jueves, enero 28, 2021

Aullar a la luna

Es un verano sofocante, casi tanto como el de 2018. A ese no lo padecí porque básicamente pasé la mayor parte inmovilizada en una cama, sin gastar energía, sin transpirar. La Niña, dicen, trajo esta falta de lluvia y las plagas que minaron gran parte de nuestra huerta soñada y nuestro buen humor. Los perros, agitados, pasan las peores horas de sol bajo la galería o en el parche de césped que besa la sombra del fresno de la casa detrás de la nuestra. Reviven a la noche o durante la madrugada, hacen pozos en el patio hasta dejarlo parecido a un campo minado; casi no se puede caminar por allí sin tropezar. El gato, de panza contra los cerámicos de la cocina o bajo nuestra cama, hundido en un sopor que se parece a la muerte. Los humanos, mojándonos a cada rato en la ducha, encerrados en la casa hasta que baja un poco el sol y reconquistamos nuestra parte de mundo exterior, bastante sin ganas. Abandonamos casi todas las tareas de jardín y apenas podemos mantener a raya el césped y a las hormigas. 

Durante todo el 2020 que fue tres cuartas partes pandemia me resistí a llevar un diario de cuarentena, pero también podría decirse que la escritura me resistió. Cada impulso fue derivado a otros menesteres. Descubrí lo agotador que puede ser recordar tantas cosas, generar muchos rituales juntos para mantenerse viva, sana y cuerda. Descubrí que mi cuerpo es una máquina de supervivencia y que todo lo que elijo no decir es una carga que se pudre dentro y me amarga hasta la médula. Me reconcilié y me rebelé (a veces en simultáneo) con algunas imposibilidades. Lloré mucho más de lo que me permitía llorar cuando había más motivos. Sentí que no estaba a la altura de la vida que elegí, que no tengo lo que hace falta para sostenerla, que soy mala y poco meritoria. Aún tengo que lidiar con ese pensamiento cada vez que llega la hora de dormir.

Muy pocas veces como en 2020 me sentí tan poca cosa, tan incapaz, y sin embargo sigo imponiendo algo, una autoridad proyectada, una especie de campo de fuerza que mantiene todo prolijamente a raya. Vivo y trabajo sumamente expuesta, en un ámbito muy pequeño donde resultaría sencillísimo quedar pegada a rumores y puteríos, pero nada me llega. O eso creo, a fuerza de que no me importe. Traje desde Buenos Aires la capacidad de hacer creer que soy insignificante, mientras extiendo los polimorfos tentáculos de mi sensibilidad para aprehenderlo todo, estar en todos lados y en ninguno, observar sin ser tenida en cuenta. Hay una vida que discurre dentro de mí, un cosmos que se resiste a morir o aletargarse, y debo mantenerlo a raya para que no salga atropellando a impregnar el otro mundo, el de afuera. 

Posiblemente el esfuerzo de contener y desatar me esté desguazando. 

Asisto al derrumbe progresivo de mi Yo corpóreo pensando cuánto más puede tardar la mente en seguirlo. Nada es más relativo que la expectativa de vida en un panorama como el actual, me digo. Los impulsos siempre estarán ahí y cuesta retenerlos en la cueva mental. Cada vez me permito menos desahogos, pero no son pobres en absoluto. Un destilado esencial de perversión, ejercicios mentales, maniobras de supervivencia en la intimidad. El ascetismo siempre se me dio bien, igual que la compañía de los animales, los singulares y los niños, el cielo, la tierra, los árboles. Tengo esto aunque no tenga nada más. Y las palabras, ah, millones siempre, flotando como ideogramas en el aire, materia oscura entre mis átomos. 

Por la noche, abro la boca para hablar y sólo tengo aullidos.

 

martes, septiembre 22, 2020

Apuntes sobre (una experiencia personal con) la depresión

 Cada vez que quiero arrancar este texto vengo de días de mucho masticar la cosa, en mi cabeza está todo clarísimo y listo para ser escrito. Pero el momento pasa y ya no recuerdo ni siquiera cómo quería empezar. Soy una narradora, conozco la importancia de enganchar desde la primera línea. Pero también sé que hablar de estos temas no es algo de todos los días ni es un asunto de ficción ni busca el enganche. De hecho, creo que íntimamente no quiero hablar de este tema, como no quiero hablar de muchos otros temas. La depresión es una topadora cuya inercia arrasa mucho tiempo después de que se manifiestan sus primeros síntomas, y una de esas inercias es el profundo sentimiento de culpa por haber estado deprimida. Que la invocación de ese fantasma no se vaya a interpretar como recaída. Peor aún: que la mención de la posibilidad de convivir con la depresión en estado latente no se tome como signo de descuido personal, de incapacidad, de ingratitud para con la vida que se lleva o las personas que acompañan.

Es difícil navegar la depresión o cualquier otro trastorno. Para empezar, todos  transitamos distinto la cuestión que nos toca. Enfermedades, duelos, cambios, desgarros: da igual, porque todo es diferente. No voy a profundizar en la forma en que los demás pretenden brindar ayuda y se enojan o se frustran cuando esa ayuda (en sus términos) no es bien recibida o termina mal. No voy a profundizar en los tratamientos. Estoy escribiendo esto para poner luz sobre una experiencia personal y porque el momento que vivo me resulta tan intoxicante que a veces siento que la oscuridad en la que tanto supe estar le ocurrió a otra persona, que no voy a volver a pasar nunca más por eso. Y sé que no es cierto. Por eso escribo, como testimonio, como recordatorio.

En el comienzo fue la angustia. No recuerdo sus detonantes pero sí sus efectos en mi cuerpo. Llorar sin razón, una necesidad visceral de aislarme ("volverme invisible", y más tarde "que la tierra se abra y me trague", "desaparecer"), la sensación de que nadie tomaba en serio las cosas que me hacían bien o mal, picos de euforia en los que me invadía una dicha tan absoluta como inefable. 

A medida que crecía empezaron los arranques de ira ciega, literal: ver rojo, escuchar un zumbido asordinado intenso que tapaba todos los sonidos del mundo, como si me hubiesen metido de golpe en un tanque de deprivación sensorial. Si me peleaba en medio de ese estado (cosa que pasaba, y mucho) no sentía dolor; podía golpear y ser golpeada sin límite. Después, casi enseguida: la culpa. El remordimiento por haber causado daño y la impresión de que ya nadie iba a ser capaz de quererme porque yo era mala, loca y mala, que no importaba el arrepentimiento ni las veces que pidiera perdón. Compensar desarrollando una personalidad encantadora, afirmada en un altruismo que nunca me costó esfuerzo, para que la menor cantidad de personas posible intuyese el abismo negro donde se cocía el monstruo. 

A las etapas de excesiva energía podía seguir un abatimiento que era como una mortaja. Eran momentos (horas, días, semanas) de un peso atroz en el pecho, como si una capa viscosa y fría recubriese todos los órganos internos. Allí supe lo que es volverse robótico, zombie, que te miren con lágrimas en los ojos, que te hablen esperando una reacción y sentir que nada de eso hace eco en las tripas, todo lo contrario a emocionarse: estar vacío, solo, hueco. Sin respuesta. Aprendí, también, a impostar en esa situación de absoluta nada. A pretender que sí, que entendía lo que me estaban diciendo, que era capaz de reacción, de sentimiento. Pero era todo mentira. Metida en esa zona oscura, que alguna vez describí en terapia como "el lugar azul y negro", experimento con toda claridad el concepto de alma de nuestra tradición occidental y cristiana. Porque no la tengo cuando estoy ahí. 

Estoy sentada, inmóvil, en la oscuridad más absoluta. Sin identidad. Sin pasado, ni futuro. Sin amor. Sin energías. Sólo puedo estar allí, hasta que algo funcione de eyector y me saque. No depende de mi voluntad. No hay voluntad allí. Todo lo que soy se fue lejos de mí sin decir cómo ni a dónde, ni si va a volver.

Porque, contra todo lo que podría creerse, contra mi propia punzante vitalidad y las ganas enormes que tengo de hacer cosas, contra mi temperamento positivo y alegre, está la Zona Oscura que es el lugar de la más absoluta Nada, en el concepto que usa Michael Ende en "La historia sin fin". La Nada como el lugar del No-Ser, donde ninguna magia es posible porque no hay chispazo, ni sonido, ni conductividad. Vivo con eso puerta de por medio, espalda con espalda, la Manía y la Depresión en un equilibrio delicado y pendular que en algunas épocas es lento y armonioso y en otras me regala bandazos violentos, lagunas mentales, una parafernalia tanática de espanto, capaz de alejarme de todo lo que me hace humana (o al menos una mejor versión personal).

Creo que el peor de mis miedos ha sido ese: perderme y no volver nunca más, quedar inmóvil en esa zona oscura sin reencontrar esa parte de mí que me hace profunda, tortuosa e imperfectamente feliz. Lo traduje en sucesivas épocas de la vida como diferentes miedos: a la locura, al extravío, al olvido, al desconocimiento completo de mí misma. Me costó mucho entender que esa Nada es parte de mí, que soy yo también, pero despojada de máscaras y de propósito, enfrentada a una pregunta vital que todavía no me atrevo a formular en voz alta, ni a poner por escrito, aunque la tengo en mente cada día e incluso ensayo para ella varias respuestas. 

Decía al comienzo que no hay una sola forma de lidiar con la depresión, tome la forma que tome. Hay factores que puedo identificar y hay situaciones en que se me presenta novedosa por completo. La mía es una depresión activa, una de las más silenciosas e inadvertidas. Existen en el mundo personas que me conocen hace años y podría decir sin miedo a equivocarme que nunca me vieron en un momento bajo, aunque estuviese efectivamente pasando por ese momento. 

Es difícil de explicar y la verdad es que muchas veces uno mismo no quiere hacerlo. Es complicado hacerse entender y más cuando estás "en" el momento. La reacción general inmediata del que te quiere es ponerse en la positiva, o peor, en la imperativa: vas a salir, yo te voy a ayudar, tenés que hacer esto o aquello. Procurar soluciones, como si uno mismo no hubiera dado ya mil vueltas al asunto. No simplemente sentarse a tratar de entender, a ver si sale de esto aprendiendo algo que el día de mañana quizá ayude a otros. 

Yo escribo esto en un buen momento, incluso podría hablar café de por medio con ligereza y hasta con humor. Eso desconcierta mucho a la gente. Entonces, "si te reís de esto, no es tan grave". Bueno, algunas de las personas más positivas y vitalistas que conocí están muertas. Se mataron. Y eran un cago de risa, el alma de la fiesta, gente inteligente, con proyectos. No es que lloraban todo el día por los rincones. Los impulsos suicidas vinieron muchas veces después de momentos de felicidad muy intensos. Tuve algunas de mis peores crisis de angustia después de decisiones en extremo positivas y liberadoras. Esto no es una ciencia exacta. La salud mental no se reduce a un manual de psiquiatría, medicarse y salir andando, aunque eso y la terapia ayuden bastante. 

No te salvan los amigos ni la famila, ni la guita, ni una carrera, ni tener proyectos, ni los hijos, ni el éxito personal o profesional. No te salva tener todo lo que querés ni que los planes te salgan de taquito. En mi experiencia, lo peor que se puede hacer es obsesionarse con la cura, con estar bien, con un horizonte de certezas imposible, con tener todo bajo control. Quizá lo mejor ha sido generar una pequeñísima red de seguridad de personas que sí entienden, y abandonarme a ellas llegado el momento. Y tener en claro que controlo poco, muy poco de lo que me pasa. Que a veces es suficiente con ser capaz de discernir cuál de estas emociones que me agitan son reales y cuáles productos de una especie de alucinación maligna que me retiene anclada en el lugar azul y negro. 

Me corrijo: todo es real mientras sucede. Los efectos en mi cuerpo y en mi psique son absoluitamente reales. Lo que no es real es lo que sucede por fuera de ese momento. Soy amada. Doy amor. Estoy donde quiero, con quienes quiero. Las nubes dentro de mí eventualmente pasarán, como han pasado tantas otras veces, y volverán otras tantas. Tengo clara una sola cosa y a ella me aferro como un mantra: no soy mi trastorno, no soy mi dolor. Tengo depresión, no soy depresiva. Paso por una fase destructiva; no soy destrucción. No estoy loca, aunque tenga momentos fuera de mí que hagan que los demás me desconozcan por completo. Aunque sienta que efectivamente me pierdo en una Nada sin fondo.

No sé qué más se puede decir sobre el tema. Hoy no puedo decir más. Ya escribí tantas veces detrás de tantas máscaras. Intuyo que habrá otras. No soy esto aunque viva con esto, me repito. No soy única ni estoy sola, aunque en el instante sin tiempo de azul y negro sienta que no existe nadie más en el mundo, ni siquiera yo, que me fui y no sé ni cuándo vuelvo, ni si vuelvo. 




lunes, agosto 31, 2020

El mundo después de

Una de las cosas que más reflexiono en estos días (más bien, en este día-en-continuado que nos dejó la nueva normalidad) es la forma en que el ser humano se adapta a la vez que resiste a los cambios. Me resulta fascinante y abrumador. Cada alineamiento tiene sus propios discursos; más intentás evitar alinearte, más te enredás en ellos. 

En estos días (o en este loop de días, lo dicho: marzo ya se está convirtiendo en septiembre y nada parece haberse modificado, más allá de los indicadores de crecimiento mascotas-plantas-niños-ausencias) miramos muchas cosas por streaming. Dos series que nos debíamos hace rato, especialmente, me cautivan. "Years and Years" y "L'Effondrement" (El Colapso) parecen hablar directamente al homo videns de hoy. En su momento el impacto de la primera temporada de "Black Mirror" dejó la impresión de que una serie de distopías posibles ya se perfilaban más o menos inevitables, pero estas dos series avanzan un paso más: ya estamos viviendo en una realidad nueva, que mayormente ignoramos; la distopía está aquí, bajo nuestras propias narices, aunque intentemos hacer de cuenta que todo es perfectamente normal, igual que ayer, igual que hace cinco años, diez, veinte. 

Y no. El futuro está aquí. 

Los que transitamos cuatro décadas en cuarentena caemos en la cuenta, no sin escalofríos, que los niños del futuro distópico ya nacieron, están yendo a la escuela o trabajando en los campos, o mendigando en las calles, o languideciendo bajo las pantallas en este preciso momento. No es que la idea no hubiese cruzado por mi mente ya: soy la bisagra entre la genX y los milenials, nací en 1980, ya a los cinco años (pleno proyecto Guerra de las Galaxias de Reagan) sabía que no quería ser madre, algo en la estructura del mundo me espantaba. Siento una profunda conexión con todo lo que vive y he visto el vacío de la muerte (la no-existencia) en los ojos de quien no tiene nada que perder. Soy una niña del futuro que mis padres veían lejano. Ellos todavía viven y son lo suficientemente jóvenes para, quizá, ver con sus propios ojos ese futuro que creían que recién iban a vivir sus bisnietos, o sus tataranietos.

En sueños recurrentes me muevo en ciudades oscuras, donde todo es amenazador, buscando el refugio de una persona-casa conocida. A veces encuentro el camino, y también puede suceder que la casa esté tan habitada, tan desbordada de personas necesitando simultáneamente de mi persona-casa que termino expulsada, perdida, deambulando por calles que ya no conozco hasta que el paso del tiempo me deshumaniza por completo. No recuerdo quién soy ni de dónde vengo. He perdido el propósito, soy apenas un subhumano intentando vivir para ver un día, otro, que no llega nunca; un animal que trata de que no lo maten. Esa es mi distopia, si no les gusta tengo otras. No mucho mejores. El Hombre tal como lo conozco, perdido el marco cultural de una civilización que le ordene, es un ouroboros de salvajismo impredecible. 

Entonces, en estos días, en este día interminable, observo a todos. Los leo, los escucho, los miro por televisión, los cruzo en la cola de los cajeros automáticos o el almacén de la cuadra, caminan por mis veredas. Muchos son amigos, familiares y vecinos. A los extraños sólo puedo analizarlos desde lejos, teniendo siempre en cuenta que quizá no están diciendo lo que realmente sienten, lo que en verdad quieren decir. A veces la propia boca se abre para que hable otro, recuerdo. A cuántos estará acuciando en este preciso instante el salvaje que espera salir, el que sólo buscará salvarse junto a unos pocos de los suyos si todo esto sale mal, horriblemente mal. 

Esto: un mundo interrumpido por una pandemia, uno de los infinitos escenarios posibles que en la ciencia ficción toman forma apocalíptica, pero que en este caso desconcierta porque el tal cataclismo no se presenta así, como se lo esperaba. La pandemia no nos está diezmando. Todavía somos muchos. Todavía hay luz, agua potable, gas, internet, la cadena de suministros sigue en pie. No falta comida. Aún circulan saberes en distintos formatos. Los trabajadores del entretenimiento son considerados tan esenciales como los de la salud. 

Es sencillo, casi lógico, pensar que el mundo ha sido puesto en pausa y que los recursos de los que nos servimos con liberalidad son infinitos y no peligran, entonces hay una cotidianeidad a la que volver. Pasemos por esto rápido y volvamos a la normalidad, pensarán algunos. Otros estamos más bien intentando vivir en este nuevo encuadre, considerando la posibilidad no sólo de que esto no pase nunca, sino que tengamos que habituarnos a vivir así, en la permanente incertidumbre de una nueva pandemia, de un próximo cataclismo global que, disimulado por la engañosa continuidad de la circulación de bienes, saberes y servicios, vaya arrasando el tejido social como una termita subterránea y silenciosa que deja el colapso del edificio para el apoteótico final, cuando la estructura que parecía sólida se derrumbe de golpe. 

Siempre me consideré, y mis vínculos cercanos también, una persona optimista. La verdad es que no sé qué soy. Juego con alineamientos que no me representan porque en realidad nunca dejé de ser una niña del futuro boyando perdida entre todas las realidades alternativas que puedo imaginar. Son muchas, son infinitas. Algunas me alcanzan en sueños, he vivido para ver algunas de mis pesadillas infantiles hacerse realidad. Soy la puerta abierta del asombro, quiero y necesito ser testigo. 

Entonces, ¿soy fatalista? ¿soy apocalíptica? ¿soy Casandra, Juan el Bautista gritando en el desierto, José, Daniel en el foso de los leones, el hombre renacentista perdido en un poblado al que no llegan las noticias y que inventa todo lo que ya fue inventado? No. Soy una mujer ignota en una ciudad pequeñita al sur del mapamundi, una ciudad que será barrida del mapa más tarde o más temprano, sin importar que sea a causa de la deriva geológica del planeta o la mano del hombre. Mi apuesta es a este futuro inmediato del día presente, donde todavía puedo hacer brotar plantas de la tierra, criar animales, amasar el pan, cuidar unos pocos afectos refulgentes que hacen la existencia más llevadera. Lo único que puedo hacer es intentar comprender y en el proceso de mi propia, mínima vida, dejar la huella de devastación más pequeña posible. 

Mirar al corazón del mundo y de los hombres sin filtros ni máscaras, qué tarea difícil. Es lo primero que nos sacan los titiriteros de lo que algunos llaman el Orden Mundial, el Sistema. Es mucha la energía que pongo en tratar de atravesar esos velos sin convertirme en una demente o una conspiranoica. La compenso tomando energía de una belleza descomunal que es parte de todo lo que nos rodea, que nos trasciende como especie y que es de lo más injustamente ignorado por una Humanidad antropocéntrica que adora a los Santos Estoicos del Lucro y piensa que puede salvarse por sus propios medios. 

miércoles, junio 10, 2020

Carta a Marius / 3



Podría decirse que a nuestra peculiar manera de estar en el mundo le faltaba una pandemia. Lo último que escribí omitía la amenaza en ciernes, nada de lo que se lee allí habla de lo que estamos viviendo ahora. ¿Te acordás cuando discutíamos esa manía que tengo de no usar la primera persona del plural aún cuando te incluyo? Todavía me cuesta no ser elíptica, especialmente aquí, especialmente ahora, robando minutos a la madrugada en tu computadora, bajo la luz tenue de la linterna del celular, después de que nos despertó el negro Zucchini ladrando sus reclamos bajo la ventana. No quiero que ni los perros sepan que estoy levantada escribiendo esta carta. Quiero y no quiero que estas palabras hablen de nosotros. Seguir siendo el secreto mejor guardado, que crean que nos conocen, reír mientras imaginamos las caras de los queridos extraños si pudiesen escuchar nuestras charlas, si pudiesen ver la forma en la que somos cuando estamos solos. Cuando la oscuridad se apodera de mí, boca abajo, más vacía que cero, invisible vienes a mí en silencio. Pasaron muchos años y pasarán muchos más y seguiremos preocupándonos por las mismas cosas: si uno durmió poco, si al otro le duele algo, cuánto falta para todo lo que falta, cómo asir la pequeña dicha cotidiana sin inmovilizarla. Algunas personas piensan que soy algo; me diste eso, lo sé. Pero siempre me siento una Nada cuando estoy sola en la oscuridad. Después de todo, ¿cuál es la fórmula de lo imposible? Son estos minutos robados a lo cotidiano, las excepciones disruptivas, el espacio entre nosotros donde uno sólo puede navegar a ciegas, confiando en que está todo bien. Son las diferencias respetadas a rajatabla y las libertades inclaudicables. Podrías seguir viviendo a mil kilómetros de distancia y aún así tendría un hilo de plata enredado en el dedo pulsando cada hora de cada día. Es el interés profundo, genuino y compartido. Es la rutina sin rutina y las listas no escritas, los kilómetros y las horas. Esto que sucede, aquí y ahora: otra primera vez en un trayecto generoso en primeras veces. Proporcionas el alma, la chispa que me impulsa y me hace algo más que carne y huesos. Ya se adivina el amanecer y tengo que salir de esta ciudadela. Todas las veces, invariablemente, es la necesidad lo que me impulsa a salir. Y la única razón por la que me rindo a esa necesidad es la certeza del camino de regreso. Volver aquí, volver a vos.
En momentos como éstos, cualquier tonto puede ver tu amor dentro de mí.

martes, marzo 10, 2020

Biografía

En pocos días cumplo cuarenta años. 
Los cumplo en la misma ciudad en la que nací, también en medio de una ola de calor. Ni la ciudad ni yo somos las mismas después de veinte años, el tiempo que estuve fuera. Tuve y tengo una familia enorme, en la que la natalidad compensa ampliamente la mortalidad. 
Crecí entre la ciudad-pueblo, el campo y el río. El mar del Uruguay durante 15 días en enero, de los 4 años hasta los 19. Jugando con los vecinitos del barrio, con los primos y los compañeros del colegio. Fui una de las primeras promociones mixtas de un colegio de orientación católica en el que hice toda mi educación formal. Fui, también, bastante religiosa hasta la adolescencia; catequesis, primera comunión, confimación, acción católica. Mientras mis hermanos destacaban en gimnasia, yo me dedicaba a los talleres de escritura, canto y teatro. He sido una especie de nerd, una esponja de saberes inútiles, una máquina de desear conocer el mundo. Tengo oído casi absoluto y una facilidad para la música y los idiomas que jamás exploté debidamente.
Tuve un par de novios. Pude irme a estudiar a la universidad. Me casé; mi familia ensamblada comprende actualmente varias geografías. Igual que los amigos. No tengo hijos ni me interesa tenerlos. Escribo casi todos los días desde los cinco años, aunque tuve un par de paradas largas en tiempos de mucho movimiento y cambios, las sufrí muchísimo. Lucho con mi propia cabeza desde que nací al raciocinio. A veces me venzo, muy pocas. Hice terapia, fui al psiquiatra. Viajé por muchos lugares del país, por placer y por trabajo. Tengo amigos en todas las ciudades que conocí.
Soy perezosa para los deportes (en realidad cualquier cosa que implique un reglamento, incluso los juegos de mesa, pierde mi atención al poco rato) pero muy activa en general. Paradójicamente, me encanta leer y podría pasar horas leyendo también. Este es uno de los conflictos más viejos de mi vida. Necesito tener tiempo para escribir y leer, sin dejar de hacer cosas con el cuerpo. Me gusta sobre todo dar largas caminatas al aire libre, con cualquier clima, especialmente en lugar agreste. Me encanta cocinar y comer; podría escribir durante horas sobre mi intensa relación con el alimento.
No me recibí de lo único que estudié. Soy bastante cobarde y vaga para ejercer las pocas actividades que podría basadas en la profesión que elegí en su momento. Supongo que siento que no lo merezco. Que ya a esta altura intentar en este rubro es tirar esfuerzo, que no voy a poder. Desde que entré al mercado laboral siento que estoy allí de prestado, haciendo lo que puedo para sobrevivir bajo cualquier condición que quieran ponerme. Doy mil vueltas para pedir licencia, vacaciones, días por médico. Sigo estando última a la fila de mis propias prioridades.
Tengo problemas crónicos de espalda, sobrepeso, ansiedades varias. Duermo a veces bien y a veces mal. El cuerpo se desmorona pieza a pieza. Esto entraña cosas positivas también: he hecho mucho de lo que siempre quise hacer, de la forma en que quise; el cuerpo es testimonio. Sigo provocando miradas en la calle pero ya no me miran dos veces ni me gritan cosas. Soñaba con este momento. Siempre quise ser invisible para los extraños.
Me gusta decir que en los nueve alineamientos soy caótica buena. O al menos lo intento. Elegí una forma de vida que resulta difícil y desgastante porque combina una necesidad extrema de libertad con un esquema rígido de rituales para encajar en el mundo (no podría haber durado en ningún trabajo o institución formal, si no). En definitiva: todo lo que hago se orienta a tener cada vez menos y conservar lo fundamental, mientras procuro mantenerme fiel a esa parte que llamamos nuestra naturaleza.
Vivo en una casa que es casi exactamente la que siempre imaginé. Planta baja, tres ambientes, una galería, un patio inmenso. Vivo con animales y cultivo cosas. Todos los días despierto inundada de un sentimiento de gratitud que me impulsa a salir de la cama con alegría, aunque el día y sus devenires me vayan amargando a veces. Es el lugar al que siempre quiero volver, no sólo porque es un hermoso lugar sino porque todo lo que amo está allí.
Tuve y tengo muchos amores, pero hace trece años y medio comparto mi vida con uno que es, además, un hogar en sí mismo. Un árbol-casa. Mi contraparte, la voz de la conciencia, una persona que es muchas personas y muchas vidas en una sola. Alguien que debate, discute y sabe cuándo dar la razón sin condescender. Alguien que no acepta un "no quiero pensar", que me obliga a ser honesta conmigo misma aunque eso le juegue en contra.
Este módico balance excluye un montón de cosas que me han configurado desde la adolescencia, pero es adrede. Pude y puedo mantener una privacidad privilegiada (cuando no un secreto hermético) en todo lo que atañe a mi intimidad y lo que me ilumina la existencia, que es mi vida de puertas adentro. La que discurre tras bambalinas, en mis ámbitos personales o directamente dentro de mi cabeza. A veces me agarran ganas de escribir algo, cualquier cosa, y entonces vengo (vuelvo) al blog y salen mis estados anímicos o las listas de cosas que pasan por mi cabeza como el código de un programador o el entramado de fibras de una tejedora del NOA. Así funciono, hija mestiza de las eras analógica y digital. Estoy cableada al mundo a través de lo que conozco, parte insignificante de un Todo muy grande que no va a sufrir cuando falte. Así me pienso cuando pienso en vuelapluma. Sin editar, sin cuidar formas, apenas escondiendo algo de información para seguir partida entre lo concreto y el misterio. 

martes, febrero 04, 2020

Una casa con diez pinos

Hay una imagen que se repite a lo largo de los años. En el sueño y la vigilia, en las fantasías y la modesta cristalización de los viajes cada vez más espaciados, cada vez más breves. Una eventualidad accidental.
Nací en el litoral argentino, en un lugar donde hay seis meses anuales de calor mayormente húmedo y seis meses de un invierno subtropical que a gatas constituye un alivio. Nací sufriendo el calor y quizá por eso quedé subyugada a muy corta edad por los paisajes de bosques y nieve que veía en los posters del negocio de mis abuelos y las fotos de los atlas. El mar, de momento, lo tenía asociado a localidades balnearias y no lo registraba como destino de fuga, mucho menos para el verano.
Recién conocí la nieve a los veintisiete años, paradójicamente en Buenos Aires. Antes de eso, un garrotillo helado en la cumbre del cerro Catedral, cuando fui de viaje de egresada a Bariloche, y otro en Sierra de la Ventana.
Entre mi primer viaje y el segundo a la Patagonia (lo más parecido que hay en Argentina a un lugar donde me gustaría morir ya vieja) pasaron catorce años. Cada vez que pude ir confirmé ese amor extraño por la aridez y el frío, por los paisajes que en los días grises parecen difuminados, asordinados por el silencio y cuando hay sol tienen una nitidez y definición que elevan todos los sentidos.




No sé hasta qué punto los deseos de la infancia mutan en otras cosas cuando crecemos. A mí ese deseo de vivir en comunión, o al menos muy cerca de la naturaleza y del silencio, se me volvió una urgencia, más acuciante cuanto más crecía. Otros deseos, como recorrer el mundo y conocer todos los países, mutaron en el más modesto "visitar muchas áreas naturales protegidas e interactuar con la menor cantidad de personas posible". (Igual no descarto ninguno; en mi cabeza moldeada por London y Verne todavía resiste la fantasía de vivir todas las vidas que sea capaz de pensar).
Hoy vivo en una casita un poco más pequeña que el último departamento de la etapa de Buenos Aires, pero con galería y un patio que duplica los metros cubiertos. Un terreno cuyo césped mantenemos puntillosamente y en el que comenzamos a cultivar nuestras propias verduras, todo tipo de plantas y flores. Tímidamente, a los tropíezos: él va adelante y yo le sigo. Nos han regalado cuatro árboles y la promesa de algunos más. Vivimos con dos perros, aún cachorros, y un gato. Todo es difícil e insume tiempo: combatir algunos insectos y otros no, entrenar a los animales y sociabilizarlos, no perder el hilo de los pagos mientras vigilamos el ciclo de cultivos, mantener lo que hay mientras procuramos lo que vendrá.
Pasar de un departamento a una casa después de no vivir en una durante la mitad de mi vida es un desafío que a veces me desborda. A veces también pienso que nací para eso, para una casa con enorme jardín, bastante desordenada, sin mucho espacio de guardado y donde siempre hay algo fuera de lugar o apilado donde no debería. Hay días que estoy inenarrablemente cansada y días en que no logro conciliar el sueño por el envuelte y la expectativa de lo que vendrá.
Digo que no sé hasta qué punto, pero sí que el deseo puede mutar en otra cosa, porque es tan fluido como el tiempo y sujeto a los mismos imprevistos. Para preservar la llama de ese deseo hemos sido capaces de sacrificios enormes. Hemos llegado a sentir que la llamita apenas cabía en el cuenco de una mano y que podía apagarse en cualquier momento, incapaz de resistir la brisita tenue de una nueva geografía. La cubrimos con el cuerpo y con el alma hasta quemarnos en ella. Cuando no hay combustible suficiente para que el deseo arda, o lo dejás morir o lo alimentás con tu cuerpo. Eso aprendí del quemador compulsivo de puentes.
Así las cosas, no tengo la casa que soñaba cuando me veía en el Sur. En algún momento del tiempo, que es continuo y puede perfectamente ser alterado por la muerte (mi muerte), quizá haya una Agus más añosa que ya está cuidando otros árboles, otro huerto, otros animales, en esas latitudes donde los seres humanos no se amontonan ni hablan a los gritos de vereda a vereda, donde hay que desplazarse algunos kilómetros para proveerse de lo esencial y saber un poco de todo para no quedar desvalido en mitad de una ventisca. Entre tanto, en el aquí y ahora, tengo esta casa que jamás imaginé habitar (en otro momento de ese tiempo fluido la visité, cuando vivían allí otras personas y la disposición de los cuartos estaba al revés). Sin coníferas, sin perros Terranova, sin montañas y sin lagos. Sólo un colchón de césped verde, la promesa de unos árboles, enredaderas con "trompetitas" de color azul y rojo, una huerta y unos animales que aprendo a cuidar a fuerza de pruebas y error, el río a un kilómetro, el canto de cientos de pájaros.
Esa casa que ahora es nuestra casa ya era así cuando entramos por primera vez, todavía llena de albañiles, el patio un cementerio de escombros y bolsas de basura viejas, el césped raleado, la medianera hecha de tejido vencido sin resguardo alguno. Pusimos un pie allí y todo empezó a florecer, a crecer, a alinearse. Como Howl cuando reagrupa y rearma su castillo gracias a la magia de su corazón-fuego-estrella. Esta casa es, en un tiempo más, varios canteros y arcos cargados de vegetación. Esta casa es el jardín del gigante, con un muro que nos separa de la vista de los curiosos y toda una vida palpitante hacia el fondo, en días de luz y de sombras. Un remanso, una ciudadela. El mejor lugar para vivir.
Aquí y ahora. 

jueves, noviembre 14, 2019

Sobre la prescindencia

Que he sido hiperlúcida desde la infancia no tengo ya dudas. Sin esforzarme, puedo rescatar recuerdos vívidos que se remontan al año y medio, dos años, dos y medio de edad. Con todo lo selectiva que sabe ser la memoria, hay momentos grabados en ella con la nitidez de películas multisensoriales; hasta los olores sobrevivieron. El nacimiento de mis hermanos menores, la caca contra mi piel en el pañal de tela, el incendio de mi primera torta de cumpleaños (un carrusel de papel barrilete que apagaron a los manotazos en el patio de los abuelos), la brasa de un cigarrillo en mi brazo, la vez que una compañerita de jardín me dijo "ya no soy más tu amiga", las primeras palabras aprendidas con un juego de letras de molde, el olor de las estufas a querosén, las primeras pesadillas que me arrancaban de la cama, una caminata nocturna atravesando el patio para dormir con la Tiatá. Y apenas menciono la mitad de lo que me viene a la cabeza antes de cumplir los cinco años. 
Esa especie de hiperlucidez abarcó también la comprensión rápida del dolor, su sinrazón, la imposibilidad de los adultos de lidiar con ella. Y si ellos no podían, ¿cómo iba a poder yo? Pude, de alguna forma, creando una serie de sistemas más o menos intercambiables de analgesia. Aislarme del mundo desenfocándolo, extraerme del momento como si abandonara el cuerpo para no escuchar gritos ni llantos, escamotear todo lo que pudiera de mi ser físico y psíquico a las olas de tensión y violencia domésticas. 
Estaba y no estaba allí. Algo fascinante de ver, según mis mayores: una niña tan notable por su apariencia tratando de volverse invisible, la boca entreabierta, la mirada perdida, a veces hecha bolita en un rincón.  
El mundo me enloquecía, tan lleno de estímulos, tan cruento y hostil, tan maravilloso que podía pasar de un momento de euforia rayano en el éxtasis al llanto más angustioso. Yo era, siempre he sido, un animal emocional. Cada instante me atraviesa como un rayo. Tuve que aprender a no estar ahí para ser atravesada, a disposición del momento, permeable, hipersensible.   
Cuando adolescente empecé a tomar distancia física, además de emocional. Me habían sacado la costumbre de desenfocar (ausentarme) a fuerza de sugestión. Te vas a quedar ciega. Te va a hacer mal. Te va a llevar el bobero. Te vas a volver loca. Adopté la costumbre de la fuga, salir de escena. Caminaba, subía a la bicicleta, me iba a lugares donde podía estar sola y monologar en voz alta. A veces parecía estar muy bien y cómoda en un lugar, hablando con todos sin problemas, y de repente desaparecía sin decirle a nadie. Salía al patio con los perros o arrancaba a caminar, no importaba la hora, no importaba el peligro real o imaginario. 
Era un llamado, la soledad. La libertad como entelequia, ya que no puedo ser libre de los demás, ya que no puedo ser impermeable... me voy. De los escenarios y de las personas. Quería excluirme de mis propias emociones, una caja de Pandora que se había abierto muy temprano y no conseguía controlar (como ingenuamente pensaba que sí podía controlar otras cosas).
Me desdoblé en una intensa vida de fantasía donde hartarme del contacto humano sin consecuencia alguna, mientras en el plano de lo real una Agus de reacciones estudiadas limitaba ese contacto y sólo liberaba emociones cuando había un indicio probado de reciprocidad en el otro. Del sufrimiento psíquico que ocasionó amoldarme a la expectativa de esos otros emergieron las víctimas de lo que llamaba mi amor extraño.  Una forma retorcida de relacionarse a través de máscaras, como una actriz que interpreta el papel que mejor se acomoda al partenaire de ocasión.
Así las cosas, muchos años después la prescindencia me resulta más natural que el apego. Pero soy humana, al fin y al cabo: no necesito y no extraño hasta que tengo cerca al objeto de afecto. Ahí se va todo a la mierda; me zambullo en cada segundo de su presencia y de su compañía. Me cuesta un huevo arrancarme. Y después, la prescindencia de nuevo. Como cauterizarse una amputación con hierro al rojo. 


(se cayó el login de medium y publico todo lo ñoño aquí, ahre que a nadie le importaba)