueda preparar en cuestión de minutos.
La regla suele ser "nada se pierde; todo se transforma". Una máxima de oro que incluso nos salvó en el campamento este verano, cuando con apenas una garrafita pudimos improvisar una comida de tres pasos, con salsa agridulce incluída, usando un sobre de ketchup, huevos, cebollas y el puré que había sobrado del mediodía. O la noche lluviosa de nuestra llegada a San Martín de los Andes, cuando la última pechuga de pollo grillada fue a parar al glorioso risotto que nos calentó la noche a 5º.

Todo esto pensaba con el traste apoyado en la mesada, en el silencio de una noche que presagia lluvia y recordando los pequeños actos de amor que a veces nos negamos, incluso teniéndolos al alcance de la mano. Algo tan sencillo como cocinar para un amigo, sentarse a la mesa aunque estemos solos con un plato sencillo para comer en paz, o enseñarle a un niño a participar del rito de la cocina, para que, con suerte, el día de mañana no tenga que depender de nadie más (especialmente de un delivery) para disfrutar de la costumbre más vieja del mundo.