domingo, marzo 11, 2012

Perro verde con dos colas

Now, a staple of the superhero mythology is, there's the superhero and there's the alter ego. Batman is actually Bruce Wayne, Spider-Man is actually Peter Parker. When that character wakes up in the morning, he's Peter Parker. He has to put on a costume to become Spider-Man. And it is in that characteristic Superman stands alone. Superman didn't become Superman. Superman was born Superman. When Superman wakes up in the morning, he's Superman. His alter ego is Clark Kent. His outfit with the big red "S", that's the blanket he was wrapped in as a baby when the Kents found him. Those are his clothes. What Kent wears - the glasses, the business suit - that's the costume. That's the costume Superman wears to blend in with us. Clark Kent is how Superman views us. And what are the characteristics of Clark Kent. He's weak... he's unsure of himself... he's a coward. Clark Kent is Superman's critique on the whole human race.
(Bill a Beatrix, Kill Bill Vol. 2, Quentin Tarantino - 2004)

Domingo, circa mediodía.Camino por la calle vestida de chavita (sin gorro ni tirantes) rumbo a Farmacity, sintiendo que las conversaciones en familia de ayer y toda la música escuchada en el trabajo, y el vuelapluma violento de toda la semana no alcanzarían a resumir un átomo de las cosas que me cruzan por la cabeza desde que me despierto hasta que me acuesto. 
En Sarmiento y Libertad hay una horda de gente sobre la calle. Gente tranquila en un domingo tranquilo, los autos ya casi no pasan por allí aunque no hay policías que corten. Los esquivan, acostumbrados: hace unos cuatro años que el CC Buen Ayre se encuentran estos personajes, no todos los fines de semana (pero casi). La cola empieza y casi termina en la puerta; una cola irregular, de chicos disfrazados (pocos treintañeros, como yo) que se forman de a cuatro, a veces de a seis o más a lo ancho y, lógicamente, desbordan las veredas, dan la vuelta completa a la manzana. El evento abre no antes de la una, pero ellos están desde las nueve de la mañana, a veces desde mucho antes, formados para entrar. Las caras son todas de alegría, y eso que es un día de calor y la mayoría de ellos se tiraron encima pelucas, tapados, polleras doble tutú, borceguíes, maquillaje; están en su elemento, ni siquiera hablan fuerte. Un grupo de cinco Hell's Angels a la vuelta de mi casa mete más bochinche los sábados por la mañana. Ellos se divierten sólo de estar ahí parados, entre pares, sin alcohol de por medio. Puro entusiasmo. Deben haber preparado este encuentro hace un mes, por lo menos. Remeras de Manowar se mezclan con uniformes de colegialas de animé, cadenas y cruces relucientes con el frufrú del tafetán. 
Vuelvo de la farmacia, un buen rato y dos bolsas de productos después. Me siento fuera de este mundo. Camino una cuadra con los ojos cerrados. Los abro, una abeja baila frente a mí (apis mellifera, no apis mellifera scutellata*) y ya no siento el miedo que solía cuando era chica; lo tomo como el presagio del viaje que viene, de los días de frío, lluvia y sol al aire libre que me esperan dentro de muy poco. 
La fila de otakus y demás ya empezó a avanzar y mientras miro a todos estos chicos pasar sin apuro pienso cuánto más cómoda me sentí toda mi vida entre lo que muchos consideran "la diferencia". Lo diferente. Me pregunto cómo me verán ellos, qué pensarán al verme pasar vestida para limpiar la casa, con una cola de caballo floja y los anteojos sucios, de zapatillas, seria. Me pregunto qué llenará sus cabezas e imagino que alguno de ellos se interesa por sobreponerse al prejuicio y trata de ahondar en mis propios pensamientos. Lo imagino reconociéndose en muchos de ellos; todavía soy esa adolescente freak, y ni siquiera hay que escarbar lejos de la superficie para encontrarme.
Ayer, caminábamos los dos rumbo a Parque Centenario. Yo envidiaba su comodidad: aún vestido formalmente es un hombre sencillísimo, mientras yo me sentía ajena en un vestido de seda fría con sandalias de plataforma. Después de maquillarme no había querido volver a verme en un espejo y mi mirada rehuía incluso las vidrieras. Le dije que sentía que este era el disfraz para mi vida: cada vez que uso algo que destaque mis rasgos o mi femineidad, siento que interpongo una máscara que me aísla del mundo.
Allí, entre semáforos, él me regaló la mejor definición de mi propio extrañamiento.


*mi papá y mi hermano alguna vez fueron apicultores.



3 comentarios:

Rodrigo Robles Tristán dijo...

Qué extraño lo que voy a decir... pero fuí más o menos espectador de esa escena, uds iban caminando unos pasos delante de mí, que salía de casa rumbo a Corrientes. Iban delante, me atrasé en un kiosco y los alcanzé cruzando el semáforo de la Avenida. Después me encontré con quien me acompañaría a comprar regalos en el Once y todavía los ví perderse cerca de Tribunales. Me impresionó lo saludables que están (a él sólo lo conozco por fotos), y, ratifico, la dieta que han inventado es sumamente efectiva. Principalmente porque se hace de a dos. Qué lindo ver parejas así... que hacen la diferencia. Saludos!

Cassandra Cross dijo...

Ey!! Qué lindas palabras, vecino :-)
Se agradece la apreciación, y nos motiva más a seguir.

Rodrigo Robles Tristán dijo...

De nada. Te espero por mi blog.