miércoles, febrero 28, 2007

Sea People (tercera parte)




Todo ese viaje (cinco horas en un 3CV recorriendo unas rutas bordeadas de roca, lomadas cada vez más altas, los cerros) finalizaba ahí: frente al mar verde cristalino, en una playa de arena gruesa en Uruguay.

Cinco horas antes, sin prender la luz, mamá nos había despertado. Nos sentó en la pelela de a uno en fondo para que hiciéramos pis, nos arreó hasta el Citroën (el mismo en que aprendería a manejar un año después), me ubicó en una colchoneta en el piso y a mis hermanos acostados juntos sobre el asiento trasero. Nos quedamos dormidos automáticamente hasta las siete de la mañana. Para entonces ya estábamos en Atlántida, creo. Faltaba una hora para Piriápolis, la primera ciudad con mar que pisé en mi vida.

Siempre me gustó con locura el agua. Siempre fui atropellada. En conclusión: corrí por la arena siguiendo a la madrina de mi hermano, directo a la rompiente. No hice más que cinco o seis pasos cuando una ola muy pequeña me golpeó las rodillas y caí de bruces sobre el agua que se movía.

Esa fue mi primer impresión del mar: arena áspera y conchillas raspándome las piernas, una bofetada de agua salada golpeándome la cara, ser hamacada por una fuerza invisible, los ojos y la boca abiertos por una fracción de segundo, hasta que mi papá me levantó del brazo en ese hacer brusco de gringo grandote, que siempre se me antojó un reflejo de animal para con las crías.

Todos se reían de mis muecas y mi aire de desconcierto. Salí del agua y me quedé parada en la orilla, masticando la vergüenza de mi primera humillación pública. El vaivén de las olas, que siempre le produjo a mi papá una sensación de vértigo ingobernable, me resultaba irresistible y sedante.

Tomé coraje y volví a intentarlo, paso a paso, dejando que las olas rompieran a la altura de mis muslos antes de avanzar un poco más. El agua estaba fría y yo daba respingos cuando una onda me atravesaba, cubriéndome momentáneamente el pecho. Podía ver mis pies moverse en el fondo, la luz ondulante en la arena, el matiz verdoso del mar, más verde cuanto más lejos miraba.

La siguiente ola me levantó con una potencia tal que mis pies se despegaron del suelo. Perdí un poco el equilibrio al apoyarme de nuevo, pero lo que me descalabró fue la sensación en el pecho. Mi corazón había dado un salto de puro gozo, una felicidad que no recordaba desde... ¿Desde cuándo? ¿Qué puede recordar una nena de cuatro años que entra al mar por primera vez? ¿Cón qué comparar la sensación del "despegue", de una fuerza armónica e independiente de tu voluntad que te acuna justo como más te gusta?

Me hice adicta al mar hasta un punto riesgoso. Siempre volvíamos a esas playas, y yo invariablemente quedaba hecha un tomate, cubierta de llagas, el primer día del veraneo. Mi mamá me retaba, me embadurnaba de bloqueador de pies a cabeza y a la noche, resignada, me acostaba en un colchón forrado de rodajas de tomate para bajarle la fiebre a mi cuerpo azotado de sol (por eso del efecto lupa que hace el agua).

Como lloraba si no me dejaban entrar al mar al día siguiente, se resignaban a mandarme totalmente vestida. Retozaba feliz entre las olas, pese a la tela que se pegaba en las ampollas abiertas, el ardor en los ojos, los labios resquebrajados. Era la primera en entrar al agua, y la última en salir al atardecer. Me recuerdo mirando el sol poniente, los brazos laxos flotando junto a mi cuerpo, dando pequeños saltos rítmicos en la punta de mis pies (totalmente agotada después de un día entero de nadar y sumergirme), tarareando una canción de despedida... porque, entre otras cosas, me encantaba la reverberación del sonido en mi pecho, la música rebotando en las olas.

Pensando, año a año, "Voy a volver". Con una felicidad que ya no conocí en ningún otro lugar.

Voy a volver.
Voy a volver.
Voy a volver.


(La imagen corresponde a la primera escena de una película de François Ozon, "Le temps qui reste". Recomiendo esa película sólo por sus escenas inicial y final, que me cambiaron un día por completo).


3 comentarios:

gerund dijo...

oh, yo también lo quiro al mar. hasta el punto de llevarlo por siempre en mi nombre...

:)

qué lindo recuerdo!

Fodor Lobson dijo...

Me gustó su relato, Cassandra. Es el descubrimiento de un gran amor, el primer gran amor, un amor eterno e incondicional.
P.S. También subscribo en la recomendación de "Le temps qui reste"

Nene Tonto dijo...

qué lindo uruguay, qué lindo el mar de uruguay. Conectate y contame cómo te trato el primer día de de trabajo con lluvia que inundaba.
Abrazooo
Polito
P.D: la cabeza de la foto parece la de Max