domingo, diciembre 26, 2021

Vamos tomando distancia de este año que fue fatal, decisivo. No he recuperado las ganas de leer ni de escribir. Lo hago, sí, pero ya no es la necesidad que supo ser. Me recuerdo anhelando un parche de césped, el cielo, animales, una casita pequeña, poco a poco levantar deseos con las manos. Ahora, que vivo con los dedos ásperos, clamo por una grieta donde vuelva a colarse esa pulsión que me mantuvo viva durante mucho tiempo. Paradójicamente, nunca me sentí más viva, más consciente de mi propio cuerpo (por dentro y por fuera) como ahora que estoy seca de palabras. Siempre nos está faltando algo para la completitud, y estar vivo es eso: navegar en la incomodidad, en la carencia. Miro a mi alrededor, muchos que parecen tenerlo todo adolecen de carencias más brutales que las mías. En este caos hay un orden orientado a la supervivencia de los seres vivos y en la pequeña galaxia interior que es nuestra casa somos una jauría contra las circunstancias, en permanente aprendizaje. Lo único que puedo decir de este año es que me dediqué de lleno a desarmar los mecanismos de mi domesticación. Nunca fue más obscena y grotesca mi actuación de civilidad frente al mundo que ahora. Nada de lo que hago lo hago para ser mirada. A veces me detengo al límite mismo de una barbaridad para no arriesgar de más. Soy un animal que quizá no llegue a viejo pero aprendió mucho. 

Anárquicamente, hicimos esto, esto y esto. Es de los pocos reductos donde me muestro o  me luzco, de a ratos y detrás de una máscara. En un documento de drive escribo lo único que me interesa que me sobreviva, una especie de testamento para las futuras generaciones de mi familia de sangre y adoptiva. Lo borro y lo escribo muchas veces bajo el fragor de una tarea que no tiene nada que ver con las ideas que estoy tratando de hilar. El signo de toda mi existencia ha sido el vivir compartimentada, desmembrada, una parte aquí y otra allá. 

Todavía tengo el paso ligero y camino con la seguridad del depredador, pero ya nadie me mira. Gané mi derecho a la invisibilidad y pulí la habilidad de hacerme presente sin mucho esfuerzo, incluso en lugares donde ya estaba hace rato. Es una cosa escalofriante ser múltiple y una a la vez. Los que me conocen reclaman que el pedacito que tienen es el todo y no la parte, creen saber la naturaleza de mis pensamientos y ya me han etiquetado como buena o mala, o jodida, o depresiva. Los que sabemos la verdad (la sombra detrás de la luz, el monstruo polimorfo que nunca duerme) vivimos todos en esta casa en la que hace ya dos años nadie entra a tomar unos mates o compartir una comida, una casa que es un pulpo, un arca, un bunker y un pequeño país. 

Eso es todo lo que tengo para decir de 2021. No es como si alguien me hubiese preguntado, claro. En todo el año, de hecho, pocas personas me sacaron charla con la genuina intención de saber de mí. Dos, a lo sumo, escarbaron un poquito más cuando presintieron que no era sincera. Tal vex en 2022 sean las últimas personas que queden en el círculo más próximo a mi corazón, aunque por fuera todos los demás sigan viéndome amorosa y dedicada. Pasé veinte años de vida derribando mis murallas primarias y quiero dedicar los pròximos veinte a levantar otras, más orgánicas. La puerta queda un poco más escondida, nomás. Pero está. Siempre hubo puerta. 

 

jueves, julio 01, 2021

Invierno

Hace un mes llegó el invierno, querido diario que ya nadie lee, laberinto despoblado. Escribo en vos por necesidad, como si no tuviera otras cientos de tablas de salvación a las que agarrarme para patalear en el mar de incertezas que es la existencia. No hace un mes del solsticio, pero sí de las primeras heladas rumbo al trabajo, del acortamiento notable de los días, la estación que amo aunque muerda los corazones, o quizá justamente por eso. Nada nos recuerda más la indefensión de nuestra especie que el invierno, con sus pocas horas de luz, su inclemencia y su aparente hostilidad. La forma en que obliga a la vida a replegarse bajo tierra, en cuevas, buscando el abrazo de un calor artificial. La forma en que los espacios abiertos descansan de nosotros, la plaga humana que todo lo invade y transfigura. Los cielos grises, los árboles pelados. La hierba parduzca y raleada. El musgo en los muros. La ropa que parece no secarse nunca. 

Me siento bienvenida por el paisaje de la soledad, las notas tenues y graves, los tonos menores sostenidos por una cuerda al aire y las voces ásperas, profundas, todo lo que se asocia a una oscuridad en la que navego con más seguridad a medida que pasan los años. Algo del orden del instinto volvió a mí, esta vez para perdurar. Antes, el instinto era eso que aparecía tipo latigazo para protegerme de cosas que ni yo podía entender como peligros. Ahora vivo en estado silvestre, con apegos nuevos que se transforman casi constantemente. Olvido rápidamente lo que no necesito para la supervivencia. 

También estoy recuperando, muy de a poco, el tiempo y el espacio para escribir. Hay toques de orden y equilibrio donde antes no había, estuve aprendiendo a dejarme organizar por el caos también. Empiezo y abandono disciplinas físicas todo el tiempo. De los precios a pagar, el del cuerpo siempre es el más barato; ya sabés cómo me gustan las ofertas. 

Lo único que me da pena del invierno es la noción de que otros no son tan felices como en climas más templados. Pienso en el sol de la primavera con esperanza, aunque su llegada quiebre estos días perfectos y vuelva a traer los ruidos de niños jugando, vecinos con la música "alegre" al palo en sus patios, trifulcas de gatos en los techos. Se ve que lo mío es el silencio de la vida puesta en letargo. Renuncio a todo eso en favor del regreso de los brotes, del pasto bien verde y el follaje, de los bichitos aunque plaguen toda la huerta. Tomo el verano con resignación y el otoño con alivio. Así las cosas, el tiempo pasa; lo cuento en inviernos, en agostos de promesas que juego a cumplir, en el abandono de algunas cosas que ya no volveré a hacer o a vivir. 

Lo cuento, también, en despedidas.  

Escribo estas palabras en los pocos huecos que me habilita el pasar interminable de personas por esta oficina. Nunca estuve tan expuesta a la demanda de tantos extraños. Los propios sufren un abandono sin precedentes, ¿será por eso que volvió la culpa? ¿o es otra de las tantas novedades de la mediana edad? (No digo crisis porque ya asumí que vivo en crisis; todo mi tránsito por el mundo, desde el nacimiento traumático hasta el día no escrito en que moriré, es una sola larga crisis con pausas como oasis en los que no consigo permanecer).  

Cuento los minutos en que volveré al encuentro de la manada, donde empiezan las horas más preciosas de cada día: una casa bañada en luz natural, con jardín y un cielo abierto que no me canso de mirar jamás. Las módicas rutinas que ordenan las horas, los trabajos y encuentros fuera de programa, extrañar a los ausentes, ver pasar la angustia y dejarla ir sin ceder a la tentación de tomarle un brazo. 

Llegará un momento (un invierno) en que ya no haga falta decirles a todos y cada uno de mis afectos cuánto los amo y cómo; les llegarán mis palabras pensadas hasta gastarse, amplificadas por los ventrículos de mi corazón. Las escucharán en sueños o en mitad de sus tareas diarias, aunque ni recuerden cómo sonaba esta voz cada vez más lejana.

 


jueves, enero 28, 2021

Aullar a la luna

Es un verano sofocante, casi tanto como el de 2018. A ese no lo padecí porque básicamente pasé la mayor parte inmovilizada en una cama, sin gastar energía, sin transpirar. La Niña, dicen, trajo esta falta de lluvia y las plagas que minaron gran parte de nuestra huerta soñada y nuestro buen humor. Los perros, agitados, pasan las peores horas de sol bajo la galería o en el parche de césped que besa la sombra del fresno de la casa detrás de la nuestra. Reviven a la noche o durante la madrugada, hacen pozos en el patio hasta dejarlo parecido a un campo minado; casi no se puede caminar por allí sin tropezar. El gato, de panza contra los cerámicos de la cocina o bajo nuestra cama, hundido en un sopor que se parece a la muerte. Los humanos, mojándonos a cada rato en la ducha, encerrados en la casa hasta que baja un poco el sol y reconquistamos nuestra parte de mundo exterior, bastante sin ganas. Abandonamos casi todas las tareas de jardín y apenas podemos mantener a raya el césped y a las hormigas. 

Durante todo el 2020 que fue tres cuartas partes pandemia me resistí a llevar un diario de cuarentena, pero también podría decirse que la escritura me resistió. Cada impulso fue derivado a otros menesteres. Descubrí lo agotador que puede ser recordar tantas cosas, generar muchos rituales juntos para mantenerse viva, sana y cuerda. Descubrí que mi cuerpo es una máquina de supervivencia y que todo lo que elijo no decir es una carga que se pudre dentro y me amarga hasta la médula. Me reconcilié y me rebelé (a veces en simultáneo) con algunas imposibilidades. Lloré mucho más de lo que me permitía llorar cuando había más motivos. Sentí que no estaba a la altura de la vida que elegí, que no tengo lo que hace falta para sostenerla, que soy mala y poco meritoria. Aún tengo que lidiar con ese pensamiento cada vez que llega la hora de dormir.

Muy pocas veces como en 2020 me sentí tan poca cosa, tan incapaz, y sin embargo sigo imponiendo algo, una autoridad proyectada, una especie de campo de fuerza que mantiene todo prolijamente a raya. Vivo y trabajo sumamente expuesta, en un ámbito muy pequeño donde resultaría sencillísimo quedar pegada a rumores y puteríos, pero nada me llega. O eso creo, a fuerza de que no me importe. Traje desde Buenos Aires la capacidad de hacer creer que soy insignificante, mientras extiendo los polimorfos tentáculos de mi sensibilidad para aprehenderlo todo, estar en todos lados y en ninguno, observar sin ser tenida en cuenta. Hay una vida que discurre dentro de mí, un cosmos que se resiste a morir o aletargarse, y debo mantenerlo a raya para que no salga atropellando a impregnar el otro mundo, el de afuera. 

Posiblemente el esfuerzo de contener y desatar me esté desguazando. 

Asisto al derrumbe progresivo de mi Yo corpóreo pensando cuánto más puede tardar la mente en seguirlo. Nada es más relativo que la expectativa de vida en un panorama como el actual, me digo. Los impulsos siempre estarán ahí y cuesta retenerlos en la cueva mental. Cada vez me permito menos desahogos, pero no son pobres en absoluto. Un destilado esencial de perversión, ejercicios mentales, maniobras de supervivencia en la intimidad. El ascetismo siempre se me dio bien, igual que la compañía de los animales, los singulares y los niños, el cielo, la tierra, los árboles. Tengo esto aunque no tenga nada más. Y las palabras, ah, millones siempre, flotando como ideogramas en el aire, materia oscura entre mis átomos. 

Por la noche, abro la boca para hablar y sólo tengo aullidos.