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domingo, octubre 26, 2025

Contra la derrota

Domingo electoral. Trabajamos todo el día para cumplir con el último pedido del emprendimiento que tuvimos que sepultar porque no había forma de sostenerlo. Nos cansamos el día en que debíamos haber podido descansar, pero esto no es más que la realidad de nuestras vidas desde hace muchos años. Cansa pero no llena, como dice él, que en todo este tiempo tuvo mil ocasiones de romperse y no lo hizo. 

Yo lo miro en silencio. El fuego que arde en él se parece tanto al mío, pero lo canaliza mejor. Dice que está curtido, que es por eso, pero yo sé que se prendió fuego mil veces y que alguna de esas veces apenas pudo agarrar algo sano de entre las cenizas para poder seguir. 

Al lado suyo me siento bastante enclenque, torpe, poco lúcida. No sé si queda algo en mí de la mujer que lo enamoró. Quisiera creer que sí, pero estoy en uno de esos días, o en uno de esos años, o en uno de esos lustros en que siento que lo que me hacía ser yo está sepultado bajo muchísimas capas de algo que hace una presión monstruosa. Y ya perdí la ingenuidad que me hacía creer que de esa presión iba a salir algo bueno. 

No todo está perdido, sin embargo. Tengo algo de salud todavía, algo de brillo en los ojos, algo de fuerza en el alma. El entorno no ayuda. Me cuesta mucho hacerle entender a los que dicen quererme que la tristeza existencial que me agobia es algo que no se va a ir aunque el dinero ya no sea un problema y tenga, por decir algo, la vida resuelta.  No se va a ir porque siempre estuvo en mí, y simplemente ya estoy demasiado grande y cansada para sostener esa piadosa mentira, erguida como un seto vivo, con la que los separaba de esto que soy. 

Mañana será otro día. Hoy me voy a refugiar en lo que nos hace bien: esta casa que es un remanso lleno de amor, los gestos y las palabras que siempre llegaron al rescate, como estas de la Jime Arnolfi, que tuve el inmenso honor de leer en la presentación de su libro hace dos viernes.  



CONDUCTA


Hay momentos en los que pierdo voluntad,

me sostengo la cara sin saber qué hacer.


Cada poema es un corte de manga a la muerte.


Cuando escribo remonto el pájaro que canta

pero me lamo las heridas como un perro.

Me refuerzo, me remiendo, me emparcho.


Es todo cuanto hoy puedo decir.

Que las palabras revienten entre mis dientes.

 

jueves, agosto 21, 2025

El ritmo de la vida me parece mal

Cada tanto, entro en guerra con mi propio cuerpo. Esta es una de esas épocas. Nos toleramos porque nos necesitamos mutuamente, pero al mismo tiempo nos bufamos como gatos enojados. Me desconozco, una vez más, en este cuerpo que se inhabilita, que cada tanto tira una alarma de "precaución: ya no sos tan joven", que a gatas tolera un poquito de alcohol, que expulsa los hidratos de carbono refinados con violencia, que ya no responde al ejercicio como antes. Lo visto a desgana, lo mimo con esmero por la mañana y por las noches a fuerza de estiramientos, exfoliaciones y masajes con cremas de árnica y aloe vera. Lo protejo de los mosquitos, del sol, de la pintura, pero nunca le alcanza nada al cuerpo tirano, recipiente de un cerebro desbordado de inquietudes y de estrés. 

Pienso: encima, no soy de las personas que tienen más preocupaciones en este momento. ¿Cómo hacen los que no tienen la contención de una manada amorosa, de un trabajo que habilita obra social, del relativo alivio de no tener que pensar en un techo o qué vamos a comer mañana? (Bueno, hay que aclarar que esta última cuestión está cambiando drásticamente en las últimas semanas). Entonces, intento más que nunca ser agradecida, ir al trabajo con una sonrisa por más que hace tres años tengo el sueldo congelado mientras la inflación se dispara, obligándome a malabares desesperados que nunca tuve que hacer en lo que llevo de vida (tres crisis económicas en el transcurso de cuarenta y cinco años) para que podamos sobrevivir. 

Y siempre, siempre la sábana corta. Cada vez más corta. 

Me estoy quedando sin refugios. Internet ya no es lo que solía ser cuando empecé a disfrutarla, allá por el '98. El algoritmo manda y los demás bailan(mos). Estamos perdiendo la salud mental, y al menos a tres o cuatro generaciones a manos de la gratificación instantánea, del doomscrolling, de la brevedad tiktokera. La IA y las fake news borran definitivamente la línea entre ficción y realidad. Todo es la posverdad de la posverdad, es decir: simulación, mentira. Nada es realmente divertido o disfrutable cuando te meten veinte publicidades por minuto, veinte recomendaciones que no te interesan y no pediste. Ahogadas por el sobreestímulo, se mueren la curiosidad y la capacidad de asombro. 

También siento que me estoy muriendo en cuotas. Leía hace poquito a una persona duelar por su capacidad de disfrute creativo mermado, el tiempo que antes dedicaba a la música irremediablemente postergado por una actividad que es igualmente ardua y gratificante, y si se quiere muchísimo más trascendente en términos vitales. Pero ¿desde cuándo la vida se volvió elegir vaciarnos de todo lo que nos hacía humanos para poder sobrevivir como sujetos productivos y de consumo en este mundo cada vez más desigual y frenético?

También se muere el capitalismo, con todos nosotros adentro. Todo sistema monstruoso, entendiendo por "monstruoso" una figura análoga a la de Cronos devorando a sus hijos, está condenado a desaparecer. La lenta, pesada, espantosa y criminal decadencia de este sistema en el que vivimos se está comiendo vivas a miles de personas hermosas y brillantes que nunca van a conocer todo su potencial simplemente porque pasan cientos de horas al año pendientes de lo que les muestra un dispositivo, atentos a mandatos que bajan de pedestales invisibles, adorando al dios Mercado que promete siempre festines de los que a gatas se reciben migas. 

Contra todo lo que digan los gurúes de la buena vida, de la positividad instagramera, del cinismo twitcher, del voyeurismo youtuber, el único tiempo vital fundamental es el tiempo del ocio, del aburrimiento, de la desconexión, de las ocupaciones que nos han hecho creer improductivas: leer, escribir, escuchar música. Poner las manos en acción: en la cocina, en el jardín, sobre la mesa de trabajo. Aprender oficios perdidos, saber hacer cosas porque sí. Pegar un botón, arreglar lo roto. Optimizar lo que hay, no porque no haya otra opción: porque es lo que deberíamos hacer todos para que haya menos basura en el planeta, para no seguir engordando a los bacanes de la obsolescencia programada. 

En esta cultura de lo descartable, de lo playito y lo efímero, mi cuerpo me es más desconocido que nunca. Más cuanto más me afianzo en él, en sus malestares perimenopáusicos, en su decadencia embriagadora. Más y más el mundo me hace saber que sólo hay una forma de envejecer y que no es la que yo tenía en mente, sino una en la que parezca que no me pasa el tiempo

No tengo esa presión sobre mí, y aún así el cuerpo me resulta extraño, mi mente agotada desconoce los caminos mil veces transitados que terminaban en este momento, el simple instante de sentarme frente a la hoja en blanco y escribir, escribir, escribir. Oficio que casi no ejerzo ya, pero que extraño cada día y al que casi no puedo dedicarme porque la inercia de la vida del superviviente se lleva puesto todo mi esfuerzo, todo mi tiempo. 

Tengo que irme a dormir porque mañana es otro día de lidiar con el trabajo que desgasta, las incertidumbres del futuro, el miedo a no poder con todo, a no llegar, a no cumplir, a no poder verbalizar, a volverme loca, a no ser suficiente. Y en el medio, tener que justificar a cada paso que igual estoy bien así. Taradísima, deprimida, cansada, hinchada, pesada, harta, pobre. Pero dueña de mí misma, indiscutidamente, porque todavía no entrego el último bastión de subjetividad al dios que todos adoran. Porque sigo acá, invisible excepto para el que quiera ver y escuchar algo disruptivo. Porque aunque falle miles de veces, tropiece cientos de miles, no voy a rendir mi fuerza a una exigencia ajena. 

Bailo a mi ritmo, por ahora un poco menos de lo que quisiera, con la esperanza de hacerlo cada día un poco más hasta equilibrar la partida. No tengo que ganarme nada en este mundo. Mi lugar en él está claro, y lo tomo día a día. La máquina cruje, quiere triturarme, uniformarme. Le hago creer que puede conmigo, pero no va a poder. 

Nunca pudo.


jueves, septiembre 22, 2022

Sobrevida

Estoy volviendo a los viejos hábitos. Bien por nosotros, por resistir el paso de los meses, las penurias y las faltas. Fuera de mí, culpa del superviviente. Anoche soñé con Fe, una de las que se fueron sin que nos volviéramos a ver, y pude darle el abrazo que tenía atravesado desde hace diez años. Estamos viendo una serie nueva, For All Mankind. ¿Cómo hace para vivir la gente que no sueña? ¿La que no es capaz de vehiculizar sus fantasmas y sus deseos? Soy afortunada porque todavía puedo comprar lo que nos permite estar vivos y cómodos, aunque sea a cuenta. Privilegiada por disponer de algunas horas al día para dedicarle a cocinar, ordenar, limpiar, a mantener andando la nave madre que es nuestra casa.  Le corro carreritas a mi propia habilidad de hacerlo todo mientras escribo, borro y vuelvo a escribir. Una tarta integral, un pastel de pollo, sopas, el postre, todo artesanal y amoroso. Ojalá no se me pase el tiempo de sembrar la huerta de primavera: poquitas especies, no pido mucho, hay que empezar por alguna parte. Anoche también soñé con las hormigas de García Márquez. Nos tenemos entre nosotros, dice Jime: nos entretenemos. Mirá, el sol que todo lo tiñe está cambiando de posición. Ya es otro equinoccio. Habrá más carencias, otros huecos en el alma. El cuerpo sabe, nos va guiando a medida que envejecemos. La mente es el gran asesino: la máquina de amor y de guerra jamás descansa.

jueves, enero 28, 2021

Aullar a la luna

Es un verano sofocante, casi tanto como el de 2018. A ese no lo padecí porque básicamente pasé la mayor parte inmovilizada en una cama, sin gastar energía, sin transpirar. La Niña, dicen, trajo esta falta de lluvia y las plagas que minaron gran parte de nuestra huerta soñada y nuestro buen humor. Los perros, agitados, pasan las peores horas de sol bajo la galería o en el parche de césped que besa la sombra del fresno de la casa detrás de la nuestra. Reviven a la noche o durante la madrugada, hacen pozos en el patio hasta dejarlo parecido a un campo minado; casi no se puede caminar por allí sin tropezar. El gato, de panza contra los cerámicos de la cocina o bajo nuestra cama, hundido en un sopor que se parece a la muerte. Los humanos, mojándonos a cada rato en la ducha, encerrados en la casa hasta que baja un poco el sol y reconquistamos nuestra parte de mundo exterior, bastante sin ganas. Abandonamos casi todas las tareas de jardín y apenas podemos mantener a raya el césped y a las hormigas. 

Durante todo el 2020 que fue tres cuartas partes pandemia me resistí a llevar un diario de cuarentena, pero también podría decirse que la escritura me resistió. Cada impulso fue derivado a otros menesteres. Descubrí lo agotador que puede ser recordar tantas cosas, generar muchos rituales juntos para mantenerse viva, sana y cuerda. Descubrí que mi cuerpo es una máquina de supervivencia y que todo lo que elijo no decir es una carga que se pudre dentro y me amarga hasta la médula. Me reconcilié y me rebelé (a veces en simultáneo) con algunas imposibilidades. Lloré mucho más de lo que me permitía llorar cuando había más motivos. Sentí que no estaba a la altura de la vida que elegí, que no tengo lo que hace falta para sostenerla, que soy mala y poco meritoria. Aún tengo que lidiar con ese pensamiento cada vez que llega la hora de dormir.

Muy pocas veces como en 2020 me sentí tan poca cosa, tan incapaz, y sin embargo sigo imponiendo algo, una autoridad proyectada, una especie de campo de fuerza que mantiene todo prolijamente a raya. Vivo y trabajo sumamente expuesta, en un ámbito muy pequeño donde resultaría sencillísimo quedar pegada a rumores y puteríos, pero nada me llega. O eso creo, a fuerza de que no me importe. Traje desde Buenos Aires la capacidad de hacer creer que soy insignificante, mientras extiendo los polimorfos tentáculos de mi sensibilidad para aprehenderlo todo, estar en todos lados y en ninguno, observar sin ser tenida en cuenta. Hay una vida que discurre dentro de mí, un cosmos que se resiste a morir o aletargarse, y debo mantenerlo a raya para que no salga atropellando a impregnar el otro mundo, el de afuera. 

Posiblemente el esfuerzo de contener y desatar me esté desguazando. 

Asisto al derrumbe progresivo de mi Yo corpóreo pensando cuánto más puede tardar la mente en seguirlo. Nada es más relativo que la expectativa de vida en un panorama como el actual, me digo. Los impulsos siempre estarán ahí y cuesta retenerlos en la cueva mental. Cada vez me permito menos desahogos, pero no son pobres en absoluto. Un destilado esencial de perversión, ejercicios mentales, maniobras de supervivencia en la intimidad. El ascetismo siempre se me dio bien, igual que la compañía de los animales, los singulares y los niños, el cielo, la tierra, los árboles. Tengo esto aunque no tenga nada más. Y las palabras, ah, millones siempre, flotando como ideogramas en el aire, materia oscura entre mis átomos. 

Por la noche, abro la boca para hablar y sólo tengo aullidos.

 

viernes, septiembre 28, 2018

"y el problema siempre parece ser que estamos levantando las piezas del rebote"

Hace algunos años, con posterioridad a un episodio de violencia en la vía pública, me recomendaron consultar a un psiquiatra.
(Normalmente no estaría contando estas cosas en un blog, pero los blogs pasaron de moda, nadie los lee y ahora siento que soy más libre de usarlo en sintonía con esta nueva forma de vivir cada vez más como se me canta).
Decía: tuve un episodio y golpeé a una persona en la calle, volviendo a casa después de pasarla hermoso en buena compañía. Hacía menos de dos semanas había comenzado terapia y estaba en una etapa de ebullición e incertidumbre absolutas. Sentía que había alcanzado uno de mis objetivos de vida y los otros se desdibujaban o estaban irremediablemente lejos de mi alcance. Sea por lo que sea, con la testosterona a tope siempre me fue muy difícil pensar. Creí que por fin había llegado el momento de medicarse.
El primer psiquiatra que vi recomendó dos antipsicóticos fuertes. Sin haber hablado conmigo más de treinta minutos. Sin análisis de sangre, sin preguntarme más nada que cómo me sentía.
Y yo, que no miento ni al test de Rorschach, le dije exactamente lo que sentía.
Dos antipsicóticos.
Salí de ese consultorio sintiendo que me habían revoleado una trompada, pensando qué quedaría de mí cuando las pastillas comenzaran a hacer efecto.
Hice una nueva consulta con alguien recomendado por la analista que veía en ese momento. Me escuchó durante casi dos horas. Hizo varias preguntas. Indicó análisis completos y recién allí miró la receta del otro psiquiatra.
"Esto tiralo, vamos a buscar lo que mejor te funcione" dijo.
Los dos años que fui y volví de la consulta, ajustando dosis y observando mis propias reacciones más de cerca, fueron bastante productivos en términos de autoconocimiento y bienestar físico, la vida se hizo más vivible, pude sostener resoluciones, enfocarme. Lo más importante: no me perdí en la sopa química, que es el miedo (el prejuicio) más viejo que arrastro con respecto a la medicación psiquiátrica. Por "perderse", entiéndase un desconocimiento tan radical de mí misma que hiciera prácticamente imposible reconocerme, ya no frente al espejo, sino hacia adentro.
El mundo interior, la manera en que mi cerebro configura el deseo y el goce, una intuición animal ajustada para morigerar la devastación que sucedía a los impulsos. Si perdía esas cosas, sentía que perdería lo único que valía la pena de mí, lo único que había logrado que me gustase.
Cada uno ancla su ego donde puede. Mi punto de apoyo es más bien un pivote. Así las cosas, cinco años después de dejar las pastillas (ojalá fuera para siempre; desde el fin de la terapia combinada no puedo pensar en absolutos) me desconocí varias veces. ¿Soy esto?¿Soy lo que era antes? Al menos ya no están los momentos blancos, las lagunas, el zumbido en los oídos, el velo rojo que deformaba el mundo cuando entraba en modo berserker. Todavía. Porque soy esto y soy aquello. La de antes, la de ahora. Y un potencial que aprendí a mirar con cautela, igual que aprendí a caminar entre vidrios y escombros después de cada fin del mundo.
Un animal sólo llega a viejo si aprende.





jueves, mayo 31, 2018

Qué es un artista / 1

Para la pequeña familia, y buena parte de la grande, fui La Artista. Era la única que tenía el berretín de leer, escribir, cantar y tocar la guitarra de forma autodidacta. Es decir, todas esas cosas que no dan dinero ni prestigio ni te ayudan a planear un futuro en el que haya una casa, una familia, una cerca de madera blanca y un perro. Pero sí significaban un cierto lustre, una especie de reconocimiento a la inteligencia. Mi capital cultural, la facilidad y rapidez con que asimilaba contenidos absolutamente inútiles para la vida eran prueba suficiente de inteligencia para padres, abuelos y el resto de la familia. 
Para mis hermanos era simplemente la que les contaba cuentos, pero no encontraban en esa facilidad para lo impráctico nada extraordinario. De hecho, siempre consideré que ellos eran los más inteligentes, los capaces de capitalizar pura y exclusivamente la información necesaria para desenvolverse en la vida. Mientras que mi hambre de bohemia planteaba cada vez más obstáculos para vivir, volviéndome una atormentada, una bolsa infinita de intensidades y dolores. 
Cada conocimiento nuevo agudizaba la angustia, cada nuevo talento que me descubría incapaz de desarrollar de manera perfecta derivaba en una frustración insoportable. Quería ser intachable, sin errores, inmaculada. Así como alguna vez aspiré a la santidad (o al menos a la Más Perfecta Bondad Posible), también quería ser una lectora de constancia irreprochable, una escritora de ortografía y caligrafía impolutas. Quería sacarle a mi voz de coloraturas ínfimas el mayor provecho, alcanzar todas las notas posibles del rango, tocar todos los arpegios con cejilla sin cansarme, bailar llevando el ritmo a la perfección. 
No competía con nadie. Nadie era mi modelo. Sólo estaba frente a un espejo imaginario, criticándome por perezosa, por limitada, por poca cosa. Si mi cabeza podía pensarlo, entonces yo debía poder llevarlo a la práctica. ¿Cómo que no? Con voluntad, todo es posible. Y si no lo era, es que no lo estaba deseando con la fuerza suficiente. Eso era evidente. 
Por supuesto que todas estas batallas se libraban en el campo de mi intimidad, la familia apenas recibía los frutos: un cuento bonito, un dibujo prolijo, una canción ejecutada a la perfección sin errar una sola nota, las coreografías y sketches teatrales de las reuniones de navidad. Era tan solemne y daba tanta importancia a mis "porquerías" que quedó para siempre en la familia el mote de La Artista, o La Doctora. Los matices burlones en el mote no me interesaban. Sí, era una Artista. ¿Y qué? Podía ser lo que quisiera. 
Claro que a los diez o doce años se rompíó el encanto y un poco la familia, pero también el mundo exterior me fueron señalando que había que hacer otra cosa con esa inteligencia. Sacarla de la bohemia y ponerla en otro lado. Confinar las inquietudes artísticas al campo de lo eventual, rebajarlas a la categoría de hobby, porque había que crecer para hacer una carrera que diera dinero, para biencasarse, tener hijos, una casa con jardín y cerca de madera blanca, y, tal vez, un perro. 
Empezaba a dolerme no decir más "escritora" cada vez que me preguntaban qué iba a ser cuando fuera grande, pero era más fuerte la vergüenza de recibir la condescendencia ajena o el desprecio con el que descartaban ese sueño. "Ahhhh, pero eso cuando no estés trabajando, ¿de qué vas a vivir?" "Con lo inteligente que sos, deberías estudiar algo que te dé mucho dinero. Podés ser lo que vos quieras".
Pero yo quiero escribir, pensaba. Y cantar. Quiero bailar. Es lo único que quiero hacer, es lo que me gusta.
De a poquito fui metiendo esos deseos, esa respuesta que no volví a dar, en la parte trasera de mi cabeza y confiné la escritura a la intimidad más absoluta. Nadie volvió a pedirme un cuento. Nadie volvió a preguntar "¿¿y?? ¿qué estás escribiendo hoy?".
La Artista se redujo a una anécdota, a un chiste interno, como mi hermana que comía tierra o mi hermano disfrazado con cara de culo para las fiestas del jardín.
Mi escritura, mi canto a voz en cuello y mis coreografías sincopadas fueron a parar al fondo de unas cajas de cartón, exiliadas al ámbito de las cuatro paredes que pude procurarme a golpes de trabajos que no me gustaban. A La Artista la declaré muerta de pura frustración. O mejor dicho, no nacida. Nunca llegué a hacer propio ese título. Me lo dieron otros, en tono a veces admirado y a veces burlón. Y yo lo sentí un estigma, un blasón inmerecido, algo de lo que no estaría jamás a la altura. Así que la maté con mis decisiones, la ahogué, la cagué a patadas en el suelo para que no volviera a jorobar con eso de pasar a primer plano.
Entonces ¿por qué seguía tan enojada?

Hace un par de días, una de mis compañeras de trabajo me contó que su hija de casi siete años pinta unos cuadros hermosos. Que desde muy pequeñita va a taller de pintura. Vi algunos de esos cuadros y sentí una agitación en el estómago, un desasosiego. Algo que tironeó al presente a la Agus que se encerraba a tocar la guitarra hasta que el dolor en los dedos la hacía llorar de bronca, la que mordía la madera hasta dejar marcados los dientes. Los cuadros de esa gurisita me hicieron acariciar con pena la cabeza de la niña que fui, levantándose con el sol incluso los fines de semana, cuando podría haberse quedado durmiendo hasta tarde, sólo por la irreprimible necesidad de escribir. 
Mi compañera dice que los referentes artísticos de su hija la alientan a pintar porque es, sin ningún tipo de dudas, una Artista. No sólo crea sin parar, piensa en dibujos y colores desde que se levanta hasta que se acuesta y se toma muy en serio su formación (¡a los siete años!). También, y sobre todo, está ávida de compartir con el mundo lo que hace y no le cuesta ni mostrar sus trabajos ni dejarlos ir. Pinta y regala, expone, circula. Nada de confinar sus colores al fondo de una caja. Eso que es ella y que nunca me animé a ser, que no pasó del berretín o del mote bromista, es una de las marcas más persistentes de mi vida.
Hoy escribo esta primera aproximación para intentar responder la pregunta, para empezar a desenrrollar la madeja caótica de una herida muy vieja.
A ver si me sale.




lunes, enero 01, 2018

Resistir

Recién ahora, después de muchos años, entiendo el verdadero valor de resistir. Defender la propia posición, el derecho a la vida que se elige. 
Si por el ejercicio de pensar me vuelvo un monstruo, ¿dejaría de elegir el hábito del pensamiento? 
El nuevo año es nueva espera. Acción reactiva frente a la parálisis. Recuperar el uso de los músculos atrofiados en el ejercicio de una supervivencia mecanizada.
No tengo más que silencio de tanto habitar un mundo que cada vez usa menos vocabulario para nombrar las cosas que hubo, las que hay y las que puede haber.
Privilegiada entre los nadies, paria entre los de mi clase. India sin tribu. 
Soy una luz que parpadea, mengua, se aleja. 
Veo en el pozo de las posibilidades y a veces pesco el reflejo engañoso del fondo. ¿Qué tan lejos estoy? Algunos cortos de vista tenemos problemas con la perspectiva.
El sentido de la oportunidad, que no me falte. 
Estoy inquieta. Hay vidas en juego todo el tiempo. Las hipótesis de conflicto todavía me atropellan en sueños. 
Lo más difícil sigue siendo el viejo problema de pendular. 
Ganar es perder casi todo el tiempo, menos esa vez.

viernes, mayo 26, 2017

De cómo caminar salva

Las personas somos lenguaje. El verbal y el corporal. Hay quienes se expresan mejor con el primero. Aunque me gustaría, no es mi caso. El lenguaje que me define es el otro, el atravesado por y en el cuerpo. Nada dice más de mí que la forma en que me levanto cada mañana, los crujidos de mis huesos y el paso vivo. 
Creo que soy exactamente como camino. Creo que estoy hecha para caminar. 
Me cuesta horrores aceptar algunas cosas que no puedo modificar. El cambio y el perdón los doy por hechos. Pero esas otras voces en la base de la nuca a veces me complican. He pasado gran parte de mis horas de vigilia, durante toda la vida, intentando llenar ese rumor con otras cosas. Música, libros, ejercicio. Y comida. Muchísima comida. Pero lo que mejor acallaba el ruido era dar largas caminatas. Volvía a conectar con mi cuerpo, del que me sentía ajena la mayor parte del tiempo. Prestaba atención a cada latido, creía percibir incluso el rumor de la sangre que llegaba a mi cabeza. Soñaba despierta, escribía muchísimo al andar. Si había hecho algo malo o recibido un reproche, una buena caminata bastaba para procesar el mea culpa y el remordimiento. Si alguna situación me enceguecía de ira, trataba de salir de la escena caminando. 
Alejarme y poner distancia, fueron decisiones que nunca lamenté. Como sí lamento muchos golpes que di por no saber tomarlas a tiempo. 
La mayor parte de las ciudades que visité las conozco principalmente por recorridos a pie. Si lo pienso, abruma un poco la cantidad de veces que me detuve a hablar con extraños y caminar junto a personas que recién conocía, o que quizá no volvería a ver nunca más. Caminando somos más observadores, por ensoñados que parezcamos a cualquiera que se nos cruce. Caminar es escuchar, ejercitar la paciencia, la resistencia y la voluntad de autoconocerse. Es un gran ansiolítico, bueno contra la ira y la frustración.   
Así las cosas, camino por gratitud hacia la vida. Porque estoy viva y sana y puedo hacerlo. Camino muy cansada, cuando llueve, cuando hace calor. Camino incómoda, con la espalda dolorida y las piernas agarrotadas. Dialogo conmigo misma. Estoy pendiente del entorno, pero en lo más profundo de mí corre otra película. Los recuerdos, las fantasías proyectivas, el libro que estoy leyendo, las vivencias del día, las últimas enseñanzas. 
Mientras camino me habilito todo. La vergüenza y la culpa. La tristeza y los recuerdos. Todo aquello que me deja mal parada y desguaza la subjetividad que con tanta dificultad construyo. Si estoy pensando en algo que me genera estas emociones, canturreo y chasqueo los dedos. Qué importa si te miran los demás.  Me vacío, abstraigo cada sonido hasta alcanzar un sucedáneo de silencio. 
En el universo que se abre mientras camino no es obligatorio ser buena persona, intachable, perfecta. Soy lo que soy, lo que quiero ser y por unas horas consigo perdonarme.  
Camino en vacaciones y feriados, camino por el living entre soliloquios a la nada, camino del trabajo a casa porque cada paso me salva de mí misma y pone a trabajar mucho más que el cuerpo y la cabeza. 
Camino para mantener un universo en movimiento.

domingo, marzo 26, 2017

Perspectiva.

Si me devolvieran todo el tiempo que perdí en amargarme, viviría un par de años más de los que tengo destinados. 
Es un momento extraño que no puedo explicarle a nadie. Desparramo piezas otra vez. Una vieja costumbre para una nueva conducta. Haré lo que haya que hacer, no se pueden vivir todas las vidas. Me tomo estos meses como un sabático de incertidumbre y pruebo, fallo, vuelvo a probar. Encontré papeles viejos, una frase de mis veintipico: he sido buena y cobarde en lugar de mala y valiente. ¿En qué momento nos damos cuenta de que pasamos media vida equivocados? ¿Y qué se puede hacer con lo que queda? 
Palabras nunca sobran. 
Las mastico, las trago, como alguna vez tragué veneno ajeno. Depósito de almas. Doy vida y descarto, no puedo detenerme en un solo personaje, me ahogo. Peleo contra lo que quiero, después a favor. Soy un doble agente del deseo y el hambre. 

sábado, enero 09, 2016

Escape.

Hay que escapar. A donde sea. Hay que esconderse de la angustia, la tristeza, los impedimentos. Hay que escaparse, levantar un puñado de tierra del camino, morder el puño y enterarse de que más allá (mucho más lejos del último lugar que toca la vista) no espera nada.. Hay que correr, caminar, cojear, licuar los huesos en un último arrastrarse. Hay que viajar a las tierras exteriores. Son muchas voces a las que hacer caso, tantas que el hilo se tensa por los cuatro lados y sus subsidiarias estrangulan la sangre en todas las direcciones, como una telaraña rosa de los vientos. 
En la mente, una guadaña trasegando imposiciones. En la boca, una risa que se agranda. 
Y en el centro, resistiendo, las murallas.




domingo, septiembre 20, 2015

Veinte días


En estos veinte días sin escribir un cuento completo pasaron muchas cosas. Nació la hija de una amiga, supe que el sobrino por venir será varón, trabajé fuera de la oficina, empecé a correr, me propuse darle más bola al bajo y la guitarra, conocí a personas que solamente había leído, perdí la despedida de mi primo que ahora retoza en Nueva Zelanda, volví a escribir caminando. Me partí la frente varias veces, apreté los dientes y agaché la cabeza. Grité frente al espejo. Reviví viejas pesadillas. También intento empezar a sanar una vieja herida. Quiero exigirme un poco más. Acepto que aunque no sé cómo ni cuándo, ya sé qué y con quién. El futuro no es más que presente transcurriendo.
El proceso de aceptación es largo y tedioso, frustrante y esquivo. A veces me cierro, no puedo dar nada; no tengo más que unas ganas locas de desaparecer. Cerrar los ojos y que al abrirlos haya un vacío donde se arremolinan la lluvia, la nieve, el silencio. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté de pie sobre una roca frente al mar, temblando como una hoja que atraviesa el viento. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté frente al valle verde que veías con el corazón antes de alcanzar la cima de la montaña. Cerrar los ojos y que al abrirlos me haya convertido en una ballena a la deriva, con todo el mundo por delante. Cerrar los ojos y que al abrirlos sea un perro lobo con recuerdos del fuego amigo. Cerrar los ojos y que al abrirlos todo sea nuevo.

Estirar la mano. Encontrar tus dedos. Recordar cómo era ser humana.

viernes, diciembre 12, 2014

Border Line

Ejercer la empatía es transitar una delgada línea entre la mirada del depredador y la de la presa, sin saber bien a quién tenés enfrente "hasta que..."
Ni la mirada más transparente deja ver la intención cuando el psicópata es bueno. Conocí muchos muy buenos, pero el cuerpo también habla. Por eso no miro solamente a la cara, ni espero concentrar la atención en mí. Distraído, el objeto de estudio me revela todo lo que quiero. Más temprano que tarde.
La eficacia del depredador está en su capacidad de capturar primero con la mirada, después con una especie de devoción que no es otra cosa que un calculado interés. Dirá justo lo que querés escuchar. Tendrá gestos medidos de sensibilidad. 
Todos los gestos estudiados son iguales. Siempre. El tema es distinguir si esa sensibilidad aprendida es producto de una necesidad real de experimentar sentimientos y emociones genuinas, o apenas otro cazabobos. 
La realidad puede ser mejor que la expectativa, pero el delirante tiende a preferir su fantasía primero, recreándola mentalmente durante un determinado tiempo; luego buscará su concreción. Más a cualquier precio cuanto más delirante.
Lo bueno es lo malo de todo esto: nadie es infalible. Ni para protegerse ni para salirse con la suya.
Leer mucho ayuda a entender, pero nada abre tanto la cabeza como la búsqueda del conocimiento de los Otros que te rodean, con la misma curiosidad y atención que te dedicarías a vos mismo.
Funciono, como muchos de nosotros, a fuerza de paranoia. Pero la tengo tan naturalizada que se siente como si llevase un sistema complejo de alarmas revistiéndome por completo. Mi coraza es la exclusión del otro, su recategorización en depredador o presa. 
Estaré a salvo mientras no me convierta en presa.
Mi objetivo vital es la supervivencia para poder seguir viendo estos tiempos con ojos bien abiertos.

Transito la línea cada hora de cada día, en cada espacio abierto y cerrado. 
El abismo vive en mí.




jueves, octubre 09, 2014

Plan de fuga

Empezó con la alarma del celular, la mañana de un día cualquiera. En mi celular siempre hay seis alarmas: tres fijas y tres móviles que voy editando según las necesito. Las apago y me levanto sin hacer ruido. Todas las mañanas empiezan igual, llenas de posibilidades; no sé lo que es levantarse de mal humor. Nunca preveo bien cómo va a ser el día. Tengo un techo sobre mi cabeza, qué importa si la ventana da a una calle semicortada y repleta del tránsito y del ruido de Buenos Aires. Tengo un trabajo, tengo una vida plena que disfruto a fondo, obligaciones como las de cualquier otro y una pizca de neurosis por despejar, pegaditas a los sueños que quiero cumplir.
Esa mañana cualquiera me descubrí incómoda nomás apagar la alarma. Físicamente incómoda. Por primera vez en muchos años, tuve rabia de tener que salir a la oficina. No era la sensación de "ufa, hay que salir a la calle" o "hay que laburar" que todos conocemos en algún momento de la vida. Era una sensación bien de mierda, una cosa negra y viscosa que se pegó a mis huesos y ya no me abandonó más. Era la anticipación de ocupar un espacio que no siento propio ni prestado, en un lugar donde siempre estoy incómoda. El hábito de ser agradecida me impedía darme máquina con la idea, pero esa mañana no hubo manera de frenar el malestar.
No quería vestirme. No quería salir de la casa. No quería hacer otra cosa que volver a la cama a mirar el techo y retomar lo que fuera que estaba pensando antes del sonido de las campanitas del celular. Por supuesto, y como soy una buena salvaje, reprimí cada impulso. Me vestí, desayuné, me fui escuchando la radio. La apagué no bien llegué a la parada del colectivo porque tampoco soportaba a los conductores del programa. Abrí y cerré todas las aplicaciones buscando algo que me sacara la sensación de mierda de encima. No hubo caso.
No voy a profundizar en lo desestabilizador y tortuoso que fue ir todos estos días a trabajar sin ganas, amargada, exprimiéndome las neuronas para intentar definir qué, qué, QUÉ MIERDA está pasando que ya se me cortó el hábito de la buena onda, que no puedo formular un solo pensamiento positivo aunque los siga teniendo, que no puedo parar de pelearme conmigo misma y esto va a terminar con peleas en el entorno porque el malestar ya se volvió indisimulable.
Mi cabeza es una habitación desordenada, llena de cajones que aparecen y desaparecen, que cambian de lugar y de forma. Estoy acostumbrada a ese movimiento interno porque es hijo de mi conciencia. Últimamente ando poniendo un poco de orden en los cajones que conozco mejor y es posible que algo que toqué esté generando esa incomodidad.
No se puede ser feliz en todos los ámbitos, me enseñaron desde muy chica. A veces hay que hacer cosas que no te gustan y cuando sos grande se pone peor. Muchas veces hay que renunciar por causas mejores, proyectar para un futuro, darle espacio a un Otro. Esos mantras saltan de los cajones al piso todo el tiempo y tengo que ponerme a levantar los pedazos. Hasta que me canso y no ordeno más, no junto más, no sostengo más nada. Quiero caer de rodillas en el desorden y gritar hasta que la voz se rompa y se vuelva chiquita de tan poco aire en los pulmones.
Entonces lo vi, un segundo. A todos los cajones ordenados. No sé cómo ni cuándo pasó, fue apenas eso: un segundo. Me sequé los ojos y todo seguía igual: las puertas batientes, cortinas ondulando con el viento, papeles tirados, cajas y un montón de talismanes regados por ahí, llenos de polvo. Alguien me tomó de la mano y me dijo al oído: "Equivóquese". Y todo volvió a tomar un ritmo: las alarmas, la rutina, las no ganas de vestirme, salir a la oficina, hacer las cosas que hace cualquier ciudadano promedio, volver a casa.
Hay una pequeña diferencia ahora, sin embargo. La diferencia entre una media del derecho o del revés: ahora trabajo en casa, lo que quiero ser y hacer está en casa todo el tiempo. Pero no lo puedo apagar cuando me voy de aquí, continúa cuando duermo y se lleva como el culo con los celulares, las alarmas, las distracciones y la cotidianeidad.
La incomodidad persiste. El movimiento, ese territorio que creía tan mío, puede ser un lugar tan inhóspito como la quietud misma.

martes, septiembre 09, 2014

Felicidad imbatible

Una noche de nuestras primeras volvíamos del cine y algo se rompió en mí. Salí llorando y seguía llorando cuando entramos al departamento. Lloraba sin poder decirte nada, sin poder darle una explicación a tu cara de angustia. Lloraba porque tenía el pasado y el futuro atragantados en el pecho y creía que no iba a poder desatar jamás el nudo de la culpa. Años después pude poner en palabras lo que pasó esa noche. Cuánta paciencia en todo este tiempo, ¿alcanzarán los días por venir para agradecerla?
Me cuesta hablar de lo que llevo adentro. Puedo llenar los espacios con chorreras de anécdotas y relatos divertidos o tristes de una época que ya pasó. Puedo analizar en retrospectiva casi todas las cosas, aunque a veces elija seguir tergiversándolas porque no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia, ¿era así? Y yo nací para transmitir. Nunca sé qué. No sé si bien o mal. Es para lo único que soy buena.
Cada vez que siento que viene el terremoto, alejo a todos los que quiero de mi lado pero a vos te pido que te quedes. Es la primera vez que le pido a alguien "quedate, no te vayas". Cada primera vez juntos es fundacional. Salgo transformada de cada una de ellas, igual que vos. 
Te vi resurgir con fuerza nueva de lugares imposibles, cómo no voy a creer que sos capaz de soportar estos temblores. Acurrucada en tus palabras y silencios soy la que nunca me permití ser: una niña que busca protección. Nunca me cuidó nadie. Fui la primer flecha disparada y todavía corto el viento sin saber a dónde voy. Vos, clavel del aire, llegaste y con firmeza te acoplaste a mí, sabiendo que podés seguir de largo cuando quieras. Que yo puedo seguir de largo cuando quiera. 
Es tiempo de empezar cada día. Dejo el lastre en tierra, olvidate que alguna vez fuimos humanos. Nacimos para esta felicidad esquiva hecha de instantes perfectos y tantos tropiezos. Somos los tuertos, los tullidos, las ruinas de algo hermoso. A cada rato estamos por explotar. Gracias a esta comunión extravagante y pagana, el napalm se transforma en fuegos artificiales para que los de afuera no tengan miedo. Bien que hacen; conocen nuestro potencial de incendio. Desde la primera hora de la mañana hasta la última de la noche planeo en el aire buscando el lugar donde finalmente creceremos. 
No me sueltes, también tengo la fuerza para cargarte si hace falta.

martes, septiembre 02, 2014

Quickie

Este es mi refugio, mi templo. El reino de lo escrito. No importa cuánta ansiedad tenga encima si hay a mano elementos para escribir. Me lo repito desde que me levanto: estoy en el paraíso. ¿Por qué? Si todavía no consigo alcanzar todos mis sueños, si la plata no alcanza, si los proyectos siguen siendo apenas proyectos. Estoy en el paraíso porque me despierto cada día sana y lúcida, con la mente clara, dispuesta a trabajar por esta ciudadela móvil que todavía no encuentra el suelo donde afianzarse.
Empiezo a entender que puedo ser una en gajos para siempre. Estoy bien con eso.
Hago las llamadas necesarias. Me permito equivocarme sin pedir disculpas. Dos logros de este año, y cómo cuesta desafiarse todavía, y cuánto falta. 
La Agus que hilvanaba historias taconeando guillerminas en el damero de la Villa creció y se volvió un monstruito anarquista que nunca está completamente cómodo en ninguna estructura, que todavía intenta sacudirse rótulos, buscando salir del cuadro. Una cosa amorfa que lo único que tiene de armonioso es esa música de fondo, la canción perfecta con la que fue pensada y engendrada. Poco más. 
Soy una chispa vital ambulante y a veces la sobrecarga me taladra la cabeza. Soy caprichosa, inestable, iracunda. Menos que muchos de todos los que me rodean; ellos no se dan ni cuenta de que los miro desde el suelo mordiéndome las uñas. 
Escribí esto en cinco minutos sin corregir ni repensar porque tengo que salir a la calle de nuevo, y no saben lo que le cuesta a quien ganó la paz en su casa volver a la vida fugaz de cientos de extraños que gritan en silencio. 
Lo escribí porque escribiendo me doy fuerzas. Cuando no tenga ningún otro soporte, lo tengo claro, escribiré en la piel. 
Nada que no haya hecho antes.

martes, agosto 19, 2014

Elipsista

Quisiera tener algún talento que me gustara exhibir. Quisiera no tener las cosas tan borrosas. Quisiera empezar a reconocer que todas las palabras duras que alguna vez dije y escribí también hablan de quién soy y cuáles son mis miserias. Los puntos débiles me los reservo, porque tengo un deseo mortal pero no voy a mostrar el flanco, no soy tan fácil. No soy nada fácil, en verdad.
Vivo con todos mis vivos y muertos a cuestas, no me los saco ni para hacer las cosas que más me gustan, pero puedo apagarlos si quiero. Sabrás disculpar que no cargue con vos, tengo que dejar lugar para futuros muertos importantes. Aunque podés ser el muerto de otro, si querés. 
Mi deseo para el fin del mundo es convertirme en otra Jean Baptiste Grénouille, creando una paradoja que me borre de otras vidas. Tirar una bomba de humo que los que valgan algo puedan atravesar si el deseo es sincero. Eso busco cuando me desbarato en palabras: confundir, alejar, diluírme. Desvanecerme de la memoria del indeseable y el dañino, ser un agujero en la tierra del que salió un árbol que nadie sabe quién plantó, que no es de nadie.


domingo, junio 01, 2014

Vidas privadas.

Las personas que más me han querido coinciden en el peor de mis defectos aún antes de cruzarse entre ellos. Cuando coinciden en alguna mesa, ya ese defecto está entre los temas de conversación que son casi un chiste interno. La mejor definición de ese trastorno que padezco, y a esta altura no necesito ni decir quién la inventó, es maestrociruelismo. Que vendría a ser una compulsión por corregir casi automáticamente al otro si detecto que algo de lo que dijo no está bien dicho, pero también tiene que ver con esa cierta soberbia del que caminó ya un trecho en la vida, se pegó sus buenos golpes y puede hablar desde la experiencia.
Mi maestrociruelismo es un enorme escollo social. Salvo aquellas personas que me conocen lo suficiente para soslayar esa parte de mí y dejarla arrinconada en un borde como la comida del plato que no te gusta, todos los demás, tarde o temprano, reaccionan con fastidio o directamente con bronca.
Tienen toda la razón del mundo. Si yo no me banco estar al lado de alguien que me fastidia, me corro y ya. No me voy a quedar sufriéndole al lado, nada merece menos el sacrificio de mi tiempo que una persona de la que no voy a aprender nada.
Pero hay algo que también tienen que aprender quienes quieran cuidarse de alguien como yo, afectado de maestrociruelismo. Somos personas inevitablemente sociales, nos construímos a base de experiencias. Y la experiencia, por más que uno sienta que la haga solo, siempre es colectiva. Siempre tiene un impacto en el entorno o está empapada de la mirada, los actos, la intervención de otros. Entendemos que la retroalimentación es fundamental y que sin ella no hay aprendizaje posible. Por eso valoramos mucho que nos permitan escuchar, apelamos deliberadamente a la curiosidad y buscamos ese feedback que te puede dar el otro.
Por eso, también, solemos dar por sobreentendido que quienes vienen a plantear un tema determinado o a contar un dilema existencial (problemas personales, catarsis varias) también esperan algo de nuestra parte. A veces es así, a veces no. El tiempo me enseñó a ir con un poco más de prudencia en mis primeras aproximaciones para no dar con aquellas personas que son una auténtica pared, jugadores de frontón que para lo único que quieren "el millón de amigos" es para poder echar a rodar sus pensamientos con total libertad, pero sin que nadie se sienta obligado a responder.
Con la llegada de las redes sociales, en las cuales el feedback se volvió una hidra de mil cabezas sin ningún tipo de control, se vuelve un poco más difícil no caer en el maestrociruelismo extremo. Son una buena herramienta y aprender a manejarla implica equivocarse tantas veces como es posible: no se puede aprender a ser social de otra manera que dándose con y contra el otro. Ahora, si me tienen que preguntar qué es lo peor de las redes sociales, puedo apuntar derechito con mi dedo a lo único que no vi mutar en todos estos años: la banalización de la vida personal, el fin de la persona privada.
La llegada de las redes sociales y plataformas virtuales varias les dio a muchas personas la posibilidad de interactuar de una forma engañosa, básicamente porque la virtualidad tiene la cualidad de mantenerte en la supeficie sin generar mayores compromisos. Así, compartir una foto de un momento feliz con cientos de extraños de ocasión implica una retroalimentación bastante obvia asociada al momento, pero ¿nos hace eso más cercanos? Contar a los cuatro vientos que estamos enamorados, que se nos murió un perro, que estamos pasando por momentos difíciles, ¿nos hace más abiertos, más humanos? ¿O sencillamente alivia una necesidad profunda, a veces oscura, que no sabemos o no queremos canalizar en privado? Aquí, en el mundo no del todo real de Internet, los límites se borran. No hay matices ni gestos. Afloran susceptibilidades y agresiones cuando la devolución no es la que se esperaba. Pero en vez de volvernos más privados, más discretos, nos vamos volviendo una especie de dualidad o de multiplicidad que difumina (y mucho) lo que realmente somos.
La virtualidad es el terreno perfecto del inseguro y del superficial, del diletante y el vanidoso, tanto como de los miles de outsiders que sienten que "allá afuera" no tienen voz. La diferencia entre unos y otros es un pelín: usás bien la herramienta y te conectás con gente valiosa, con el conocimiento y las oportunidades. Usás mal la herramienta y te volvés un esclavo, en el peor de los casos, y en el mejor una persona disociada que es "afuera" una cosa y "adentro" otra. Tan simple como eso. Pero no se puede ser múltiples sin pisar el palito. Y al final, todo lo que colgás en Facebook, Twitter, Instagram, blogger, tumblr y demás se convierte en mensajes que solo una persona muy cercana y atenta puede filtrar, básicamente porque la modernidad nos empuja a desinteresarnos muy rápido y nadie tiene tiempo de revolver en busca de la verdad entre tanta cháchara superficial y vana.
En una era en que cada vez nos involucramos menos los unos con los otros, "estar en línea" y "estar conectados" se volvieron conceptos recíprocos. Nada más errado. Pero habrá quienes crean que abriendo un grupo de Whatsapp o de Facebook cultivan una amistad con alguien o lazos familiares que sólo la proximidad y el auténtico afecto pueden afianzar. Esos son los que usan las redes para aplacar su conciencia, como el desleal hace regalos cada vez que tiene que cubrir la macana. Las llenan de citas ajenas, tiros por elevación, debates sin sustancia, palabras de amor a una persona a la que diariamente no le demuestran con acciones el afecto que proclaman en letras mayúsculas para que los demás miren. En persona, quizá hasta se muestren elocuentes y sociables pero con una tendencia a distraerse cada vez que alguien hable de algo que ellos no entiendan o no compartan. O son extremadamente callados, o extremadamente elocuentes. Pero nunca, nunca jamás abandonan la superficie. No les gusta profundizar, porque profundizar en algo es comprometerse, es cambiar (y, por ende, asumir que algo anda mal), es bancársela. Y cuando viene una piedra a romper la armonía del charquito, reaccionarán con incomodidad envenenada.
No siempre una persona callada es una persona "privada" o discreta. La persona callada a veces pasa por discreta, pero lo que tiene es una feroz tendencia a meterse dentro de sí. Yo me quedo con los discretos, porque casi todos ellos son personas privadas; suelen ser los que realmente aprenden y, por ende, se convierten en los mejores maestros. En la oficina tengo la suerte de tener a un par de estos ejemplares y por eso puedo ir contenta todos los días a trabajar. Ese par hace que el resto se haga más llevadero. Lo mismo me pasa con mi familia, amigos y conocidos de hace años, conocidos más recientes y extraños de ocasión: hay de todo como en botica.
Tengo la mejor relación que puedo tener con cada persona que conozco, desde la más tibia cortesía hasta el amor más febril. Pero a los que encajan mi maestrociruelismo los aprecio mucho más, les agradezco más, tiendo a hacer más por ellos. Que encajen mi defecto no quiere decir que simplemente "me aguanten". Muchas veces saben, y con gran calidad, mandarme a la mierda revoleándome cosas. Sin ellos no habría aprendido prácticamente nada en estos últimos años, porque aunque soy una adicta a la experiencia personal, también he tenido un éxito enorme probando opciones que nunca se me hubieran pasado por la cabeza. Por contraintuitivas, por revolucionarias o porque eran demasiado sencillas.
Llevo treinta y cuatro años de una vida plena que disfruto a fondo y sin miedos. Llevo casi veinte años de mi vida haciendo uso y abuso de Internet. El precio de ese aprendizaje no fue demasiado alto, en verdad; ya he dicho que soy una chica con mucha, mucha suerte. Hasta conseguí pulir un poco el maestrociruelismo, aunque no del todo y por eso retomo aquí: intento convertirlo en herramienta. Sé bien que la experiencia personal es intransferible en todos los casos. Pero esa misma experiencia me enseñó que hay ojos y oídos atentos, que todavía hay manos ansiosas de revolver en la hojarasca, que por fuerte que sea la neurosis hay ideas que se pueden colar por una grieta y cambiarte la vida.
Entonces, hablo. Escribo. Debato, opino. Busco la proximidad, aunque muchas veces reciba delicados y no tan delicados rechazos. Insisto un par de veces, me llamo a silencio y eventualmente desaparezco, porque así como habrá quien no me banque las palabras, tampoco tengo tiempo vital para perder en quien sólo busca expresarse en la superficie y jamás moviliza un cambio.
El corolario de mis muchos años de aprendizaje es este, y es muy simple: Publicar en una red social es lo mismo que contar tus temas en una ronda de amigos, casi siempre va a haber alguien que acote algo. Sobre todo si son amigos de verdad o gente que te quiere, que está pendiente de vos. Si no querés que te devuelvan las pelotas, no cuentes tus cosas a todo mundo ni las publiques en internet.
Pocas veces sentí más alivio que en esas ocasiones en que me pude plantar frente a alguien para decirle "tenías razón, y gracias a vos pude ver algo que no veía". Hoy son todos mis amigos, mis hermanos, mis maestros, aunque haya distancia física de por medio. Sigo leyéndolos entre líneas y aunque jamás publico en Facebook que estoy triste o tengo momentos bajos, ellos siempre saben.  Llaman y escriben, aunque les cueste, aunque no tengan tiempo, porque saben que yo hago lo mismo por ellos. Porque como yo aman vivir la vida y le dan tanto valor que no necesitan prender la computadora o mirar el smartphone para sentirse cercanos.


viernes, marzo 28, 2014

Efemérides

Debería estar durmiendo un poco. Hace un par de días me duele la cabeza. Me había acostumbrado a vivir sin los viejos dolores y es desconcertante cómo finalmente se impone el cuerpo. Revisé el blog, estaba segura de haber escrito algo que quería escribir hoy en algún lado, desisto: si lo encuentro lo linkeo y ya está. 
Quiero escribir, pero no sé si quiero escribir sobre esto. Quince años pasaron y en un cuadernito viejo, de mis días de estudiante, hay un recorte de diario que no volví a leer desde que me mudé a Buenos Aires. Ayer, ayer fueron quince años. ¿O es hoy? ¿Cómo puede ser que todavía me acuerde de tus cumpleaños y no de la fecha exacta de tu muerte? El diario era una gran ayuda, ahí estaban la fecha, la edad, las circunstancias. No estaba la terrible escena y sus detalles: hoy esa noticia estaría escrita diferente, menos respetuosa, más cargada con el morbo del momento. Es bueno que te hayan respetado pese al horror. 
La vida siguió y todos nosotros seguimos. Las casas siguen en la misma manzana, espalda con espalda. La tuya casi igual, habitada, viva. La nuestra cambió mucho, no la reconocerías. Ninguno de nosotros vive allí, pero ninguno se alejó demasiado (todavía). Los cuatro nos casamos y formamos familia, no viviste para ver entrar a tu ahijada a la iglesia, no viviste para ver cómo la pelearon tus chicos y lo que son ahora. No viviste, ya ni siquiera me pregunto por qué no podías. 
Hay muchos "no" en esta historia, ¿ves? y por eso es difícil escribirla. Porque para hacerlo tengo que deformar la realidad y pretender que eso no fue exactamente lo que pasó, y a veces pienso si no te estaré faltando el respeto. Pero no estás, tampoco podés cuestionarme o detenerme. 
Sos recuerdo. Sos pasado. Allí seguís vivo y sos feliz, aunque sea de a ratos. 
Las fechas nunca son fáciles, a menos que las resignifiques año a año, hasta que un día te levantás y ya no tenés demasiado presente cuándo pasó todo. Espero realmente que este sea el comienzo de la sanación.
Ahora sí, a dormir. A ver si una vez más te sueño. A ver si en sueños podemos ser un poco más de lo que necesitabas y no tanto lo que fuimos, que sirvió de poco y nada.



(uf, recién me doy cuenta que tenemos la misma entrada del mismo lado de la cabeza. Treinta y cuatro años después de esta foto, estoy en condiciones de abrazarte sin mirar tanto para arriba. Me habría encantado abrazarte así.)

martes, febrero 18, 2014

Todo bajo control.

Soy capaz de una prolija rutina, de mentir una disciplina que no tengo, de exhibirme y retraerme a voluntad, de desviar la atención a otra persona, todo para proteger el núcleo que esconde los secretos vedados hasta para mí. Puedo fingirme herida por los traumas que no siento que me hayan marcado. Puedo no llorar aunque me esté muriendo de dolor y puedo pretender que algo me dolió cuando no siento nada. No es algo de lo que me enorgullezca porque las emociones no deberían ser el terreno de juegos de una psique sana.
Tengo una capacidad infinita para desdoblarme y plegarme; debería haber sido actriz, me lo dijeron más de una vez muchos distintos. Actúo la mayor parte del tiempo. Solamente no puedo confundir a una o dos personas que me leen como un libro abierto. Uno tiene el manual de instrucciones porque nací de su deseo. El otro me engendró cumpliendo el deseo del primero y no puede comunicarse conmigo de ninguna manera: soy tierra vedada, tan parecida a él que no me acuerdo quién voló el primer puente ni cuándo. Me aburro rápido. Olvido muy rápido. Me obsesiono a la velocidad de la luz pero tan pronto vuelvo en mí, revoleo la mochila a un costado del camino. Soy lo que cultivo, todo lo demás es papel picado y locura momentánea. 
Escribo todo el tiempo aunque no tenga un bloc a mano y puedo recordar todo lo que me pasó desde el año de vida hasta acá sin hacer demasiado esfuerzo (aunque después me duela la cabeza por horas). 
Entonces cómo vivo, con esta carga de horas y de días de introspección, cómo puedo desconocerme hasta el punto de no saber qué carajo me pasa cuando las señales son tan claras. Cómo puedo negar la negación cuando elegí la coherencia. Pido que alguien me explique el cómo, porque de alguna manera estoy cansada de preguntármelo a mí misma en las noches de sueños de plomo e insomnios controlados. 
Soy humana, así que soy capaz de abyecciones sin nombre sin que se me mueva un pelo y sin embargo me niego a ponerme a prueba porque sé que es un camino de un solo sentido y sin retorno, yo elegí (elijo) poder retornar a algún lugar, a mí misma, cuando lo necesite o lo desee. Tengo la ventaja de conocer gran parte de mis abyecciones, me he metido en la mierda hasta los codos solamente para probar que puedo volver. Pero el hilo es semielástico y finito, por largo que parezca se termina y si soy un barrilete es porque no quiero ser otra cosa que eso. Nadie es totalmente libre, somos libres en la medida en que podemos permitírnoslo porque siempre hay un otro que importa más que uno mismo, aunque nos vayamos a morir solos.
Lo que más me obsesiona es entender, llegar a entender algún día cómo carajo soy capaz de terminar la comunicación con un todo bien y deshacer la preocupación del que vio por primera vez mi cara oculta, el vacío detrás del verde diciéndole simplemente "todo bajo control", repitiéndomelo hasta creerlo, actuando una vez más, persiguiendo la impresión de que puedo con todo cuando en realidad mi secreta esperanza es que venga alguien o algo en que no creo a resolverme las postergaciones, a tomar las decisiones por mí, a meterse en la mierda hasta los codos, a sacarme del pozo a tirones, a conmoverme hasta los huesos solamente tocando la punta de los dedos.
Sigo acá, revelador de oscuridades, sin control sobre muchas cosas de mi vida, todavía desnuda frente a vos aunque me sientas lejana. Nadie nunca llegó tan lejos. Todavía me asusta alcanzar el fondo de lo que soy, el caos infernal que dejó mi rosario de malas decisiones. Acompañame lo más cerca de la puerta que podamos  llegar juntos y dejá que me queme sola. No te prometo un Fénix, no te prometo control, pero va a ser hermoso y lo único que puede salir de una ruina como esta es la felicidad que estamos buscando desde que empezó el camino.


(Say it again:
you're not your pain)

sábado, diciembre 28, 2013

2013

El Extraño Mundo es el lugar donde me pasan las cosas más ciertas, el lugar donde las señales se cristalizan y tienen sentido. El Afuera, todo lo que me hace, de alguna forma, "ser social", es impermeable a esas señales. Aprendí a funcionar en los dos lugares casi al mismo tiempo, como ensamblada de apuro; a veces vibro en las dos frecuencias y la divergencia me abruma. 
Promediando el año empiezo a vivir un poco más en el Aquí/Ahora (el Extraño Mundo, claro) y sobre el final me meto allí para quedarme, tiendo a ignorar y a olvidarme del afuera. Me vencen el calor y las pocas ganas, el desánimo, el humor bajón. Me dejo arrastrar por ellos. Acá, ahora, alucino insectos todo el tiempo los haya o no. Acá, un fantasma se me para al lado mientras hago la colada y me susurra cosas viejas y me hace llorar. Acá me corto y me lastimo todo el tiempo sin darme cuenta, amanezco llena de puntazos y no recuerdo de qué eran. Acá me siento transparente y unicélula, ameboide, impensante. Me emborracho. Me permito ser egoísta y olvidar a mis amigos. Acá hago planes de un futuro sin nadie, fantaseo que soy prescindente y que me puedo separar de todos esos otros que me moldearon. Acá escribo mentalmente lo que afuera se convierte en otra capa protectora. Acá me vuelvo un poco loca a cada minuto, lejos de cualquier neurosis protectora, y me enojo con todo lo que no me alteró en el año y puteo y golpeo el suelo con mis puños. Acá me crujen los dientes en sueños, tampoco volví a tener una sola noche en paz desde que empezó el calor. Acá mis perversiones se vuelven aberrantes.
Acá soy el retrato desfigurado con fondo de tormentas mientras afuera ven a Agus, la bambola triunfante y equilibrada.
Acá todavía se libran batallas con las mejores intenciones y las peores expectativas.