domingo, noviembre 01, 2026

Días de radio

Hoy me tocó trabajar en la oficina. Domingo, sol y viento. 

Tengo muchas ganas de volver a escribir. Aquí y en cualquier soporte posible. 

Como de momento no hay mucho tiempo ni logro encontrar la forma correcta de articular varios temas que me dan vueltas en la cabeza, garabateo frases sueltas en libretas o en el teléfono. A veces grabo un audio que después se desarrollará hasta ser un verso (me aproximé bastante a la poesía en estos últimos años). Lo hago como un ejercicio, más que nada, para desentumecer el lenguaje que se anquilosó en el tiempo larguísimo que llevo de no usarlo. Alguna vez conté aquí que tengo una lengua secreta que sólo uso con una persona. Cuando no tengo cerca a esa persona y ese dialecto emerge, me siento como la ballena más solitaria del mundo. Cuando ya no haya nadie en este mundo que me comprenda, o yo misma no esté, nadie más hablará estas palabras. Seré el recuerdo de una lengua muerta. 

Pero entre las divagaciones, los trabajos y los días, hay algo que sí conseguimos fructificar. En abril de 2023, pusimos en marcha Radio Forra. Un espacio de amor por la música donde cada tanto se cuelan los mensajes aleatorios de una entidad ficticia que abreva de nosotros. El Fender trabajó como solamente él sabe hacerlo, un galeote en un drakkar en medio del mar imprevisible. Con pocos o ningún medio, con los fierros viejos (una PC que lleva 15 años de actualizaciones, una consola de audio, un mother donado). Con un archivo propio, enorme y todavía creciente de la música que fuimos juntando en las dos décadas que llevamos de vida en común, más lo que traíamos con nosotros desde los seis o siete años de edad, nuestro despertar musical. 

Perdimos la base de datos tres o cuatro veces. Nos tiraron abajo el sitio dos veces en tres semanas. Hubo que rehacer casi toda la artística y hubo algunas cosas que no quisimos rehacer. La anarquía también implica dejar que lo que se perdió se vaya sin dejar más huellas que la tradición oral del "¿te acordás?", para después caer en el olvido total. Como tantas cosas que existen en este mundo por un ratito y que se extinguen con el último individuo que puede recordarlas. 

Tenemos muchas ganas de hacer infinidad de proyectos en esa radio, pero, al igual que con la escritura, otras búsquedas y necesidades vitales más urgentes toman el espacio de los días. No es que me queje. La articulación de secciones fijas semanal es buenísima, y también la rotación de los temas. Esa radio fue un milagro en un tiempo especialmente angustioso y triste. Porque la música salva, el arte ordena la mente y puede sanar el alma, pero cuando no tenés resto ni para eso, la radio es un espacio de resistencia y de compañía. 

Alguien en algún lugar del mundo, un puntito pequeño en el mapa abigarrado de una internet cada vez más corruptible, armó el equivalente a una antena clavada en una papa y liberó toda la música que fue conociendo a lo largo de su vida. Entonces, a veces, alguien en Asia llega a una transmisión nocturna en Argentina y escucha algo que se llama Paraguayo. Un adolescente insomne en la península escandinava conoce y se enamora de la voz de una mujer nacida en Andalgalá a quien nunca va a ver en vivo. Proyectos independientes de Argentina tienen un lugar donde sonar varias veces al día, durante años. 

Es un granito de arena en el mar, pero también un mensaje en una botella: no estamos solos, nos une el hilo intangible de la belleza compartida. Mensajes imperecederos en canciones cuyos creadores murieron hace muchísimos años se cruzan con la expresión inmediata de artistas muy jóvenes, que escriben y cantan sobre el tiempo que les toca vivir. 

En la música hay biografía, creación, experimento, catarsis. De todas las lenguas que podría haber elegido aprender, me quedo con estas dos: la lengua secreta que llevo en mí desde que nací a la razón, y la música. Puede que nunca logre comunicarme fluidamente con notas o palabras propias en ese idioma, pero sí que lo entiendo, al igual que puede entenderlo casi cualquier persona en cualquier punto de este mundo. Eso es un poco el espíritu de Radio Forra. Si no podemos entendernos con la palabra, entendámonos con (en) música. Dejémonos envolver por ella. Cuando el silencio resulta demasiado abrumador y extrañamos el contacto de la mano amiga, no hay mejor compañía. 

domingo, julio 26, 2026

Los trabajos y los días

Hace varios días le doy vueltas en mi cabeza a mi imposibilidad de definir por qué cuantas más cosas circulan por mi vida, menos puedo bajar la experiencia a papel. Esto, hace quince o veinte años atrás (vamos! hace diez, quizá, también) no me pasaba. Las palabras son mi refugio y la forma en que puedo comprender el mundo, darle sentido, transitar los duelos. 
Éstoy atravesando muchos cambios físicos y mentales (la mediana edad trae esas cosas) y en ese proceso se escurren unas cuantas babosidades por las fisuras. Me siento torpe, embrutecida, retrogradada a una etapa pre-lenguaje. En una necesidad primitiva y permanente de escapar de un superyo que nunca antes hizo tanto esfuerzo por constreñirme. Mi núcleo magmático pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pero hasta cuándo. Asisto arrobada al progresivo afinamiento del hilo que me sujeta a la ilusión de la cordura. Disociarse nunca fue tan fácil como ahora, que voy perdiendo pudor e inhibiciones. 
Murió mi abuela, una de las personas más importantes de mi vida, y el ritmo de la vida me llevó lejos de ese duelo, poniéndolo en pausa junto con muchas otras cosas que siempre pensé me eran fundamentales y a las que tampoco puedo acceder en este momento. 
Tengo un trabajo; en un país que se cae a pedazos tengo un trabajo y un techo, una familia y salud, algunas amistades que todavía resisten incluso cuando ya no puedo darles nada (ni tiempo, ni cosas materiales). Tengo un trabajo, repito como un mantra, aunque quizá ese trabajo me tenga a mí capturada en un metro cuadrado, la mandíbula apretada en una sonrisa que rara vez llega a los ojos. 
Todo alrededor se desmigaja como una ciudad de zona de guerra bombardeada y me resulta ridículo que haya tantas personas que no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta. La ciudad, la provincia, la nación están pasando una de las peores oleadas de suicidio, muertes y episodios graves de salud de las que tengo memoria. Asistimos a eso a diario, nos horrorizamos y eventualmente nos insensibilizamos para seguir. El 1 de mayo mataron a C. en una rotonda en Gualeguay. Seis meses antes habíamos cruzado caminos por primera vez. Teníamos casi la misma edad; ella ya no cumplirá más años por la decisión unilateral de un tipo que juzgó que su vida no valía nada. Poco después, F saltó apresurada a su propia muerte. B. tuvo un ACV siendo muy joven. La Pelu tuvo un pequeño accidente en su casa y eventualmente se vino abajo, apagándose despacio hasta que no quedó nada de ella. Todas estas cosas no me pasaron. Les pasaron a otras personas, y aún así afectaron toda mi relación con el mundo. 
Lo he dicho hasta el cansancio, lo repetiré (al decir de Heathcliff) hasta que se entumezca la lengua: mi forma de habitar la realidad está fuertemente mediada por la curiosidad, el asombro y, sobre todo, la ira. La ira es algo tan constitutivo, tan fuerte, que el trabajo sobre el superyo hubo de ser mucho más fuerte. El dique para contener esas emociones que se ramificaban dentro mío como una infección fue levantado y reforzado a golpes de represión, humillación, indiferencia y castigos más o menos sutiles. Primero por los demás, casi enseguida por mí misma, porque no podía soportar no ser lo suficientemente buena.  
Las conmociones del entorno, como placas tectónicas que se solapan de golpe, envían su energía concentrada en ondas hacia este dique. Golpeado y reforzado mil veces, modificado para poder reencauzar los excesos volcánicos de un loco corazón, empieza a mostrar fatiga del material. Hace relativamente poco (y quizá un poco tarde) empecé a pedir ayuda de forma más concreta. Empecé a intentar modificar lo que él llama mi relación particular con la verdad. Desafiado en su complejo de autosuficiencia, el Superyo me psicopatea con que cada vez puedo menos cosas, con que cada vez dependo más del afuera, de los demás. 
Bueno, al menos tenés un trabajo. Bueno, al menos tenés una pareja. Bueno, al menos tenés una red de seguridad, y amor, y un techo. Al menos todavía te funciona el modo supervivencia. Sí, claro que sí. Lo veo, me doy cuenta. Lo sé bien. En un mundo cada vez más desigual, con el tejido social en estado terminal de decadencia, todavía puedo decir que tengo con qué sostener el modo de supervivencia. Tal vez, incluso, algún día pueda trascenderlo. Pero: Ya no soy joven. Ya hay demasiadas cosas que sé que he hecho y vivido por última vez. Ya están puestas en marcha las fuerzas tectónicas que van a desintegrarme. Y por mucho que me haya endurecido o curtido, sigo siendo la niña que mira con asombro, curiosidad y rabia la forma en que el mundo se transforma, indiferente a las cientos de miles de muertes diarias, a los corazones rotos, las infancias truncadas, los sueños olvidados. 
Paso un duelo que es todos los duelos, en un continuo espaciotemporal que no es lineal. Todas mis Yo (las que fui, soy y seré) ríen o lloran en un mismo y diferente punto de su historia. 
Ahí está la rara de nuevo. Por favor, no seas tan rara. Por favor, por favor no seas tan rara.