domingo, marzo 18, 2012

Río Babel

Mi cabeza a veces es como el hamster que se sube a la rueda y no sabe cómo parar, o no quiere parar, y a la vez no llega a ninguna parte. Fluctúo entre esos días y un caos organizado, entre el querer y el deber hacer, entre los proyectos y la inmediatez de lo cotidiano, entre lo que más me cuesta y lo más sencillo. Procuro fluir de un lado a otro con naturalidad y en ese fluir se me escurre la vida. Días, semanas, años. Los preciosos minutos con vos a mi lado. Las palabras en el teléfono, los afectos que extraño y que sin embargo siempre están allí. 
Ya tengo casi treinta y dos, unos cuantos buenos amigos, muchísimos excelentes conocidos y compañeros de la vida, cientos de miles de experiencias y otros tantos sueños por realizar. Aprendí a vivir sin apuro, a dejarme ser, con mis contradicciones y conflictos a cuestas. A estacionar en dos maniobras (después me olvidé), a tenerle respeto a las causalidades, a fijarme siempre en lo que hace el otro pero sin dejar de hacer foco en mí misma (aunque doy bandazos). Sigo acumulando conocimiento inútil y postergando lo supuestamente útil para "más después". Me caso en un poco más de un mes, firma de papeles sin suelta de palomas ni música, ni risas; después será agarrar el auto y salir tranquilos a donde nos lleven la ruta, el clima y las ganas, con lo mínimo indispensable para no pasar frío ni hambre y arreglarnos donde se pueda, como se pueda.
Ya no tengo miedo a pelearme, no tengo miedo a decir lo que pienso, no tengo miedo de mi muerte. Hace poco más de diez años decidí que el miedo nunca más sería una variable de mi vida. ¿Temerosa o temeraria? me pregunté en el ´95, sentada en el pupitre después de terminar la tarea de la clase del día, y garabateé un test como si fuera a publicarlo en la revista Querida. Un cuestionario que jamás le hice a nadie y que debe estar durmiendo en alguno de mis cajones de escritos del pasado. Ya hice mi testamento en vida para que les sea más fácil dejarme ir, dejé indicaciones varias aunque no es obligación de nadie cumplirlas. Y si sobrevivo a todo lo que me rodea y llega el momento en que no pueda valerme por mí misma, sabré qué hacer. No me ata la nostalgia. Vivo para ver el futuro y para regalar todo lo que tengo. Fluir, circular, todo es lo mismo. El mundo sigue. Yo sigo.
Feliz domingo para todos.



domingo, marzo 11, 2012

Perro verde con dos colas

Now, a staple of the superhero mythology is, there's the superhero and there's the alter ego. Batman is actually Bruce Wayne, Spider-Man is actually Peter Parker. When that character wakes up in the morning, he's Peter Parker. He has to put on a costume to become Spider-Man. And it is in that characteristic Superman stands alone. Superman didn't become Superman. Superman was born Superman. When Superman wakes up in the morning, he's Superman. His alter ego is Clark Kent. His outfit with the big red "S", that's the blanket he was wrapped in as a baby when the Kents found him. Those are his clothes. What Kent wears - the glasses, the business suit - that's the costume. That's the costume Superman wears to blend in with us. Clark Kent is how Superman views us. And what are the characteristics of Clark Kent. He's weak... he's unsure of himself... he's a coward. Clark Kent is Superman's critique on the whole human race.
(Bill a Beatrix, Kill Bill Vol. 2, Quentin Tarantino - 2004)

Domingo, circa mediodía.Camino por la calle vestida de chavita (sin gorro ni tirantes) rumbo a Farmacity, sintiendo que las conversaciones en familia de ayer y toda la música escuchada en el trabajo, y el vuelapluma violento de toda la semana no alcanzarían a resumir un átomo de las cosas que me cruzan por la cabeza desde que me despierto hasta que me acuesto. 
En Sarmiento y Libertad hay una horda de gente sobre la calle. Gente tranquila en un domingo tranquilo, los autos ya casi no pasan por allí aunque no hay policías que corten. Los esquivan, acostumbrados: hace unos cuatro años que el CC Buen Ayre se encuentran estos personajes, no todos los fines de semana (pero casi). La cola empieza y casi termina en la puerta; una cola irregular, de chicos disfrazados (pocos treintañeros, como yo) que se forman de a cuatro, a veces de a seis o más a lo ancho y, lógicamente, desbordan las veredas, dan la vuelta completa a la manzana. El evento abre no antes de la una, pero ellos están desde las nueve de la mañana, a veces desde mucho antes, formados para entrar. Las caras son todas de alegría, y eso que es un día de calor y la mayoría de ellos se tiraron encima pelucas, tapados, polleras doble tutú, borceguíes, maquillaje; están en su elemento, ni siquiera hablan fuerte. Un grupo de cinco Hell's Angels a la vuelta de mi casa mete más bochinche los sábados por la mañana. Ellos se divierten sólo de estar ahí parados, entre pares, sin alcohol de por medio. Puro entusiasmo. Deben haber preparado este encuentro hace un mes, por lo menos. Remeras de Manowar se mezclan con uniformes de colegialas de animé, cadenas y cruces relucientes con el frufrú del tafetán. 
Vuelvo de la farmacia, un buen rato y dos bolsas de productos después. Me siento fuera de este mundo. Camino una cuadra con los ojos cerrados. Los abro, una abeja baila frente a mí (apis mellifera, no apis mellifera scutellata*) y ya no siento el miedo que solía cuando era chica; lo tomo como el presagio del viaje que viene, de los días de frío, lluvia y sol al aire libre que me esperan dentro de muy poco. 
La fila de otakus y demás ya empezó a avanzar y mientras miro a todos estos chicos pasar sin apuro pienso cuánto más cómoda me sentí toda mi vida entre lo que muchos consideran "la diferencia". Lo diferente. Me pregunto cómo me verán ellos, qué pensarán al verme pasar vestida para limpiar la casa, con una cola de caballo floja y los anteojos sucios, de zapatillas, seria. Me pregunto qué llenará sus cabezas e imagino que alguno de ellos se interesa por sobreponerse al prejuicio y trata de ahondar en mis propios pensamientos. Lo imagino reconociéndose en muchos de ellos; todavía soy esa adolescente freak, y ni siquiera hay que escarbar lejos de la superficie para encontrarme.
Ayer, caminábamos los dos rumbo a Parque Centenario. Yo envidiaba su comodidad: aún vestido formalmente es un hombre sencillísimo, mientras yo me sentía ajena en un vestido de seda fría con sandalias de plataforma. Después de maquillarme no había querido volver a verme en un espejo y mi mirada rehuía incluso las vidrieras. Le dije que sentía que este era el disfraz para mi vida: cada vez que uso algo que destaque mis rasgos o mi femineidad, siento que interpongo una máscara que me aísla del mundo.
Allí, entre semáforos, él me regaló la mejor definición de mi propio extrañamiento.


*mi papá y mi hermano alguna vez fueron apicultores.



domingo, marzo 04, 2012

Sobre el no-amor.

El amor es difícil. Cuesta amar. Por eso es un bien tan preciado y no debe ser tomado ni brindado a la ligera. Aquel que quiera amar debe estar dispuesto a obrar en consonancia.
Surge muy fácil el amor cuando los vientos son favorables, cuando hay salud y equilibrio y dicha. Surge muy fácil cuando hay empatía y los defectos y virtudes se alinean sin esfuerzo. Se enraiza con mucha fuerza, aunque provisoriamente, en los espíritus volubles, proclives al vaivén emocional; los mismos que rebotan sin escalas hacia el temor o el odio. Así, por una perversión de la simpatía cósmica, el que hoy está triste desearía que todos se ahoguen en mierda y el que está feliz necesita que todo su entorno sea feliz, y si las cosas no salen como él las siente, entra en pánico intentando organizar el caótico entorno que todavía sufre los coletazos de su depresión anterior. O siente culpa de ser feliz, lo mismo da.
No suele entenderse que el amor es un mecanismo de lo más sencillo: el que recibís es igual al que das. El problema se plantea cuando el amor que se pretende es el de una sola fuente (persona o colectivo de personas). Así, una mujer que llora por un desengaño amoroso piensa que nadie la quiere, mientras sus amigos y familia alrededor se desviven por demostrarle afecto; un hombre ignora a sus hijos devastado por el desprecio o indiferencia de su pareja; hay quien se desvive por el reconocimiento y el amor de un amigo puntual relegando a los otros, y una abuela llora por uno de sus nietos aunque tenga a los demás dispuestos a acompañarla.
El amor nos rodea todo el tiempo. Incluso cuando estamos solos. Incluso en momentos oscuros donde no se puede ver claramente la salida a una situación de espanto. Y sin embargo es tan fácil darse cuenta de las señales de amor allí, a la mano. Pareciera que el ser humano está programado para ignorar sistemáticamente su propio anhelo, o quizá sea que necesita no ver la luz para atravesar algún tipo de duelo.
El amor también está en la mano firme de quien te ayuda a levantarte con algún gesto de admonición. Está en el que calla para protegerte de sí mismo. Está en las cosas que nunca te acordás que hiciste por otros hasta que viene el rebote del karma y te inunda de una luz inesperada.
El amor no está en las palabras vacías, en la catarsis egoísta, en la verborragia apasionada del post coito, en la ebriedad del momento del encuentro. Ahí, en esos instantes, está apenas la semilla del amor lista para germinar. El resto es esfuerzo. Remarla. Cultivar el día a día con otros sentimientos y cualidades.
Conozco tantos optimistas del amor que se quedan a medio camino, pensando que el afecto se riega solo, se cuida solo... y que después vienen a patalear un reclamo absurdo, como si el amor fuera un derecho adquirido. (Como en este mundo todo tiene que ver con todo, algo dije ya por aquí cuando hablaba del amor fraternal y filial).

Todo lo que no es amor no siempre es odio. A veces es... no-amor. No sé cómo describirlo mejor. El amor enfermizo que te profesa una persona violenta, por ejemplo; y esto lo digo pensando en algo que acabo de leer y que siempre cruza mi cabeza en algún momento del día.
El amor que eclosiona atado a algún tipo de obsesión, a la furia, a los sentimientos negativos, es la peor forma del no-amor. Asociado a cualquiera de estas llagas vivas, el amor se pudre y se pervierte derramándose en el entorno con consecuencias peligrosas para cualquiera que esté en el radio de influencia de semejante enfermedad. El no-amor contamina todo lo que toca. Perjudica a los directamente involucrados y al entorno, especialmente a los niños. 
El paradigma, MI paradigma del no-amor, es este. El del violento. 
El individuo violento muchas veces no percibe que lo es. Se siente equilibrado. Justifica su explosión en el otro: siempre fue el otro el que tuvo la culpa. 
Aunque pida perdón, no perdona al otro por "provocarlo", por dejarlo expuesto; su pedido de disculpas no es sincero, ya que no se siente culpable. Nunca lo es. 
Si la persona que tiene al lado es mansa, o su ventaja física y psíquica sobre ella es evidente, su coartada se cae (ya que no hay cómo justificar las explosiones con esa persona, llámese pareja o niños). Entonces, la culpa es de la infancia de mierda que tuvo, porque su padre le pegó o porque las malas juntas, o porque otro adulto abusivo... 
El violento es muy sensible, sí: pero llora sólo por sí mismo. Pide siempre comprensión, tolerancia, paciencia, perdón... pero es incapaz de sentir empatía por el dolor del otro o sus necesidades.  
El otro, los demás, son cosas. Cosas que el violento necesita, como se necesita poseer algo. Son público: él es el único actor posible en el escenario de la vida. Que nadie se atreva a robarle el protagónico, que nadie se atreva a negarle lo que pide. Con suerte, pide "sólo amor". El problema es que no hay medida que lo llene.  
Estos individuos no pueden percibir el amor que reciben porque no se sienten capaces de brindarlo. De hecho, no lo brindan aunque se esfuercen. Aunque verdaderamente se esfuercen. Viven frustrados porque nunca están conformes. Nunca están conformes porque no se preguntan realmente qué es lo que está mal. Creen que lo que está mal está siempre afuera, no se interpelan a sí mismos. No entienden que el problema son ellos. 
Entonces, de nuevo, la culpa afuera. El pato lo pagan los seres más queridos, los únicos que están cerca.
Vuelve la violencia: verbal, física, psicológica. Nunca me das lo que te pido. Ves que no servís para nada. No me acompañás. No me entendés. Sos un hijo de puta, mirá lo que me hacés hacer, sacás lo peor de mí. Yo que te doy todo. Hoy estoy de malas, ni me mires... me estás mirando, ¿ves que me estás provocando? Salí de mi vista. ¿Por qué no me querés? No me importa nada, ya estoy jugado, la vida se terminó para mí. ¿Vos sufrís? ¿VOS estás mal? ¿¿Y yo??

No hace falta leer ningún libro de psicología para entender que el primer objeto de amor, cuando empezamos a desarrollar la conciencia del otro, es uno mismo. Ni más ni menos que uno mismo.
El que manifiesta alguna de las formas de no-amor ha fallado en este sencillo primer precepto, porque no se ama a sí mismo. Se quiere y se valora de mala manera. Ha sido su primera víctima, pero no será la última. 

Hasta que aprenda a amar.
Si aprende.



viernes, febrero 24, 2012

Pasajeros del silencio

Esa mañana, Laura se tomó el Sarmiento. Igual que todas las mañanas. Un poco triste por el fin del fin de semana largo, un poco contenta de que fuera semana corta. Dejó atrás Haedo, Ramos, Ciudadela, Liniers... Los barquinazos eran los de siempre. Las frenadas, más o menos bruscas. Lo de siempre. Laura iba parada porque desde Moreno, la estación cabecera, el tren venía lleno. En Floresta, el tren casi no frenaba. Con la cabeza puesta en llegar temprano, ni se dio cuenta que la velocidad era mucha cuando llegaron al andén de Once. 
Laura iba en el primer vagón.
Se salvó porque estaba parada y se sostuvo con todas sus fuerzas de algún respaldo, pero el cuerpo se le combó en un segundo por la violencia del choque. 
Cuando reaccionó, ni siquiera se dio vuelta a ver cómo el techo se doblaba y comprimía por el peso del segundo vagón. Quiso salir, a cualquier precio.Estalló una ventana justo en el momento en que abrió la boca para gritar; tragó cristal roto, el marco le golpeó las piernas. Se cayó. La pisaron. Pudo levantarse. Logró salir, todavía no sabe cómo. Laura cuenta que vio gente sin piernas, con las piernas amputadas. Que la sangre. Que los gritos. El olor. 
El dolor.
Laura está en shock y no puede volver al trabajo porque no se anima a subirse al tren.

Ya pasaron dos días. 
En la radio, Ernesto Tenembaum editorializó: "Hay un silencio que crece". Es verdad: hasta el momento, ninguno de los miembros del poder ejecutivo nacional se expidió al respecto. Un par de ministros, carne para los cuervos. Y claro, un programa de televisión que salió a hacer análisis de medios, como si el grupo Clarín o Juan Pablo Varsky hubieran prohijado con fondos del Estado a los corruptos empresarios que dejaron que las vías del Sarmiento sean peligrosas para transitar a velocidades mayores a 30 km/h. Que dejaron a los trenes sin mantenimiento hasta que, en este miércoles fatídico, uno directamente no frenó.

Este silencio cobarde es un eslabón más de la cadena de ignorados. De nadies. De ciudadanos de segunda. Para un líder político, hace año y medio atrás, hubo "dolor nacional". Para un Flaco querido que se va, para cualquier ídolo de multitudes. Para los que enderezan lo roto, para los que pagan el impuesto que hace que el festejo del Bicentenario o las pompas fúnebres de un ex presidente sean memorables, sólo hay silencio oficial.
Los aullidos pasan por otro lado. Llámese redes sociales o el hall de Plaza Miserere. 

Cada muerte, cuando llega, es irreversible. Siempre quedan algunos a quienes les duela, como duelen todas las ausencias. El dolor de una persona a la que le arrancaron de un día para el otro a su ser más querido no tiene arreglo.
Lo que no es irreversible es el daño a futuro, porque si hay algo que las tragedias enseñan a los pueblos, es que se puede (y se debe) aprender. Actuar desde la prevención. Solucionar desde el reconocimiento del problema; por ahí se empieza.
En realidad, podríamos empezar hablando, pero no hablando por hablar, "al cuete", como decimos en el terruño. No hablar bolazos. No más de lo mismo. Y que las palabras lleven a los hechos. Y que nunca más, por favor. Nunca más, pero en serio. Nunca más esperar a más adelante. 
Lo que nos pasa hoy es el resultado de ayer, y lo que dejamos sin pagar hoy, se nos reclama con intereses mañana. 

Cuando los militantes ultrakirchneristas con los que trabajo me hablan de una nueva Eva, yo pienso en una mujer que, en esta coyuntura, se habría acercado a la estación a ayudar hasta el límite de sus fuerzas. En una mujer capaz de trabajar con un grupo de asistencia a familiares, en alguien con la capacidad de escuchar. En alguien para quien el sencillo gesto de tender una mano es lo más natural del mundo, aunque nunca alcance. Esa es, en parte, la Eva que tengo en mente.
Pero tenemos una dirigencia con la capacidad de reacción de un tren de TBA
No nos gobierna una estadista, sino una reina de hielo que comunica sin espontaneidad, calculadoramente y tarde. Siempre tarde.
Tenemos un vicepresidente tan cool que toca la guitarra eléctrica en eventos en vivo, tiene una espectacular novia-trofeo y una cuenta muy activa en Twitter. Pero que es incapaz de calzarse las zapatillas cancheras que gasta en un escenario para caminar junto al SAME, la Policía, los Bomberos o algunos familiares que piden que alguien dé la cara. 
Tenemos un ministro de Planificación con la cara de cemento, que sobrevivió a escándalos que en otro país (¿acá, en otra coyuntura?)  habrían descabezado gobiernos completos.
Tenemos una Justicia cómplice de empresarios corruptos y funcionarios prebendistas.
Tenemos medios oligofrénicos que instalan y desinstalan agenda con tanta y tan obscena rapidez que lo que ayer era bueno hoy es malo. Tenemos cada vez más burros, más sordos, más neuróticos que no quieren aprender, oír ni ver.

Lo más terrible de todo, tenemos anemia de acción. Nos estamos acostumbrando a dejarnos llevar a la rastra, a las patadas, porque creemos que la única que nos queda es gritar a tontas y locas mientras Algo Allá Afuera nos pone de cabeza, nos obliga a hacer cosas que no queremos, nos acorrala, nos mata. Y de a poco, también nos quedamos sin voz. Afónicos de tanto gritar, porque la inexpresividad en la cara del que nos arrastra nos convence de que nos hemos quedado mudos. O que ellos son sordos.

ES MENTIRA. Mentira que nos arrastren. Mentira que no podemos. Mentira que nos llevan y que no hay nada que hacer. Siempre se puede hacer algo, SIEMPRE. Allí están Famatina y Alumbrera de pie. Allí está Esquel. Allí están los Qom, la Asamblea de Gualeguaychú, los curas villeros, las Madres del Dolor, Susana Trimarco, La Alameda, Red Solidaria, cientos de comedores comunitarios, el Tren Alma, Médicos sin fronteras, tantos más que mi memoria ametralla. 
Lo único que puedo pedir en este momento es un poco de justicia. Y que las voces no se callen, ni ahora, ni nunca.

(Dedicado a esas manos que ya no se mueven para obrar, ni para acariciar).

jueves, febrero 09, 2012

Nosotros, los gordos

Sé que algunos de quienes todavía me leen aquí o en Twitter no me junan en Facebook, es difícil mantener todo así pegoteado en la vida, y más cuando una es la inconstante que es. Sin embargo, en algo me he mantenido constante los últimos meses: en mi propósito de llegar a terminar la tesis, la escritura, el plan de mudanza a mediano plazo (con todo y proyectos imbricados) y algo que me pone bastante más orgullosa a la luz de los rápidos resultados: mi cambio definitivo en la relación con la comida.
Todo esto lo pueden encontrar en Nosotros, los gordos; blog que empezamos casi casi con el año 2012 y que administramos con mi compañero de la vida. Allí contamos la experiencia que estamos transitando ahora mismo, veinte kilos menos después (yo: él, muchísimo más). Colgamos el programa de alimentación responsable que seguimos a rajatabla desde agosto de 2011, escribimos recetas propias y tips, linkeamos notas y noticias interesantes... Además, aceptamos comentarios, sugerencias y todo lo que quieran mandarnos. No pretendemos enseñar nada, sólo compartir una experiencia... Aunque yo creo también que esa experiencia de dos puede estar generando también algo de conciencia colectiva entre los lectores más fieles; hay un par de amigos transitando ya este mismo camino con buenos resultados.
Les invito, si gustan, a dar una vuelta. A hacerse seguidores, por qué no. Recomiéndenlo si les parece bien, si creen que hay alguien de su entorno que se pueda sentir identificado con la situación que vivimos nosotros, y tiene oportunidad de cambiar un poco su vida.
Todas las sugerencias y críticas serán atendidas y bienvenidas. Gracias por acompañarme también en esto.

martes, febrero 07, 2012

Soñadores y magos

Entramos al cine con la amenaza de la lluvia a lo lejos. El corte (mínimo) de la proyección cerca del final nos avisaba que la tormenta finalmente estaba sobre nosotros, allá afuera... esperándonos.
En la puerta, al salir, la gente de azúcar esperaba apretujada que los taxis pararan cerca del Gaumont. Caía (todavía cae) agua a baldes sobre las calles de Buenos Aires. Agua caliente. Vinimos sin paraguas, pero listos. Nos miramos agarrados de la mano, cómplices.
Y dejamos que las lágrimas se confundieran con las gotas y se fueran. Y reímos como niños mientras corríamos en la lluvia.

No es la primera vez que la magia del cine me acompaña más allá de la pantalla, transformándome.
Tampoco será la última. 
Gracias por permitirme seguir soñando.




(... También quiero hacerme viejita a tu lado. Mi mago.)

sábado, febrero 04, 2012

Aquellos días, estos días.

Mi cuerpo está cansado. Mi cabeza también. A veces no sé cuál de los dos cansancios tira más, pero le juego unas sotas a la cabeza. Después de todo y pese a la enorme ayuda que significó perder todo el sobrepeso que arrastraba hacía años, es verano: voy a sufrir el calor hasta el día que me muera, me revienta mucho más un día de calor que un día de limpieza. En cambio, la cabeza...
Cuerpo y mente concuerdan en una sola cosa en estos días: la nostalgia. Extrañar esos abrazos, aquellos momentos. Últimamente vivo de duelo en duelo, derrochando adioses que las muchas bienvenidas no llegan a compensar. Cada pieza de mi corazón que se pierde o cambia de sitio lo redefine todo. Todo. Por más que deje ciertas reflexiones para más tarde, los hechos (lo que es, en este momento: lo que está pasando) se imponen siempre en algún momento del día, usualmente el más inesperado. El más desequilibrante e inoportuno. Y tengo que apretar los dientes para no llorar, tengo que hacer fuerza para cambiar el carrete de película en mi cerebro. Tengo que tratar de poner en perspectiva todo lo que me pasa y vencer, todos los santos días, el impulso de hacer algo estúpido. Tengo que reírme o enojarme. Y todo es esfuerzo agotador que lastra mi energía. 
No tengo quejas, sí preguntas. Muchas preguntas, las de siempre y las nuevas. A veces me frustro mirando al costado y pensando cómo hacen algunas personas para que todo les resbale, para engañarse de manera tal que siempre el otro tiene la culpa y, por ende, ellas no tienen que hacerse cargo de nada. El otro, fue. Yo no puedo hacer eso. Será mi premio o mi castigo, no puedo. No tiene que ver con ser mi propia verdugo; tiene que ver con la asunción de responsabilidades que me corren en este duelo que no puedo resolver ni siquiera para mí, pero que gustosa arreglaría para todos.
No sé cómo decirle a esta persona todo lo que la extraño, lo que la necesito. Lo fuerte que la abrazaría y el gusto con el que me quedaría a su lado a arreglarle la vida si pudiera. No puedo decírselo, lo mataría. Le haría más daño del que ya tiene encima. Entonces, dejo que el silencio y la represión me maten un poquito para compensar. Me acostumbro (o eso intento) a sentirme permanentemente incómoda. Los años me prepararon para hacerme una idea de lo que iba a ser este trance, pero no para la forma de mis pensamientos y mis emociones hoy. De alguna manera, al dejar de ser la que era cuando empecé a armar este rompecabezas mental (ese what if que el paso del tiempo iba volviendo más lejano y difuso) las cosas quedaron congeladas y mi movimiento hace que hoy las descubra grotescas.
Como si le estuviera pasando a otra persona. Como si las personas del cuadro fueran reflejos, sombras en la cueva. Como si la situación fuera ficción, volver a tener diez años y representar frente al espejo las cosas que haría y que diría si tuviera el valor, si me dieran la oportunidad. 
Desarmada, cansada, con la guardia baja, vuelve la peor de las nostalgias. La más perversa de todas. 
Porque no puedo (no debo) extrañar aquello que nos destruyó a todos. 
Es que en el ayer estuvieron también tantas alegrías... La raíz de mis afectos reside allí. Mis afectos no han cambiado, aunque se hayan formado en un entorno enfermizo resultaron sanos y constructivos, con el paso del tiempo. Y la cabeza busca volver a ese momento (¿costumbre? ¿reflejo?) y automáticamente la regreso al presente para que no se distraiga. 
Alerta, Cass, alerta siempre. Por el bien de nuestra alma.
Por la sana nostalgia. 
Curá tu corazón, secá esas lágrimas.
Sigamos adelante. 

El pasado pasó.

viernes, febrero 03, 2012

Propias y ajenas que me ayudaron a sobrevivir los últimos años.


Si caminas por un sendero sin levantar polvo, entonces no estás caminando por un sendero. Cuando haces un cambio verdadero en tu vida, las cosas se mueven, los amigos cambian y la gente no siempre está contenta con tu crecimiento. Los senderos auténticos nunca son tranquilos. Hoy reconoce que, mientras avanzas en tu vida, no todo el mundo va a apoyarte. No tengas problema con eso. Y dale hacia adelante.

Hasta el más hijoputa tiene quien lo ame, o ama tanto a alguien que sería incluso capaz de dar su vida. Eso renueva mi fe en la humanidad. Pero no lo hace menos hijoputa. 
(Queridos conspiranoicos mitómanos compulsivos, muertos para mí desde el día en que revelaron su miseria: todo llega. Descanso en la certeza de que incluso quienes más los defienden descubrirán por fin lo dañinos que son, y así tendrán la patada en el orto que necesitan para empezar a movilizar un cambio auténtico en sus vidas).

El amor no se puede forzar. Se siente o no se siente. Nadie está obligado a dar amor, nadie merece amor por decreto. No es cuestión de méritos.

Lo que no te mata, te fortalece. Lo que te daña también puede curarte.

El verdadero valor no nace de la negación del miedo, sino de enfrentarse a él y vencerlo de un día a la vez.

Aunque parezca paradójico, asumir que tenés un lado oscuro, miserias y defectos no te hace peor persona; sólo pone en perspectiva qué tan lejos estás de ser la mejor persona posible. Si no sos consciente de esto, ¿cómo pretendés llegar a estar alguna vez a la altura de ese ideal? Poder verse tal como uno es, por vergonzoso o doloroso que sea, es una bendición. Es autocrítica; es la puerta abierta al cambio. 

La confianza de los demás es un bien invaluable. Ser una persona recta, honesta y de confianza, tarde o temprano tiene su recompensa.

Siempre se puede dar un poco más, un paso más. En el movimiento y el servicio están las claves de un espíritu libre.

Y en el final, el amor que recibes es igual al amor que das.


sábado, diciembre 24, 2011

Cosas que ganamos en el fuego

Desde que trabajo en horarios normales, en semanas laborables relativamente normales, los viernes volvieron a ser mis días preferidos. Los viernes me cae encima una carga de euforia tal que siento que podría hacer cualquier cosa. Esa omnipotencia imprudente de la post-adolescencia que me hace volar con el pensamiento y que me transfigura de felicidad pura.
Ayer fue uno de esos viernes de volar dentro de casa. Abrazada a él, mirando el techo, repasando pasados y presentes, llegando a conclusiones nuevas, sorprendiéndonos todavía por el camino recorrido y por todo lo que tenemos que conocer, reconocer en nosotros mismos...

"Nosotros". Hablar en plural es mi singular hace ya un tiempo, y por primera vez en la vida es un singular compartido. Com-partido. Con un par, alguien que es y no es yo misma. Alguien con quien discutir ideas contrapuestas, puntos de vista no siempre iguales, reacciones muy distintas a los mismos estímulos. Un hombre excepcional, tan imbricado en su lado femenino (lunar, intuitivo) como yo en mi lado masculino (solar, pragmático). No existe el perfect match, pero así como creo en las causalidades también me permito creer que es posible la afinidad armónica en una pareja.
Sólo tienen que ser capaces de detectarse. Pavada de tarea...
Hace algo así como cinco años, un avatar dejó palabras en este blog y pronto esas palabras rebasaron el Extraño Mundo. Con los e-mails, los mensajes, las maratónicas llamadas (que sólo nuestra memoria conserva) y las cartas en papel que nadie leerá jamás, podría escribirse gran parte de una historia colectiva que nos desborda y que continúa hasta hoy. Si esas palabras no hubieran encontrado un eco en mis propias palabras, el fuego que a él le encantaba encender para volar los puentes que el mundo le tendía nos habría agostado a los dos, consumiendo cualquier posibilidad de un futuro que por aquél entonces sólo podíamos soñar. Como quien escribe historias que son deseo loco, deseo puro, pero que no se atreve a realizar por algún recelo absurdo.
Qué par de pájaros, los dos... tener que aprender a vivir con la pólvora mojada, después de décadas de fuego devorador. El hombre que volaba los puentes y la mujer que convertía en cenizas todo lo que tocaba terminaron construyendo una ciudadela sin muros donde tiempo, espacio, estaciones, comunicación, vínculos, pareja, romance... son conceptos maleables que se resignifican sin cesar.
Dos que pasaron la vida separados y que al encontrarse descubrieron que hacía tiempo latían sincronizados, parados en medio de las ruinas de sus propios proyectos, respirando agitados con las manos todavía ennegrecidas y pensando "hasta aquí llegué, ahora empieza la Vida".
Cada uno trajo su equipaje y se sentó en el pasto a mirar al otro. Exhibimos obscenamente lo más feo de nuestra propia conciencia, nos estudiamos con cautela. Sacudimos la cabeza una y otra vez, perplejos de que los defectos no espantaran al otro. Y una noche cualquiera, las palabras que no queríamos decir sencillamente brotaron. Se materializaron, después de ser sombras planeando entre los escasos silencios de nuestras madrugadas.

Este 2011 nos agarró subiendo y bajando vertiginosamente, viviendo situaciones descolocantes. Mientras se afianzaba la felicidad del pequeño núcleo familiar, el círculo inmediato (familia, trabajo, amistades, obligaciones) sufría. Las ondas de choque de cada pequeña crisis buscaron nuestros pies y allí fue donde pudimos comprobar la fuerza de los cimientos. Nunca me sentí más segura de mí misma que ahora, cuando realmente pongo a prueba lo que aprendí con los años. Y por primera vez me permití felicitarme por haber sabido preservar mi energía a salvo de las pequeñas mezquindades: no la gasté en resentimientos, reproches, ni en un solo pensamiento para los fantasmas de mi placard. Dejé que los muertos enterraran a sus muertos y gané la fuerza para mantenerme en pie en medio del fuego.
Hice, de paso, una pequeña lista de cosas que no querría perder jamás y que poco tienen que ver con lo material, aunque sí (y mucho) con aquél mundo de palabras que aún desprovisto de soporte físico somos capaces de llevar con nosotros a donde sea que nos lleve la vida.

- Esta sensación increíble de compañerismo que me abre un infinito de potencialidades, no sólo día tras día sino en cada futuro posible.
- La intuición, cada vez más aguzada.
- La noción total de valor de las palabras y de los silencios
- La capacidad de asombro.
- La autocrítica, el autoconocimiento.
- Mi valiosa y nunca demasiado estimada inteligencia emocional.
- La convicción de que todo lo que se desea correctamente, se cumple (mucho antes de saber que existía algo llamado "ley de atracción", ya la había puesto a trabajar para mí, y hoy tengo en la mano resultados que ni siquiera esperaba...)
- La cortesía, la alegría de vivir.
- La introspectividad necesaria para rearmarme.
- El blindaje férreo contra el resentimiento.
- La esperanza, pura y dura, de que vale la pena pelear y resistir por algo, siempre.



The thundering waves are calling me home, unto you.
The pounding sea is calling me home, unto you.

viernes, diciembre 23, 2011

Buscando el lado brillante de la vida.


En estos días siento que me quejo de todo. Me quedo sin fuerzas, y no tiene nada que ver con el fin de año (o quizás sí, no voy a andar subestimando el poder de la acumulación). Tengo la mejor de las voluntades de encontrarme con seres muy queridos, y a la hora de enfrentar la calle, la posibilidad de un diálogo, me apichono entera. A veces paso rato largo mirando el techo con el libro que no puedo terminar entre las manos, o jugando al Bouncing Balls en Facebook, o intentando desarrollar ideas para mis ficciones, o bailando en el living, sola. Cualquier cosa con tal de no pisar la calle.
Cualquier cosa, con tal de quedarme un rato callada.
Yo me quejo, sí; pero en el fondo sé que soy una chica afortunada. Si no, ¿cómo se explica que me haya cruzado con el tipo más generoso que conozco (que se preocupa por mi bienestar físico y mental, banca mis quilombos y me ayuda a crecer), que nos amemos como adolescentes desde el primer día y que, encima, nos hayamos elegido mutuamente? Sin mencionar el hecho de que pasó desapercibido delante de las narices de todas esas mujeres que se pasan la vida buscando un hombre con sus exactas cualidades. 
Definitivamente, soy la persona desafortunada con más buena suerte del mundo.
Llegan estas fechas que cada vez significan menos para mí. No hay arbolitos ni pesebres en mi casa. No hay adornos navideños. En Nochebuena, celebraremos con una pizza casera pequeña, picadita, alguna bebida. Miraremos películas que nos gustan, leeremos, nos iremos a dormir como cualquier otro día.
Solos. En silencio.
Para exorcizar al año que se va y hacer fuerza por el que está llegando. 

domingo, diciembre 11, 2011

Voces

Necesito empezar a quitarme la angustia de los días. La piedra de la panza. Los sueños inquietantes de estas fechas. Las profecías de autocumplimiento. Necesito resignificar de nuevo este seudónimo, limitarlo a sus origenes (más juguetones que cargados de simbología), despegarme de este innato dramatismo que tiñe mis acciones. 
En estos días de mar y caminatas en los que sólo me llenaron vos y la naturaleza, en los que volvimos a enumerar cada proyecto para el año próximo, me sentí segura y bien afirmada sobre mis pies. En cada rutina sin desperdicio, en cada lectura silenciosa, yace la clave de este hogar que, como gitanos, nos llevamos a todas partes sin instalarlo en ninguna.
Pero llegan los finales, los pequeños cierres (la tormenta de anoche que me puso en disposición enfermiza, otra vez) y vuelve todo eso de lo que creía escaparme. Y entiendo, aunque lo sé todo el tiempo, que no se escapa de la pulsión de muerte aunque se viva intensamente enfocado a la pulsión de vida. Que no podemos seguir como si hubiéramos cerrado una etapa si todavía nuestros cuerpos y almas acusan la vivencia, las consecuencias, los estragos. 
Hace tanto tiempo que elegí no odiar que escucharte ayer hablando de los odios necesarios me puso todo en movimiento. Dijiste algo así como que la mejor forma de odio, la más eficaz, es la indiferencia: una suerte de olvido sostenido el tiempo suficiente para borrar al sujeto de cada fibra de la propia existencia. Que ese sujeto desespere por saber qué hizo para merecerlo, sabiendo que nunca se lo vas a decir. El odio perfecto, sin odio. 
A los odios necesarios, en cambio (decías) hay que alimentarlos cada día; son esos que no ameritan el olvido, que merecen una condena diaria y a conciencia. Así como, a conciencia, vamos borrando a los sujetos que nos mellaron, tenemos que recordar a quienes nos hirieron de muerte.
Hoy me toca estar a caballito de algo que no sé si es odio.... o bien, si lo es, no logro distinguir a quién va dirigido. Lo único que sé es que es un odio necesario, porque necesito resolverlo y darle un lugar concreto, para ser capaz, de una buena vez, de construir ese futuro que me espera. ¿Es hacia un quién o un qué? ¿Debo acotarlo en tiempo y espacio? Y después de todo, ¿Qué es mi odio sino una operación consciente nacida del peso de mi estómago, de la insoportable sensación de aplastamiento que me gana una y otra vez, como en oleadas, desde hace días? ¿Cómo racionalizar mi parte más animal, la que aúlla "huí" cuando, en realidad, debo quedarme? 
Aún quienes sabemos escucharnos a la perfección necesitamos un segundo de vacaciones de la voz que nos abruma. Y en mi cabeza conviven muchas voces, porque nunca le puse una mordaza a ninguna de mis yo. Porque sé que, aún concluídas como etapas cronológicas, la Cass-niña, la adolescente, la cínica, la depredadora, la conchuda, la escritora compulsiva y la cobarde hija sometida de mi padre todavía pueden aconsejarme qué carajo hacer cuando todo depende de mí, cuando siento que el peso del universo cayó sobre mis hombros.
Agarrarlas a todas de las manos y armonizarlas es un esfuerzo que vale la pena, pero que todavía me mata de cansancio. Todas quieren (queremos) llegar al mismo lugar, al mismo tiempo. Es el "cómo" el punto de fisura. Cuanto más me hablan, más reconcentrada y silenciosa me vuelvo; más aislada. Mi energía se concentra en un núcleo duro y bien escondido para que ellas puedan tomar de allí lo que precisan (precisamos). Todo lo que ven, queridos afuereños, en estos días es la sombra de la sombra de una mujer que se mueve, quizá un poco más lentamente que de costumbre, hacia la pulsión de vida, hacia los proyectos  soñados, hacia las buenas noticias y todo lo que pueda nutrirme. Hacia todo lo que me puede salvar de este peso que no quiero, pero que tampoco puedo evitar cargar. 
Porque si no lo hiciera, sería la peor versión de mí misma. Y si hay algo que sé, es que no quiero cargar con ese peso adicional por el mucho o poco tiempo que me quede.



jueves, noviembre 24, 2011

Me duele la cabeza. Es por pensar, nada más. Me duele tanto, ya no sé si es físico o una impresión de mi mente. Me duele y sólo puedo pensar en que tengo que comer y no quiero. Sólo quiero comer duraznos. Me termino los duraznos y me duele. Me recuesto en la cama y la taquicardia no me deja descansar. Me levanto y me duele la cabeza. Me duele tanto. Ahora, el estómago. Me duele la incertidumbre. La cocina huele a cebollas, vomito. Me duele la cabeza. Mañana es viernes. Me duele la conciencia de los otros. Me asqueo, me repulso. Ahora que estoy bien no, pienso; ahora que estoy bien, por favor no. Me duele la cabeza de las malas películas, la frivolidad la estupidez y la música de mierda que se escucha en estos días. Me retuerzo en mi propia debilidad y al mismo tiempo me congelo en una pose insensible. ¿Qué estoy sintiendo? ¿Es este dolor físico, psíquico, emocional o todos ellos juntos?
Nunca fui más yo misma que ahora.
Quizá no estaba preparada


todavía.

martes, noviembre 22, 2011

Elegidos

Un veinte de julio cualquiera, llegó a mi casilla de e-mail un correo electrónico inesperado. Primero, porque lo escribía mi hermana (reticente compulsiva, durante mucho tiempo, de las computadoras en general y de internet en particular); segundo, por el contenido. Me emocionó, aunque ninguna de esas palabras me era ajena; vengo de una familia en la que son más las cosas que se hablan que las que se callan.
Mi familia, básicamente: mamá, papá y mis hermanos. Pero siendo todavía una pre-adolescente, una epifanía me golpeó con la misma fuerza que la muerte, cuando empecé a tomar conciencia de ella. Mi verdadera familia eran mis hermanos. Mamá y papá, la circunstancia que nos había hecho posibles, eran los depositarios de un amor incuestionable; a mis hermanos los elegía día a día, como se elige al amor de tu vida. Ellos fueron mi primer amor racional, mi primer afecto genuinamente humano. Mis primeros amigos. Mis primeros objetos de afecto, y las primeras víctimas de mis arrebatos.
Como suele suceder en las familias grandes, donde hay hermanos hay etiquetas. Hay prejuicios. El más viejo que conozco es el del hijo preferido, el favorito o favorecido. El elegido. Incluso están "el preferido de mamá" y "el preferido de papá". La percepción puede surgir del propio niño, pero mayormente es una percepción que instala el mismo entorno. Alguna tía, un abuelo, un amigo de la familia dejan caer un comentario y a partir de ese momento, la semilla germina en terreno propicio.
Siempre me resultó muy notable que el "preferido" no se diera cuenta de ese favoritismo. Por lo general, le parece que el preferido es otro. Le es tan natural ser el centro de la casa, que percibe hasta la más mínima variación en la atención que le dispensan en favor de uno de sus hermanos y de inmediato acusa descuido, desamparo. Pero las preferencias o elecciones varían según las circunstancias y las propias familias, rotando entre los hijos de acuerdo a la prioridad de las etiquetas. El hijo que más se te parece, el que demuestra más aptitudes, el más afectuoso, el colaborador, el que necesita más porque tiende a ser atolondrado, el pródigo... En cada familia, hay un criterio diferente que predomina al momento de mostrar un cierto favoritismo.
Lo cierto es que etiquetar, o "preferir", es inevitable para los adultos. Cada niño tiene, por más que reciba la misma educación que sus hermanos, una impronta propia y personalísima que lo distingue. Por cada niño hay un adulto que siente inclinación, afinidad, o mera proyección egomaníaca. Y esas inclinaciones son tan naturales para el ser humano como cualquier otra elección que involucra supervivencia. Es una cuestión evolutiva, lógica.

Nadie puede obligarte a querer a tu familia. Por más que te lo inculquen desde la más tierna infancia, el afecto surge o no surge; se desarrolla o se estanca, florece o muere. No se puede forzar el amor, como tampoco se pueden forzar el sentimiento fraternal, el filial... Ni siquiera una madre está obligada a amar al fruto de sus entrañas, por más que ese vínculo esté más allá de lo emotivo; para muestra, hay miles de casos de madres que abandonan a sus hijos año a año, pese a haberlos llevado en el vientre durante meses; a pesar, incluso, de la elección de parirlos.

Muchas veces les dije a mis padres que no importaba cuántos errores hubieran cometido, ni las marcas que me dejaron. Los volvería a elegir, son los mejores padres que podría tener. De ellos aprendí, fundamentalmente, que soy libre y que merezco respeto. Que hay cosas que nunca pueden faltar en la formación de un niño: la cortesía, la gratitud, la honestidad, la voluntad de superarse, la integridad. No escaparon del prejuicio, las etiquetas y las "preferencias", pero hicieron el mayor de los esfuerzos (aún lo hacen) por ser equitativos tanto en lo material como en lo afectivo.
De mis hermanos aprendí que no importaban las controversias, las peleas o los desacuerdos si se podía reflexionar sobre lo que había pasado. Siempre nos reconciliábamos antes de irnos a dormir. No recuerdo haberme acostado un solo día de mi vida malquistada con Pau y Ra, sin pedirles perdón si correspondía que lo hiciera, o sin decirles todo lo que me pasaba por la cabeza. Aprendí también que elegir implica aceptar, y que la elección siempre es consciente. Eso de que "la sangre tira" tiene mucho de mítico y de poético. Mucho de imposición sociocultural y de conciencia culposa.

Una vez a la semana, a veces más, a veces menos (los años trajeron obligaciones, ocupaciones y, sobre todo, una familia propia para cada uno) me reúno a compartir mates o una cena con mis hermanos. Ya no somos esos chicos jugando juntos durante horas sin aburrirnos y los duelos físicos ahora son verbales. Nos seguimos asombrando el uno del otro, sacudimos la cabeza con suficiencia cada vez que cualquiera de nosotros se manda "una de las suyas". Pero lo que nos mantiene unidos (ese Amor con mayúsculas, esa arquitectura endeble que se puede caer en cualquier momento), tiene la resistencia de una muralla ancestral unida por la materia más noble del mundo.

Al igual que al amor de mi vida, a ellos los elijo cada día y me duermo, todas las noches, con ellos en mis pensamientos y mi corazón.

sábado, septiembre 10, 2011

Notas sobre la autocompasión

Miro con cautela a los autoproclamados generosos, a los que hablan de "códigos", a los enamorados de su carácter "tal como es", y sobre todo a los que dicen no haber cambiado en toda su vida. Me cuido mucho de quienes hablan para defenderse de acusaciones que nadie les hizo, de los superados y los categóricos. Me cuido muchísimo (después de unas cuantas malas experiencias) de aquellos perros apaleados que nadie quiere, echados o renunciados de todos sus trabajos, por ejemplo... o que cambian de lealtades como quien descarta ropa sucia al mismo tiempo que se llenan la boca hablando de amigos y contactos tan convenientemente lejanos que no pueden desmentirlos. Pese a todo lo que me hace ruido, soy capaz de convivir con ellos.
Pero hay un grupo de personas de los que, directamente, prefiero tomar una cierta distancia.

No lo digo con orgullo. Lo digo con pena porque durante gran parte de mi vida, dediqué energía a personas rotuladas como "causas perdidas". Pensaba que una buena charla y una oreja siempre dispuesta, más los pequeños favores que podía hacerles, mejorarían su calidad de vida. Muchos años estuve convencida de que las actitudes positivas cambian el entorno; sigo convencida de que es así. Al menos, mantenerme positiva salvó mi vida y un par de otras, por contagio o qué se yo.
Esta categoría de personas es diferente. A fuerza de cruzármelas, aprendí a evitarlas porque a diferencia de las demás "causas perdidas", no quieren dejar de serlo. No quieren ser felices, sea porque no pueden con la carga de una vida feliz, o por simple aburrimiento existencial.
Son las personas autocompasivas.

La piedad y la compasión son sentimientos válidos. En cambio, la lástima es una sensación espantosa, para el que la experimenta por otro y para ese otro, objeto de lástima. Lo primero que pierden las víctimas de autocompasión es justamente esa perspectiva del dar lástima, lo que genera en quienes los rodean. Sienten que se quedan solos, y con razón: nadie quiere al lado una persona que se embandera en un dolor sin lucha, sin afán superador posible. Están enfermos y enferman.
El autocompasivo, a diferencia del depresivo que eventualmente encuentra la salida (sea por la superación, la terapia o el suicidio) provoca habitualmente repulsa, hartazgo. El cansancio que generan ciertamente es normal, ya que el entorno se agota de remar en dulce de leche y aquí no hay enfermedad que justifique la abulia, la apatía. No hay una condición psiquiátrica, sino psicológica: el autocompasivo genera un motor sinfín de fracaso-éxito y lo limita a repetición perpetua por comodidad. Le aflige y le pesa su rol de víctima, pero está tan confortable allí que la pereza le impide progresar a la etapa siguiente. Entonces, su (relativo) éxito estratégico está atado a la lástima de otros: cuanta más gente alrededor haciéndole de coro griego a su tragedia diaria, mejor se siente. Pero, a la vez, menos quiere salir del rol de víctima porque sabe que, en cuanto ponga lo que tiene que poner para salir adelante, estará solo.
Sus problemas pueden ser imaginarios o reales, aunque casi siempre se trata de problemas de solución clara y sencilla. Una simple decisión puede llevarlos a la superación de sus circunstancias: jamás la toman. O lo hacen de la boca para afuera, para acallar los consejos o las críticas.
El autocompasivo tiende a boicotearse ya que sólo encuentra consuelo en el conflicto. Cuando comienza a sentirse bien, busca agarrarse de algún pequeño indicio de malestar para retornar al drama cotidiano. La culpa siempre está allí afuera, siempre es de otro: del jefe, de los médicos, de los colegas, de los padres, de una pareja o ex pareja, de los amigos, incluso de los hijos. Nunca es de uno mismo.

El autocompasivo se resiente con todos los que consiguieron estar donde él querría y no se atrevió. Es el que se queda callado con una mirada de reserva cada vez que alguien cuenta que le pasó algo lindo. El que no puede aguantar estar en la periferia de los acontecimientos e interrumpe un relato para hablar de sus propios y pequeños temas. Como a menudo se trata de personas con escaso o nulo roce (social, intelectual), sus temas son, por extensión, repetitivos y dejan a sus interlocutores varados en un malestar permanente.

El autocompasivo no puede ser feliz porque no quiere intentarlo. Arriesgar implica, también, perder. Y no perder en minucias: perderlo todo. La aventura lo atemoriza, entonces se aferra a lo estático, a una rutina de confort, a los malos hábitos. Viven con o de otros, son dependientes materiales y emocionales. No quieren solucionar sus problemas, sino exponerlos para que los demás los escuchen y les palmeen la espalda, los consuelen, les muestren afecto.
Demandan constante atención, aunque no siempre de forma verbal: a veces se enferman y muchas veces sufren percances reales, aunque magnificados, que los alejan de sus metas ("quería dejar de fumar y justo se murió mi perro", "quería volver a estudiar y justo me surgió un trabajo", "iba a empezar a trabajar pero me salió una entrevista en otro lugar mejor"), y con cada nuevo tropiezo, regresa la vieja y querida conducta victimizante.
La mayoría de las veces, si no siempre, pasan algún tiempo enojándose con gente a la que en otro momento manifestaron su más profundo afecto, porque intuyen que estas personas comienzan a alejarse, quizá cansados de su poca voluntad de cambio y por sentir (con razón) que sus palabras de aliento, de consuelo o de admonición, no son suficientes para despertar a "la víctima" de su letargo.

Creo que ninguno de nosotros llega jamás a conocerse del todo (¡y qué maravilloso es esto!). Todavía ignoro mis límites absolutos, pero tengo muy presentes las veces que me tocó hundirme hasta el fondo en todos estos años y la única patada que me empezó a devolver a la superficie fue la que yo misma di al llegar a ese fondo. Me propuse no abusar de las prerrogativas de la amistad, la familia... el entorno en general, sobre todo si es un entorno querido y pendiente de uno. Al contrario: es más posible que me comportase de manera retraída cuando pasaba por un momento especialmente duro.
Quizá por todo esto (por este amor crónico por la vida con sus delicias y dificultades, por mi afición casi adictiva al movimiento) siento una terrible impaciencia, unas ganas crónicas de huir cuando un autocompasivo llega al mismo ámbito en el que estoy. Si no me une a él un lazo imbatible, íntimo, me retiro a prudente distancia, absteniéndome de poner un gramo de energía extra en esa tierra estéril. Llámenlo insensibilidad, llámenlo intolerancia si quieren, pero sólo quien pudo zafar de las arenas movedizas de la convivencia con una de estas "víctimas" sabe que hay algunos hábitos de interacción humana que es mejor no repetir.

Los depresivos, los enfermos, los locos, los desesperados, los outsiders y los parias siempre encontrarán en mí una persona dispuesta a extenderles la mano en circunstancias turbulentas.
Los tristes agentes de la desesperanza, los cultores del duelo perpetuo, sólo verán en mi mano extendida la llave de la puerta a la felicidad: una puerta llamada DECISIÓN.

Pero no voy a abrirla para ellos.



jueves, agosto 18, 2011

Ojalá te enamores

Hoy fui al cine a ver "Viudas", de Marcos Carnevale. No voy a hacer la crítica formal aquí (para eso tenemos la otra web), pero sí necesito escribir un poco las cuestiones que la película movilizó en mí.

Cuando Adela, el personaje de Valeria Bertucelli, llora su angustia irreprimible frente a Elena (Graciela Borges), yo le creo. Cualquiera que haya llorado con esa angustia, entre espasmos, apretando los puños y sintiendo que el aire se escapa del pecho como si algo ahí afuera lo aspirase, va a entender qué pasa por la cabeza de esta "viuda" tan atípica que llora a su amante como si hubiera perdido a la mitad de sí misma.

En cierto momento anecdótico de la película (un momento borgeano, historia dentro de la historia), una mujer que mira a la cámara de forma sesgada y triste rememora que existe una maldición árabe que se lanza a quien te haya hecho mucho daño. La maldición reza: ojalá te enamores. Y claro. El que amó y subió, eventualmente perdió y bajó; esa persona lo sabe.
Quien no lo sabe, es porque no ha experimentado ninguna variante del amor.

Porque el amor te eleva, y también te sepulta. Subir por obra y gracia del amor implica, inevitablemente, un descenso al infierno cuando el amor se acaba. Por obra de los años, del desengaño, del pasaje de un objeto del afecto al otro... El Amor como entelequia puede ser hermoso, eterno, incluso trascender a las personas que lo experimentan. Pero es eso, apenas... una entelequia, un ideal abstracto en qué creer. Es esa clase de Amor que, según cuenta la leyenda, puede unirse a una suerte de simpatía cósmica que sobrevuela todo y se replica en personas muy distantes unas de otras, como me pasa con la Madre Universo.

Pero el amor que siente un hombre por una mujer (o por más de una); el amor de una mujer a un hombre (o más de uno); el amor de los padres por sus hijos, el amor fraterno, el amor entrañable y maravilloso que une a los amigos y que puede ser más fuerte que la sangre... Ese amor tiene fecha de caducidad. Lo querramos o no. Alguien se va y desgarra al otro, lo separa de sí, lo deja vacío. O demasiado colmado, con una energía que se derrama en el vacío, sin recipiente que la contenga.
Y el dolor puede volvernos locos. Puede matarnos.

Quedan los recuerdos, por supuesto. Quedan huellas, porque un amor fuerte marca no sólo a quienes lo viven, sino a su entorno. Quedan frutos visibles o invisibles del amor que ha pasado, como sucedáneos modestos (sombras en la cueva), pero esa energía se malogra para siempre. Si yo leo los diarios de Sylvia Plath, la autobiografía de Isadora Duncan o innumerables y hasta legendarias cartas de amor, puedo experimentar la misma emoción que me genera una obra de ficción pura como "Cumbres Borrascosas" (cuya autora, Emily Brontë, rara vez traspuso las puertas de su casa y se desconoce si alguna vez tuvo siquiera un interés masculino). Hay esa profunda huella de una emoción genuina, pero uno (espectador, lector, testigo indirecto y tardío) siempre se queda con la impresión de haberse perdido de algo increíblemente puro, tan fugaz como este mismo instante.

Ser testigos del amor es un momento mágico. Ser protagonistas del amor es muchísimo mejor. Vale la pena arriesgarse a la tortura de la pérdida por semejante regalo.

(A todos aquellos amores que han marcado mi vida... gracias.)



viernes, agosto 05, 2011

Out of this world: La historia del Bluebird

Marillion es una de esas bandas que escuchan los músicos, mayormente. Una banda que en Argentina muchos consideramos "de culto" o para unos pocos, a pesar de que en algún momento incluso vinieron a tocar a Buenos Aires. Seguramente, si los han escuchado nombrar es gracias a este tema, que es el más conocido (prácticamente el único que habrán pasado en la radio, aunque no estoy tan segura).
En 1988, luego de ese momento hitero que los hizo saltar a la fama, Marillion cambió de cantante. Fish se fue a probar suerte como solista y en su lugar entró Steve Hogarth, dueño de una voz mucho más trabajada (increíble, para mí. Pero porque soy una ñoña y me encanta el Marillion post-Fish).
Con Hogarth llegó una de las mejores etapas de la banda, con letras que oscilaban entre la radiantez y la melancolía. El cuarto álbum de esa etapa, Afraid of sunlight, tiene algunos de mis temas preferidos... entre ellos, el más preferido de todos (y conste que, cuando hablo de bandas que me gustan, "tema preferido" es algo complicado de definir). Se llama "Out of this world" (Fuera de este mundo) y me hace llorar cada vez que lo escucho. Fue uno de esos temas contundentes, que te flechan desde el primer día aunque no entiendas exactamente de qué va la letra.

Cierto domingo a la mañana, buscando en Youtube videos de temas que me gustaban, encontré esa canción y la dejé de fondo. Tardé un minuto en darme cuenta que en realidad el video era un extracto de una película de la BBC sobre la vida de Donald Campbell, el hijo menor de un lord inglés fascinado por la velocidad, que se sobrepuso a sus limitaciones físicas y que actualmente ostenta el honor de haber sido la única persona en romper dos récords simultáneos de velocidad (en tierra y agua) en el mismo año (1964).
A bordo del Bluebird, Campbell se convirtió en el más prolífico rompe-récords de velocidad sobre agua. Había sido rechazado para servir en la RAF por una enfermedad y desde entonces se dedicó a la ingeniería y los negocios. Pese a su innegable talento en estos campos, su temperamento terco y difícil lo llevó a consagrar su vida a superar a su propio padre, Sir Malcom Campbell, que había ostentado a su vez trece récords de velocidad en el Bluebird. Su obsesión lo llevó a mejorar varias veces la legendaria nave de su padre para conseguir los récords que Sir Malcom no había podido quebrar. Se casó tres veces, la última con Tonia Bern, que estaba a su lado la mañana fatal del 4 de enero de 1967.

Aquel día, Donald condujo por última vez el Bluebird en el lago Coniston. Luego de una pasada inicial sobre el lago, en la que alcanzó los 507 km/h, decidió el segundo y definitivo intento sin repostar combustible. Hay quienes piensan que esta decisión fue la que lo llevó al desastre. Lo cierto es que en la segunda pasada, cuando el Bluebird alcanzaba los 510 km/h, la nave se desestabilizó levemente y antes de que Campbell pudiera aplicar los frenos, se alzó en el aire, dio una vuelta y cayó de nariz, quebrándose contra la superficie y matando instantáneamente a su piloto. Los restos de Donald y su nave se hundieron en el lago en cuestión de segundos, ante la mirada impotente de su equipo técnico y las decenas de corresponsales de prensa que acampaban en la orilla.

La trágica historia del Bluebird y su audaz tripulante inspiraron a Steve Hogarth, que escribió la canción en 1994 para el álbum que se editó en junio de 1995 y actualmente es uno de los más celebrados de la banda británica.
La realidad inspira al arte, y el arte a la realidad: luego de escuchar "Out of this world", el buzo profesional Bill Smith, fanático de Marillion, comenzó a gestar el Bluebird Project para rescatar la nave de Campbell del lago Coniston. El rescate se realizó en octubre del año 2000 y tanto Hogarth como Steve Rothery, guitarrista de Marillion, estuvieron presentes en el lugar como invitados de honor. Hogarth escribió una detallada crónica en el sitio web oficial de la banda, que con todo y licencias literarias, es de una humanidad tan conmovedora como la canción.

Vi cómo la segunda esposa de Donald, Tonia Bern-Campbell, era llevada a la barcaza para tener una mejor aproximación a la maltrecha máquina, aún medio sumergida y rodeada por los buzos, que todavía tiraban de las bolsas de flotación, maltratando los restos del Bluebird en un intento de guiarlos al trailer de remolque y evitar su colisión con la barcaza. Tonia miró por un rato. Dios sabe lo que sentía. ¿Qué sientes cuando estás frente a los restos de una máquina que causó la muerte de tu esposo hace 34 años? Sorpresa por la súbita oleada de dolor? ... Culpa por no ser capaz de sentir lo suficiente?... Enojo por haber sido obligada a enfrentarte a estos sentimientos? 34 años es mucho, mucho tiempo.

Los restos mortales de Donald Campbell fueron rescatados del lago varios meses más tarde, pese a la oposición de la propia Tonia. "Me habría gustado que permaneciera allí. A Donald le habría gustado".
Si antes de conocer la historia de Donald y su Bluebird la canción me conmovía hasta los huesos, ahora sencillamente no puedo leer los nombres sin que se me llenen los ojos de lágrimas. Donald, Tonia, Bluebird, Coniston Lake, speed, water, only love will turn you round. Sólo el amor te dará vuelta. Como voló el Bluebird, vuelta completa en el aire, aquella mañana de enero en su último e inesperado viaje.
El "oh..." final de Donald en el radio. Y la estática.
El silencio.
Spinning round in your head / Everything that she said...




Three hundred miles an hour on water
In your purpose-built machine
No one dared to call a boat
Screaming blue
Out of this world
Make history
This is your day
Blue Bird
At such speeds, things fly

What did she say?
I know the pain of too much tenderness
Wondering when or if you'll come back again
Wanting to live for you
And being banned from giving

But only love will turn you around
Only love will turn you around
Only love
Only love will turn you around

So we live you and I
Either side of the edge
And we run and we scream
With the dilated stare
Of obsession and dreaming

What the hell do we want
Is it only to go
Where nobody has gone
A better way than the herd
Sing a different song
Till you're running the ledge
To the gasp from the crowd
Spinning round in your head
Everything that she said


jueves, julio 28, 2011

Asquerosa alegría / 2

Otro agosto. Otro invierno que me dura poco. Como en cada mes de julio, releí las entradas de 2006 y 2007. Releí mails viejos, chats. Hurgué en las fotos que nos pasábamos por MSN. Traté de recordar cómo era probar el vino sola, cómo era dormir sola. Hice fuerza para detectar la mínima duda, el mínimo sentimiento de nostalgia por la oscuridad que ayer llenaba todo este espacio y hoy habita casi exclusivamente mis ficciones.
No puedo parar de mirar las últimas fotos en la cámara que nos regalamos el año pasado, la primera que tuve en mi vida. Desde que llegaste me di cuenta cuántas "primeras veces" me faltaban vivir. Y las que me faltan, todavía. Estas fotos son especiales porque la fiaca me hizo demorar su bajada a la PC y allí se juntan un montón de nuestros afectos, personas increíbles que todavía no se conocen entre sí, todas hermosas estrellas en este universo personal.
Ah, digo estrellas y todavía guardo en la retina ese momento increíble en que me preguntaste si había luna afuera (allá por Pampa de Pocho, cerca de Cruz del Eje), y te contesté "no, pero hay un montón de estrellas...". Entonces paraste el auto a la vera de la ruta, apagamos absolutamente todo y salimos al silencio y a la noche helada con presagio de nieve, para ver por fin las nubes de Magallanes.
Hacía tantos años que nadie me regalaba noches así... momentos así...
De pronto mi vida se llenó de niños. Quién lo diría. Los suyos y los míos. La "tía Alicia" y el hombre que en su adolescencia no se imaginaba padre. Pese a nuestro consenso mutuo, la sangre se mueve, la vida se abre paso. Esos niños que no heredaron ni sus ojos ni los míos, pero tienen algo nuestro también, me colman de una ternura y una zozobra desconocidas. ¿Qué será de ellos? ¿por qué los adultos no podemos eludir esa pregunta? Tarde o temprano, alguna proyección aflora y los contamina; es inevitable. Mi memoria los llevará imprimados en cada etapa. Es lo menos que puedo hacer por ellos, los de ahora... casi incorruptos.
Escribir felicidad es muy difícil para mí. Transmitirla se me hace difícil. Lo bueno es que siendo feliz, como dice una de esas amigas de la vida, una se toma revancha de todo. Los cadáveres pueden pasar por la puerta y amontonarse; ya no importa. ¿Me lastimaste? Te lo agradezco. ¿Pasé privaciones? Salí fortalecida. ¿Todavía no estoy donde quiero estar? No hay apuro. Si me voy a morir mañana, no llego aunque corra. Y si me queda tiempo, haré la porción de camino que pueda hacer. A mi ritmo.
No sé qué decirles a mis más queridos, más que lo mucho que los amo, los extraño y los atesoro. Aunque sepa que lo saben. Necesito acariciarlos con mis alas, como ellos me acarician con su luz cada día. Hacerles entender que detrás de los miles de defectos tendrán siempre una mujer fuerte y leal con quien contar. Que podemos compartir el silencio, e incluso la indiferencia. Que no tengo nada que perdonar y que de a poco voy dejando de pedir perdón por todo. O eso intento.
Que soy la afortunada con más mala suerte del mundo, pero que no pienso dejar de reírme.
Ahora, que descubrí ese humor y esa alegría que siempre llevé dentro, hasta mis lágrimas tienen un nuevo significado.

En este blog hablo de mí, de mis experiencias vitales, de esas cosas que no le importan a nadie. Lo que realmente se me hace muy difícil transmitir es qué tan llena de otros está esa vida, esos momentos, esas experiencias. Es que no hay palabras que puedan expresar claramente lo importantes que son para esa vida que me pasa todos los días. Me cuesta ponerlo en un muro para que todos lo lean; ante todo, soy una maldita desconfiada de quienes necesitan gritarle a todo el mundo emociones perfectamente naturales, y una chica chapada a la antigua que se reserva lo mejor de sí para la intimidad, el cara a cara. Mi emoción, cuando se desborda, es difícil de manejar, incómoda... sobre todo para el otro. La prefiero así, puertas adentro, en el círculo de mis abrazos.
De cualquier manera, esos, mis Otros, lo saben.
Vos, que sos parte de esa alegría, lo sabés.



domingo, julio 24, 2011

Patrick Wolf: las estaciones del corazón

Patrick Wolf (Londres, 1983) es uno de los artistas preferidos que Esquizofónico me regaló. Creativo, furioso, multitasking, en su momento Thiago lo definió como un tipo que grita sus problemitas con violines.
Así lo entendí cuando escuché su extraordinario Lycantrophy, me quedó más claro con The Wind in the Wires, pero la verdad es que arranqué por la mitad: The Magic Position es, indudablemente, uno de los discos de mi vida. O al menos, del último tercio de mi vida.
No voy a profundizar, por lo menos por ahora, en los dos primeros y excelentes trabajos de PW. Hay una crudeza en ellos que nos excede en el análisis y pega directo en lo afectivo. Lo vas a odiar o lo vas a amar, pero no te va a dejar indiferente. Las letras apuntan a una identificación con quien escucha. Pero no es hasta la que yo llamo "la trilogía de los ciclos del corazón" que esa impresión busca directamente al "gran público", a un rango más amplio de oyentes. Los puede escuchar un adolescente, un joven adulto o una persona madura que ya pasó por varias relaciones: todos, sin excepción, encontrarán algún lugar que hayan transitado.
Para mí, la cosa viene más o menos de esta manera:

The Magic Position (2007): el amor

"Deja que la gente hable / en esta caminata de domingo por la mañana"



Es en este trabajo que Patrick se permite, hablando mal y pronto, ser feliz. Un tipo introspectivo, iracundo, una especie de lado B de Emilie Autumn con la ambigüedad de Boy George pero sin la melosidad, de repente... ¡es feliz! Está enamorado y, en su estilo, es un ñoño más. El que estuvo, está o vive enamorado sabe bien a qué se refiere Patrick cuando dice me pones en la posición mágica para vivir, para aprender, para amar en clave mayor*.
Los temas más melancólicos, como "Magpie" (mi preferido, en el que participa la inigualable Marianne Faithful) o "Bluebells", no hacen más que poner la nota de sal a la mezcla dulce y armoniosa de este disco. Resaltan su carácter feliz y juguetón, que cierran en un "Finale" perfecto para escuchar mientras cae la tarde en la ciudad.
No por nada este fue el disco que más escuché en 2007, cuando mi realidad cambió drásticamente y transitaba el inicio de una de las etapas más felices de mi vida. Cagados de angustia y de incertidumbres los dos, pero enamorados.

The Bachelor (2009): el fin del amor, el duelo y la furia.

"No me voy a casar en otoño / No me voy a casar en primavera / No me pienso casar, no me casaré en absoluto / Nadie usará mi anillo de plata"



Cuando salió este disco daba para preguntarse ¿¿qué pasóoooo?? desde el arte de tapa mismo. Totalmente rupturista no sólo con el anterior, sino con los demás. Un Wolf áspero de ángulos agudos, virado a los sonidos metálico-tecnos, crudo como en The Wind... pero además cargando una salva de resentimientos y escupiendo clavos desde los títulos de los temas: "Count of Casualty", "Vultures", "Blackdown" y letras como expresión de catarsis casi adolescente (Padre, ¿dónde está mi arma? No necesito a nadie, a nadie).
Pero, como ya hablamos del ying-yang y la sal en lo dulce, también hay letras donde se plantean propósitos de resolución, con ánimo batallador. Una forma totalmente sana de poner la ira a actuar para la sanación, como sucede en el texto que Tilda Swinton recita en "Oblivion" y que funciona como la voz de la conciencia del amante herido.

Lupercalia (2011): el regreso al amor y la esperanza en el futuro.

"Oh, esta es la mayor paz que haya conocido"



Llegamos a 2011 y en las redes sociales estalla "The City". Lo sentimos: Patrick volvió a enamorarse. Y de alguna manera Lupercalia viene a cerrar el ciclo de su corazón, así como su primera década musical. Patrick sigue siendo, todavía, ese adolescente flacucho y desarrapado que aporrea teclados en un escenario o sacude los brazos como si le pesaran. Pero ahora hay una madurez emocional que le hace abandonar, una vez más, todas las precauciones.
Cae la guardia, caen las reservas y se curan rápidamente las heridas del duelo. No voy a dejar que la ciudad destruya nuestro amor, dice Patrick, y también revaloriza aquél duelo cuando dice estar más feliz sin vos (en "Time of my life"). Vuelven también los momentos ñoños de Magic Position en dos de mis tracks preferidos, que por esas cosas bellas de la vida están pegaditos: "The Days" (reminiscencias Woolfianas, quizá?) y "Slow Motion", uno de esos temas que serían perfectos para chapar si no fuera por los aulliditos étnicos y el casiotone, que le dan forma experimental y juegan con el anticlímax.


Hasta aquí mi análisis personal, basándome en la escucha de los tres discos. Lo sorprendente es que la realidad me desmiente por completo: The Magic Position y Lupercalia son dos discos transicionales, es decir, escritos en medio de rupturas amorosas, mientras The Bachelor es el único que produjo mientras estaba en una relación. De hecho, la idea original de Patrick fue que The Bachelor y Lupercalia fueran un doble álbum, un proyecto al que tituló Battles y que fue cambiando de forma sobre la marcha. En fin, una muestra más de que muchas veces la música nos lleva a lugares donde los artistas ni siquiera imaginaron cuando concibieron sus obras.

En la barra lateral, en mi clásico widget, este mes se queda la trilogía wolfeana para quienes gusten oír y sacar sus propias conclusiones. En caso de querer acceder a las listas que se mencionan en posts anteriores, las encontrarán en mi usuario de Grooveshark: están ordenadas muy claramente. Y habrá más.

------------------------
*En música, la clave mayor es la que se usa para las melodías brillantes, consideradas más alegres; la clave menor se considera dramática, melancólica e introspectiva.

viernes, julio 15, 2011

Synesthesia

Un bolso abandonado, ahí, esperándome. La nariz y los pies helados, el cuerpo cansado, las rimas que me dan risa. A mil kilómetros de distancia se resuelven tantos destinos. A tres mil, a cinco mil kilómetros de mí, a quinientos metros (y sólo por hablar de seres queridos). Yo no puedo más que extrañar lo que no es. El azul es un color y también un olor, una sensación. Saborear el último trago de la última cerveza patagónica que vino con nosotros de las vacaciones es igual a escucharlo a Emi hablar de las cenizas y los truenos. Puedo ver el cielo gris y blanco y los árboles amarillos y marrones de la Villa, imaginar el frío silencioso de las piedras en el fondo de los lagos, retrotraerme al silencio primordial de las mañanas en las que el horizonte se abría. Cuando tocar un arcoiris era más una realidad que una entelequia.
Ya no puedo llamar a mis amigos, se me hizo tarde. Alguno hará el esfuerzo de leerme. Tengo adormiladas la lengua, la mente y los dedos y apenas me repuse de las lágrimas incontrolables de recién. Pasar de la risa al llanto, del nudo en la tripa a las mariposas. Del deseo arrasador a la más pura sinestesia. Y por más que me esfuerce, nunca creer en lo que mis propios ojos ven. El brillo tuyo en la pupila, esa admiración, la alegría que me tira de las manos invitándome a bailar. ¿Qué soy, de dónde vengo? Por qué sigo sintiéndome tan extraterrestre en este mundo enjuto y exclusivo?
Algún día volaremos de aquí, solos o acompañados (pero mejor juntos) y entonces habré cerrado una puerta que me conecta a este mundo donde a es igual a rojo, cuatro a eucaliptus y sol a pinotea, y abriré una ventana donde el arco de luces tiene todas las melodías del mundo desencadenadas.

Me habré vuelto totalmente loca y sabré que esa es la normalidad que perseguí toda mi vida. Que ya no necesito de la confirmación de terceros para sostener esta máscara cada vez más endeble. Que puedo ser la misma allá y en todos lados. Amargo lúpulo en la lengua, cerebro-esponja, nombres sin destino posible, presentimientos.

Yo pequeña, muesca de grano de arroz en la periferia de uno de tantos Universos, te digo hasta mañana, te digo que duermas bien, te deseo la música y la felicidad y todo aquello que alguna vez fuiste y podés volver a ser, te pido que tengas fe, que siempre, pero SIEMPRE se puede. Aunque ya no crea en absolutos, se puede. Podemos.

Sólo el Amor mueve. Sólo... esta energía. Sólo...



sábado, julio 02, 2011

Carta a Marius

Hermano mío, mi par.
Me sorprende muchísimo que la gente que te conocía antes que yo no se haya dado cuenta de lo increíblemente sensible que sos. Que vean en tu sinceridad brutal un defecto y no una virtud es algo que me asombra. Posiblemente, si les preguntás se definan como personas "que van de frente" o que prefieren que les digan la verdad. Ninguno admite que les gusta la mentira y que lo que les molesta de vos es, justamente, que no perdonás la mentira ni la dejás pasar.
Se me escapa una sonrisa cuando reconozco nuestras similitudes: nos la pasábamos escribiendo y leyendo desde niños, curioseando y debatiendo. Siempre nos gustó la expresión oral y escrita. Aún así, amigos y familia, novios y entenados, se asombran cuando leen lo que escribimos. Algunos no nos han leído jamás y asumen que todo esto son palabras a la basura. Me revuelco de risa pensando que, así como nosotros pasamos por delante de su indiferencia, de las burlas, de su ceguera selectiva, se les pasa también la vida con todas sus bellezas. Mientras ellos tipean en las redes sociales, declaman en televisión o cultivan vidas estáticas, sin asombro ni inquietudes, nosotros atrapamos el paisaje con los dientes, con las manos, con todos los sentidos.
A veces me preocupa que aquellos que dicen querernos nos conozcan tan, pero tan poco. Al rato, cuando volvemos a la ciudadela, todo desaparece de mi mente. Incluso esos seres queridos que no son vos y que también forman parte de mi mundo.
Hermano mío, mi par: Como alguna vez te escribí, como alguna vez pensamos al mismo tiempo, el mundo no está preparado para nuestros "modos". Aprendimos nuestra propia forma de amar. Ni mejor ni peor que otras; sólo... más sana. Más libre.
La diferencia entre nosotros va un poco más allá de los años; posiblemente, con el paso del tiempo, me parezca más a vos que a mi propia familia (la afinidad que nos unió trasciende la genética) y necesite estar más aislada. La raíz de la sociabilidad y la tolerancia se aloja, cómoda, en la parte dulce de mi carácter; es la porción que más me cuesta, la que cultivo con más cariño, para tener algo que ofrecer a los amigos y la gente que importa. Mi raíz ermitaña, la más natural, sintoniza con vos a la perfección y con unos pocos más, que no dejan de aprenderme y todavía tienen la paciencia de comprenderme(nos). Cuando hayamos terminado con el mundo, sólo nos quedarán los afectos que hayan hecho el esfuerzo de entender que sólo podemos ser como somos, y que sólo podemos amarlos de esta manera porque de otra forma seríamos hipócritas, deshonestos. Ni ellos lo merecen, ni nosotros.
La retorcida en mí te agradece la transparencia. Agradezco que no puedas disimular con los ojos lo que tu cara pretende esconder por decoro, por diplomacia. Agradezco ese daño preventivo de saber cuándo golpear con tus dudas y certezas. Agradezco tu facilidad para soltar y tu falta de paciencia, que se parece mucho a la paciencia misma. Agradezco todo lo que es tuyo y que no te enseñó nadie, tanto como lo otro que nos hace parecidos y que aprendimos (que seguimos aprendiendo) por separado.
Desde que apareciste en mi vida, las pocas cosas que elegía no ver se han vuelto transparentes, con todo lo que eso implica. Dolor, rabia, impotencia, hacia afuera y hacia mí misma por permitirme la neurosis. Todavía trato de encontrar la forma de manejar esa espita que abre y cierra las emociones, las epifanías. Todavía intento no dejarme arrastrar por la pretensión del control sobre los demás.
Una vez, al poco tiempo de cruzar nuestras primeras palabras, escribí un post catártico que me hizo darme cuenta del poco valor que le daba al futuro, pese a la presión de un entorno que te impone pre-fijar tus pasos. Sigo sin verlo, Marius. Sólo puedo soñarlo y caminar hacia él. A fuerza de sueños y caminatas erráticas llegué a encontrarte. ¿Qué tengo que pensar, entonces?
Entre tantos errores, algo habremos hecho bien.

Que venga el futuro, con todas sus sorpresas y desengaños. Que nos encuentre vivos o muertos, juntos o separados. Pase lo que pase, aún si es algo que me quiebra en mil pedazos, te pido que seas como sos.

Sin absolutos...

Pandora.