domingo, julio 26, 2026

Los trabajos y los días

Hace varios días le doy vueltas en mi cabeza a mi imposibilidad de definir por qué cuantas más cosas circulan por mi vida, menos puedo bajar la experiencia a papel. Esto, hace quince o veinte años atrás (vamos! hace diez, quizá, también) no me pasaba. Las palabras son mi refugio y la forma en que puedo comprender el mundo, darle sentido, transitar los duelos. 
Éstoy atravesando muchos cambios físicos y mentales (la mediana edad trae esas cosas) y en ese proceso se escurren unas cuantas babosidades por las fisuras. Me siento torpe, embrutecida, retrogradada a una etapa pre-lenguaje. En una necesidad primitiva y permanente de escapar de un superyo que nunca antes hizo tanto esfuerzo por constreñirme. Mi núcleo magmático pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pulsa y es reprimido, pero hasta cuándo. Asisto arrobada al progresivo afinamiento del hilo que me sujeta a la ilusión de la cordura. Disociarse nunca fue tan fácil como ahora, que voy perdiendo pudor e inhibiciones. 
Murió mi abuela, una de las personas más importantes de mi vida, y el ritmo de la vida me llevó lejos de ese duelo, poniéndolo en pausa junto con muchas otras cosas que siempre pensé me eran fundamentales y a las que tampoco puedo acceder en este momento. 
Tengo un trabajo; en un país que se cae a pedazos tengo un trabajo y un techo, una familia y salud, algunas amistades que todavía resisten incluso cuando ya no puedo darles nada (ni tiempo, ni cosas materiales). Tengo un trabajo, repito como un mantra, aunque quizá ese trabajo me tenga a mí capturada en un metro cuadrado, la mandíbula apretada en una sonrisa que rara vez llega a los ojos. 
Todo alrededor se desmigaja como una ciudad de zona de guerra bombardeada y me resulta ridículo que haya tantas personas que no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta. La ciudad, la provincia, la nación están pasando una de las peores oleadas de suicidio, muertes y episodios graves de salud de las que tengo memoria. Asistimos a eso a diario, nos horrorizamos y eventualmente nos insensibilizamos para seguir. El 1 de mayo mataron a C. en una rotonda en Gualeguay. Seis meses antes habíamos cruzado caminos por primera vez. Teníamos casi la misma edad; ella ya no cumplirá más años por la decisión unilateral de un tipo que juzgó que su vida no valía nada. Poco después, F saltó apresurada a su propia muerte. B. tuvo un ACV siendo muy joven. La Pelu tuvo un pequeño accidente en su casa y eventualmente se vino abajo, apagándose despacio hasta que no quedó nada de ella. Todas estas cosas no me pasaron. Les pasaron a otras personas, y aún así afectaron toda mi relación con el mundo. 
Lo he dicho hasta el cansancio, lo repetiré (al decir de Heathcliff) hasta que se entumezca la lengua: mi forma de habitar la realidad está fuertemente mediada por la curiosidad, el asombro y, sobre todo, la ira. La ira es algo tan constitutivo, tan fuerte, que el trabajo sobre el superyo hubo de ser mucho más fuerte. El dique para contener esas emociones que se ramificaban dentro mío como una infección fue levantado y reforzado a golpes de represión, humillación, indiferencia y castigos más o menos sutiles. Primero por los demás, casi enseguida por mí misma, porque no podía soportar no ser lo suficientemente buena.  
Las conmociones del entorno, como placas tectónicas que se solapan de golpe, envían su energía concentrada en ondas hacia este dique. Golpeado y reforzado mil veces, modificado para poder reencauzar los excesos volcánicos de un loco corazón, empieza a mostrar fatiga del material. Hace relativamente poco (y quizá un poco tarde) empecé a pedir ayuda de forma más concreta. Empecé a intentar modificar lo que él llama mi relación particular con la verdad. Desafiado en su complejo de autosuficiencia, el Superyo me psicopatea con que cada vez puedo menos cosas, con que cada vez dependo más del afuera, de los demás. 
Bueno, al menos tenés un trabajo. Bueno, al menos tenés una pareja. Bueno, al menos tenés una red de seguridad, y amor, y un techo. Al menos todavía te funciona el modo supervivencia. Sí, claro que sí. Lo veo, me doy cuenta. Lo sé bien. En un mundo cada vez más desigual, con el tejido social en estado terminal de decadencia, todavía puedo decir que tengo con qué sostener el modo de supervivencia. Tal vez, incluso, algún día pueda trascenderlo. Pero: Ya no soy joven. Ya hay demasiadas cosas que sé que he hecho y vivido por última vez. Ya están puestas en marcha las fuerzas tectónicas que van a desintegrarme. Y por mucho que me haya endurecido o curtido, sigo siendo la niña que mira con asombro, curiosidad y rabia la forma en que el mundo se transforma, indiferente a las cientos de miles de muertes diarias, a los corazones rotos, las infancias truncadas, los sueños olvidados. 
Paso un duelo que es todos los duelos, en un continuo espaciotemporal que no es lineal. Todas mis Yo (las que fui, soy y seré) ríen o lloran en un mismo y diferente punto de su historia. 
Ahí está la rara de nuevo. Por favor, no seas tan rara. Por favor, por favor no seas tan rara.