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jueves, agosto 21, 2025

El ritmo de la vida me parece mal

Cada tanto, entro en guerra con mi propio cuerpo. Esta es una de esas épocas. Nos toleramos porque nos necesitamos mutuamente, pero al mismo tiempo nos bufamos como gatos enojados. Me desconozco, una vez más, en este cuerpo que se inhabilita, que cada tanto tira una alarma de "precaución: ya no sos tan joven", que a gatas tolera un poquito de alcohol, que expulsa los hidratos de carbono refinados con violencia, que ya no responde al ejercicio como antes. Lo visto a desgana, lo mimo con esmero por la mañana y por las noches a fuerza de estiramientos, exfoliaciones y masajes con cremas de árnica y aloe vera. Lo protejo de los mosquitos, del sol, de la pintura, pero nunca le alcanza nada al cuerpo tirano, recipiente de un cerebro desbordado de inquietudes y de estrés. 

Pienso: encima, no soy de las personas que tienen más preocupaciones en este momento. ¿Cómo hacen los que no tienen la contención de una manada amorosa, de un trabajo que habilita obra social, del relativo alivio de no tener que pensar en un techo o qué vamos a comer mañana? (Bueno, hay que aclarar que esta última cuestión está cambiando drásticamente en las últimas semanas). Entonces, intento más que nunca ser agradecida, ir al trabajo con una sonrisa por más que hace tres años tengo el sueldo congelado mientras la inflación se dispara, obligándome a malabares desesperados que nunca tuve que hacer en lo que llevo de vida (tres crisis económicas en el transcurso de cuarenta y cinco años) para que podamos sobrevivir. 

Y siempre, siempre la sábana corta. Cada vez más corta. 

Me estoy quedando sin refugios. Internet ya no es lo que solía ser cuando empecé a disfrutarla, allá por el '98. El algoritmo manda y los demás bailan(mos). Estamos perdiendo la salud mental, y al menos a tres o cuatro generaciones a manos de la gratificación instantánea, del doomscrolling, de la brevedad tiktokera. La IA y las fake news borran definitivamente la línea entre ficción y realidad. Todo es la posverdad de la posverdad, es decir: simulación, mentira. Nada es realmente divertido o disfrutable cuando te meten veinte publicidades por minuto, veinte recomendaciones que no te interesan y no pediste. Ahogadas por el sobreestímulo, se mueren la curiosidad y la capacidad de asombro. 

También siento que me estoy muriendo en cuotas. Leía hace poquito a una persona duelar por su capacidad de disfrute creativo mermado, el tiempo que antes dedicaba a la música irremediablemente postergado por una actividad que es igualmente ardua y gratificante, y si se quiere muchísimo más trascendente en términos vitales. Pero ¿desde cuándo la vida se volvió elegir vaciarnos de todo lo que nos hacía humanos para poder sobrevivir como sujetos productivos y de consumo en este mundo cada vez más desigual y frenético?

También se muere el capitalismo, con todos nosotros adentro. Todo sistema monstruoso, entendiendo por "monstruoso" una figura análoga a la de Cronos devorando a sus hijos, está condenado a desaparecer. La lenta, pesada, espantosa y criminal decadencia de este sistema en el que vivimos se está comiendo vivas a miles de personas hermosas y brillantes que nunca van a conocer todo su potencial simplemente porque pasan cientos de horas al año pendientes de lo que les muestra un dispositivo, atentos a mandatos que bajan de pedestales invisibles, adorando al dios Mercado que promete siempre festines de los que a gatas se reciben migas. 

Contra todo lo que digan los gurúes de la buena vida, de la positividad instagramera, del cinismo twitcher, del voyeurismo youtuber, el único tiempo vital fundamental es el tiempo del ocio, del aburrimiento, de la desconexión, de las ocupaciones que nos han hecho creer improductivas: leer, escribir, escuchar música. Poner las manos en acción: en la cocina, en el jardín, sobre la mesa de trabajo. Aprender oficios perdidos, saber hacer cosas porque sí. Pegar un botón, arreglar lo roto. Optimizar lo que hay, no porque no haya otra opción: porque es lo que deberíamos hacer todos para que haya menos basura en el planeta, para no seguir engordando a los bacanes de la obsolescencia programada. 

En esta cultura de lo descartable, de lo playito y lo efímero, mi cuerpo me es más desconocido que nunca. Más cuanto más me afianzo en él, en sus malestares perimenopáusicos, en su decadencia embriagadora. Más y más el mundo me hace saber que sólo hay una forma de envejecer y que no es la que yo tenía en mente, sino una en la que parezca que no me pasa el tiempo

No tengo esa presión sobre mí, y aún así el cuerpo me resulta extraño, mi mente agotada desconoce los caminos mil veces transitados que terminaban en este momento, el simple instante de sentarme frente a la hoja en blanco y escribir, escribir, escribir. Oficio que casi no ejerzo ya, pero que extraño cada día y al que casi no puedo dedicarme porque la inercia de la vida del superviviente se lleva puesto todo mi esfuerzo, todo mi tiempo. 

Tengo que irme a dormir porque mañana es otro día de lidiar con el trabajo que desgasta, las incertidumbres del futuro, el miedo a no poder con todo, a no llegar, a no cumplir, a no poder verbalizar, a volverme loca, a no ser suficiente. Y en el medio, tener que justificar a cada paso que igual estoy bien así. Taradísima, deprimida, cansada, hinchada, pesada, harta, pobre. Pero dueña de mí misma, indiscutidamente, porque todavía no entrego el último bastión de subjetividad al dios que todos adoran. Porque sigo acá, invisible excepto para el que quiera ver y escuchar algo disruptivo. Porque aunque falle miles de veces, tropiece cientos de miles, no voy a rendir mi fuerza a una exigencia ajena. 

Bailo a mi ritmo, por ahora un poco menos de lo que quisiera, con la esperanza de hacerlo cada día un poco más hasta equilibrar la partida. No tengo que ganarme nada en este mundo. Mi lugar en él está claro, y lo tomo día a día. La máquina cruje, quiere triturarme, uniformarme. Le hago creer que puede conmigo, pero no va a poder. 

Nunca pudo.


jueves, marzo 21, 2024

Equinocsia strikes back

 Hoy cumplo cuarenta y cuatro años; soy, hace rato, una persona que está en la mitad de su expectativa vital proyectada. 

Honestamente, no pensaba vivir tanto y sin embargo, aquí estoy. Siempre con una mejor estrella de la que merezco, y con una peor de la que tendría si me gustase más trabajar por el elusivo éxito. Al fin y al cabo, un temperamento inquieto que entraña demasiados intereses, resulta excesivo para una sola vida y un solo cuerpo. 

Creo que "inquietud" es la palabra que mejor me define, porque casi no sé quedarme quieta, estar tranquila, despreocuparme (aunque a esto me sale mejor simularlo que muchas otras cosas). Por supuesto, no seré yo misma quien me defina al final de todas las cosas.

Estoy intentando volver a escribir, aunque claramente nunca dejo del todo. El empuje que años atrás dedicaba a eso pasó a otras cuestiones. Extraño perderme en otros mundos, la disociación total de estar en este y aquél lado. No sé cómo podría manejarlo ahora que hay tantas variables, tantas bolas en el aire.

Hace cinco años empecé a convivir con animales, un deseo larguísimamente postergado, y eso se lleva mucha energía y atención que, por cierto, tampoco quiero poner en otro lado. Intento ser constante en el proyecto que elegí, ya que no me sale la constancia en nada más. He sabido sostener el último trabajo que tuve en los últimos quince años, si bien siempre le sobrevuela la incertidumbre. Como le decía hace poco a un amigo, de alguna forma conseguí encontrarme en el trabajo que hago y ahora es también un canal para quien soy.

Me cuesta asimilar la edad que tengo. No porque esté negada ni mucho menos: una de las cosas sobre las que más he escrito en este blog y en los otros es el devenir del tiempo sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros recuerdos, sentimientos, impresiones y pulsiones humanas. Pero sucede que más allá de los cimbronazos de salud o de la decadencia objetiva de esta cáscara pasajera, siento que la potencia de mi espíritu sigue inquebrantable. Hay un tipo de energía que no mengua ni se pone en pausa. Simplemente, se redirecciona. 

Tengo los mismos deseos, apetitos y aficiones que tuve siempre. Mejor disimulados, más atemperados por la experiencia. Nunca fui paciente, pero me hice paciente. No tengo paz interior, pero he sabido cultivarla para brindársela a otros. Hay poquísimas cosas que me den miedo: ninguna de las que pretenden imponerme de afuera. Sigo siendo inmune a venenos. Sigo experimentando un ridículo optimismo, pero puedo explicar de dónde me viene y por qué se impone a cualquier sensación de desesperanza. 

Sigo pendulando, hundiéndome en la mierda, cayendo en inevitables baches de tristeza que no parecen tener que ver con nada de lo que pasa aquí y ahora. Ya no acuno penas viejas, eso no. Soy de las pasiones alegres, positivas. Me gusta arrasarme, quizá nunca deje de hacerlo del todo; lo bueno de haber superado la expectativa de vida que tenía para mí misma es que aprendí mucho sobre mis propios límites, porque siento que todavía tengo muchísimo que experimentar y necesito seguir aquí para poder hacerlo. 

No sé qué va a ser de mí en un par de horas, la semana que viene, el mes que viene. Nunca supe. Sólo puedo intuir, seguir mi instinto. Es, diría, lo que mejor me sale. Día a día soy mejor cínica, aunque todavía estoy demasiado metida en el disfraz de civilidad como para volverme completamente perro. Hace algunos años vislumbré esto que es hoy y no me cuesta mucho imaginar que también llegará ese otro momento. 

Feliz equinoccio de otoño, menguantes lectores. Gracias por estar ahí. 

(y a Marius, cuyo blog bandera nació un mismo día que yo: always the years between us, always the love. always the hours).



jueves, marzo 30, 2023

Todas, en todas partes, todo el tiempo

 (o cómo ser una y todas en una sola dimensión vital)

Volvieron los días más frescos y también un poco el impulso de escribir en los espacios que deja la vida para que la cabeza vomite. Esto va a ser largo e inarticulado, porque ya no grito nunca y casi no lloro, pero cuando lo hago me cuesta detenerme. Tengo problemas con el límite, o él los tiene conmigo, qué se yo. Terminó el verano, uno de los más largos y tortuosos que puedo recordar (pero al menos el factor humano no fue lo más pesado: eso se agradece siempre) y siento que me dejó una sensación de estrés postraumático peor que la pandemia. No, esta vez no es exageración. En estos días estoy saliendo más al patio, había dejado de ir con regularidad desde que descubrimos que murió el arbolito de palta después de casi cinco años de intensísimos cuidados. Lo vi languidecer semana a semana desde septiembre, a veces repuntando (qué cruel es la esperanza) pero en febrero ya no quiso más; las hojas amarillearon, ralearon y murieron, el tronco se ennegreció y quedó allí todo marzo, pasto para la enredadera que es una plaga que ahoga todo en el cerco, el monumento al esfuerzo en vano y la inconstancia. Ahora que veo ese árbol muerto, todavía de pie, ya sin esperanza alguna y recubierto de hojas verdes de plantas parásitas, y lo veo todos los días de mi vida cuando salgo a trabajar, a alimentar a los perros, levantar soretes o patrullar el estado de los tapiales, me crece una rabia enorme que no puedo canalizar del todo. Efervezco de ganas de arrasar todo lo que quedó chueco, amontonado, podrido o seco. Empiezo por donde puedo y cada tramo lleva dos etapas, a veces más, pero intento hacer las cosas minuciosamente para no tener que volver a pasar por la angustia de que todo retroceda veinte casilleros. Cortar el pasto, juntar una botella, desmalezar una porción de huerta, arrancar algunas guías de enredadera.

Dicen que volvió el dengue (spoiler: nunca se va) y de golpe recuperé las ganas de celebrar mi cumpleaños. Hacía más de diez años que no quería saber nada de reuniones ni festejos. Soy buena concurrente o asistente de celebraciones, pero pésima a la hora de ponerme en anfitriona o centro de atención. Milagrosamente me relajé, la pasé bien, todo salió como yo quería y ni siquiera pensé en lo que faltaba allí, en ese momento y espacio. Hace un tiempo no me concentro en todo lo que extraño (hacer, tener, experimentar). Algo que me dejó la pandemia es la certeza arrasadora de que cada encuentro con un ser querido puede ser el último, y que seguramente ya viví un montón de esos con gente que todavía está viva pero mañana o en tres, cinco, siete años por ahí no. Se me están hipertrofiando algunos hábitos que creía haber perdido, como contar números primos o hacer este gesto con los dedos de las manos cuando estoy tratando de no caer en mi comportamiento de fuga, o desenfocar los ojos, o fragmentarme en pedazos que están un poco a cuerpo presente y otro poco detrás de los ojos de mis animales, o en un lugar que nunca vi más que en mis sueños pero que por alguna razón me resulta más real que cualquier otro más transitado o mejor conocido. 

Capas y capas y capas de máscaras, máscaras, máscaras. Multicolor, queer, crisálida, niña vieja. La de ayer en el hoy y sólo accidentalmente en un mañana en que quede alguien para recordar que alguna vez caminé estos senderos, calenté esta silla, amé y fui amada, me rechazaron, odié, sané, hice y deshice cada átomo sin tener control de nada. La versión Heidi, Juan Bautista, Casandra, el Eremita, Laura Ingalls, el Berserker, la oscura Atenea ratón de biblioteca. Leo, recuerdo: la locura es poder ver más allá. Tal vez esta manera propia de estar en el mundo sea la única forma lúcida real; agarrada a todos los pedazos para que no se caigan (ni caer), sin negar uno solo de ellos. Asumir que no puedo esconderlos. Ceder al cansancio de la condición humana.

Es casi natural que a todos estos movimientos suceda la necesidad de volver a la palabra escrita. Yo, que no me concibo por fuera del lenguaje, llevo casi tres años sin leer o escribir al ritmo que solía hacerlo. Ese abandono empezó ni bien llegué a esta ciudad, paradójicamente el mismo lugar donde se originó mi compulsión lectoescritora (siempre quería escapar de algo, reducirme a la mínima expresión o desaparecer). Nuevas cuestiones más acuciantes tomaron el lugar que había hueco y lo llenaron. Rebalsé de otredad como nunca, quizá porque esta vez se trataba de Otros deseados, amados y esperados durante gran parte de mi vida. No sólo seres vivos, también intangibilidades: silencio, sonidos propios de la naturaleza, aromas, un espacio propio. Me di cuenta hasta qué punto la angustia había sido tan condición de mi existencia como la rabia o el dolor: su ausencia intermitente me descolocó, reubicó cuerpo y espíritu. Empecé cosas que no terminé, cosas que sí terminé, volví a ser amiga del trabajo de corrección y edición, volví a la poesía. Tengo trabajo y de a poco apunto a trabajar más tiempo en otras cosas que quisiera sean el verdadero trabajo de aquí hasta que muera (imposible pensar en jubilarse, imposible pensar más allá del próximo año).

Deseo a largo plazo y lleno esas esperas con fragmentos de otras vidas: otras yo, otros él, otros nosotros. Hay una idea que punza y se abre camino inorgánica, desordenadamente, sin apuro. ¿El mundo sabrá lo que se perdió si muero sin haber escrito una sola palabra de todo eso que palpita aquí adentro? Ni lo sabrá, ni le cambiará la suerte. Es exactamente igual si nace o no a los ojos de los otros. Esta idea me ayuda en gran parte a no poner más excusas. Vuelvo a leer, pues. A ver películas y series. A conversar con los demás. A salir a recitales y espacios abiertos. A limpiar una y otra vez el espacio propio donde alguna vez, en algún momento y lugar de esta o cualquiera de las otras vidas, la niña que no hacía ruido inaugure otra historia.

jueves, septiembre 22, 2022

Sobrevida

Estoy volviendo a los viejos hábitos. Bien por nosotros, por resistir el paso de los meses, las penurias y las faltas. Fuera de mí, culpa del superviviente. Anoche soñé con Fe, una de las que se fueron sin que nos volviéramos a ver, y pude darle el abrazo que tenía atravesado desde hace diez años. Estamos viendo una serie nueva, For All Mankind. ¿Cómo hace para vivir la gente que no sueña? ¿La que no es capaz de vehiculizar sus fantasmas y sus deseos? Soy afortunada porque todavía puedo comprar lo que nos permite estar vivos y cómodos, aunque sea a cuenta. Privilegiada por disponer de algunas horas al día para dedicarle a cocinar, ordenar, limpiar, a mantener andando la nave madre que es nuestra casa.  Le corro carreritas a mi propia habilidad de hacerlo todo mientras escribo, borro y vuelvo a escribir. Una tarta integral, un pastel de pollo, sopas, el postre, todo artesanal y amoroso. Ojalá no se me pase el tiempo de sembrar la huerta de primavera: poquitas especies, no pido mucho, hay que empezar por alguna parte. Anoche también soñé con las hormigas de García Márquez. Nos tenemos entre nosotros, dice Jime: nos entretenemos. Mirá, el sol que todo lo tiñe está cambiando de posición. Ya es otro equinoccio. Habrá más carencias, otros huecos en el alma. El cuerpo sabe, nos va guiando a medida que envejecemos. La mente es el gran asesino: la máquina de amor y de guerra jamás descansa.

jueves, julio 01, 2021

Invierno

Hace un mes llegó el invierno, querido diario que ya nadie lee, laberinto despoblado. Escribo en vos por necesidad, como si no tuviera otras cientos de tablas de salvación a las que agarrarme para patalear en el mar de incertezas que es la existencia. No hace un mes del solsticio, pero sí de las primeras heladas rumbo al trabajo, del acortamiento notable de los días, la estación que amo aunque muerda los corazones, o quizá justamente por eso. Nada nos recuerda más la indefensión de nuestra especie que el invierno, con sus pocas horas de luz, su inclemencia y su aparente hostilidad. La forma en que obliga a la vida a replegarse bajo tierra, en cuevas, buscando el abrazo de un calor artificial. La forma en que los espacios abiertos descansan de nosotros, la plaga humana que todo lo invade y transfigura. Los cielos grises, los árboles pelados. La hierba parduzca y raleada. El musgo en los muros. La ropa que parece no secarse nunca. 

Me siento bienvenida por el paisaje de la soledad, las notas tenues y graves, los tonos menores sostenidos por una cuerda al aire y las voces ásperas, profundas, todo lo que se asocia a una oscuridad en la que navego con más seguridad a medida que pasan los años. Algo del orden del instinto volvió a mí, esta vez para perdurar. Antes, el instinto era eso que aparecía tipo latigazo para protegerme de cosas que ni yo podía entender como peligros. Ahora vivo en estado silvestre, con apegos nuevos que se transforman casi constantemente. Olvido rápidamente lo que no necesito para la supervivencia. 

También estoy recuperando, muy de a poco, el tiempo y el espacio para escribir. Hay toques de orden y equilibrio donde antes no había, estuve aprendiendo a dejarme organizar por el caos también. Empiezo y abandono disciplinas físicas todo el tiempo. De los precios a pagar, el del cuerpo siempre es el más barato; ya sabés cómo me gustan las ofertas. 

Lo único que me da pena del invierno es la noción de que otros no son tan felices como en climas más templados. Pienso en el sol de la primavera con esperanza, aunque su llegada quiebre estos días perfectos y vuelva a traer los ruidos de niños jugando, vecinos con la música "alegre" al palo en sus patios, trifulcas de gatos en los techos. Se ve que lo mío es el silencio de la vida puesta en letargo. Renuncio a todo eso en favor del regreso de los brotes, del pasto bien verde y el follaje, de los bichitos aunque plaguen toda la huerta. Tomo el verano con resignación y el otoño con alivio. Así las cosas, el tiempo pasa; lo cuento en inviernos, en agostos de promesas que juego a cumplir, en el abandono de algunas cosas que ya no volveré a hacer o a vivir. 

Lo cuento, también, en despedidas.  

Escribo estas palabras en los pocos huecos que me habilita el pasar interminable de personas por esta oficina. Nunca estuve tan expuesta a la demanda de tantos extraños. Los propios sufren un abandono sin precedentes, ¿será por eso que volvió la culpa? ¿o es otra de las tantas novedades de la mediana edad? (No digo crisis porque ya asumí que vivo en crisis; todo mi tránsito por el mundo, desde el nacimiento traumático hasta el día no escrito en que moriré, es una sola larga crisis con pausas como oasis en los que no consigo permanecer).  

Cuento los minutos en que volveré al encuentro de la manada, donde empiezan las horas más preciosas de cada día: una casa bañada en luz natural, con jardín y un cielo abierto que no me canso de mirar jamás. Las módicas rutinas que ordenan las horas, los trabajos y encuentros fuera de programa, extrañar a los ausentes, ver pasar la angustia y dejarla ir sin ceder a la tentación de tomarle un brazo. 

Llegará un momento (un invierno) en que ya no haga falta decirles a todos y cada uno de mis afectos cuánto los amo y cómo; les llegarán mis palabras pensadas hasta gastarse, amplificadas por los ventrículos de mi corazón. Las escucharán en sueños o en mitad de sus tareas diarias, aunque ni recuerden cómo sonaba esta voz cada vez más lejana.

 


jueves, enero 28, 2021

Aullar a la luna

Es un verano sofocante, casi tanto como el de 2018. A ese no lo padecí porque básicamente pasé la mayor parte inmovilizada en una cama, sin gastar energía, sin transpirar. La Niña, dicen, trajo esta falta de lluvia y las plagas que minaron gran parte de nuestra huerta soñada y nuestro buen humor. Los perros, agitados, pasan las peores horas de sol bajo la galería o en el parche de césped que besa la sombra del fresno de la casa detrás de la nuestra. Reviven a la noche o durante la madrugada, hacen pozos en el patio hasta dejarlo parecido a un campo minado; casi no se puede caminar por allí sin tropezar. El gato, de panza contra los cerámicos de la cocina o bajo nuestra cama, hundido en un sopor que se parece a la muerte. Los humanos, mojándonos a cada rato en la ducha, encerrados en la casa hasta que baja un poco el sol y reconquistamos nuestra parte de mundo exterior, bastante sin ganas. Abandonamos casi todas las tareas de jardín y apenas podemos mantener a raya el césped y a las hormigas. 

Durante todo el 2020 que fue tres cuartas partes pandemia me resistí a llevar un diario de cuarentena, pero también podría decirse que la escritura me resistió. Cada impulso fue derivado a otros menesteres. Descubrí lo agotador que puede ser recordar tantas cosas, generar muchos rituales juntos para mantenerse viva, sana y cuerda. Descubrí que mi cuerpo es una máquina de supervivencia y que todo lo que elijo no decir es una carga que se pudre dentro y me amarga hasta la médula. Me reconcilié y me rebelé (a veces en simultáneo) con algunas imposibilidades. Lloré mucho más de lo que me permitía llorar cuando había más motivos. Sentí que no estaba a la altura de la vida que elegí, que no tengo lo que hace falta para sostenerla, que soy mala y poco meritoria. Aún tengo que lidiar con ese pensamiento cada vez que llega la hora de dormir.

Muy pocas veces como en 2020 me sentí tan poca cosa, tan incapaz, y sin embargo sigo imponiendo algo, una autoridad proyectada, una especie de campo de fuerza que mantiene todo prolijamente a raya. Vivo y trabajo sumamente expuesta, en un ámbito muy pequeño donde resultaría sencillísimo quedar pegada a rumores y puteríos, pero nada me llega. O eso creo, a fuerza de que no me importe. Traje desde Buenos Aires la capacidad de hacer creer que soy insignificante, mientras extiendo los polimorfos tentáculos de mi sensibilidad para aprehenderlo todo, estar en todos lados y en ninguno, observar sin ser tenida en cuenta. Hay una vida que discurre dentro de mí, un cosmos que se resiste a morir o aletargarse, y debo mantenerlo a raya para que no salga atropellando a impregnar el otro mundo, el de afuera. 

Posiblemente el esfuerzo de contener y desatar me esté desguazando. 

Asisto al derrumbe progresivo de mi Yo corpóreo pensando cuánto más puede tardar la mente en seguirlo. Nada es más relativo que la expectativa de vida en un panorama como el actual, me digo. Los impulsos siempre estarán ahí y cuesta retenerlos en la cueva mental. Cada vez me permito menos desahogos, pero no son pobres en absoluto. Un destilado esencial de perversión, ejercicios mentales, maniobras de supervivencia en la intimidad. El ascetismo siempre se me dio bien, igual que la compañía de los animales, los singulares y los niños, el cielo, la tierra, los árboles. Tengo esto aunque no tenga nada más. Y las palabras, ah, millones siempre, flotando como ideogramas en el aire, materia oscura entre mis átomos. 

Por la noche, abro la boca para hablar y sólo tengo aullidos.

 

martes, septiembre 22, 2020

Apuntes sobre (una experiencia personal con) la depresión

 Cada vez que quiero arrancar este texto vengo de días de mucho masticar la cosa, en mi cabeza está todo clarísimo y listo para ser escrito. Pero el momento pasa y ya no recuerdo ni siquiera cómo quería empezar. Soy una narradora, conozco la importancia de enganchar desde la primera línea. Pero también sé que hablar de estos temas no es algo de todos los días ni es un asunto de ficción ni busca el enganche. De hecho, creo que íntimamente no quiero hablar de este tema, como no quiero hablar de muchos otros temas. La depresión es una topadora cuya inercia arrasa mucho tiempo después de que se manifiestan sus primeros síntomas, y una de esas inercias es el profundo sentimiento de culpa por haber estado deprimida. Que la invocación de ese fantasma no se vaya a interpretar como recaída. Peor aún: que la mención de la posibilidad de convivir con la depresión en estado latente no se tome como signo de descuido personal, de incapacidad, de ingratitud para con la vida que se lleva o las personas que acompañan.

Es difícil navegar la depresión o cualquier otro trastorno. Para empezar, todos  transitamos distinto la cuestión que nos toca. Enfermedades, duelos, cambios, desgarros: da igual, porque todo es diferente. No voy a profundizar en la forma en que los demás pretenden brindar ayuda y se enojan o se frustran cuando esa ayuda (en sus términos) no es bien recibida o termina mal. No voy a profundizar en los tratamientos. Estoy escribiendo esto para poner luz sobre una experiencia personal y porque el momento que vivo me resulta tan intoxicante que a veces siento que la oscuridad en la que tanto supe estar le ocurrió a otra persona, que no voy a volver a pasar nunca más por eso. Y sé que no es cierto. Por eso escribo, como testimonio, como recordatorio.

En el comienzo fue la angustia. No recuerdo sus detonantes pero sí sus efectos en mi cuerpo. Llorar sin razón, una necesidad visceral de aislarme ("volverme invisible", y más tarde "que la tierra se abra y me trague", "desaparecer"), la sensación de que nadie tomaba en serio las cosas que me hacían bien o mal, picos de euforia en los que me invadía una dicha tan absoluta como inefable. 

A medida que crecía empezaron los arranques de ira ciega, literal: ver rojo, escuchar un zumbido asordinado intenso que tapaba todos los sonidos del mundo, como si me hubiesen metido de golpe en un tanque de deprivación sensorial. Si me peleaba en medio de ese estado (cosa que pasaba, y mucho) no sentía dolor; podía golpear y ser golpeada sin límite. Después, casi enseguida: la culpa. El remordimiento por haber causado daño y la impresión de que ya nadie iba a ser capaz de quererme porque yo era mala, loca y mala, que no importaba el arrepentimiento ni las veces que pidiera perdón. Compensar desarrollando una personalidad encantadora, afirmada en un altruismo que nunca me costó esfuerzo, para que la menor cantidad de personas posible intuyese el abismo negro donde se cocía el monstruo. 

A las etapas de excesiva energía podía seguir un abatimiento que era como una mortaja. Eran momentos (horas, días, semanas) de un peso atroz en el pecho, como si una capa viscosa y fría recubriese todos los órganos internos. Allí supe lo que es volverse robótico, zombie, que te miren con lágrimas en los ojos, que te hablen esperando una reacción y sentir que nada de eso hace eco en las tripas, todo lo contrario a emocionarse: estar vacío, solo, hueco. Sin respuesta. Aprendí, también, a impostar en esa situación de absoluta nada. A pretender que sí, que entendía lo que me estaban diciendo, que era capaz de reacción, de sentimiento. Pero era todo mentira. Metida en esa zona oscura, que alguna vez describí en terapia como "el lugar azul y negro", experimento con toda claridad el concepto de alma de nuestra tradición occidental y cristiana. Porque no la tengo cuando estoy ahí. 

Estoy sentada, inmóvil, en la oscuridad más absoluta. Sin identidad. Sin pasado, ni futuro. Sin amor. Sin energías. Sólo puedo estar allí, hasta que algo funcione de eyector y me saque. No depende de mi voluntad. No hay voluntad allí. Todo lo que soy se fue lejos de mí sin decir cómo ni a dónde, ni si va a volver.

Porque, contra todo lo que podría creerse, contra mi propia punzante vitalidad y las ganas enormes que tengo de hacer cosas, contra mi temperamento positivo y alegre, está la Zona Oscura que es el lugar de la más absoluta Nada, en el concepto que usa Michael Ende en "La historia sin fin". La Nada como el lugar del No-Ser, donde ninguna magia es posible porque no hay chispazo, ni sonido, ni conductividad. Vivo con eso puerta de por medio, espalda con espalda, la Manía y la Depresión en un equilibrio delicado y pendular que en algunas épocas es lento y armonioso y en otras me regala bandazos violentos, lagunas mentales, una parafernalia tanática de espanto, capaz de alejarme de todo lo que me hace humana (o al menos una mejor versión personal).

Creo que el peor de mis miedos ha sido ese: perderme y no volver nunca más, quedar inmóvil en esa zona oscura sin reencontrar esa parte de mí que me hace profunda, tortuosa e imperfectamente feliz. Lo traduje en sucesivas épocas de la vida como diferentes miedos: a la locura, al extravío, al olvido, al desconocimiento completo de mí misma. Me costó mucho entender que esa Nada es parte de mí, que soy yo también, pero despojada de máscaras y de propósito, enfrentada a una pregunta vital que todavía no me atrevo a formular en voz alta, ni a poner por escrito, aunque la tengo en mente cada día e incluso ensayo para ella varias respuestas. 

Decía al comienzo que no hay una sola forma de lidiar con la depresión, tome la forma que tome. Hay factores que puedo identificar y hay situaciones en que se me presenta novedosa por completo. La mía es una depresión activa, una de las más silenciosas e inadvertidas. Existen en el mundo personas que me conocen hace años y podría decir sin miedo a equivocarme que nunca me vieron en un momento bajo, aunque estuviese efectivamente pasando por ese momento. 

Es difícil de explicar y la verdad es que muchas veces uno mismo no quiere hacerlo. Es complicado hacerse entender y más cuando estás "en" el momento. La reacción general inmediata del que te quiere es ponerse en la positiva, o peor, en la imperativa: vas a salir, yo te voy a ayudar, tenés que hacer esto o aquello. Procurar soluciones, como si uno mismo no hubiera dado ya mil vueltas al asunto. No simplemente sentarse a tratar de entender, a ver si sale de esto aprendiendo algo que el día de mañana quizá ayude a otros. 

Yo escribo esto en un buen momento, incluso podría hablar café de por medio con ligereza y hasta con humor. Eso desconcierta mucho a la gente. Entonces, "si te reís de esto, no es tan grave". Bueno, algunas de las personas más positivas y vitalistas que conocí están muertas. Se mataron. Y eran un cago de risa, el alma de la fiesta, gente inteligente, con proyectos. No es que lloraban todo el día por los rincones. Los impulsos suicidas vinieron muchas veces después de momentos de felicidad muy intensos. Tuve algunas de mis peores crisis de angustia después de decisiones en extremo positivas y liberadoras. Esto no es una ciencia exacta. La salud mental no se reduce a un manual de psiquiatría, medicarse y salir andando, aunque eso y la terapia ayuden bastante. 

No te salvan los amigos ni la famila, ni la guita, ni una carrera, ni tener proyectos, ni los hijos, ni el éxito personal o profesional. No te salva tener todo lo que querés ni que los planes te salgan de taquito. En mi experiencia, lo peor que se puede hacer es obsesionarse con la cura, con estar bien, con un horizonte de certezas imposible, con tener todo bajo control. Quizá lo mejor ha sido generar una pequeñísima red de seguridad de personas que sí entienden, y abandonarme a ellas llegado el momento. Y tener en claro que controlo poco, muy poco de lo que me pasa. Que a veces es suficiente con ser capaz de discernir cuál de estas emociones que me agitan son reales y cuáles productos de una especie de alucinación maligna que me retiene anclada en el lugar azul y negro. 

Me corrijo: todo es real mientras sucede. Los efectos en mi cuerpo y en mi psique son absoluitamente reales. Lo que no es real es lo que sucede por fuera de ese momento. Soy amada. Doy amor. Estoy donde quiero, con quienes quiero. Las nubes dentro de mí eventualmente pasarán, como han pasado tantas otras veces, y volverán otras tantas. Tengo clara una sola cosa y a ella me aferro como un mantra: no soy mi trastorno, no soy mi dolor. Tengo depresión, no soy depresiva. Paso por una fase destructiva; no soy destrucción. No estoy loca, aunque tenga momentos fuera de mí que hagan que los demás me desconozcan por completo. Aunque sienta que efectivamente me pierdo en una Nada sin fondo.

No sé qué más se puede decir sobre el tema. Hoy no puedo decir más. Ya escribí tantas veces detrás de tantas máscaras. Intuyo que habrá otras. No soy esto aunque viva con esto, me repito. No soy única ni estoy sola, aunque en el instante sin tiempo de azul y negro sienta que no existe nadie más en el mundo, ni siquiera yo, que me fui y no sé ni cuándo vuelvo, ni si vuelvo. 




miércoles, junio 10, 2020

Carta a Marius / 3



Podría decirse que a nuestra peculiar manera de estar en el mundo le faltaba una pandemia. Lo último que escribí omitía la amenaza en ciernes, nada de lo que se lee allí habla de lo que estamos viviendo ahora. ¿Te acordás cuando discutíamos esa manía que tengo de no usar la primera persona del plural aún cuando te incluyo? Todavía me cuesta no ser elíptica, especialmente aquí, especialmente ahora, robando minutos a la madrugada en tu computadora, bajo la luz tenue de la linterna del celular, después de que nos despertó el negro Zucchini ladrando sus reclamos bajo la ventana. No quiero que ni los perros sepan que estoy levantada escribiendo esta carta. Quiero y no quiero que estas palabras hablen de nosotros. Seguir siendo el secreto mejor guardado, que crean que nos conocen, reír mientras imaginamos las caras de los queridos extraños si pudiesen escuchar nuestras charlas, si pudiesen ver la forma en la que somos cuando estamos solos. Cuando la oscuridad se apodera de mí, boca abajo, más vacía que cero, invisible vienes a mí en silencio. Pasaron muchos años y pasarán muchos más y seguiremos preocupándonos por las mismas cosas: si uno durmió poco, si al otro le duele algo, cuánto falta para todo lo que falta, cómo asir la pequeña dicha cotidiana sin inmovilizarla. Algunas personas piensan que soy algo; me diste eso, lo sé. Pero siempre me siento una Nada cuando estoy sola en la oscuridad. Después de todo, ¿cuál es la fórmula de lo imposible? Son estos minutos robados a lo cotidiano, las excepciones disruptivas, el espacio entre nosotros donde uno sólo puede navegar a ciegas, confiando en que está todo bien. Son las diferencias respetadas a rajatabla y las libertades inclaudicables. Podrías seguir viviendo a mil kilómetros de distancia y aún así tendría un hilo de plata enredado en el dedo pulsando cada hora de cada día. Es el interés profundo, genuino y compartido. Es la rutina sin rutina y las listas no escritas, los kilómetros y las horas. Esto que sucede, aquí y ahora: otra primera vez en un trayecto generoso en primeras veces. Proporcionas el alma, la chispa que me impulsa y me hace algo más que carne y huesos. Ya se adivina el amanecer y tengo que salir de esta ciudadela. Todas las veces, invariablemente, es la necesidad lo que me impulsa a salir. Y la única razón por la que me rindo a esa necesidad es la certeza del camino de regreso. Volver aquí, volver a vos.
En momentos como éstos, cualquier tonto puede ver tu amor dentro de mí.

martes, marzo 10, 2020

Biografía

En pocos días cumplo cuarenta años. 
Los cumplo en la misma ciudad en la que nací, también en medio de una ola de calor. Ni la ciudad ni yo somos las mismas después de veinte años, el tiempo que estuve fuera. Tuve y tengo una familia enorme, en la que la natalidad compensa ampliamente la mortalidad. 
Crecí entre la ciudad-pueblo, el campo y el río. El mar del Uruguay durante 15 días en enero, de los 4 años hasta los 19. Jugando con los vecinitos del barrio, con los primos y los compañeros del colegio. Fui una de las primeras promociones mixtas de un colegio de orientación católica en el que hice toda mi educación formal. Fui, también, bastante religiosa hasta la adolescencia; catequesis, primera comunión, confimación, acción católica. Mientras mis hermanos destacaban en gimnasia, yo me dedicaba a los talleres de escritura, canto y teatro. He sido una especie de nerd, una esponja de saberes inútiles, una máquina de desear conocer el mundo. Tengo oído casi absoluto y una facilidad para la música y los idiomas que jamás exploté debidamente.
Tuve un par de novios. Pude irme a estudiar a la universidad. Me casé; mi familia ensamblada comprende actualmente varias geografías. Igual que los amigos. No tengo hijos ni me interesa tenerlos. Escribo casi todos los días desde los cinco años, aunque tuve un par de paradas largas en tiempos de mucho movimiento y cambios, las sufrí muchísimo. Lucho con mi propia cabeza desde que nací al raciocinio. A veces me venzo, muy pocas. Hice terapia, fui al psiquiatra. Viajé por muchos lugares del país, por placer y por trabajo. Tengo amigos en todas las ciudades que conocí.
Soy perezosa para los deportes (en realidad cualquier cosa que implique un reglamento, incluso los juegos de mesa, pierde mi atención al poco rato) pero muy activa en general. Paradójicamente, me encanta leer y podría pasar horas leyendo también. Este es uno de los conflictos más viejos de mi vida. Necesito tener tiempo para escribir y leer, sin dejar de hacer cosas con el cuerpo. Me gusta sobre todo dar largas caminatas al aire libre, con cualquier clima, especialmente en lugar agreste. Me encanta cocinar y comer; podría escribir durante horas sobre mi intensa relación con el alimento.
No me recibí de lo único que estudié. Soy bastante cobarde y vaga para ejercer las pocas actividades que podría basadas en la profesión que elegí en su momento. Supongo que siento que no lo merezco. Que ya a esta altura intentar en este rubro es tirar esfuerzo, que no voy a poder. Desde que entré al mercado laboral siento que estoy allí de prestado, haciendo lo que puedo para sobrevivir bajo cualquier condición que quieran ponerme. Doy mil vueltas para pedir licencia, vacaciones, días por médico. Sigo estando última a la fila de mis propias prioridades.
Tengo problemas crónicos de espalda, sobrepeso, ansiedades varias. Duermo a veces bien y a veces mal. El cuerpo se desmorona pieza a pieza. Esto entraña cosas positivas también: he hecho mucho de lo que siempre quise hacer, de la forma en que quise; el cuerpo es testimonio. Sigo provocando miradas en la calle pero ya no me miran dos veces ni me gritan cosas. Soñaba con este momento. Siempre quise ser invisible para los extraños.
Me gusta decir que en los nueve alineamientos soy caótica buena. O al menos lo intento. Elegí una forma de vida que resulta difícil y desgastante porque combina una necesidad extrema de libertad con un esquema rígido de rituales para encajar en el mundo (no podría haber durado en ningún trabajo o institución formal, si no). En definitiva: todo lo que hago se orienta a tener cada vez menos y conservar lo fundamental, mientras procuro mantenerme fiel a esa parte que llamamos nuestra naturaleza.
Vivo en una casa que es casi exactamente la que siempre imaginé. Planta baja, tres ambientes, una galería, un patio inmenso. Vivo con animales y cultivo cosas. Todos los días despierto inundada de un sentimiento de gratitud que me impulsa a salir de la cama con alegría, aunque el día y sus devenires me vayan amargando a veces. Es el lugar al que siempre quiero volver, no sólo porque es un hermoso lugar sino porque todo lo que amo está allí.
Tuve y tengo muchos amores, pero hace trece años y medio comparto mi vida con uno que es, además, un hogar en sí mismo. Un árbol-casa. Mi contraparte, la voz de la conciencia, una persona que es muchas personas y muchas vidas en una sola. Alguien que debate, discute y sabe cuándo dar la razón sin condescender. Alguien que no acepta un "no quiero pensar", que me obliga a ser honesta conmigo misma aunque eso le juegue en contra.
Este módico balance excluye un montón de cosas que me han configurado desde la adolescencia, pero es adrede. Pude y puedo mantener una privacidad privilegiada (cuando no un secreto hermético) en todo lo que atañe a mi intimidad y lo que me ilumina la existencia, que es mi vida de puertas adentro. La que discurre tras bambalinas, en mis ámbitos personales o directamente dentro de mi cabeza. A veces me agarran ganas de escribir algo, cualquier cosa, y entonces vengo (vuelvo) al blog y salen mis estados anímicos o las listas de cosas que pasan por mi cabeza como el código de un programador o el entramado de fibras de una tejedora del NOA. Así funciono, hija mestiza de las eras analógica y digital. Estoy cableada al mundo a través de lo que conozco, parte insignificante de un Todo muy grande que no va a sufrir cuando falte. Así me pienso cuando pienso en vuelapluma. Sin editar, sin cuidar formas, apenas escondiendo algo de información para seguir partida entre lo concreto y el misterio. 

viernes, septiembre 28, 2018

"y el problema siempre parece ser que estamos levantando las piezas del rebote"

Hace algunos años, con posterioridad a un episodio de violencia en la vía pública, me recomendaron consultar a un psiquiatra.
(Normalmente no estaría contando estas cosas en un blog, pero los blogs pasaron de moda, nadie los lee y ahora siento que soy más libre de usarlo en sintonía con esta nueva forma de vivir cada vez más como se me canta).
Decía: tuve un episodio y golpeé a una persona en la calle, volviendo a casa después de pasarla hermoso en buena compañía. Hacía menos de dos semanas había comenzado terapia y estaba en una etapa de ebullición e incertidumbre absolutas. Sentía que había alcanzado uno de mis objetivos de vida y los otros se desdibujaban o estaban irremediablemente lejos de mi alcance. Sea por lo que sea, con la testosterona a tope siempre me fue muy difícil pensar. Creí que por fin había llegado el momento de medicarse.
El primer psiquiatra que vi recomendó dos antipsicóticos fuertes. Sin haber hablado conmigo más de treinta minutos. Sin análisis de sangre, sin preguntarme más nada que cómo me sentía.
Y yo, que no miento ni al test de Rorschach, le dije exactamente lo que sentía.
Dos antipsicóticos.
Salí de ese consultorio sintiendo que me habían revoleado una trompada, pensando qué quedaría de mí cuando las pastillas comenzaran a hacer efecto.
Hice una nueva consulta con alguien recomendado por la analista que veía en ese momento. Me escuchó durante casi dos horas. Hizo varias preguntas. Indicó análisis completos y recién allí miró la receta del otro psiquiatra.
"Esto tiralo, vamos a buscar lo que mejor te funcione" dijo.
Los dos años que fui y volví de la consulta, ajustando dosis y observando mis propias reacciones más de cerca, fueron bastante productivos en términos de autoconocimiento y bienestar físico, la vida se hizo más vivible, pude sostener resoluciones, enfocarme. Lo más importante: no me perdí en la sopa química, que es el miedo (el prejuicio) más viejo que arrastro con respecto a la medicación psiquiátrica. Por "perderse", entiéndase un desconocimiento tan radical de mí misma que hiciera prácticamente imposible reconocerme, ya no frente al espejo, sino hacia adentro.
El mundo interior, la manera en que mi cerebro configura el deseo y el goce, una intuición animal ajustada para morigerar la devastación que sucedía a los impulsos. Si perdía esas cosas, sentía que perdería lo único que valía la pena de mí, lo único que había logrado que me gustase.
Cada uno ancla su ego donde puede. Mi punto de apoyo es más bien un pivote. Así las cosas, cinco años después de dejar las pastillas (ojalá fuera para siempre; desde el fin de la terapia combinada no puedo pensar en absolutos) me desconocí varias veces. ¿Soy esto?¿Soy lo que era antes? Al menos ya no están los momentos blancos, las lagunas, el zumbido en los oídos, el velo rojo que deformaba el mundo cuando entraba en modo berserker. Todavía. Porque soy esto y soy aquello. La de antes, la de ahora. Y un potencial que aprendí a mirar con cautela, igual que aprendí a caminar entre vidrios y escombros después de cada fin del mundo.
Un animal sólo llega a viejo si aprende.





lunes, septiembre 24, 2018

"You live in terror of a blackout, a computer crash, a car won't start, a phone doesn't ring"

Hace poco más de tres años empecé un proyecto de escritura que disfruté muchìsimo. Un experimento, a ver si era capaz: dedicar una hora diaria, y sólo una (ni un minuto más) a la redacción, corrección y publicación de un cuento durante un mes. Un cuento al día, una hora al día, todos los días del mes de agosto de 2015. Treinta y un cuentos en total. Salió bastante bien, y aunque algunas historias me gustaron y a otras las odié, cumplí el objetivo a rajatabla.

Ayer terminé de ver esta miniserie y quedé pensativa, regulando, hasta que recordé uno de los cuentos que salieron de aquella experiencia y que transcribo aquí abajo.



El principio del fin.


Parado en la tundra con la última luz y sin otro medio de escape que las propias piernas, Iván reza a un dios desconocido después de muchos años de agnosticismo y le pide, dondequiera que esté, que no lo abandone. En realidad se habla a sí mismo en una letanía sin fin porque pronto no habrá nada más que valerse por la propia. Aquí y en cualquier otro lugar. Iván y los demás son los modernos avatares del Apocalipsis que traen un mañana de barbarie. Hay viejos y hay jóvenes, hombres y mujeres, todos rigurosamente seleccionados y probados a lo largo de años de clandestinidad. Faltan diez minutos para la hora que coordinaron escrupulosamente en cada uno de los puntos del planeta. 

Le surge una pregunta inevitable: quién va a fallar. Porque no le cabe duda de que entre tantos al menos habrá otro que sienta lo mismo que él. Mal que bien, todos venían de alguna parte y aunque abjuraron de sus vínculos hace mucho tiempo es difícil no pensar en lo que quedó atrás. No hay lugar para sentimentalismos, porque cuando llegue el final esas familias, sus pasados remotos, estarán igualadas con cualquier otro hijo de puta en la carrera por la supervivencia.

Este es el punto sin retorno. No será él quien falle. Pero reza, muerto de miedo. Tantas cosas pueden salir mal. Nada es peor que este punto al que hemos llegado. Hay que dejar espacio a un nuevo modo de vida. Es posible que sobrevivan unos poquísimos niños para garantizar la continuidad de la especie. Es posible que ninguno de esos niños sea el suyo. 

Faltan cinco minutos. Acerca y aleja su mano del botón que debe apretar. Un minuto de descoordinación puede cambiar toda la cadena de sucesos. No está previsto que él sobreviva, pero no le importa. El que abandona a su familia no tiene mucho más por qué vivir.

¿Y si llega antes de que empiece el caos? Su mente se dispara. A pesar de sus esfuerzos por racionalizar la trascendencia del momento, Iván dedica sus últimos minutos a pensar cuántos días a pie hay entre la estepa y su casa, dónde podría encontrar agua y comida, qué rutas conviene tomar. Si camina tres intervalos de cuatro horas, duerme otros tantos y tiene la suerte de encontrar provisiones son diez o doce días. Se entusiasma. Existe una posibilidad si mantiene la orientación y la calma suficientes.

No alcanza a imaginar el momento de su llegada. Está programado para apretar ese botón pese a su ridículo y humano instinto de supervivencia. En el milisegundo que tarda en visualizarse frente a la puerta de su casa, la explosión lo vaporiza. 

Un resplandor intenso de cientos de miles de explosiones colma el horizonte. Después no hay luz en absoluto. Las últimas cenizas de Iván tocan el suelo. Lejos, se escuchan los primeros gritos.

jueves, mayo 31, 2018

Qué es un artista / 1

Para la pequeña familia, y buena parte de la grande, fui La Artista. Era la única que tenía el berretín de leer, escribir, cantar y tocar la guitarra de forma autodidacta. Es decir, todas esas cosas que no dan dinero ni prestigio ni te ayudan a planear un futuro en el que haya una casa, una familia, una cerca de madera blanca y un perro. Pero sí significaban un cierto lustre, una especie de reconocimiento a la inteligencia. Mi capital cultural, la facilidad y rapidez con que asimilaba contenidos absolutamente inútiles para la vida eran prueba suficiente de inteligencia para padres, abuelos y el resto de la familia. 
Para mis hermanos era simplemente la que les contaba cuentos, pero no encontraban en esa facilidad para lo impráctico nada extraordinario. De hecho, siempre consideré que ellos eran los más inteligentes, los capaces de capitalizar pura y exclusivamente la información necesaria para desenvolverse en la vida. Mientras que mi hambre de bohemia planteaba cada vez más obstáculos para vivir, volviéndome una atormentada, una bolsa infinita de intensidades y dolores. 
Cada conocimiento nuevo agudizaba la angustia, cada nuevo talento que me descubría incapaz de desarrollar de manera perfecta derivaba en una frustración insoportable. Quería ser intachable, sin errores, inmaculada. Así como alguna vez aspiré a la santidad (o al menos a la Más Perfecta Bondad Posible), también quería ser una lectora de constancia irreprochable, una escritora de ortografía y caligrafía impolutas. Quería sacarle a mi voz de coloraturas ínfimas el mayor provecho, alcanzar todas las notas posibles del rango, tocar todos los arpegios con cejilla sin cansarme, bailar llevando el ritmo a la perfección. 
No competía con nadie. Nadie era mi modelo. Sólo estaba frente a un espejo imaginario, criticándome por perezosa, por limitada, por poca cosa. Si mi cabeza podía pensarlo, entonces yo debía poder llevarlo a la práctica. ¿Cómo que no? Con voluntad, todo es posible. Y si no lo era, es que no lo estaba deseando con la fuerza suficiente. Eso era evidente. 
Por supuesto que todas estas batallas se libraban en el campo de mi intimidad, la familia apenas recibía los frutos: un cuento bonito, un dibujo prolijo, una canción ejecutada a la perfección sin errar una sola nota, las coreografías y sketches teatrales de las reuniones de navidad. Era tan solemne y daba tanta importancia a mis "porquerías" que quedó para siempre en la familia el mote de La Artista, o La Doctora. Los matices burlones en el mote no me interesaban. Sí, era una Artista. ¿Y qué? Podía ser lo que quisiera. 
Claro que a los diez o doce años se rompíó el encanto y un poco la familia, pero también el mundo exterior me fueron señalando que había que hacer otra cosa con esa inteligencia. Sacarla de la bohemia y ponerla en otro lado. Confinar las inquietudes artísticas al campo de lo eventual, rebajarlas a la categoría de hobby, porque había que crecer para hacer una carrera que diera dinero, para biencasarse, tener hijos, una casa con jardín y cerca de madera blanca, y, tal vez, un perro. 
Empezaba a dolerme no decir más "escritora" cada vez que me preguntaban qué iba a ser cuando fuera grande, pero era más fuerte la vergüenza de recibir la condescendencia ajena o el desprecio con el que descartaban ese sueño. "Ahhhh, pero eso cuando no estés trabajando, ¿de qué vas a vivir?" "Con lo inteligente que sos, deberías estudiar algo que te dé mucho dinero. Podés ser lo que vos quieras".
Pero yo quiero escribir, pensaba. Y cantar. Quiero bailar. Es lo único que quiero hacer, es lo que me gusta.
De a poquito fui metiendo esos deseos, esa respuesta que no volví a dar, en la parte trasera de mi cabeza y confiné la escritura a la intimidad más absoluta. Nadie volvió a pedirme un cuento. Nadie volvió a preguntar "¿¿y?? ¿qué estás escribiendo hoy?".
La Artista se redujo a una anécdota, a un chiste interno, como mi hermana que comía tierra o mi hermano disfrazado con cara de culo para las fiestas del jardín.
Mi escritura, mi canto a voz en cuello y mis coreografías sincopadas fueron a parar al fondo de unas cajas de cartón, exiliadas al ámbito de las cuatro paredes que pude procurarme a golpes de trabajos que no me gustaban. A La Artista la declaré muerta de pura frustración. O mejor dicho, no nacida. Nunca llegué a hacer propio ese título. Me lo dieron otros, en tono a veces admirado y a veces burlón. Y yo lo sentí un estigma, un blasón inmerecido, algo de lo que no estaría jamás a la altura. Así que la maté con mis decisiones, la ahogué, la cagué a patadas en el suelo para que no volviera a jorobar con eso de pasar a primer plano.
Entonces ¿por qué seguía tan enojada?

Hace un par de días, una de mis compañeras de trabajo me contó que su hija de casi siete años pinta unos cuadros hermosos. Que desde muy pequeñita va a taller de pintura. Vi algunos de esos cuadros y sentí una agitación en el estómago, un desasosiego. Algo que tironeó al presente a la Agus que se encerraba a tocar la guitarra hasta que el dolor en los dedos la hacía llorar de bronca, la que mordía la madera hasta dejar marcados los dientes. Los cuadros de esa gurisita me hicieron acariciar con pena la cabeza de la niña que fui, levantándose con el sol incluso los fines de semana, cuando podría haberse quedado durmiendo hasta tarde, sólo por la irreprimible necesidad de escribir. 
Mi compañera dice que los referentes artísticos de su hija la alientan a pintar porque es, sin ningún tipo de dudas, una Artista. No sólo crea sin parar, piensa en dibujos y colores desde que se levanta hasta que se acuesta y se toma muy en serio su formación (¡a los siete años!). También, y sobre todo, está ávida de compartir con el mundo lo que hace y no le cuesta ni mostrar sus trabajos ni dejarlos ir. Pinta y regala, expone, circula. Nada de confinar sus colores al fondo de una caja. Eso que es ella y que nunca me animé a ser, que no pasó del berretín o del mote bromista, es una de las marcas más persistentes de mi vida.
Hoy escribo esta primera aproximación para intentar responder la pregunta, para empezar a desenrrollar la madeja caótica de una herida muy vieja.
A ver si me sale.




domingo, mayo 27, 2018

Cosas que importen

Quiero una vida de cosas que importen. Me traigo el corazón más liviano que el aire y la ciudad me lo aplasta con el peso de la realidad. Así es tener corazón, me digo. Y en mis oídos todavía el rumor del viento, en mis labios el sabor del mar.


Esas primeras líneas durmieron en un borrador que ya cumplió cinco años. Cinco años desde la última vez que vi el mar en Piriápolis. 
Cuando éramos niños esperábamos ansiosos esa primera quincena de enero que significaban el único viaje anual de vacaciones. Después, de vuelta a la casita en Gualeguaychú, a terminar el verano en la pelopincho y bajo los chorros de regadores de casas ajenas. Esa quincena nos llenaba de felicidad a todos y nos daba energías para el año. No esperábamos más porque no había más. Nunca un viaje a Disney ni a otro lugar, nunca vacaciones de invierno en otro lado que no fuera (a lo sumo) el campo de algún pariente. No había más, y estaba bien. No esperábamos otra cosa. Crecimos así, habituados a tener poco y pedir nada. 
No obstante, dentro de mí ardía la curiosidad de otros mundos y otros espacios y crecía una vaga impresión, luego certeza, de que afuera de aquella rutina cíclica de escuela y veraneos sucedían cosas realmente importantes. Las perseguí durante toda la adolescencia en jornadas maratónicas de lecturas compartidas, de talleres de teatro, coro, literatura. En mis primeros trabajos en radio. Trabajando para pagar el viaje de egresadas. En los primeros y muchas veces angustiosos escarceos con mis pares, de los que me sentía más lejana que si fuera extraterrestre. 
Hace muy poco tiempo volví a vivir en Gualeguaychú, la ciudad de la que salí pitando hace veinte años,hambrienta de otras latitudes y experiencias. Desde entonces recorrí gran parte del país pero no salí de él (bueno, un día a Futaleufú en Chile y dos fines de semana a Uruguay). No me recibí, Nunca hice el dinero suficiente ni trabajé lo suficiente en alternativas que me permitieran viajar por el mundo. Hice otras elecciones y terminé de nuevo donde empecé, sin haber recorrido mundo más que por Internet. (Gracias, Internet).
Hice algunas otras cosas que no tenía previstas, como vivir quince años en Buenos Aires (la última ciudad del mundo en la que me interesaba vivir) y casarme, por ejemplo. Salieron bastante bien, la verdad. 
La más imperdonable, sin dudas, fue dejar de escribir seriamente, a diario; tomarme el tiempo de volcar las ideas que llevan años madurando en las tripas, editarlas, descartarlas. 
Aquellos dos años sin escribir, coincidentes con un profundo estado tanático que todavía me respira en el cogote cuando siento que la paso demasiado bien, fueron los peores de mi vida. Tanto así que hay cosas que borré por completo. No hay registro oral o escrito de lo que pasó en esos años, sólo imágenes sueltas. Yo parada en la cocina de un departamento de Flores, mirando la pared mientras sostengo una sartén y pienso que tengo lo que merezco: una relación triste, una vida triste. Las visitas al departamento donde mi abuelo esperaba una recuperación que nunca llegó. Las caminatas con mi madre. El segundo embarazo de mi hermana menor. El sexo mecánico que me llena de la misma forma hueca en que la comida chatarra calma el hambre.
Este blog me hizo llegar al fondo del pozo y dar la patada que necesitaba para sacar la cabeza del agua. Por eso vuelvo a él una y otra vez, en cada cambio de la marea. Quisiera escribir en él hasta que no haya más. No sé si de cosas importantes, grandes logros o sueños de esos que inflaman el alma de expectativas. Sí de cosas que importen, que me importen a mí y quizá a algún otro árbol trunco que ande por ahí dando vueltas. 
Sólo sé tender hilos de palabras para perderse y encontrarse. Es lo único que sé. Y hay tan pocas cosas tan evanescentes y corrompibles, tan volátiles en el tiempo como las palabras. Que sea un hilo de niebla, entonces. Un hilo de certezas que mañana serán otras. O la cortina de humo con la que preservo aquello que todavía no puede (o no quiere) ver la luz. 
Me brindo para no compartirme con nadie, en fin. Las cosas que importan siguen de este lado de las letras.

viernes, mayo 26, 2017

De cómo caminar salva

Las personas somos lenguaje. El verbal y el corporal. Hay quienes se expresan mejor con el primero. Aunque me gustaría, no es mi caso. El lenguaje que me define es el otro, el atravesado por y en el cuerpo. Nada dice más de mí que la forma en que me levanto cada mañana, los crujidos de mis huesos y el paso vivo. 
Creo que soy exactamente como camino. Creo que estoy hecha para caminar. 
Me cuesta horrores aceptar algunas cosas que no puedo modificar. El cambio y el perdón los doy por hechos. Pero esas otras voces en la base de la nuca a veces me complican. He pasado gran parte de mis horas de vigilia, durante toda la vida, intentando llenar ese rumor con otras cosas. Música, libros, ejercicio. Y comida. Muchísima comida. Pero lo que mejor acallaba el ruido era dar largas caminatas. Volvía a conectar con mi cuerpo, del que me sentía ajena la mayor parte del tiempo. Prestaba atención a cada latido, creía percibir incluso el rumor de la sangre que llegaba a mi cabeza. Soñaba despierta, escribía muchísimo al andar. Si había hecho algo malo o recibido un reproche, una buena caminata bastaba para procesar el mea culpa y el remordimiento. Si alguna situación me enceguecía de ira, trataba de salir de la escena caminando. 
Alejarme y poner distancia, fueron decisiones que nunca lamenté. Como sí lamento muchos golpes que di por no saber tomarlas a tiempo. 
La mayor parte de las ciudades que visité las conozco principalmente por recorridos a pie. Si lo pienso, abruma un poco la cantidad de veces que me detuve a hablar con extraños y caminar junto a personas que recién conocía, o que quizá no volvería a ver nunca más. Caminando somos más observadores, por ensoñados que parezcamos a cualquiera que se nos cruce. Caminar es escuchar, ejercitar la paciencia, la resistencia y la voluntad de autoconocerse. Es un gran ansiolítico, bueno contra la ira y la frustración.   
Así las cosas, camino por gratitud hacia la vida. Porque estoy viva y sana y puedo hacerlo. Camino muy cansada, cuando llueve, cuando hace calor. Camino incómoda, con la espalda dolorida y las piernas agarrotadas. Dialogo conmigo misma. Estoy pendiente del entorno, pero en lo más profundo de mí corre otra película. Los recuerdos, las fantasías proyectivas, el libro que estoy leyendo, las vivencias del día, las últimas enseñanzas. 
Mientras camino me habilito todo. La vergüenza y la culpa. La tristeza y los recuerdos. Todo aquello que me deja mal parada y desguaza la subjetividad que con tanta dificultad construyo. Si estoy pensando en algo que me genera estas emociones, canturreo y chasqueo los dedos. Qué importa si te miran los demás.  Me vacío, abstraigo cada sonido hasta alcanzar un sucedáneo de silencio. 
En el universo que se abre mientras camino no es obligatorio ser buena persona, intachable, perfecta. Soy lo que soy, lo que quiero ser y por unas horas consigo perdonarme.  
Camino en vacaciones y feriados, camino por el living entre soliloquios a la nada, camino del trabajo a casa porque cada paso me salva de mí misma y pone a trabajar mucho más que el cuerpo y la cabeza. 
Camino para mantener un universo en movimiento.

domingo, abril 16, 2017

Viajar liviana.

Vuelvo al blog cada vez que siento que no quedan más refugios virtuales a la realidad sin infiltrar con cuestiones que deberíamos defender voz y cuerpo presentes. Vuelvo a mis papeles cada día porque sé que el destino del papel es degradarse y arder, como los cuerpos y la mente, y no quiero otro destino para mi palabra. Vuelvo a casa porque he crecido y devenido, de alguna forma, conservadora de lo poco que logré en la vida, al mismo tiempo que pienso cómo deshacerme de todo eso para empezar de nuevo. Vuelvo porque el retorno está en la misma esencia del ser humano, porque no hay resiliencia sin revisitar aquello que nos ha marcado, porque no entiendo otra manera de vivir. Todavía
Y vuelvo a mi pendular, a la búsqueda de comprensión que me lleva cada vez más lejos aunque no me aleje demasiado del mismo punto, como Verne, que sólo vio el mundo a través de sus lecturas, o Spyri, que entendió a las instituciones humanas como una extensión de su pequeña aldea suiza. 
Las claves de estas vacaciones: no soy perfecta y nunca lo seré, así que más me vale ajustar este mínimo atrezzo disponible y sacar lo mejor que pueda de allí, porque es mejor arder cuando ya estás consumida y no te queda nada más que ese vos que eras al nacer, la mínima potencia, el tanque vacío, la tierra baldía en la que crece una vara de ciprés lista para ser el árbol que no verá mi generación, sino, con suerte, las que sigan.
Quiero viajar liviana y dar hasta gastarme. 
Que no quede nada de mí, ni la ceniza ni el recuerdo.
Que en el lugar vacío crezca algo completamente distinto.

domingo, marzo 26, 2017

Perspectiva.

Si me devolvieran todo el tiempo que perdí en amargarme, viviría un par de años más de los que tengo destinados. 
Es un momento extraño que no puedo explicarle a nadie. Desparramo piezas otra vez. Una vieja costumbre para una nueva conducta. Haré lo que haya que hacer, no se pueden vivir todas las vidas. Me tomo estos meses como un sabático de incertidumbre y pruebo, fallo, vuelvo a probar. Encontré papeles viejos, una frase de mis veintipico: he sido buena y cobarde en lugar de mala y valiente. ¿En qué momento nos damos cuenta de que pasamos media vida equivocados? ¿Y qué se puede hacer con lo que queda? 
Palabras nunca sobran. 
Las mastico, las trago, como alguna vez tragué veneno ajeno. Depósito de almas. Doy vida y descarto, no puedo detenerme en un solo personaje, me ahogo. Peleo contra lo que quiero, después a favor. Soy un doble agente del deseo y el hambre. 

domingo, septiembre 20, 2015

Veinte días


En estos veinte días sin escribir un cuento completo pasaron muchas cosas. Nació la hija de una amiga, supe que el sobrino por venir será varón, trabajé fuera de la oficina, empecé a correr, me propuse darle más bola al bajo y la guitarra, conocí a personas que solamente había leído, perdí la despedida de mi primo que ahora retoza en Nueva Zelanda, volví a escribir caminando. Me partí la frente varias veces, apreté los dientes y agaché la cabeza. Grité frente al espejo. Reviví viejas pesadillas. También intento empezar a sanar una vieja herida. Quiero exigirme un poco más. Acepto que aunque no sé cómo ni cuándo, ya sé qué y con quién. El futuro no es más que presente transcurriendo.
El proceso de aceptación es largo y tedioso, frustrante y esquivo. A veces me cierro, no puedo dar nada; no tengo más que unas ganas locas de desaparecer. Cerrar los ojos y que al abrirlos haya un vacío donde se arremolinan la lluvia, la nieve, el silencio. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté de pie sobre una roca frente al mar, temblando como una hoja que atraviesa el viento. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté frente al valle verde que veías con el corazón antes de alcanzar la cima de la montaña. Cerrar los ojos y que al abrirlos me haya convertido en una ballena a la deriva, con todo el mundo por delante. Cerrar los ojos y que al abrirlos sea un perro lobo con recuerdos del fuego amigo. Cerrar los ojos y que al abrirlos todo sea nuevo.

Estirar la mano. Encontrar tus dedos. Recordar cómo era ser humana.

sábado, agosto 01, 2015

ProyecToCuen

Empecé este tumblr por el mes de agosto con el propósito de escribir un cuento al día en una hora.

ProyecToCuen

Pueden leer el primer cuento aquí.
Y a ver qué va pasando mientras.

sábado, abril 04, 2015

La tercera vida

Volvimos de viaje cuando todos se estaban yendo con una noticia muy triste a cuestas. En alguna parte de la ciudad que compartimos, esta vida se apaga y no hay mucho más por hacer. Una sonrisa y el puño cerrado, con el corazón apretado adentro y el resto es silencio.
La vida y la muerte sobrevuelan. Hay que estar muy adormecido para no sentirlo, muy metido en el trabajo o la rutina de los días, muy lejos de todo lo que se parezca a ser humanos. Cada vez que subo al auto me despido un poco de la vida porque en la ruta nunca se sabe. Nadie te va a cuidar allí. Ni el cinturón atado, ni toda la prudencia del que maneja te garantizan llegar a salvo cuando la premisa ajena es escapar. 
Allá, en el silencio, la vida y la muerte también me acarician. Ardía Chubut mientras nosotros parábamos en Río Negro. El silencio del bosque en otoño, casi sin gente, con algunos perros peleando por las noches como única banda sonora de estas vacaciones, me puso en contacto con las cosas que más quiero y necesito.

Esta noche de sábado, lejos de todo eso (una vez más), nuestro Getsemaní es la sensación inexorable de final. Un final que es todos los finales. La red invisible te hace eso. Sos un hilo al que hacen vibrar otros hilos. El tapiz es intrincado; la distancia no significa nada.
Los seres humanos valoramos muy poco la compañía, en realidad. Nos agrupamos en megalópolis para no escucharnos nunca, exacerbamos emociones en las redes sociales para no tener que abrazarnos cuando estamos frente a frente, presumimos de informados cuando hace años que no caminamos un milímetro por fuera de la línea de lo que mandan los poderosos de este mundo. 
No quiero pertenecer a este colectivo autómata al precio de perder mi humanidad.
Sí deseo, cada vez más fuerte, esta proximidad con el mundo que olvidamos de tanto anclar en el cemento.

Sensibilizados por la primera parte de nuestras vacaciones, decidimos usar los días que quedaban para recorrer la mayor cantidad de bosques posible. Hay un hilo común entre los anarquistas que nos configuran a él y a mí. Un hilo de silencio entretejido de árboles, insectos, aves, agua, tierra y piedra. Un silencio que tiene el olor del compost vegetal, la digna indiferencia de los coihues antiguos colapsados por las tormentas y de los gigantes verdes que se abrazan uno al otro mientras compiten por el sol.

Hay un hilo entre nosotros y el resto de los habitantes del bosque, los otros humanos que se escaparon del cemento y con los que interactuamos espontáneamente esos días, casi sin palabras. Ana, Adrián, Susana, Graciela, Edgardo, tantos otros cuyos nombres no pregunté y que no hicieron preguntas, tampoco. Ana, capaz de manejar veinte horas de ida y veinte de vuelta en un citroen hasta Córdoba para ver a una amiga que agoniza víctima del cáncer, apretarla en un abrazo y regresar enseguida porque siempre hay mucho por hacer. Adrián, que trabaja en silencio y apenas se anima a las sonrisas pero tiene el alma sensible a todo lo que respira. Edgardo, excéntrico chocolatero de costumbres exhuberantes, siempre firme en el único puesto de la feria que no cierra ningún día de la semana. Graciela, que llegó del litoral un verano y ya lleva cuatro inviernos seguidos en la Patagonia. Susana, que quiere morir de pie como los árboles haciendo lo que más le gusta.
Alguien me escribió el otro día "sos una especie de Henry David Thoreau femenina". Me dio vergüenza reconocer que no había leído nada de Thoreau, excepto citas sueltas. A mitad de este fin de semana largo llevo bien avanzado "Walden o la vida en los bosques", pero antes de eso caí rendida por el brevísimo repaso a los títulos y colofones de los libros. ¡"Caminar"! Siempre quise escribir un librito llamado Caminar para dejarlo de legado a mis niños. Más de dos siglos antes de mi propio nacimiento, sus amigos dijeron de Thoreau: "Caminar junto a él era un placer y un privilegio". 
Más allá de toda pulsión de ambición o deseo propio, sería lindo que el día que me muera haya un solo ser humano que pueda decir eso de mí.

viernes, diciembre 12, 2014

Border Line

Ejercer la empatía es transitar una delgada línea entre la mirada del depredador y la de la presa, sin saber bien a quién tenés enfrente "hasta que..."
Ni la mirada más transparente deja ver la intención cuando el psicópata es bueno. Conocí muchos muy buenos, pero el cuerpo también habla. Por eso no miro solamente a la cara, ni espero concentrar la atención en mí. Distraído, el objeto de estudio me revela todo lo que quiero. Más temprano que tarde.
La eficacia del depredador está en su capacidad de capturar primero con la mirada, después con una especie de devoción que no es otra cosa que un calculado interés. Dirá justo lo que querés escuchar. Tendrá gestos medidos de sensibilidad. 
Todos los gestos estudiados son iguales. Siempre. El tema es distinguir si esa sensibilidad aprendida es producto de una necesidad real de experimentar sentimientos y emociones genuinas, o apenas otro cazabobos. 
La realidad puede ser mejor que la expectativa, pero el delirante tiende a preferir su fantasía primero, recreándola mentalmente durante un determinado tiempo; luego buscará su concreción. Más a cualquier precio cuanto más delirante.
Lo bueno es lo malo de todo esto: nadie es infalible. Ni para protegerse ni para salirse con la suya.
Leer mucho ayuda a entender, pero nada abre tanto la cabeza como la búsqueda del conocimiento de los Otros que te rodean, con la misma curiosidad y atención que te dedicarías a vos mismo.
Funciono, como muchos de nosotros, a fuerza de paranoia. Pero la tengo tan naturalizada que se siente como si llevase un sistema complejo de alarmas revistiéndome por completo. Mi coraza es la exclusión del otro, su recategorización en depredador o presa. 
Estaré a salvo mientras no me convierta en presa.
Mi objetivo vital es la supervivencia para poder seguir viendo estos tiempos con ojos bien abiertos.

Transito la línea cada hora de cada día, en cada espacio abierto y cerrado. 
El abismo vive en mí.