domingo, noviembre 01, 2026

Días de radio

Hoy me tocó trabajar en la oficina. Domingo, sol y viento. 

Tengo muchas ganas de volver a escribir. Aquí y en cualquier soporte posible. 

Como de momento no hay mucho tiempo ni logro encontrar la forma correcta de articular varios temas que me dan vueltas en la cabeza, garabateo frases sueltas en libretas o en el teléfono. A veces grabo un audio que después se desarrollará hasta ser un verso (me aproximé bastante a la poesía en estos últimos años). Lo hago como un ejercicio, más que nada, para desentumecer el lenguaje que se anquilosó en el tiempo larguísimo que llevo de no usarlo. Alguna vez conté aquí que tengo una lengua secreta que sólo uso con una persona. Cuando no tengo cerca a esa persona y ese dialecto emerge, me siento como la ballena más solitaria del mundo. Cuando ya no haya nadie en este mundo que me comprenda, o yo misma no esté, nadie más hablará estas palabras. Seré el recuerdo de una lengua muerta. 

Pero entre las divagaciones, los trabajos y los días, hay algo que sí conseguimos fructificar. En abril de 2023, pusimos en marcha Radio Forra. Un espacio de amor por la música donde cada tanto se cuelan los mensajes aleatorios de una entidad ficticia que abreva de nosotros. El Fender trabajó como solamente él sabe hacerlo, un galeote en un drakkar en medio del mar imprevisible. Con pocos o ningún medio, con los fierros viejos (una PC que lleva 15 años de actualizaciones, una consola de audio, un mother donado). Con un archivo propio, enorme y todavía creciente de la música que fuimos juntando en las dos décadas que llevamos de vida en común, más lo que traíamos con nosotros desde los seis o siete años de edad, nuestro despertar musical. 

Perdimos la base de datos tres o cuatro veces. Nos tiraron abajo el sitio dos veces en tres semanas. Hubo que rehacer casi toda la artística y hubo algunas cosas que no quisimos rehacer. La anarquía también implica dejar que lo que se perdió se vaya sin dejar más huellas que la tradición oral del "¿te acordás?", para después caer en el olvido total. Como tantas cosas que existen en este mundo por un ratito y que se extinguen con el último individuo que puede recordarlas. 

Tenemos muchas ganas de hacer infinidad de proyectos en esa radio, pero, al igual que con la escritura, otras búsquedas y necesidades vitales más urgentes toman el espacio de los días. No es que me queje. La articulación de secciones fijas semanal es buenísima, y también la rotación de los temas. Esa radio fue un milagro en un tiempo especialmente angustioso y triste. Porque la música salva, el arte ordena la mente y puede sanar el alma, pero cuando no tenés resto ni para eso, la radio es un espacio de resistencia y de compañía. 

Alguien en algún lugar del mundo, un puntito pequeño en el mapa abigarrado de una internet cada vez más corruptible, armó el equivalente a una antena clavada en una papa y liberó toda la música que fue conociendo a lo largo de su vida. Entonces, a veces, alguien en Asia llega a una transmisión nocturna en Argentina y escucha algo que se llama Paraguayo. Un adolescente insomne en la península escandinava conoce y se enamora de la voz de una mujer nacida en Andalgalá a quien nunca va a ver en vivo. Proyectos independientes de Argentina tienen un lugar donde sonar varias veces al día, durante años. 

Es un granito de arena en el mar, pero también un mensaje en una botella: no estamos solos, nos une el hilo intangible de la belleza compartida. Mensajes imperecederos en canciones cuyos creadores murieron hace muchísimos años se cruzan con la expresión inmediata de artistas muy jóvenes, que escriben y cantan sobre el tiempo que les toca vivir. 

En la música hay biografía, creación, experimento, catarsis. De todas las lenguas que podría haber elegido aprender, me quedo con estas dos: la lengua secreta que llevo en mí desde que nací a la razón, y la música. Puede que nunca logre comunicarme fluidamente con notas o palabras propias en ese idioma, pero sí que lo entiendo, al igual que puede entenderlo casi cualquier persona en cualquier punto de este mundo. Eso es un poco el espíritu de Radio Forra. Si no podemos entendernos con la palabra, entendámonos con (en) música. Dejémonos envolver por ella. Cuando el silencio resulta demasiado abrumador y extrañamos el contacto de la mano amiga, no hay mejor compañía. 

domingo, julio 26, 2026

Los trabajos y los días

Hace varios días le doy vueltas en mi cabeza a mi imposibilidad de definir por qué cuantas más cosas circulan por mi vida, menos puedo bajar la experiencia a papel. Esto, hace quince o veinte años atrás (vamos! hace diez, quizá, también) no me pasaba. Las palabras son mi refugio y la forma en que puedo comprender el mundo, darle sentido, transitar los duelos. 
Éstoy atravesando muchos cambios físicos y mentales (la mediana edad trae esas cosas) y en ese proceso se escurren unas cuantas babosidades por las fisuras. Me siento torpe, embrutecida, retrogradada a una etapa pre-lenguaje. En una necesidad primitiva y permanente de escapar de un superyo que nunca antes hizo tanto esfuerzo por constreñirme. Mi núcleo magmático pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pero hasta cuándo. Asisto arrobada al progresivo afinamiento del hilo que me sujeta a la ilusión de la cordura. Disociarse nunca fue tan fácil como ahora, que voy perdiendo pudor e inhibiciones. 
Murió mi abuela, una de las personas más importantes de mi vida, y el ritmo de la vida me llevó lejos de ese duelo, poniéndolo en pausa junto con muchas otras cosas que siempre pensé me eran fundamentales y a las que tampoco puedo acceder en este momento. 
Tengo un trabajo; en un país que se cae a pedazos tengo un trabajo y un techo, una familia y salud, algunas amistades que todavía resisten incluso cuando ya no puedo darles nada (ni tiempo, ni cosas materiales). Tengo un trabajo, repito como un mantra, aunque quizá ese trabajo me tenga a mí capturada en un metro cuadrado, la mandíbula apretada en una sonrisa que rara vez llega a los ojos. 
Todo alrededor se desmigaja como una ciudad de zona de guerra bombardeada y me resulta ridículo que haya tantas personas que no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta. La ciudad, la provincia, la nación están pasando una de las peores oleadas de suicidio, muertes y episodios graves de salud de las que tengo memoria. Asistimos a eso a diario, nos horrorizamos y eventualmente nos insensibilizamos para seguir. El 1 de mayo mataron a C. en una rotonda en Gualeguay. Seis meses antes habíamos cruzado caminos por primera vez. Teníamos casi la misma edad; ella ya no cumplirá más años por la decisión unilateral de un tipo que juzgó que su vida no valía nada. Poco después, F saltó apresurada a su propia muerte. B. tuvo un ACV siendo muy joven. La Pelu tuvo un pequeño accidente en su casa y eventualmente se vino abajo, apagándose despacio hasta que no quedó nada de ella. Todas estas cosas no me pasaron. Les pasaron a otras personas, y aún así afectaron toda mi relación con el mundo. 
Lo he dicho hasta el cansancio, lo repetiré (al decir de Heathcliff) hasta que se entumezca la lengua: mi forma de habitar la realidad está fuertemente mediada por la curiosidad, el asombro y, sobre todo, la ira. La ira es algo tan constitutivo, tan fuerte, que el trabajo sobre el superyo hubo de ser mucho más fuerte. El dique para contener esas emociones que se ramificaban dentro mío como una infección fue levantado y reforzado a golpes de represión, humillación, indiferencia y castigos más o menos sutiles. Primero por los demás, casi enseguida por mí misma, porque no podía soportar no ser lo suficientemente buena.  
Las conmociones del entorno, como placas tectónicas que se solapan de golpe, envían su energía concentrada en ondas hacia este dique. Golpeado y reforzado mil veces, modificado para poder reencauzar los excesos volcánicos de un loco corazón, empieza a mostrar fatiga del material. Hace relativamente poco (y quizá un poco tarde) empecé a pedir ayuda de forma más concreta. Empecé a intentar modificar lo que él llama mi relación particular con la verdad. Desafiado en su complejo de autosuficiencia, el Superyo me psicopatea con que cada vez puedo menos cosas, con que cada vez dependo más del afuera, de los demás. 
Bueno, al menos tenés un trabajo. Bueno, al menos tenés una pareja. Bueno, al menos tenés una red de seguridad, y amor, y un techo. Al menos todavía te funciona el modo supervivencia. Sí, claro que sí. Lo veo, me doy cuenta. Lo sé bien. En un mundo cada vez más desigual, con el tejido social en estado terminal de decadencia, todavía puedo decir que tengo con qué sostener el modo de supervivencia. Tal vez, incluso, algún día pueda trascenderlo. Pero: Ya no soy joven. Ya hay demasiadas cosas que sé que he hecho y vivido por última vez. Ya están puestas en marcha las fuerzas tectónicas que van a desintegrarme. Y por mucho que me haya endurecido o curtido, sigo siendo la niña que mira con asombro, curiosidad y rabia la forma en que el mundo se transforma, indiferente a las cientos de miles de muertes diarias, a los corazones rotos, las infancias truncadas, los sueños olvidados. 
Paso un duelo que es todos los duelos, en un continuo espaciotemporal que no es lineal. Todas mis Yo (las que fui, soy y seré) ríen o lloran en un mismo y diferente punto de su historia. 
Ahí está la rara de nuevo. Por favor, no seas tan rara. Por favor, por favor no seas tan rara. 

domingo, octubre 26, 2025

Contra la derrota

Domingo electoral. Trabajamos todo el día para cumplir con el último pedido del emprendimiento que tuvimos que sepultar porque no había forma de sostenerlo. Nos cansamos el día en que debíamos haber podido descansar, pero esto no es más que la realidad de nuestras vidas desde hace muchos años. Cansa pero no llena, como dice él, que en todo este tiempo tuvo mil ocasiones de romperse y no lo hizo. 

Yo lo miro en silencio. El fuego que arde en él se parece tanto al mío, pero lo canaliza mejor. Dice que está curtido, que es por eso, pero yo sé que se prendió fuego mil veces y que alguna de esas veces apenas pudo agarrar algo sano de entre las cenizas para poder seguir. 

Al lado suyo me siento bastante enclenque, torpe, poco lúcida. No sé si queda algo en mí de la mujer que lo enamoró. Quisiera creer que sí, pero estoy en uno de esos días, o en uno de esos años, o en uno de esos lustros en que siento que lo que me hacía ser yo está sepultado bajo muchísimas capas de algo que hace una presión monstruosa. Y ya perdí la ingenuidad que me hacía creer que de esa presión iba a salir algo bueno. 

No todo está perdido, sin embargo. Tengo algo de salud todavía, algo de brillo en los ojos, algo de fuerza en el alma. El entorno no ayuda. Me cuesta mucho hacerle entender a los que dicen quererme que la tristeza existencial que me agobia es algo que no se va a ir aunque el dinero ya no sea un problema y tenga, por decir algo, la vida resuelta.  No se va a ir porque siempre estuvo en mí, y simplemente ya estoy demasiado grande y cansada para sostener esa piadosa mentira, erguida como un seto vivo, con la que los separaba de esto que soy. 

Mañana será otro día. Hoy me voy a refugiar en lo que nos hace bien: esta casa que es un remanso lleno de amor, los gestos y las palabras que siempre llegaron al rescate, como estas de la Jime Arnolfi, que tuve el inmenso honor de leer en la presentación de su libro hace dos viernes.  



CONDUCTA


Hay momentos en los que pierdo voluntad,

me sostengo la cara sin saber qué hacer.


Cada poema es un corte de manga a la muerte.


Cuando escribo remonto el pájaro que canta

pero me lamo las heridas como un perro.

Me refuerzo, me remiendo, me emparcho.


Es todo cuanto hoy puedo decir.

Que las palabras revienten entre mis dientes.

 

jueves, agosto 21, 2025

El ritmo de la vida me parece mal

Cada tanto, entro en guerra con mi propio cuerpo. Esta es una de esas épocas. Nos toleramos porque nos necesitamos mutuamente, pero al mismo tiempo nos bufamos como gatos enojados. Me desconozco, una vez más, en este cuerpo que se inhabilita, que cada tanto tira una alarma de "precaución: ya no sos tan joven", que a gatas tolera un poquito de alcohol, que expulsa los hidratos de carbono refinados con violencia, que ya no responde al ejercicio como antes. Lo visto a desgana, lo mimo con esmero por la mañana y por las noches a fuerza de estiramientos, exfoliaciones y masajes con cremas de árnica y aloe vera. Lo protejo de los mosquitos, del sol, de la pintura, pero nunca le alcanza nada al cuerpo tirano, recipiente de un cerebro desbordado de inquietudes y de estrés. 

Pienso: encima, no soy de las personas que tienen más preocupaciones en este momento. ¿Cómo hacen los que no tienen la contención de una manada amorosa, de un trabajo que habilita obra social, del relativo alivio de no tener que pensar en un techo o qué vamos a comer mañana? (Bueno, hay que aclarar que esta última cuestión está cambiando drásticamente en las últimas semanas). Entonces, intento más que nunca ser agradecida, ir al trabajo con una sonrisa por más que hace tres años tengo el sueldo congelado mientras la inflación se dispara, obligándome a malabares desesperados que nunca tuve que hacer en lo que llevo de vida (tres crisis económicas en el transcurso de cuarenta y cinco años) para que podamos sobrevivir. 

Y siempre, siempre la sábana corta. Cada vez más corta. 

Me estoy quedando sin refugios. Internet ya no es lo que solía ser cuando empecé a disfrutarla, allá por el '98. El algoritmo manda y los demás bailan(mos). Estamos perdiendo la salud mental, y al menos a tres o cuatro generaciones a manos de la gratificación instantánea, del doomscrolling, de la brevedad tiktokera. La IA y las fake news borran definitivamente la línea entre ficción y realidad. Todo es la posverdad de la posverdad, es decir: simulación, mentira. Nada es realmente divertido o disfrutable cuando te meten veinte publicidades por minuto, veinte recomendaciones que no te interesan y no pediste. Ahogadas por el sobreestímulo, se mueren la curiosidad y la capacidad de asombro. 

También siento que me estoy muriendo en cuotas. Leía hace poquito a una persona duelar por su capacidad de disfrute creativo mermado, el tiempo que antes dedicaba a la música irremediablemente postergado por una actividad que es igualmente ardua y gratificante, y si se quiere muchísimo más trascendente en términos vitales. Pero ¿desde cuándo la vida se volvió elegir vaciarnos de todo lo que nos hacía humanos para poder sobrevivir como sujetos productivos y de consumo en este mundo cada vez más desigual y frenético?

También se muere el capitalismo, con todos nosotros adentro. Todo sistema monstruoso, entendiendo por "monstruoso" una figura análoga a la de Cronos devorando a sus hijos, está condenado a desaparecer. La lenta, pesada, espantosa y criminal decadencia de este sistema en el que vivimos se está comiendo vivas a miles de personas hermosas y brillantes que nunca van a conocer todo su potencial simplemente porque pasan cientos de horas al año pendientes de lo que les muestra un dispositivo, atentos a mandatos que bajan de pedestales invisibles, adorando al dios Mercado que promete siempre festines de los que a gatas se reciben migas. 

Contra todo lo que digan los gurúes de la buena vida, de la positividad instagramera, del cinismo twitcher, del voyeurismo youtuber, el único tiempo vital fundamental es el tiempo del ocio, del aburrimiento, de la desconexión, de las ocupaciones que nos han hecho creer improductivas: leer, escribir, escuchar música. Poner las manos en acción: en la cocina, en el jardín, sobre la mesa de trabajo. Aprender oficios perdidos, saber hacer cosas porque sí. Pegar un botón, arreglar lo roto. Optimizar lo que hay, no porque no haya otra opción: porque es lo que deberíamos hacer todos para que haya menos basura en el planeta, para no seguir engordando a los bacanes de la obsolescencia programada. 

En esta cultura de lo descartable, de lo playito y lo efímero, mi cuerpo me es más desconocido que nunca. Más cuanto más me afianzo en él, en sus malestares perimenopáusicos, en su decadencia embriagadora. Más y más el mundo me hace saber que sólo hay una forma de envejecer y que no es la que yo tenía en mente, sino una en la que parezca que no me pasa el tiempo. 

No tengo esa presión sobre mí, y aún así el cuerpo me resulta extraño, mi mente agotada desconoce los caminos mil veces transitados que terminaban en este momento, el simple instante de sentarme frente a la hoja en blanco y escribir, escribir, escribir. Oficio que casi no ejerzo ya, pero que extraño cada día y al que casi no puedo dedicarme porque la inercia de la vida del superviviente se lleva puesto todo mi esfuerzo, todo mi tiempo. 

Tengo que irme a dormir porque mañana es otro día de lidiar con el trabajo que desgasta, las incertidumbres del futuro, el miedo a no poder con todo, a no llegar, a no cumplir, a no poder verbalizar, a volverme loca, a no ser suficiente. Y en el medio, tener que justificar a cada paso que igual estoy bien así. Taradísima, deprimida, cansada, hinchada, pesada, harta, pobre. Pero dueña de mí misma, indiscutidamente, porque todavía no entrego el último bastión de subjetividad al dios que todos adoran. Porque sigo acá, invisible excepto para el que quiera ver y escuchar algo disruptivo. Porque aunque falle miles de veces, tropiece cientos de miles, no voy a rendir mi fuerza a una exigencia ajena. 

Bailo a mi ritmo, por ahora un poco menos de lo que quisiera, con la esperanza de hacerlo cada día un poco más hasta equilibrar la partida. No tengo que ganarme nada en este mundo. Mi lugar en él está claro, y lo tomo día a día. La máquina cruje, quiere triturarme, uniformarme. Le hago creer que puede conmigo, pero no va a poder. 

Nunca pudo.


jueves, marzo 21, 2024

Equinocsia strikes back

 Hoy cumplo cuarenta y cuatro años; soy, hace rato, una persona que está en la mitad de su expectativa vital proyectada. 

Honestamente, no pensaba vivir tanto y sin embargo, aquí estoy. Siempre con una mejor estrella de la que merezco, y con una peor de la que tendría si me gustase más trabajar por el elusivo éxito. Al fin y al cabo, un temperamento inquieto que entraña demasiados intereses, resulta excesivo para una sola vida y un solo cuerpo. 

Creo que "inquietud" es la palabra que mejor me define, porque casi no sé quedarme quieta, estar tranquila, despreocuparme (aunque a esto me sale mejor simularlo que muchas otras cosas). Por supuesto, no seré yo misma quien me defina al final de todas las cosas.

Estoy intentando volver a escribir, aunque claramente nunca dejo del todo. El empuje que años atrás dedicaba a eso pasó a otras cuestiones. Extraño perderme en otros mundos, la disociación total de estar en este y aquél lado. No sé cómo podría manejarlo ahora que hay tantas variables, tantas bolas en el aire.

Hace cinco años empecé a convivir con animales, un deseo larguísimamente postergado, y eso se lleva mucha energía y atención que, por cierto, tampoco quiero poner en otro lado. Intento ser constante en el proyecto que elegí, ya que no me sale la constancia en nada más. He sabido sostener el último trabajo que tuve en los últimos quince años, si bien siempre le sobrevuela la incertidumbre. Como le decía hace poco a un amigo, de alguna forma conseguí encontrarme en el trabajo que hago y ahora es también un canal para quien soy.

Me cuesta asimilar la edad que tengo. No porque esté negada ni mucho menos: una de las cosas sobre las que más he escrito en este blog y en los otros es el devenir del tiempo sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros recuerdos, sentimientos, impresiones y pulsiones humanas. Pero sucede que más allá de los cimbronazos de salud o de la decadencia objetiva de esta cáscara pasajera, siento que la potencia de mi espíritu sigue inquebrantable. Hay un tipo de energía que no mengua ni se pone en pausa. Simplemente, se redirecciona. 

Tengo los mismos deseos, apetitos y aficiones que tuve siempre. Mejor disimulados, más atemperados por la experiencia. Nunca fui paciente, pero me hice paciente. No tengo paz interior, pero he sabido cultivarla para brindársela a otros. Hay poquísimas cosas que me den miedo: ninguna de las que pretenden imponerme de afuera. Sigo siendo inmune a venenos. Sigo experimentando un ridículo optimismo, pero puedo explicar de dónde me viene y por qué se impone a cualquier sensación de desesperanza. 

Sigo pendulando, hundiéndome en la mierda, cayendo en inevitables baches de tristeza que no parecen tener que ver con nada de lo que pasa aquí y ahora. Ya no acuno penas viejas, eso no. Soy de las pasiones alegres, positivas. Me gusta arrasarme, quizá nunca deje de hacerlo del todo; lo bueno de haber superado la expectativa de vida que tenía para mí misma es que aprendí mucho sobre mis propios límites, porque siento que todavía tengo muchísimo que experimentar y necesito seguir aquí para poder hacerlo. 

No sé qué va a ser de mí en un par de horas, la semana que viene, el mes que viene. Nunca supe. Sólo puedo intuir, seguir mi instinto. Es, diría, lo que mejor me sale. Día a día soy mejor cínica, aunque todavía estoy demasiado metida en el disfraz de civilidad como para volverme completamente perro. Hace algunos años vislumbré esto que es hoy y no me cuesta mucho imaginar que también llegará ese otro momento. 

Feliz equinoccio de otoño, menguantes lectores. Gracias por estar ahí. 

(y a Marius, cuyo blog bandera nació un mismo día que yo: always the years between us, always the love. always the hours).



lunes, noviembre 06, 2023

Decir y volver a decir

Ya es noviembre. Tanto, todavía, por hacer, y tan poquito tiempo (y recursos). La pandemia terminó hace rato y no sólo no nos hizo mejores, sino que nos dejó de regalito una serie de subpandemias una peor que la otra, todas deshumanizantes. Impera el desprecio por el otro, cada vez es más maniqueo todo, la sensación de fin del mundo destruye cuerpos y mentes. Hay, como en todas las eras de todos los imperios desde el inicio de la civilización, quienes viven en su nube de pedos y no se enteran hasta que la muerte les respira en la nuca o les engarfia la cara. Hablábamos ayer sobre el desgaste de la supervivencia y cómo el espíritu, hambriento, pide más. Difícil no empantanarse en la frustración, más cuando un ciclo que parecía temporario se alarga indefinidamente. ¿Y si esto no cambia? ¿Vamos a vivir así para siempre sólo porque lo que hay al frente puede ser peor que lo que hay? 

Así las cosas, el país se dirime en una nueva elección y la cosa está más peluda que nunca. Oh, momento: esto ya lo viví. En 2015. Recuerdo que a partir de ese año fue todo encerrarse y caer en un pozo de oscuridad tremendo, mientras la mayoría de las amistades vivían en un cumpleañito sin calentarse siquiera en preguntar cómo estás. La angustia con la que fui a votar esa vez sabiendo que todo se iba al tacho. Y sobrevivimos. Argentina es un país tan generoso que siempre queda algo que los predadores y carroñeros puedan seguir rascando. Es un país tan enorme, tan lleno de gente hermosa y pujante que se puede reconstruir una y otra vez. Por eso los que nos van a hacer mierda son los de afuera, los que vengan a sobrevolar los despojos una vez que nos hayamos peleado entre nosotros de forma irreconciliable. Cuando tengamos anulada cualquier posibilidad de construir comunidad más allá de las diferencias, cuando estemos completamente obnubilados por el medio y el mensaje, seremos aniquilados. 

Siento que ya lloré todas las lágrimas y aún me queda tanto por llorar. A veces es la felicidad la que me abruma. ¿Es posible ser feliz sabiendo lo que depara el futuro? Sí, me digo una y otra vez. Sí. Hace algunos años vi Arrival por primera vez (véanla, háganse un favor) y si sigo llorando cada vez que empieza y al llegar a su clímax es por eso mismo. Brevísimas ráfagas de intensidad, preciosas como diamantes, pueden emerger en las situaciones más desesperadas. A eso me aferro con toda la fuerza de mi alma. 

Hay una negrura que me habita (más bien me constituye) y, a la manera de Ungóliant, sólo puedo contrarrestarla alimentándome del brillo de todas las cosas. Espacios, experiencias, seres vivos. Si puedo, si tengo cómo hacerlo, ¿a qué voy a esperar? ¿a que me abandonen las fuerzas? ¿a que mañana sea mejor o más propicio? Y esto vale para todo. Para avanzar y detenerse. Para tiempos de guerra y de paz. Para hacer y para esperar. Por suerte el instinto sigue alto, activo, lo único en mí que jamás duerme. Y el camino, el sinuoso y espléndido camino que hace a la felicidad misma, que a veces es la única felicidad posible. Escuchemos: 


martes, mayo 23, 2023

Hay que decir bien

 Una de las letanías que más escucho de un tiempo a esta parte es "hay que decir bien". A veces también la uso como fórmula cuando alguien que no me interesa me pregunta cómo estoy. En mi imaginario funciona como un modo más de la omisión, mi manera preferida de evadir, de hurtarle el cuerpo a la expresividad innecesaria. Somera y precisa, pero vaga al mismo tiempo. No digo bien para no falsear, tampoco diría mal porque soy de las personas afortunadas que tienen dónde caerse muerta en tiempos de zozobra. Y sobre todo aclarar que hay que decirlo, porque nadie que pregunte, por más que pregunte por compromiso o sin interés real, se toma a bien una mirada fija, un encogimiento de hombros, un llanto o un silencio como respuesta. 

Entonces, a la pregunta cómo estás / cómo va todo, hay que decir bien. Y una sonrisa al final, como un emoji, o un gesto chueco para matizar. Depende de qué lado cae el ánimo del día. Después, quedarse pensando en por qué estamos obligados a decir algo, o, yendo más lejos en la semántica: por qué hay que decir bien, biendecir, bendecir; cuando lo que en realidad quisiéramos es decir lo que nos salga de las tripas asqueadas, revueltas, envenenadas, alegres o cansinas. 

En fin. Ayer se me ocurrió poner en la otra red social que tengo una lista de cosas que levantan o mejoran la experiencia de lo humano (para mí), y se me ocurrió venir a escribirlas aquí. A veces el desánimo es demasiado como para recordarlas, así que no viene mal tenerlas a mano y, cada tanto, pegarles una editada.

Recetas para sentirse un poco bien cuando parece que todo va mal: 

- Prepararse algo rico para comer, o pedir algo si no te gusta cocinar 

- Obviamente siempre va a ser mejor cocinar, y siempre va a ser mucho mejor cocinar para otras personas. El proceso de elaborar la comida es de por sí una forma de auto cuidado muy potente.

- Organizar un encuentro con alguien que sea adecuado para transitar el momento. Ad: saber pedir ("necesito que nos juntemos para hacer X /Y", "quisiera verte pero no hablar", etc) 

- Caminar. Mucho tiempo. De ser posible, caminar por lugares abiertos y silenciosos, agrestes, en una hora en la que haya poca gente o nadie. Caminar bajo la lluvia, metiendo el celular, la plata o las llaves en una bolsita y usar sólo en caso de emergencia. Todo lo que se pueda hacer caminando, hacerlo caminando. 

- Tener alguien con quien caminar, hablando o en silencio, para poder recurrir a esa persona cada vez que sea necesario.

- Sentarse o recostarse en pasto, arena, tierra, agua. Estrujar el suelo con las manos.

- Una ducha prolongada o un baño de inmersión calentito, con música. 

- Romper el día yendo a un lugar nuevo, o haciendo algo que nunca hiciste. 

- Acariciar algún animal que esté predispuesto. Rodearse de animales todo lo que se pueda. 

- Escribir a vuelapluma, poner en palabras todo lo que pasa por la cabeza. Prender fuego al papel. 

-  Ir a un lugar tranquilo (un bar, un café) a beber algo rico y reconfortante mientras se toman notas en una libretita o se lee un libro.

- Leer. Buscar el próximo libro que apasione, absorba y transporte a otro mundo. Leer siempre consuela.

- Tocar un instrumento. Cantar si no se sabe tocar ningún instrumento. 

- Bailar. 

- Mirar películas confortables, esas que uno sabe que lo dejan en estado de gracia. Tener a mano una lista de esas películas para recurrir en caso de emergencia. Prepararse un buen bowl de pororó también ayuda.

- Buscar un lugar despejado y sin luces donde se pueda apreciar el cielo nocturno.

- Ir al cine en soledad.

- Procurar la compañía de los niños. 

- Encender un fuego de leña y quedarse mirando. 

- Elegir una tarea mecánica largamente postergada y emprenderla hasta el final (cambiar la ropa de estación, clasificar papeles, limpiar en profundidad un rincón de la casa, etc) 

- Dejar de mirar televisión, escuchar la radio y espiar redes sociales por uno o dos días.

- Partirse el alma llorando si hace falta. Recurrir a todas las conductas de autodestrucción posibles. Dinamitar los puentes, segar y roturar el entorno para que la vida pueda emerger después de tanta oscuridad.