Hoy me tocó trabajar en la oficina. Domingo, sol y viento.
Tengo muchas ganas de volver a escribir. Aquí y en cualquier soporte posible.
Como de momento no hay mucho tiempo ni logro encontrar la forma correcta de articular varios temas que me dan vueltas en la cabeza, garabateo frases sueltas en libretas o en el teléfono. A veces grabo un audio que después se desarrollará hasta ser un verso (me aproximé bastante a la poesía en estos últimos años). Lo hago como un ejercicio, más que nada, para desentumecer el lenguaje que se anquilosó en el tiempo larguísimo que llevo de no usarlo. Alguna vez conté aquí que tengo una lengua secreta que sólo uso con una persona. Cuando no tengo cerca a esa persona y ese dialecto emerge, me siento como la ballena más solitaria del mundo. Cuando ya no haya nadie en este mundo que me comprenda, o yo misma no esté, nadie más hablará estas palabras. Seré el recuerdo de una lengua muerta.
Pero entre las divagaciones, los trabajos y los días, hay algo que sí conseguimos fructificar. En abril de 2023, pusimos en marcha Radio Forra. Un espacio de amor por la música donde cada tanto se cuelan los mensajes aleatorios de una entidad ficticia que abreva de nosotros. El Fender trabajó como solamente él sabe hacerlo, un galeote en un drakkar en medio del mar imprevisible. Con pocos o ningún medio, con los fierros viejos (una PC que lleva 15 años de actualizaciones, una consola de audio, un mother donado). Con un archivo propio, enorme y todavía creciente de la música que fuimos juntando en las dos décadas que llevamos de vida en común, más lo que traíamos con nosotros desde los seis o siete años de edad, nuestro despertar musical.
Perdimos la base de datos tres o cuatro veces. Nos tiraron abajo el sitio dos veces en tres semanas. Hubo que rehacer casi toda la artística y hubo algunas cosas que no quisimos rehacer. La anarquía también implica dejar que lo que se perdió se vaya sin dejar más huellas que la tradición oral del "¿te acordás?", para después caer en el olvido total. Como tantas cosas que existen en este mundo por un ratito y que se extinguen con el último individuo que puede recordarlas.
Tenemos muchas ganas de hacer infinidad de proyectos en esa radio, pero, al igual que con la escritura, otras búsquedas y necesidades vitales más urgentes toman el espacio de los días. No es que me queje. La articulación de secciones fijas semanal es buenísima, y también la rotación de los temas. Esa radio fue un milagro en un tiempo especialmente angustioso y triste. Porque la música salva, el arte ordena la mente y puede sanar el alma, pero cuando no tenés resto ni para eso, la radio es un espacio de resistencia y de compañía.
Alguien en algún lugar del mundo, un puntito pequeño en el mapa abigarrado de una internet cada vez más corruptible, armó el equivalente a una antena clavada en una papa y liberó toda la música que fue conociendo a lo largo de su vida. Entonces, a veces, alguien en Asia llega a una transmisión nocturna en Argentina y escucha algo que se llama Paraguayo. Un adolescente insomne en la península escandinava conoce y se enamora de la voz de una mujer nacida en Andalgalá a quien nunca va a ver en vivo. Proyectos independientes de Argentina tienen un lugar donde sonar varias veces al día, durante años.
Es un granito de arena en el mar, pero también un mensaje en una botella: no estamos solos, nos une el hilo intangible de la belleza compartida. Mensajes imperecederos en canciones cuyos creadores murieron hace muchísimos años se cruzan con la expresión inmediata de artistas muy jóvenes, que escriben y cantan sobre el tiempo que les toca vivir.
En la música hay biografía, creación, experimento, catarsis. De todas las lenguas que podría haber elegido aprender, me quedo con estas dos: la lengua secreta que llevo en mí desde que nací a la razón, y la música. Puede que nunca logre comunicarme fluidamente con notas o palabras propias en ese idioma, pero sí que lo entiendo, al igual que puede entenderlo casi cualquier persona en cualquier punto de este mundo. Eso es un poco el espíritu de Radio Forra. Si no podemos entendernos con la palabra, entendámonos con (en) música. Dejémonos envolver por ella. Cuando el silencio resulta demasiado abrumador y extrañamos el contacto de la mano amiga, no hay mejor compañía.