Hay cosas que mejor te lleguen tarde que demasiado temprano. Mientras lo escribo advierto que siempre lo supe, incluso cuando era demasiado chica para saber de nada: todo tiene su tiempo bajo el sol. Cada impulso que seguí me plantó frente a un abanico de incertidumbres. La línea invisible que no crucé, el tacto bajo el cual no quise ceder, sin ningún tipo de estridencias ni culpas. La intuición es una herramienta infalible en las manos adecuadas. Si no he sido más acertada en mis decisiones de vida no fue por falta de ella: es que era tan fácil hacer las cosas siguiendo la intuición, que parecía una trampa. El sabio puede perder el rastro de la intuición en el camino que lo lleva a través de la experiencia puramente analizada.
No quiero perder ni la intuición, ni la curiosidad. Ni mis sueños diurnos.
Ya hablé aquí de la pantalla que se extiende frente a mí cuando voy caminando por la calle, presa de las más violentas obsesiones, para separarme de una realidad que no quiero vivir. Frente a mí, están proyectados mis sueños y fantasías diurnos. Soy gajos de una fruta unidos por la matriz terrestre, pero voy toda dividida por dentro. Siempre. Nací partida en dos, lo único que hicieron el tiempo y la experiencia vital fue partirme en más pedazos, desafiando a mi poca inteligencia y capacidad de sobrevivir para que me mantenga hilvanada. No se me cansaron los brazos todavía, pero a veces sueño que revoleo todo para arriba y terminan cayendo las piezas todas mezcladas, una al lado de otra que ni se reconocen de tan distintas.
Los sueños son de otros mundos y cada vez se mezclan más en el presente. Caminan conmigo, se vuelcan en una escritura libidinal, inconexa. Sé que estoy despierta porque hay un hilo que me une a todos los demás y mantiene la coherencia en las horas, en los días.
Somos sobrevivientes de los pequeños terremotos que nos dejaron solos, outsiders eternos. Y sigo creyendo que podría vivir sólo dentro de mi cabeza, que es caótica y complicada y llena de nudos. Intentando el equilibrio hasta el último aliento, veré tus ojos y acariciaré con respiración de vida la existencia verde allí, frente a nosotros.
(Escrito a vuelapluma en un cuaderno hace dos años. Dedicado a los tantos que, a fuerza de ser "inflados" por parientes y amigos de poca lectura, creen que escriben).
No compares mi escritura con la tuya. Mi escritura nace de la pasión con la que vivo. Escribo como me sale, a los tropiezos y escupidas, a veces carajeando, siempre incendiada. Vivo como escribo: a veces intensa (las más), otras helada, calculadoramente indiferente. No creas que escribís sólo por hacer catarsis en un papel. Cuando vos empezaste yo ya era letras en una hoja Canson en jardín de infantes. Cuando vos empezaste a cuestionar mínimamente tu estructura, yo ya había desbaratado a manotazos mi existencia y no una: muchas veces.
No me compares, por favor, tu prosa hipócrita con la mía. Vas por la vida enmascarado, neurótico; yo estoy desnuda, más de lo que a cualquiera le resultaría cómodo. Asumo y abrazo mis partes oscuras, despreciables. No quiero aparentar valores que no tengo, condescendencia, perdonavidismo. A diferencia tuya, si tengo rencores los asumo y los expongo. No juego a la superada detrás de las letras. Ya ves, mi manuscrita es tan caótica como la forma en que me expreso. Y sin embargo hay conciencia en este caos. Tu escritura es tan neurótica como vos mismo y delata todas tus inseguridades. No creás nada cuando escribís: nada. Ni siquiera tu historia me conmueve en el papel. ¿Sos capaz de hacer llorar a las piedras o excitar sentimientos con tu escritura? Yo sí. Y es la mejor credencial que tengo.
Estas palabras posiblemente se transformen en algo que va a ser leído por muchos pares de ojos y ya no podré desdecirme.
Tus palabras no valen nada, ni el caro papel en el que están escritas.
Tus palabras no tienen belleza, profundidad, sentimiento. No cuentan ni lo hermoso de la vida ni describen con delicadeza las miserias que te habitan. Si no podés con tu propia imagen en el espejo, al menos tendrías que poder escribir sobre eso. ¿Y que hay, nomás, en estas prolijas letras continuadas? Un reflejo falso: quebrado y recompuesto, impostado. Imposible. Cercado por tu propia conciencia e incapaz de soltarse de las ataduras del yo.
¿Cuántas veces soñaste que volabas? ¿Cuántas veces te mordiste las manos para no golpear?
En mi escritura cede y se desarma el último bastión de sociabilidad y de civismo con el que me recubro para enfrentar el día a día. Cada vez más Emily y menos Charlotte, muchísimo menos Anne. Asumo lo corta que me estoy quedando, mi capacidad de verbalización restringida por las circunstancias. Pendulando contenida, como quien se agita entre paredes acolchadas. Ayer D. me preguntó cuánto tardaría en explotar. Me preguntó si me acordaba de la última vez que exploté. Dije que lo tenía muy presente, pero de inmediato tuve que reconocer que no podía aislar esa emoción y recordarla con tanta precisión... ¿Olvidé qué se siente? No. Pero hace un tiempo no entro en punto de ebulición y me doy cuenta que algo en mi cuerpo lo necesita. Bullir, como sí me permito bullir aquí, o en la cama. Bullir.
Quemarme por dentro hasta que de las cuencas de mis ojos salgan llamas.
Este día iba a llegar algún día y no iba a poder ni querer evitarlo. El día de escribir exactamente lo que se me antoja y cagarme en quién lo vaya a leer después. Estoy en eso. Siguen los sueños vívidos. Anoche fue mi familia inverosímil (muertos con vivos sin sentido cronológico alguno) plasmada en una polaroid. Había olas gigantes de color turquesa en el sueño, nado nocturno en una zona portuaria, agua en los pulmones. Estaban mis niños amados. Había un perro lobo enorme. Había espinas bajo mis pies y sangre desde mis manos hasta los antebrazos. Música de fondo: las bandas sonoras de "Drive" y "Springbreakers". Muchas manos en la oscuridad. Pasé tanto calor que me desperté destapada y medio aterida de frío.
Esta es la vida que me gusta. Este es el tiempo que me gané.
sábado, junio 29, 2013
El día que empecé a aceptarme fue más o menos el día en que empecé a hacerme preguntas. Mi vida, entendida como camino personal, está llena de esos días, que llamaré hitos. Algunos fueron plasmados en este blog y venían de mucho antes. Otros se me perdieron en la memoria, de tan lejos que tengo que ir en el tiempo para recuperarlos. ¿Tenía dos años, tres, siete? A veces, cuando mi mente está predispuesta, me ejercito rescatando esos viejos recuerdos, intentando recordar cada detalle con paciencia de restaurador. La mayor parte del tiempo, sencillamente, los hitos aparecen. En la fila de salida del trabajo, por ejemplo. O en medio de una conversación de la que no participo más que como espectadora. Allí salgo de mí misma y vuelvo a tener la edad que tenía en aquel instante, en el recuerdo. A veces la emoción es abrumadora, porque con la memoria de los años vuelven los temores e incertidumbres de aquella etapa. Es como si me desdoblara en varias dimensiones de tiempo y espacio. Vuelvo a no tener pechos, a oler a niño, a tener espacios entre los dientes. Vuelven mis seres queridos ausentes y es tan natural que estén allí. La experiencia dura segundos apenas y me devuelve a la realidad con una sensación muy mezclada de maravilla y dolor. El vacío entre las costillas es real, un túnel de viento que me congela y me llena los ojos de lágrimas. Me he quedado sola.
En ese espacio que tarda en cerrarse flotan todas las preguntas con sus correspondientes respuestas. Tengo muy poco tiempo para reunir cada pregunta con su respuesta en una idea coherente y siempre siento que mi cabeza va demasiado rápido, que mi instinto de conservación apura el cierre del espacio para que no siga lastimándome. Pero bueno, siempre alguna pregunta se encuentra con su respuesta. O más de una. El agujero se cierra como un ombligo y parece que nunca se hubiera abierto, más que por la huella de la tripa cicatrizada. Obviamente ya no duele ni molesta, pero está allí y no tengo que hacer nada más que mirarlo para recordar por qué soy lo que soy.
Volví a tener sueños vívidos después de un tiempo largo de no tenerlos, recordé sueños de mi infancia que creí que ya me había olvidado. Anoche caminé descalza sobre un piso de madera mientras afuera soplaba un viento invernal que nunca experimenté en mi propia piel. Toqué a un niño que todavía no nació y le entregué un juguete que todavía no se inventó. Prodigué un afecto renovado a la persona que elegí como compañero de ruta, que tenía las cejas blancas como el abuelo de Heidi en ese sueño. Recuerdo que sus ojos eran exactamente iguales a ahora: extraordinariamente vivos, lúcidos, con la voluntad (pequeña y de titanio) del que vio el otro lado y se dio cuenta que lo bueno está acá, en la Vida. Y me vi en sus ojos. Ahí me desperté.
En la ciudad de la furia no sentimos frío, ni siquiera ha llovido. Hacemos el mate de los sábados y escuchamos música, mientras otro espacio se cose en mi interior, lleno de respuestas suspendidas.
No me gusta cómo huele el agua de Buenos Aires. Lo pienso mientras el chorro de la canilla del consorcio golpea el fondo de la olla y me devuelve una lluvia de gotitas pulverizadas con mucho, mucho olor a cloro. Inevitablemente la comparo con el agua que salía de la bomba a motor del campo de mi abuelo Meto: un olor mineral, levemente terroso. Pienso en la temperatura de aquella agua de mi infancia, un agua helada en invierno y en verano. Constante como el moho entre las piedras de la represa. Líquido vegetal y mineral. Venida de la misma napa de la zona del Potrero, en Entre Ríos.
No me gusta esta agua, pero igual lleno la jarra eléctrica con ella sin desperdiciar una sola gota. Tenemos suerte de que haya algo de agua. Hace cinco días el caño maestro que une los baños del primer cuerpo del edificio colapsó e inundó dos pisos de departamentos sobre nosotros. Se nos llovió el techo del baño y perdimos el placarcito... Ok, eso fue demasiada agua. De un tiempo a esta parte siento que todo se rompe en este edificio atrasadísimo de mantenimiento, pero cuyas expensas aumentan puntualmente después de cada paritaria.
Pienso en la lluvia excepcional de ayer (debe ser la cuarta o quinta excepción en el año) y cómo anegó la 9 de Julio, que antes no se anegaba, y dejó sin subtes a los porteños en plena hora pico. Pienso que mientras llovía en mi baño y mi placard una plaza llena de gente celebró el 25 de mayo, pude estar ahí y salir sin más perturbación que una leve sensación de claustrofobia. Aunque no me gusten las aglomeraciones de ningún tipo, porque no las disfruto.
Pienso: somos afortunados porque tenemos agua potable. Porque tenemos trabajo y por eso: seguro, obra social, aguinaldo, vacaciones, días de licencia por enfermedad. Tenemos suerte porque nuestra zona no se inunda. .Porque cada tanto hay un choreo o un tiroteo pero, por suerte, nunca en los horarios en que vamos o venimos. Porque somos dos, y mal que bien nos las arreglamos rápido porque sabemos trabajar en equipo y nos llevamos bien, juntos y por separado. Creo que esto es lo que nos viene salvando del colapso urbano de esta Buenos Aires que ya no es la que conocí cuando me mudé, diez años atrás: esta relación que parece inquebrantable a pesar de las pruebas.
"Tenemos suerte".
A veces siento que todo lo que pasa en las ciudades como Buenos Aires depende de la suerte. Si tenés suerte, llegás a tu trabajo a horario y volvés a tu casa sano y salvo ("y de buen humor" no debería ser pedir mucho, tampoco; pero es). Si tenés suerte, hoy podés mantener el espíritu alto. Si tenés suerte, no te aumentaron nada de un día para el otro. Si tenés suerte, la gente que querés va a llegar entera (con trabajo y salud) a fin de mes. Si tenés suerte, hoy sonreíste más de lo que te amargaste. Si tenés suerte no se te partió el corazón por alguien a quien no pudiste ayudar. Si tenés suerte, no vas a perder la mitad de la audición para cuando llegues a los 40 años. Podría seguir y seguir, pero para qué.
Yo no digo que en el campo o en un centro urbano más chico se viva mejor. Sé que yo viviría mejor. Así que estoy trabajando para eso, para que en un futuro no se me achicharre el corazón apenas con oler el agua.
Es verano. Todavía no cumplí los veinte años. Tengo una beca de trabajo de tres meses en el diario local que más me gusta, ayudando en la edición de cables y redactando noticias que rara vez me mandan a cubrir. Ocasionalmente también corrijo, porque la chica que se ocupa de las publicidades y que funciona como correctora no da abasto. Entro después de las 12 y me quedo casi hasta la hora del cierre, de martes a domingos.
Es el trabajo que siempre quise para ganar algo de oficio; estoy por empezar mi tercer año de Comunicación Social y necesito la experiencia.
En el diario me quieren todos, tengo un trato excelente con el jefe de redacción y el responsable de cables. Me siento cuidada; después de todo, soy "la chiquita" del edificio y aunque soy más bien grandulota, mi cara de niña cansada y mi historia generan simpatías y morbo por doquier.
Es el verano del infierno en que reventó mi casa y la ciudad entera está al tanto. Justo este año, justo este verano en que empiezo a trabajar en un diario. Justo este verano en el que mi familia casi se vuelve una noticia más en la página de escandaletes locales. Justo este verano, la beca en el diario. Y las caras de incomodidad y compasión rodeándome, aunque nadie dice nada. El afecto con el que me tratan es algo que me alivia y me duele al mismo tiempo.
Tengo casi veinte años pero cargo tanto, tanto en el cuerpo y en el alma que todavía hoy, trece años después, me asombra haber podido llevar adelante esa experiencia. Mal comida, mal dormida, sufriendo calambres casi todas las noches, pernoctando dos o tres veces por semana en casas distintas, enferma de preocupación por mis padres. Agotada. Se me saltan los huesos de los hombros, se me cae el pelo de a puñados. y a medida que avanza el verano empalidezco en lugar de tomar color.
Recuerdo un par de días aleatorios. Uno en enero, caminando bajo el sol de la siesta con mi vestido de cuadros naranja, rosa y amarillo, sintiéndome toda una profesional hasta que me encierra una pandilla de gurises con bombuchas en las manos y yo dejo caer la mochila al piso y abro los brazos para dejarme empapar, resignada. Me duele tanto todo adentro que las bombitas de agua son un alivio. Lloro las seis cuadras hasta la redacción y cuando llego a la puerta, ya estoy bien.
Más tarde ese día, quedo en blanco unos segundos frente a la impresora de matriz de punto que escupe un cable tras otro, siento que se me van los ojos para atrás. Fabián me pregunta si estoy bien. Supongo que fue un principio de desmayo, microconvulsiones provocadas por el stress.
Nunca me voy temprano. Tomo aspirinas y sigo, no quiero volver a casa porque creo que ya no tengo casa. El trabajo es mi refugio.
Otro día que recuerdo: ya es febrero, nacieron unos cachorritos en el negocio de la mamá de una amiga de mi hermana, nos quedamos con una perrita mestiza tan chiquita que cabe en el cuenco de mis manos. La llevo a la redacción y le encontramos una cajita para que juegue y haga pis y caca. Fabián le pone Pelusa, se encariña con ella. Me pide que lo aguante, que va a ver si se la puede llevar a la casa. Pelusa va y viene una semana en el bolsillo delantero de mi jardinero de gabardina azul. Nunca me voy a olvidar de su peso y su calor en mi pecho, lo buena que era, el consuelo que fue esa semana de oficina con Pelusa desviando la atención de mí hacia ella. Nos veían llegar y éramos una pareja rara, la chiquilina que empezaba a ser periodista con su perrita en el bolsillo del jardinero. Muy entrerriano todo.
Al final, Fabián se lleva a Pelusa y nunca más la vuelvo a ver.
Cada vez me quedo más tiempo. Llego a irme a las 9 de la noche de la redacción. Alguna vez llevé a mi novio de entonces para que conociera la oficina. Me costó mucho terminar aquel verano, alejarme del trabajo. Era la primera vez que tenía un trabajo que me gustaba, aunque pagaran poquísimo. Aunque a veces fui con fiebre, con sueño, con miedo.
Desde ese verano de mi última inocencia, tener trabajo se convirtió en mi refugio, en una excusa para no pensar durante horas en los problemas del afuera. También me volví un poco más fuerte y gané una intolerancia que me hace agarrarle bronca a cualquier persona que se escuda en dolores y padecimientos (reales o imaginarios) para esquivar el trabajo. Para crecer, para hacerse fuerte en la vida, no sólo hace falta que te hayan quebrado. Hace falta levantarse, secarse las lágrimas, sonreír y decir "esto no va a poder conmigo".
La verdad es que nadie puede conmigo, a menos que yo me deje vencer.
Mis días extraños se presentan sin previo aviso. Los preceden estos sueños que nunca podré explicar y que a veces se me olvidan no bien despierto, dejándome un acorde nublado en el oído como el vibrar de una campana que olvidé que había tocado.
Mis días extraños me parten al medio y me vuelven a armar así nomás, desorganizada como un mal puzzle. Lo veo en mis ojos que delatan la tensión. No me puedo relajar. Lo que hasta hace dos segundos me llenaba de entusiasmo, me desarma y me empaca. Me enfrento con toda la realidad de golpe y caigo a plomo por un tobogán circular que me marea, esperando que al fondo haya el alivio o al menos una poza de agua para recibirme. Mientras la sensación pasa, intento hacer cosas para llenar el tiempo, para evitar que se me note.
En el fondo tengo miedo de mí misma, es un miedo permanente e inevitable. Me doy manija pensando si no estaré volviendo a caer en el autoboicot, si no estoy a las puertas de una depresión (o de una manía...). La vida y la muerte se me hacen una, me paralizo en el vértice de muchas cosas. "¿Y ahora? ¿Y ahora?" Vuelven los dolores de cabeza, las ganas de llorar, las expectativas rotas antes de ser pensadas o sentidas, o formuladas. Para qué dar un paso en este sentido, si finalmente... Finalmente ¿qué?
Si el desorden que me rodea fuera un precio a pagar por la paz mental y espiritual que gané con tanto esfuerzo... pero no, es apenas un síntoma de la entropía que me chupa y me vomita con asco. Soy lo que quiero al precio de lo que perdí haciendo lo que se me antojó sin medir las consecuencias. Soy un poema caótico a la autodestrucción, la cara sonriente que todos miran sin sospechar que allá adentro está el infierno. Me despierto cada mañana con la incertidumbre de quién va a ganar, si mi mejor o mi peor yo.
No estoy segura de nada en mis días extraños. Ni de mi pasado ("¿aquella era yo?"), ni de mi presente (¿lo merezco?) ni de mi futuro, por más que me visualice allí y no aquí, ya no más. Quizá es eso, el hecho de que me empecé a volver transparente, a desaparecer de aquí para empezar a aparecer allá, aunque falta muchísimo y la ansiedad cabalga a lomos de dragones mientras yo me arrastro a la velocidad de los caracoles. Cada expectativa que no me permito es una semilla que explota en el aire y muere antes de tocar la tierra. Su posibilidad deshecha me amarga. Ahí es cuando me doy cuenta de que no se trata solamente de ser valiente, impulsiva, optimista. De animarse. Ese tipo de coraje me sobra. Para "afuera".
Me falta todavía perdonarme.
Me falta quererme.
Me falta valorarme.
No importa cuánto amor me rodea, siento que es inmerecido e insuficiente y que nunca voy a poder estar a la altura de quienes me lo dan. No me alcanzaría la vida para pagar mis deudas afectivas.
Miro en el espejo y me percibo rota y reensamblada, mal alineada, enferma.
Nunca dejaré de estar enferma. Y aún así, nunca me rendiré a este veneno que me atenaza en los días extraños.
Tengo palabras e imágenes sueltas que estos días no pude liberar. Tuve viaje y tuve amor, y me aspiré todo el aire libre y olfateé con fruición los aromas de mis pequeñas para que sigan llenándome el alma aún a la distancia. Vi el río, el cielo y el verde amarillear en la terrible ciudad a la que siempre vuelvo y no puedo dejar de querer, jamás. También esquivé calles y manzanas, pero sin poder evitarlo todavía miro en dirección a la casa vieja, que se aleja para siempre de mí (ella de mí es lo mismo que si dijera yo de ella, porque no es más que todos esos momentos y recuerdos, la vida que pasó y el futuro que no será). Me senté con mi hermana en la galería de su casa después de una tormenta intensa a disfrutar del cansancio y del descanso en medio de palabras y proyectos.
Ayer, el viaje de regreso y mi casa de nuevo. Esta cama desde la que escribo ahora y el otoño inminente. Todo lo que no puedo o no quiero (todavía) verbalizar, quemándome la garganta. Nuevos ojos para viejas compañías. El amor en las calles, en las plazas. La violencia también, con su combustión contagiosa. Preservar mi salud mental por mí misma, esta vez con éxito, con más herramientas. Este documental, que no es el mejor ni más lindo de los que haya visto pero que me hace bien dejar de fondo en estos días en que redefino "orden" y "limpieza" en casa. Cada vez quiero y necesito menos, pero al mismo tiempo comienzo a entender la lógica perversa de un mundo en el que hace falta "tener" aún para no tener nada.
Miyazaki. Nuevos libros. "Nada se opone a la noche" y "Los cuerpos del verano" y la saga de Ender completa. Releer a London y a Edmundo de Amicis. Cuentan los mapuches. Hablar de curas villeros con mi madre y escuchar una voz distinta sobre temas que conozco bien, y saber que si quisiera podría convencerme. La realidad que nos abruma y golpea cada vez más cerca con enfermedad y pulsión de muerte. Los miedos que se piensan y los que apenas sentimos. Algunas macetas en mi ventana. Comida nueva y ejercicios porque no voy a recaer, no voy a recaer, no voy a rendirme nunca. La música siempre presente, las imágenes y las palabras. Que el amor no termine nunca, que no se acaben los brotes.
Ahora que ya caminé con el viento en la cara y dormí en el suelo. Ahora que el sol volvió a descascarar mi piel. Ahora que lloré todas las lágrimas de meses en un día (el último) y descubrí que los ojos más hermosos siguen mirándome con infinita dulzura, rejuveneciendo día a día hacia el infinito. Ahora que estreché nuevas manos y lloraron en mi hombro. Ahora que nadé y navegué en aguas heladas, que encontré nuevos futuros senderos que recorrer en lugares de los que me siento parte orgánica aunque intrusa. Ahora que es mañana, que es muy pronto o demasiado tarde, me doy cuenta que si bien el tiempo es inelástico también es relativo, que un año puede resumirse en un día y en los sueños de una sola noche se esconden las epifanías de toda una década.
Ahora que admití que todavía no me quiero completamente, que no he aceptado del todo mi esencia, que no abracé mi naturaleza sin temores, que no me abandono del todo a las potencialidades de mi vocación (que serán pocas o pobres, pero son totales y sobre todo mías).
Ahora que soy yo la que se queda y viajan amores muy lejos de mí, entiendo un poco cómo deben sentirse ellos cuando me voy. Es una angustia dulce y remezclada que no se pasa con los días. Ahora, que me toca ordenar mi quilombo y subir las fotos de los hermosos días vividos, no puedo despegarme de esta silla, no me puedo enfrentar a los días que vienen. No puedo o no quiero, ya no sé qué es cada cosa o si es lo mismo.
Lo único que sé después de cada viaje y de cada separación, de cada desgarro provisorio o permanente, es que me estoy acercando paso a paso a la que quería ser a los veinte y no me animé.
Y es una Yo tan grande y tan brillante que a veces me da miedo. Y es tan fuerte la tentación de sofocarla, de mantenerla pequeña, de no dejarla respirar aunque me mire con cara de tristeza o de furia, o en pánico. Aunque se muera por salir. Porque al salir va a desgarrarme y a ponerme muy lejos de muchas personas a las que quiero, me va a parar en la vereda de enfrente de mi historia con las manos vueltas hacia arriba. Desarmada, sin aviso. Y yo sé que no me queda otra que dejarla salir, porque ya está aquí. Es epidérmica, me late a flor de piel. Una desconocida me paró en una calle de tierra en medio de la montaña para saludarme y decirme que no era la primera vez que me veía pasar y que ella veía pasar mucha gente, que nadie le impresionaba tanto como yo y la energía que movía solamente al caminar. Que era bueno verme. Ella, que no me conocía, me dijo "es bueno verte".
Y yo dándome cuenta, allí mismo, que todo este tiempo no he querido verme a mí misma. Que me niego, aunque ya estoy a la vista, a plena luz de día. Esa Yo que promete desgarrarme ya está aquí y yo sigo sin verla, haciendo como que no existe. Como si fuera posible sofocarla. Como si fuera posible contener un torrente con las manos. Aquí y Ahora.
Afuera, unos grados menos aligeraron la noche porteña. Hay silencio en el barrio. Pasamos la víspera de año nuevo como pasamos la navidad del año que pasó: solos. Entre los dos, rumor de ventiladores, una charla que va y viene. La cena temprana, algún trago rico con alcohol. Buena música. Lo de siempre. Pero en realidad, no. En realidad, las extrañeces, las embicheces que nos unieron aquellos primeros últimos días de 2006 tienen una continuidad en nuestra vida. Sobrevuelan las conversaciones los errores que nos confesamos alguna vez. Y aunque todo es normal y se puede hablar de todo, aunque tenga tus piernas en mi regazo mientras hablamos, hay mucho que no cambió desde aquel 2006 hasta ahora.
Vos creciste y yo me quedé un poco. No crecimos a la par. Podrás decir que llevabas ventaja pero los dos sabemos que no es cuestión de edad, sino de temperamento; de decisión, por qué no. Yo avanzo a los saltos, a veces me adelanto años o meses a las cosas que van a pasar, y después me quedo ¿semanas, meses? pensando en nada, haciendo nada. La plancha. Milagro es que me aguantes después de tantos tirones. Vos, que una vez encarada la montaña no parás ni a respirar.
Pero decís que te gusta de mí incluso lo que ha repugnado a otros y algo se me mueve en el corazón, esa necesidad de volver a estar a la altura de algo. No para complacer, sino para estar un poco más cerca de lo que alguna vez soñé. Aprendí mucho con vos en estos años, cosas que después otros pusieron en perspectiva o diagnosticaron; en mi caso es todo lo mismo.
Este trago que me hiciste me deja un regusto a flores de jazmín en el paladar. No sé qué usaste, no me animo a preguntar. Es lindo, como todo en nuestra vida común, y es un anticipo. ¿Estamos viviendo nuestra primavera, aún? ¿Cómo hago para diferenciar las estaciones de una vida iluminada? Mis preguntas te hacen sonreír. Vivamos el momento, me dicen tus ojos. Retruca mi sonrisa en silencio: ¿no es lo que siempre digo? Carpe diem.
El jueves 6 de diciembre fue un día muy particular. Les cuento, por si no viven en Buenos Aires ni les importa: a la mañana tuvimos nube tóxica y a la tarde un mini diluvio que, sumado al corte programado de subterráneos, afectó el traslado de un millón de personas del trabajo en la CABA inmunda a sus casas.
Más allá de las noticias, el jueves 6 de diciembre fue un día sumamente particular e intenso para mí por muchas otras cosas (víspera de una fecha por demás importante), y terminó de la mejor manera que podía terminar.
Lo pasé a buscar al trabajo con una hora de margen para la puerta del teatro. Cuando quedó claro que no había colectivo o taxi que parase, empezamos a caminar. El día ya había sido agotador y a la lluvia y el desánimo se sumaban el calor, los transeúntes tan hastiados como nosotros. Cuando finalmente pegamos un taxi, ya estábamos a un tercio del trayecto y muy resignados a llegar tarde. Por suerte, el conductor estaba de un humor apacible, pese a las siete horas infernales trabajadas. Llegando al cruce de vías de Dorrego, muy demorado el tránsito aún, encontramos este atardecer. Qué buen presagio.
En la puerta del teatro había poca gente, la mayoría había entrado y ocupado su lugar cerca de la valla. El percusionista principal desplegaba su virtuosismo con una simpleza tal que parecía que no ofrecía un minishow previo, sino que estaba ensayando en su propia casa. Se levantaba y se sentaba, agradecía, daba vueltas. Fui a buscar una cerveza a la barra: nunca una Quilmes me cayó tan bien como esa, tirada en el vaso y casi a punto de congelación. La música, el silencio respetuoso del público, eran todo.
Abrazarlo de nuevo, como hacía apenas dos meses atrás cuando fuimos a ver a Marillion. Y cuando empezó todo, puntual, sentir que tomaba posición detrás de mí para dejarme en libertad de sumergirme en la música. De llorar, incluso, no sólo por la intensidad de las emociones que la música me despierta, sino por todo lo demás que Dead Can Dance representa para mí. Cada etapa de mi vida desde que los conocí. Abandonarme para ser la que fui a los dieciocho, a los veintiuno, a los veinticinco. Ellos en cada etapa, cada vez más presentes.
Yo no sabía qué es lo que hacían que me llegaba tan al alma y sigo sin saberlo, aún después de años de indagar en sus discografías solistas, proyectos compartidos y reuniones. Sigo sin saber nada. Solamente están allí las emociones. El corazón todavía se me estruja pequeñito cuando pienso en Lisa Gerrard cantando "Sanvean", o Brendan Perry gritando I don't believe you anymore en "The Ubiquitous Mr. Lovegroove". O en los dos ejecutando con precisión y amor el don recibido, compartiéndolo en un escenario y con una gente que se sentía (todo) parte de una liturgia.
Desde la apertura con "Children of the Sun" hasta el cierre con "Return of the She-King" (poderosos y épicos títulos para dos canciones que les hacen justicia) temblé como una hoja. Años en mis auriculares, en el aire de mis sucesivos dormitorios, retumbando entre las paredes de mi casa como un mantra recurrente. Y por fin, allí. Delante mío, Brendan a quien los años perdonaron menos y Lisa que parece no haber envejecido un día. Sus historias a cuestas. La música perfecta. Aquella que ni los muertos pueden dejar de oír.
(En honor a Dead Can Dance, renuevo la lista de tracks a la derecha de la pantalla tratando de plasmar el recorrido que yo misma hice por la discografía. El único álbum que he dejado completo es "Into the Labyrinth", que no será el más mejor, pero es el más representativo para mí. Y acá pueden acceder a una galería maravillosa de fotos que subió a Facebook Satya Sen, amiga de un amigo que estuvo presente aquel jueves).
¿Qué hace a las personas hostiles? ¿Qué fuerza o energía las vuelve nocivas para su entorno y venenosas en conjunto? ¿Cuál es la razón para que terminen oprimidas, reprimidas, deprimidas? ¿Cómo es el proceso en que el entorno transforma a una persona, y cómo una persona modifica el entorno para su supervivencia?
Pienso en esto desde hace diez días, con una taza de café entre las manos, caminando junto al mar para tratar de pescar los aromas y las frescuras que llegan desde la rompiente. Rara vez me acompaña alguien. En esta capital petrolera nadie tiene tiempo de caminar junto al mar, apenas un par de personas sueltas y estoy pensando que quizá sean turistas. Hay una tasa de obesidad mórbida impresionante, mucha pobreza, mucho resentimiento.
Nadie mira el agua. Todos hablan del viento.
El viento es más que un formador de paisaje por aquí. Es un forjador de carácter. El color local no existiría sin el viento, esta ciudad no sería lo que es sin el viento. El clima les ofrece la excusa perfecta para todo, sobre todo cuando tienen que ajustar el potenciómetro de amabilidad para con un afuereño particularmente extrovertido y entusiasta (mi caso): el viento es lo primero que invocan. Pero yo estoy segura de que lo que invocan como causa no es tal, y las consecuencias del impacto económico son la variable fundamental para entender por qué se están convirtiendo en esto: una ciudad desangelada, sin alma.
Lo que no se cultiva, muere; toda aquella idea que no inspira, no arraiga; la energía que no se usa en favor de un plan maestro, se desperdicia. ¿Dónde van a parar esos residuos brillantes, pero inútiles? ¿Por qué nadie los toma?
Aquí, donde me toca estar, he visto cientos de pares de ojos y pocas sonrisas. Cuántos dedos callosos y curtidos tomé entre mis manos siempre calientes. Cuántas veces hice reír a un niño. Cuántos olores invadieron mi burbuja y cuántas frustraciones me atravesaron el pecho. Cada día pude irme feliz de lo que soy y lo que tengo, también un poco más triste porque mi cuota de cambiar el mundo nunca va a alcanzar. Yo reposo los huesos en esta cama cómoda mientras afuera el viento arrecia y una familia de cinco o seis miembros duerme en la calle. Me privo de algo para que otro lo tome y de paso, tome lo del vecino. Me callo para que otro hable, y esas palabras no son mejores que el silencio. Ocasionalmente me cruzo un alma afín y me suspendo contemplándola con tanta discreción que pierdo la oportunidad de asirla, de tomar algo de ella.
Me atenazan pudores y vergüenzas que son tan socialmente aprendidos, tan antinaturales en mí.
Sé que esta desazón casi infantil no es por el viento. Pero la danza de almas que el viento de esta ciudad moviliza cada noche me afecta más de lo que puedo comprender. ¿Dónde está la clave de este cambio necesario?
En las calles sólo sonríen los niños y los enamorados. El resto los mira como quien olvidó algo. Serios. Anónimos. Perdidos.
Vuelvo a casa después de dos semanas de ausencia. Todo está igual en mi quilombo permanente, todo y nada. Nosotros, móviles, más o menos inamovibles. Mi cabeza en tu hombro en el taxi, el ruido de la ciudad que me abruma por un rato mientras en mis pies y mis dedos todavía hay la memoria de la hierba fresca y la calidez de los niños amados. Qué afortunada me siento de haber sido destinataria de tanto, qué suerte que ningún beso, ningún abrazo o caricia fueron rechazados. Tengo en mí toda la historia que me moviliza y me motoriza. Tengo la frivolidad de algunos momentos robados que me avergonzaron, que me obligaron a enfrentarme y pensar una vez más: ¿por qué me cuesta tanto decir "no"? ¿Se va a ir otro año de propósitos sin cumplir?
Decidida de una vez a ser sólo para quienes quiero y me quieren (y me aceptan), empiezo a desprenderme de los últimos hilos de urbanidad organizada. Soy un páramo en el que las emociones gobiernan y diseñan universos intrincados como dibujos en la arena, que el viento luego reacomoda. No es siempre el mismo diseño, ni el viento es el mismo, pero sí hay una coherencia interna. Yo soy el mundo que quiero ser, mis mundos todos. Yo soy. Me embriago y me deshago por no pertenecer a nada. Otoño y bóreas. Tulkas y Melian. En cada tramo de camino está imprimado el carácter de mis sueños. Poder vivir sin nada habiendo tenido todo, no conocer exactamente mis límites es parte de las cosas que me liberan. Yo era border. Ahora soy libre. Ni la locura me asusta, ni la ansiedad conseguirá doblegarme del todo. Aprendo a cada paso y no temo pedir perdón, prefiero seguir pidiendo disculpas antes de quedarme con las ganas de hacer algo. Lo lamento, esto es lo que hubo. Esto es lo que hay. La vida que viene, las palabras atropellándose otra vez.
Si mi tren está pasando por tu puerta es porque sos uno de los elegidos. Vos sabrás si querés subir o no, hasta dónde ir, qué aventuras podremos vivir juntos. Yo te elijo, familiar o amigo, afinidad o karma. Te elijo y quizá sea esta vez la única que pase frente a tu casa. Quién sabe qué nos espera mañana.
Él me dice que quiere guardar en su memoria este día porque es un día perfecto. Tan parecido a otros días perfectos que hemos pasado juntos. La verdad sea dicha, hicimos de todo. Lo empezamos despiertos, a la 1 de la madrugada cuando nos fuimos a la cama, con la lluvia en los oídos y olor a citronella. Despertamos temprano, sin ruidos a obra en construcción. Desayunamos una barbaridad. Nos disfrutamos. Salimos a comer algo nuevo por ahí, después a hacer unos trámites en familia. Mates, una linda peli y charla. Previo a la siesta tardía, merienda y lectura compartida. Finalmente, cenamos temprano, liviano, mirando "Ghost in the shell".
En este momento, él toca la guitarra y hace música en el cuartito y yo intento despegarme la pereza para ordenar la ropa que cuelga de las sillas. Cada tanto paso por allá a darle besos. Estas son cosas de todos los días: muestras de afecto, palabras de agradecimiento, miradas de felicidad. Silencios compartidos en medio de las actividades que nos nutren. Esta intuición calmada que nos permite entender que sí, hay problemas, preocupaciones y miserias, miedos y ansiedades; pero todo se puede solucionar dándole para adelante, enfocados. Hagamos lo imposible, porque podemos.
Mi Norte, mi casa: Hoy fue un día perfecto. Tan parecido a todos los demás y tan distinto, que pensé regalarte este post para recordarlo.
Siete años en mi Extraño Mundo, o un Mundo de siete años. Todavía, sí, aunque los blogs están pasando de moda. Resisto porque puedo y porque me da la gana. Y porque estoy segura de que crecí mucho gracias al blog. No sólo por todo lo que aflojé la mano, la cabeza, las estructuras desde que camino por acá, sino por todo lo que el blog me dio: amor, amistad, buenos momentos, catarsis, inspiración, excusas, distracción.
Cuando empecé tenía veinticinco años, pelo largo, era soltera, recién dejaba de estudiar, estaba bloqueada y había decidido que, ya que no podía volver a escribir como a mí me gustaba, al menos iba a intentar escribir algo. Encaucé mis vergüenzas y frustraciones y la verdad es que me fue bastante bien. Hoy estoy haciendo cosas que jamás pensé que me atrevería. Cosas que me hacen bien y que confirman, justifican mi inmenso apego a la Vida. Además, el 7 es uno de mis números preferidos, y esto amerita que haga lo que nunca hice hasta ahora, algo que también es parte de este cambio de actitud: una foto mía. Siguen sin gustarme las fotos, pero ya no soy la persona que era: ahora me acepto y me doy un lugar en el mundo. Siete años después de la debacle, ya no soy invisible.
(El buzo es diseño exclusivo de las chicas Faraway, a quienes recomiendo de corazón: ellas se ocupan de casi toda mi indumentaria miyazakiana. El último otoño quise hacerme un regalito alusivo y qué mejor que el kodama que se convirtió en el emblema de este espacio tan importante para mí)
Despliego mis papeles, mi prosa manuscrita, empiezo a transcribir las líneas en un documento de word. Así todas las noches, o casi todas, desde hace más o menos dos meses. Dos meses, ya. ¿Dónde se está yendo mi vida? Donde sea, abrazo los cambios. Hoy tengo fe.
Siete años atrás, me siento una anciana de veinticinco. No quedan aventuras por probar, sí muchos viajes que, pienso, jamás haré. Estoy en un pozo ciego, en una trampa. Deprimida. Enviciada. Escribiendo desapasionadamente, por deporte, exprimiendo mis neuronas inútilmente en textos que no verán la luz. Humillada, ninguneada. Despreciada, principalmente por mí misma. Afuera del pozo, muchos seres queridos me miran, me gritan y me tienden las manos. Estoy muy cerca de la luz, pero vuelvo a mirar la oscuridad, empacada. Quien con monstruos lucha...
Siete años después, me doy cuenta que soy una niña de treinta y dos. Con la energía y la curiosidad intactas, con ganas de más y mejores aventuras. Preocupada por el entorno, pero también por robustecer mis raíces agotadas; hay tanto tiempo que recuperar. He viajado. Me enamoré. Encuentro la manera de disciplinar mis vicios. Y las palabras que antes se atoraban en un bolo de mugre y tristeza, hoy son el material de las obras que siempre soñé escribir.
Es domingo, de nuevo. La música y las palabras han desplazado definitivamente al televisor y las redes sociales. Fue un día de hermoso y perfecto invierno, que me encontró caminando por las calles desiertas de tres barrios distintos, compartiendo mates y almuerzo en familia. Es una tarde mágica y tranquila en casa. Es todo lo que no se puede decir con palabras (en un hogar de dos también hay preocupaciones y penas secretas, goces y alegrías tanto o más tabú que ciertas crueldades socialmente toleradas). Es un abrazo quieto que jamás pido... nunca necesité pedir, pero tampoco nadie me dio tanto.
Hago mate cocido y para vos es como si te bajara el cielo, y me dan ganas de llorar porque te amo tanto que me pondría a amasar pan casero ahora mismo para compensar esta merienda tan modesta. Nada de lo que yo pueda hacer estaría a la altura de esa mirada de alegría y paz en tus ojos. Cuando llegaste a mi vida, volví a dormir de corrido. Y empecé a entender que esta enfermedad enraizada en mí, esta montaña rusa emocional que me destroza con la misma energía con la que me eleva por el aire, es una pavada. Soy yo, enferma para siempre, en control de mis combustiones. Sos vos, que podés faltarme (no soy tan ingenua de pensar que puedo retenerte contra todo y contra todos) pero ya estás en mi historia. Son nuestras circunstancias moldeando el humor y el terror del día a día. Es el pasado en perspectiva y el futuro acá nomás.
Ya pasaron casi tres meses desde nuestro viaje a Madryn y me pasé la última semana teniendo sueños vívidos con ballenas y bosques desiertos frente al mar. Sueño que planeo cerca de la superficie y veo a las ballenas francas en su danza de reproducción y cría. Sueño que me sumerjo junto a ellas y que el golpe de mar frío me paraliza el corazón y los pulmones. Puedo sentir el pánico, el miedo físico por su proximidad, pero la curiosidad siempre es más fuerte y me atrevo a dar una brazada más, a acercarme más, pese a la impresionante fuerza motriz de sus vientres y colas que me succionan y me hacen pensar (aunque, claro, sé que es un sueño y no puedo dejar de saberlo) que quizá muera acá abajo porque puedo volar pero no respirar bajo el agua. ¿O puedo?
Emerjo para que el viento y el sol sequen mi ropa (¿por qué estoy vestida en el sueño y es verano?) y vuelo hasta la orilla, hacia la tundra primero y luego hacia un bosque que sale de no sé dónde porque debería estar cerca de las montañas y sin embargo está aquí, junto al silencio de los acantilados y las caletas. Y allí, entre las hojas amarillas de los árboles, despierto. Por un momento incluso siento el aroma yodado y el perfume de los troncos vivos.
No es casual que hasta la música de estos días y el proyecto que empezamos estén llenos de mar. Nuestro corazón está allí suspendido, entre las olas y los árboles, aunque los compases y los instrumentos reposen en un departamento de Buenos Aires y nos vayamos a dormir entre vibraciones de motores.
¿Por qué, si no, voy a seguir soñando con ballenas y aves marinas? ¿Por qué este despertarme con la sal y la savia entre los labios?
Nos sacudimos la modorra de los años y en tránsito a muchos nuevos proyectos, vamos poniendo en línea el primer trabajo (caótico, perfectible, desquiciado) de Cassenders para el portero.
En una semana, y gracias a la tenacidad de uno de los integrantes del dúo, tenemos cuatro temas arriba y uno en post producción en este preciso momento. Con ganas de más. Con letras propias de inminente musicalización. No sabemos cómo va a salir, pero nos divertimos como locos mientras hacemos esto. Porque sí, porque se puede.
Aclaro que este post es una excusa para colgar el video con la música que aparece más abajo.
Habiéndome sincerado con los escasos, aunque constantes, lectores de este blog, aprovecho a informar que este espíritu libre se va de viaje por unos días, con un libro y un cuaderno para los poquitos espacios que deje el trabajo, con muchas ganas de ver cielo azul y un poco de río y haciendo un esfuerzo enorme por no anticipar la inevitable extrañitis que me comerá dentro de algunas horas, cuando me de cuenta que mi casa, mi cama y la persona que amo están a unos cuantos kilómetros de distancia; da lo mismo que sean trescientos o tres mil.
Es tarde, pero podría estar despierta toda la noche. Hacer durar estos últimos abrazos hasta mi regreso, escucharlo editar audio en su piecita, cargar música en el celular para las caminatas al fresco de la madrugada, mientras el bolso (eterno postergado) me hace burla en un rincón, con sus tripas-ropa al aire.
En el medio, las noticias de hoy. Me nutro de ellas porque sé que voy a estar bastante colgada de una palmera toda esta semana y un poquito más (ya me pasó cuando fuimos a Dolores, me perdí todo el caso Candela).
En Twitter avisan: murió Badía, Juan Alberto. Venimos toda la tarde piloteando la noticia, ahora está confirmada. Un año nefasto que ya se llevó puestos a unos cuantos y el sobresalto de entender que la vida también es esto: a medida que se crece uno se va quedando huérfano de referencias. Por eso los abuelos empezaban a leer los diarios por los obituarios, pienso. A mí me rodea tanta vida aún, que me resisto a entrar en ese estado de conciencia de lo efímero. Me resisto mucho. Me sé feliz y disfrutando el ahora. Hace ocho meses nos quedábamos afuera de esta casa por un derrumbe a la vuelta de la manzana, hoy escuchamos que pronto van a derrumbar lo que quedó del edificio roto. Me acuerdo que en aquel momento, salvando esa primera hora frenética transcurrida entre que nos impidieron el paso al departamento y la shockeante cena en La Pasiva mirando el racconto por televisión, me importó muy poco perder todo: lo más importante ya lo había sacado de la casa, estaba conmigo. Al alcance de mi mano, tomando mi mano.
Hay muy pocas cosas irremediables. La más representativa es la muerte, por supuesto. Otra podría ser la pérdida de la memoria. Creo que la peor de mis pesadillas es una que no involucra el fin del mundo o la bestia invisible que me persigue sin que yo pueda escapar: es el olvido. Le temo con el pánico irracional de quien atesora sus recuerdos como Gollum atesoraba el Anillo de Sauron. Soy la ávida guardiana de un pasado del que siempre aprendo.
En medio del debate por el derecho de cada mujer a abortar, un debate que en este país tiene menos años (al menos, de ser tomado en cuenta como prioritario) que lo que llevamos de recuperada la democracia, nos atraviesa como un dardo lacerante, una y otra vez, el infanticidio cotidiano. Nos enteramos de Martín, de Tomás, de Candela, pero hay tantos más. Tantos más. Infinidades, y ya llevamos décadas de esto. Décadas.
Nos estamos volviendo una sociedad infanticida.
No voy a entrar en la pseudopolémica sofista de si el aborto es un hecho más o menos criminal que arrebatarle la vida a una criatura que ya tuvo oportunidad de transitar los primeros pasos de una vida socializada, culturizada. No voy a meterme en eso cuando ya dejé claras mis posturas al respecto. Hay un infanticidio urgente y cotidiano que me genera tanta alarma como el otro, quizá no tan espectacular en su desarrollo y presentación noticiosos, pero igualmente preocupante.
Cada vez que un niño cae en situación de calle, es infanticidio. Cada vez que se lo ignora o se lo invisibiliza, el niño muere. Peor aún: el niño es consciente de que lo están matando, de su estatus de zombie social, de indeseado. ¿Cómo crece de ahí en más un alma muerta?
¿Alguna vez se detuvieron a pensarlo? ¿Hicieron el esfuerzo de recordar cómo era ser niños, por un minuto, y pensar en esto que les estoy diciendo? Inténtenlo, por favor. A mí el sólo ejercicio me devasta, me aniquila.
Ni siquiera tenemos que hablar de niños que llegan a un mundo incapaz (por desabastecido, por sobresaturado o por falto de educación y planificación) de sostener sus necesidades básicas. Podemos hablar durante horas de los que llegan a un hogar bien constituído, es decir: niños deseados de hogares biparentales heterosexuales con un pasar económico que les permite sostener la familia y proporcionarle al niño una correcta inserción sociocultural. Este niño, imagínese como "ideal de niño" al que no le falta nada, que lo tiene todo, es el que presenta a la larga mayores problemas si es sometido durante su período de formación a procesos inductivo-conductivos dañinos para su autoestima, a estímulos que anulan su desarrollo cognitivo natural o peor aún, a la indiferencia afectiva y formativa de su entorno inmediato.
No requiere más que unos minutos pensar en todos los niños a quienes conocen. En todos los padres a los que conocen.
Mientras haya un padre que ridiculice de manera sistemática a su hijo en público, que minimice sus necesidades, que no se conmueva por las lágrimas contenidas e incluso reclame esa represión pavloviana, tendremos una sociedad infanticida.
Mientras haya un padre que exija de su hijo una reacción proactiva ante la reprimenda de un maestro o de un par, al mismo tiempo que exige una reacción de pasividad o sumisión ante la agresión propia ("no dejes que nadie te pise la cabeza / te pase por arriba", "ves que sos un inútil": el estilo complaciente-agresivo del psicópata moral para minar la autoestima es dañino de una forma eficaz e irreversible durante la infancia, justamente), seremos una sociedad infanticida.
Mientras haya un niño indeseado en nuestras calles, expulsado de su casa como si fuera un cachorro que ya creció y "no hace gracia", estaremos asesinando niños. Mientras exista un adulto capaz de explotarlo en beneficio propio o de causarle dolor mirándolo a los ojos, seremos una sociedad infanticida.
Mientras sigamos alimentando sus almas y cerebros de basura predigerida y afán consumista, ahogando su curiosidad innata con respuestas impacientes y vagas, excluyéndolos de una participación activa en su propia formación intelectual y emocional, habremos incurrido en el más imperdonable de los delitos.
Si tenés un niño cerca (hijo, sobrino, nieto o amigo) y la posibilidad de un patio, una plaza, un espacio amplio, hoy te quiero proponer un ejercicio. No le des juguetes, no lo lleves a un shopping, no lo secundes como si fueras su par. Dejalo solo en ese espacio amplio y sentate a tomar unos mates mientras lo observás. Dejalo que se aburra, que no sepa qué hacer. Quizá haga algún berrinche. Y después (si es que no apareció otro niño con el que se enganche a jugar), proponele algo distinto: no sé, quizá sentarse en la arena o el pasto a contar historias, jugar a la payana, preguntas y respuestas, la rayuela... Cualquier cosa que le de a entender a ese niño que estás allí, aunque no le proveas de ningún confort. Sencillamente, pendiente de su necesidad momentánea. Disponible para lo que quiera saber. Sobre todo, no tengas miedo de hacer el ridículo.
Cuando hayas hecho carne este ejercicio a fuerza de repetirlo, enseñale al mundo a escuchar a los niños y estimularlos. Acapará niños ajenos y dales un poco de esto que entendés, que aprendiste. Envenená a los chicos modernos de infancia vieja.
Es poquito, ya sé. Pero si supieras que podés salvar a uno solo...