lunes, agosto 27, 2007

El lado brillante de la vida

Mamá guarda la ropa de invierno. La tarde de ese sábado se perfila tranquila contra la puerta-ventana a la terraza.

Pau desparrama fotos sobre el cubrecama. Siempre está por ahí, cerca de mamá, dando vueltas. Como antes del secundario, cuando éramos todos apenas una pandilla de cachorros estirándose por turnos en la cama grande, los fines de semana. O, más chicos aún, las noches de tormenta en la que invadíamos de a uno en fondo el reducto de papá y mamá en busca de un consuelo innecesario a miedos cada vez más reticentes.

-Mirá - dice mamá, dejando caer un paquete más viejo que los otros. Viejas Polaroid cuadradas, chiquitas, donde apenas se la puede reconocer detrás del flequillo espeso y el rostro demasiado serio.

Pau reconoce a la Tiatá en una de ellas, más joven y con el pelo largo, una tarde de sol. Mamá la evoca tal como era entonces, con esa forma que tiene de contar las historias que hizo que quisiera ser cuentista alguna vez. Entonces, mi hermana conoce un poco más de aquella mujer, su madrina, que (con la enfermedad todavía lejos) adoraba viajar a Mar del Plata.

Las preguntas se suceden. Mamá hace memoria, ¿fue en el '83, en el '85, que se perdieron las esperanzas sobre su visión menguante? Ella cree que en el '81. El mismo año en que Pau nació. Los ojos de mi hermana se llenan de lágrimas.

Pobre Tiatá, que ya no va a ver más. ¿Cuál habrá sido la última imagen que tuvo de nosotros? ¿Cómo puede ser que se la vea tan tranquila, cuando el dolor sigue abriéndose paso y las esperanzas caen como fichas de dominó alineadas año a año? Mamá ya abandonó el trabajo y ahora moquean juntas, mirando las fotos sobre el cubrecama, hilando un recuerdo tras otro, nostalgia sobre nostalgia.

Y sin saber cómo, ni por qué, alguna hace un chiste sobre aquella vez que la Tiatá echó las papas demasiado húmedas en el aceite hirviendo y cómo las llamas llegaron hasta el techo de la cocina. O aquella vez que por salvarla de un perro, su marido la hizo tropezar con el cordón de la vereda y fue tema de conversación en las reuniones familiares durante semanas.

- Y cómo habla, la muy guacha...
- ¡Y cómo le saca el cuero a las de la parroquia! ¡Siempre tiene algún cuento nuevo!

Las carcajadas se escuchan por toda la casa. Intrigada, interrumpo la lectura y salgo de mi cuarto para entrar al de mamá. Las encuentro abrazadas, tumbadas en la cama, todavía con lágrimas en la cara y sin poder parar de reírse.


(palabras más, palabras menos, la historia es real. Y siempre que algo me parece demasiado triste para soportarlo, recuerdo que todos los días grises tienen un reverso. Además, está visto: llevo en la sangre el antídoto para mi propia melancolía... Ojalá pueda seguir encontrándolo siempre)


4 comentarios:

Fender Gebiet dijo...

¡Emociones! ¿Hay algún antídoto para ellas, que no venga en prácticos envases plásticos y tengan que tomarse cada tantas horas? Digo, porque hay quienes prefieren no sufrir o llorar, sacrificando el reír en una nebulosa química protectora.
Cuanto más emociones, más cerca estamos de la gente. Por supuesto, el balance lo dice todo, pero ocurre que aún con déficit queremos igual, pues aún cuando las risas sean antiguas, nunca caducan.

Fodor Lobson dijo...

Is true... el humor es el único remedio eficaz pára todo.

Nala dijo...

Me emocionó su relato, señorita.

Una vez mi papá encontró entre los cassettes una de esas grabaciones que tenía de la época que yo empezaba a hablar gansadas (3 o 4 años). Yo la oía desde el patio, sin sorprenderme de mi misma XD hasta que escuché una voz que me hizo llorar en seguida... Era la de mi abuela, que falleció cuando yo tenía 4 años, y cuya voz yo no recordaba.

No se por qué me acordé de esto ahora, supongo que las emociones afloran así, de la nada, cuando uno menos se lo espera.

Beso grande

Cassandra Cross dijo...

Fender: La gente anda bloqueada. Son malos tiempos para la emoción genuina. Estas cosas o se aprenden o se entrenan, no queda otra. Cuando el bloqueo ya es muy grande, queda solamente la reeducación... y ya sabe lo cómoda (o negadora...) que suele ser la gente aún si detecta un problemita.

Fodor: Cómo me alegra que estemos de acuerdo :-)

Nala: De esos casettes hay tantos en mi casa... qué recuerdos. De todos modos, historias como esta las tengo en mi cabeza todo el tiempo, son las voces que me hablan (sí, suena esquizo, pero es así)