Los ramitos de eucalipto en el barral de la cortina.
La fina capa de polvillo sobre los muebles.
Olor a comida y a pan casero.
El patio lleno de plantines.
Una soga cargada de ropa que se seca al sol.
Un rastrillo apoyado en el tapial, junto al suspiro.
Las telarañas que vuelven a los rincones al día siguiente de ser quitadas.
Las cortinas entreabiertas.
Sahumerios y hornillos con esencias para recibir a las visitas.
Almohadones baqueteados.
Las mochilas siempre en el futón.
Un libro empezado junto a la computadora.
Media mesa para comer y la otra mitad llena de papelitos, tornillos, cables, pulverizadores de jardín, un cepillo de pelo.
Vidrios empañados con marcas de dedos y salpicaduras de tierra.
Remeras y abrigos sobre las sillas.
Un cargador de celular siempre enchufado.
Paños de cocina en remojo con lavandina.
El rumor del termotanque calentando el agua.
Toallas húmedas colgadas de los picaportes.
Una pila de libros en la mesa de luz.
La música. El golpeteo de los dedos en las teclas.
Masa madre fermentando sobre la heladera.
Los mates compartidos de los fines de semana y los cada vez más raros días francos.
Caricias y roces robados al quehacer de todos los días.
La siesta.
La lectura. Las conversaciones.
Música a toda hora.
La placa de bruxismo olvidada en el baño.
El reloj de pared sin pilas.
Las marcas de pisadas en el suelo al ratito de haber pasado el trapo.
Los papeles que se amontonan sobre el escritorio.
Las cubeteras vacías sobre el secaplatos.
La basura separada junto a la puerta de calle.
El césped a veces crecido y a veces corto del frente.
La luz encendida del porche.
El rumor de la lluvia en el techo y los desagües (un sonido que igual que el árbol que cae en el bosque, sólo tiene sentido cuando hay oídos para escucharlo).
Hace algunos años, con posterioridad a un episodio de violencia en la vía pública, me recomendaron consultar a un psiquiatra.
(Normalmente no estaría contando estas cosas en un blog, pero los blogs pasaron de moda, nadie los lee y ahora siento que soy más libre de usarlo en sintonía con esta nueva forma de vivir cada vez más como se me canta).
Decía: tuve un episodio y golpeé a una persona en la calle, volviendo a casa después de pasarla hermoso en buena compañía. Hacía menos de dos semanas había comenzado terapia y estaba en una etapa de ebullición e incertidumbre absolutas. Sentía que había alcanzado uno de mis objetivos de vida y los otros se desdibujaban o estaban irremediablemente lejos de mi alcance. Sea por lo que sea, con la testosterona a tope siempre me fue muy difícil pensar. Creí que por fin había llegado el momento de medicarse.
El primer psiquiatra que vi recomendó dos antipsicóticos fuertes. Sin haber hablado conmigo más de treinta minutos. Sin análisis de sangre, sin preguntarme más nada que cómo me sentía.
Y yo, que no miento ni al test de Rorschach, le dije exactamente lo que sentía.
Dos antipsicóticos.
Salí de ese consultorio sintiendo que me habían revoleado una trompada, pensando qué quedaría de mí cuando las pastillas comenzaran a hacer efecto.
Hice una nueva consulta con alguien recomendado por la analista que veía en ese momento. Me escuchó durante casi dos horas. Hizo varias preguntas. Indicó análisis completos y recién allí miró la receta del otro psiquiatra.
"Esto tiralo, vamos a buscar lo que mejor te funcione" dijo.
Los dos años que fui y volví de la consulta, ajustando dosis y observando mis propias reacciones más de cerca, fueron bastante productivos en términos de autoconocimiento y bienestar físico, la vida se hizo más vivible, pude sostener resoluciones, enfocarme. Lo más importante: no me perdí en la sopa química, que es el miedo (el prejuicio) más viejo que arrastro con respecto a la medicación psiquiátrica. Por "perderse", entiéndase un desconocimiento tan radical de mí misma que hiciera prácticamente imposible reconocerme, ya no frente al espejo, sino hacia adentro.
El mundo interior, la manera en que mi cerebro configura el deseo y el goce, una intuición animal ajustada para morigerar la devastación que sucedía a los impulsos. Si perdía esas cosas, sentía que perdería lo único que valía la pena de mí, lo único que había logrado que me gustase.
Cada uno ancla su ego donde puede. Mi punto de apoyo es más bien un pivote. Así las cosas, cinco años después de dejar las pastillas (ojalá fuera para siempre; desde el fin de la terapia combinada no puedo pensar en absolutos) me desconocí varias veces. ¿Soy esto?¿Soy lo que era antes? Al menos ya no están los momentos blancos, las lagunas, el zumbido en los oídos, el velo rojo que deformaba el mundo cuando entraba en modo berserker. Todavía. Porque soy esto y soy aquello. La de antes, la de ahora. Y un potencial que aprendí a mirar con cautela, igual que aprendí a caminar entre vidrios y escombros después de cada fin del mundo.
Un animal sólo llega a viejo si aprende.
Hace poco más de tres años empecé un proyecto de escritura que disfruté muchìsimo. Un experimento, a ver si era capaz: dedicar una hora diaria, y sólo una (ni un minuto más) a la redacción, corrección y publicación de un cuento durante un mes. Un cuento al día, una hora al día, todos los días del mes de agosto de 2015. Treinta y un cuentos en total. Salió bastante bien, y aunque algunas historias me gustaron y a otras las odié, cumplí el objetivo a rajatabla.
Ayer terminé de ver esta miniserie y quedé pensativa, regulando, hasta que recordé uno de los cuentos que salieron de aquella experiencia y que transcribo aquí abajo.
El principio del fin.
Parado en la tundra con la última luz y sin otro medio de escape que las propias piernas, Iván reza a un dios desconocido después de muchos años de agnosticismo y le pide, dondequiera que esté, que no lo abandone. En realidad se habla a sí mismo en una letanía sin fin porque pronto no habrá nada más que valerse por la propia. Aquí y en cualquier otro lugar. Iván y los demás son los modernos avatares del Apocalipsis que traen un mañana de barbarie. Hay viejos y hay jóvenes, hombres y mujeres, todos rigurosamente seleccionados y probados a lo largo de años de clandestinidad. Faltan diez minutos para la hora que coordinaron escrupulosamente en cada uno de los puntos del planeta.
Le surge una pregunta inevitable: quién va a fallar. Porque no le cabe duda de que entre tantos al menos habrá otro que sienta lo mismo que él. Mal que bien, todos venían de alguna parte y aunque abjuraron de sus vínculos hace mucho tiempo es difícil no pensar en lo que quedó atrás. No hay lugar para sentimentalismos, porque cuando llegue el final esas familias, sus pasados remotos, estarán igualadas con cualquier otro hijo de puta en la carrera por la supervivencia.
Este es el punto sin retorno. No será él quien falle. Pero reza, muerto de miedo. Tantas cosas pueden salir mal. Nada es peor que este punto al que hemos llegado. Hay que dejar espacio a un nuevo modo de vida. Es posible que sobrevivan unos poquísimos niños para garantizar la continuidad de la especie. Es posible que ninguno de esos niños sea el suyo.
Faltan cinco minutos. Acerca y aleja su mano del botón que debe apretar. Un minuto de descoordinación puede cambiar toda la cadena de sucesos. No está previsto que él sobreviva, pero no le importa. El que abandona a su familia no tiene mucho más por qué vivir.
¿Y si llega antes de que empiece el caos? Su mente se dispara. A pesar de sus esfuerzos por racionalizar la trascendencia del momento, Iván dedica sus últimos minutos a pensar cuántos días a pie hay entre la estepa y su casa, dónde podría encontrar agua y comida, qué rutas conviene tomar. Si camina tres intervalos de cuatro horas, duerme otros tantos y tiene la suerte de encontrar provisiones son diez o doce días. Se entusiasma. Existe una posibilidad si mantiene la orientación y la calma suficientes.
No alcanza a imaginar el momento de su llegada. Está programado para apretar ese botón pese a su ridículo y humano instinto de supervivencia. En el milisegundo que tarda en visualizarse frente a la puerta de su casa, la explosión lo vaporiza.
Un resplandor intenso de cientos de miles de explosiones colma el horizonte. Después no hay luz en absoluto. Las últimas cenizas de Iván tocan el suelo. Lejos, se escuchan los primeros gritos.
Entre los papeles que todavía tengo que ordenar, apilados junto al monitor de la computadora, hay una hoja arrancada de apuro de un cuaderno espiral, varias veces plegada, ya amarillenta en los bordes y un poco sucia. La hoja tiene una frase sola, escrita con resaltador celeste.
cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón
Hace dos años, una compañera de trabajo (Yano) con la que tenía buen trato pero no una amistad, me dejó ese papel plegado sobre el teclado de la computadora, lo encontré al regresar del baño donde me había encerrado a llorar todo el descanso después de levantarme de la mesa donde compartíamos el mate. No recuerdo qué dije, no recuerdo por qué estaba tan enojada. Sé que estaba muy cansada. Física, y mentalmente cansada, harta, hastiada. El clásico mal día que te hace recordar todos los malos días de los últimos años que por delicadeza y gratitud te resistís a llamar malos (después de todo, siempre hay días hermosos en los malos años).
Lloré un rato más mientras seguía trabajando, aturdida a través de los auriculares. Ocho años trabajé en esa oficina parecida a un gallinero, con divisiones precarias entre los puestos y ningún límite físico entre los compañeros. Una proximidad que me resultaba incómoda, por momentos insoportable. A esa altura no sólo padecía el trabajo. Era la ciudad por la cual ya no sentía ningún cariño y en la cual me creía obligada a vivir, a transitar.
Recuerdo que en ese momento sentía que faltaba poco. Que tenía que faltar poco para irme de Buenos Aires porque estaba (estábamos) al límite.
Ya casi no salíamos del departamento. Habíamos dejado de encontrarle el sabor a caminar por las librerías, visitar amigos, no había dinero para nada, vivíamos para trabajar y amargarnos por todo lo que no podíamos hacer. Para acumular presión como una olla a vapor con poca y nula descarga. Nos alejamos de la ciudad y de su gente, ella se alejó de nosotros. Construimos un circuito que se alimentaba del amor y las pequeñas aficiones puertas adentro de casa, un microcosmos que siempre fue suficiente para manenernos con vida y alegres pero ya no encontraba un soporte para sostenerse. Y nos desgastaba.
Una casa ajena, que cada vez sentíamos menos nuestra. Una seguidilla de malos ratos. La salud resquebrajada. La tristeza episódica. Mis pendulares cada vez más violentos. Sí, tiene que faltar poco, pensaba en diciembre de 2016.
Faltaba todo 2017 y parte de un 2018 que empezó de muy mala manera.
Diría que no sé cómo resistimos, pero no voy a fingir modestia: nacimos para resistir, para pelear más allá de cualquier esperanza.
Si hubiéramos sabido que, aún con un panorama nacional escabroso, teníamos toda esta belleza y este abanico de posibilidades al frente...
Bueno, parece que Yano sabía.
Gracias, Yano.
Para la pequeña familia, y buena parte de la grande, fui La Artista. Era la única que tenía el berretín de leer, escribir, cantar y tocar la guitarra de forma autodidacta. Es decir, todas esas cosas que no dan dinero ni prestigio ni te ayudan a planear un futuro en el que haya una casa, una familia, una cerca de madera blanca y un perro. Pero sí significaban un cierto lustre, una especie de reconocimiento a la inteligencia. Mi capital cultural, la facilidad y rapidez con que asimilaba contenidos absolutamente inútiles para la vida eran prueba suficiente de inteligencia para padres, abuelos y el resto de la familia.
Para mis hermanos era simplemente la que les contaba cuentos, pero no encontraban en esa facilidad para lo impráctico nada extraordinario. De hecho, siempre consideré que ellos eran los más inteligentes, los capaces de capitalizar pura y exclusivamente la información necesaria para desenvolverse en la vida. Mientras que mi hambre de bohemia planteaba cada vez más obstáculos para vivir, volviéndome una atormentada, una bolsa infinita de intensidades y dolores.
Cada conocimiento nuevo agudizaba la angustia, cada nuevo talento que me descubría incapaz de desarrollar de manera perfecta derivaba en una frustración insoportable. Quería ser intachable, sin errores, inmaculada. Así como alguna vez aspiré a la santidad (o al menos a la Más Perfecta Bondad Posible), también quería ser una lectora de constancia irreprochable, una escritora de ortografía y caligrafía impolutas. Quería sacarle a mi voz de coloraturas ínfimas el mayor provecho, alcanzar todas las notas posibles del rango, tocar todos los arpegios con cejilla sin cansarme, bailar llevando el ritmo a la perfección.
No competía con nadie. Nadie era mi modelo. Sólo estaba frente a un espejo imaginario, criticándome por perezosa, por limitada, por poca cosa. Si mi cabeza podía pensarlo, entonces yo debía poder llevarlo a la práctica. ¿Cómo que no? Con voluntad, todo es posible. Y si no lo era, es que no lo estaba deseando con la fuerza suficiente. Eso era evidente.
Por supuesto que todas estas batallas se libraban en el campo de mi intimidad, la familia apenas recibía los frutos: un cuento bonito, un dibujo prolijo, una canción ejecutada a la perfección sin errar una sola nota, las coreografías y sketches teatrales de las reuniones de navidad. Era tan solemne y daba tanta importancia a mis "porquerías" que quedó para siempre en la familia el mote de La Artista, o La Doctora. Los matices burlones en el mote no me interesaban. Sí, era una Artista. ¿Y qué? Podía ser lo que quisiera.
Claro que a los diez o doce años se rompíó el encanto y un poco la familia, pero también el mundo exterior me fueron señalando que había que hacer otra cosa con esa inteligencia. Sacarla de la bohemia y ponerla en otro lado. Confinar las inquietudes artísticas al campo de lo eventual, rebajarlas a la categoría de hobby, porque había que crecer para hacer una carrera que diera dinero, para biencasarse, tener hijos, una casa con jardín y cerca de madera blanca, y, tal vez, un perro.
Empezaba a dolerme no decir más "escritora" cada vez que me preguntaban qué iba a ser cuando fuera grande, pero era más fuerte la vergüenza de recibir la condescendencia ajena o el desprecio con el que descartaban ese sueño. "Ahhhh, pero eso cuando no estés trabajando, ¿de qué vas a vivir?" "Con lo inteligente que sos, deberías estudiar algo que te dé mucho dinero. Podés ser lo que vos quieras".
Pero yo quiero escribir, pensaba. Y cantar. Quiero bailar. Es lo único que quiero hacer, es lo que me gusta.
De a poquito fui metiendo esos deseos, esa respuesta que no volví a dar, en la parte trasera de mi cabeza y confiné la escritura a la intimidad más absoluta. Nadie volvió a pedirme un cuento. Nadie volvió a preguntar "¿¿y?? ¿qué estás escribiendo hoy?".
La Artista se redujo a una anécdota, a un chiste interno, como mi hermana que comía tierra o mi hermano disfrazado con cara de culo para las fiestas del jardín.
Mi escritura, mi canto a voz en cuello y mis coreografías sincopadas fueron a parar al fondo de unas cajas de cartón, exiliadas al ámbito de las cuatro paredes que pude procurarme a golpes de trabajos que no me gustaban. A La Artista la declaré muerta de pura frustración. O mejor dicho, no nacida. Nunca llegué a hacer propio ese título. Me lo dieron otros, en tono a veces admirado y a veces burlón. Y yo lo sentí un estigma, un blasón inmerecido, algo de lo que no estaría jamás a la altura. Así que la maté con mis decisiones, la ahogué, la cagué a patadas en el suelo para que no volviera a jorobar con eso de pasar a primer plano.
Entonces ¿por qué seguía tan enojada?
Hace un par de días, una de mis compañeras de trabajo me contó que su hija de casi siete años pinta unos cuadros hermosos. Que desde muy pequeñita va a taller de pintura. Vi algunos de esos cuadros y sentí una agitación en el estómago, un desasosiego. Algo que tironeó al presente a la Agus que se encerraba a tocar la guitarra hasta que el dolor en los dedos la hacía llorar de bronca, la que mordía la madera hasta dejar marcados los dientes. Los cuadros de esa gurisita me hicieron acariciar con pena la cabeza de la niña que fui, levantándose con el sol incluso los fines de semana, cuando podría haberse quedado durmiendo hasta tarde, sólo por la irreprimible necesidad de escribir.
Mi compañera dice que los referentes artísticos de su hija la alientan a pintar porque es, sin ningún tipo de dudas, una Artista. No sólo crea sin parar, piensa en dibujos y colores desde que se levanta hasta que se acuesta y se toma muy en serio su formación (¡a los siete años!). También, y sobre todo, está ávida de compartir con el mundo lo que hace y no le cuesta ni mostrar sus trabajos ni dejarlos ir. Pinta y regala, expone, circula. Nada de confinar sus colores al fondo de una caja. Eso que es ella y que nunca me animé a ser, que no pasó del berretín o del mote bromista, es una de las marcas más persistentes de mi vida.
Hoy escribo esta primera aproximación para intentar responder la pregunta, para empezar a desenrrollar la madeja caótica de una herida muy vieja.
A ver si me sale.
Quiero una vida de cosas que importen. Me traigo el corazón más liviano que el aire y la ciudad me lo aplasta con el peso de la realidad. Así es tener corazón, me digo. Y en mis oídos todavía el rumor del viento, en mis labios el sabor del mar.
Esas primeras líneas durmieron en un borrador que ya cumplió cinco años. Cinco años desde la última vez que vi el mar en Piriápolis.
Cuando éramos niños esperábamos ansiosos esa primera quincena de enero que significaban el único viaje anual de vacaciones. Después, de vuelta a la casita en Gualeguaychú, a terminar el verano en la pelopincho y bajo los chorros de regadores de casas ajenas. Esa quincena nos llenaba de felicidad a todos y nos daba energías para el año. No esperábamos más porque no había más. Nunca un viaje a Disney ni a otro lugar, nunca vacaciones de invierno en otro lado que no fuera (a lo sumo) el campo de algún pariente. No había más, y estaba bien. No esperábamos otra cosa. Crecimos así, habituados a tener poco y pedir nada.
No obstante, dentro de mí ardía la curiosidad de otros mundos y otros espacios y crecía una vaga impresión, luego certeza, de que afuera de aquella rutina cíclica de escuela y veraneos sucedían cosas realmente importantes. Las perseguí durante toda la adolescencia en jornadas maratónicas de lecturas compartidas, de talleres de teatro, coro, literatura. En mis primeros trabajos en radio. Trabajando para pagar el viaje de egresadas. En los primeros y muchas veces angustiosos escarceos con mis pares, de los que me sentía más lejana que si fuera extraterrestre.
Hace muy poco tiempo volví a vivir en Gualeguaychú, la ciudad de la que salí pitando hace veinte años,hambrienta de otras latitudes y experiencias. Desde entonces recorrí gran parte del país pero no salí de él (bueno, un día a Futaleufú en Chile y dos fines de semana a Uruguay). No me recibí, Nunca hice el dinero suficiente ni trabajé lo suficiente en alternativas que me permitieran viajar por el mundo. Hice otras elecciones y terminé de nuevo donde empecé, sin haber recorrido mundo más que por Internet. (Gracias, Internet).
Hice algunas otras cosas que no tenía previstas, como vivir quince años en Buenos Aires (la última ciudad del mundo en la que me interesaba vivir) y casarme, por ejemplo. Salieron bastante bien, la verdad.
La más imperdonable, sin dudas, fue dejar de escribir seriamente, a diario; tomarme el tiempo de volcar las ideas que llevan años madurando en las tripas, editarlas, descartarlas.
Aquellos dos años sin escribir, coincidentes con un profundo estado tanático que todavía me respira en el cogote cuando siento que la paso demasiado bien, fueron los peores de mi vida. Tanto así que hay cosas que borré por completo. No hay registro oral o escrito de lo que pasó en esos años, sólo imágenes sueltas. Yo parada en la cocina de un departamento de Flores, mirando la pared mientras sostengo una sartén y pienso que tengo lo que merezco: una relación triste, una vida triste. Las visitas al departamento donde mi abuelo esperaba una recuperación que nunca llegó. Las caminatas con mi madre. El segundo embarazo de mi hermana menor. El sexo mecánico que me llena de la misma forma hueca en que la comida chatarra calma el hambre.
Este blog me hizo llegar al fondo del pozo y dar la patada que necesitaba para sacar la cabeza del agua. Por eso vuelvo a él una y otra vez, en cada cambio de la marea. Quisiera escribir en él hasta que no haya más. No sé si de cosas importantes, grandes logros o sueños de esos que inflaman el alma de expectativas. Sí de cosas que importen, que me importen a mí y quizá a algún otro árbol trunco que ande por ahí dando vueltas.
Sólo sé tender hilos de palabras para perderse y encontrarse. Es lo único que sé. Y hay tan pocas cosas tan evanescentes y corrompibles, tan volátiles en el tiempo como las palabras. Que sea un hilo de niebla, entonces. Un hilo de certezas que mañana serán otras. O la cortina de humo con la que preservo aquello que todavía no puede (o no quiere) ver la luz.
Me brindo para no compartirme con nadie, en fin. Las cosas que importan siguen de este lado de las letras.
Recién ahora, después de muchos años, entiendo el verdadero valor de resistir. Defender la propia posición, el derecho a la vida que se elige.
Si por el ejercicio de pensar me vuelvo un monstruo, ¿dejaría de elegir el hábito del pensamiento?
El nuevo año es nueva espera. Acción reactiva frente a la parálisis. Recuperar el uso de los músculos atrofiados en el ejercicio de una supervivencia mecanizada.
No tengo más que silencio de tanto habitar un mundo que cada vez usa menos vocabulario para nombrar las cosas que hubo, las que hay y las que puede haber.
Privilegiada entre los nadies, paria entre los de mi clase. India sin tribu.
Soy una luz que parpadea, mengua, se aleja.
Veo en el pozo de las posibilidades y a veces pesco el reflejo engañoso del fondo. ¿Qué tan lejos estoy? Algunos cortos de vista tenemos problemas con la perspectiva.
El sentido de la oportunidad, que no me falte.
Estoy inquieta. Hay vidas en juego todo el tiempo. Las hipótesis de conflicto todavía me atropellan en sueños.
Lo más difícil sigue siendo el viejo problema de pendular.
Ganar es perder casi todo el tiempo, menos esa vez.
Me encantaría decirte que he estado ocupado, pero la verdad es que los años pasaron como trenes canta Steven Wilson. Y es que el tiempo vuela cuando te entregás al aprendizaje de vivir sin los miedos más antiguos, esos que se enroscan a tus piernas tratando de retenerte en un pozo sin fondo. Intenté no vivir para adentro. Fracasé. Intenté conseguir un mejor pasar. Fracasé. Intenté sostener relaciones asimétricas. Fallé. Todos los indicios estaban a plena luz y esta naturaleza proclive a la compasión, que a veces bordea el altruismo y a veces se despega millones de kilómetros del interés por el otro, no me permitía ver más allá de la dicotomía conformismo-inconformismo.
Antes necesitaba hacer sentir bien a todo el mundo, rellenar los silencios, barrer con las caras serias y terminar con los puteríos a fuerza de empatía. Antes era una máquina de abandonar los propios intereses (tan fluctuantes, tan polémicos) para atender los de aquellos que, según entendía, eran más firmes e importantes. Admiraba la capacidad de los demás de ir a por sus anhelos atropellando todo cuanto se cruzaba en su camino, capacidad que intenté domar desde la infancia. Antes quería tener amigos y creía que la mejor manera era estar pendiente, recordar cumpleaños, hacer confidencias y escribir larguísimos mails que rara vez recibían respuesta. Volcar lo que había en mi corazón, sentimientos que no por genuinos iban a dejar de ser mutables. Los sentimientos están ahí (o no), pero yo no soy la misma (o sí).
Soy más fría, más distante, estoy cansada y dispersa. Ocupada en gestionar el tiempo de la forma en que sea más provechosa para mí. Es el coletazo de la hiperadaptación. No sé si alguna vez esperé algo de los demás. Asumo que sí, porque por momentos me siento perdida... No, me siento abandonada. No sé cuál es mi herida. Lloré mucho estos últimos dos años, hubo meses en que no pasaba un solo día sin angustia. Comprobé que existen dos personas capaces de hacerme hablar cuando no quiero hacerlo. Puede que algún día no haya siquiera una persona y caiga en un mutismo que sólo rompan la necesidad de escribir y de cantar. Lo creo, lo pienso sin angustia desmesurada. Es un paso enorme.
No tengo ganas de expresar afecto a mansalva. No quiero desperdiciar una energía preciosa en tierra yerma. Ya no me interesa caer bien, ahorrarle a otro la incomodidad, cumplir en las fechas, cubrir roles que otros no asumen. Sí me gustaría que el afecto infantil se convierta en un estado de cortesía y tolerancia para que los frutos de mi amor complicado y errático encuentren un destinatario que sepa darles uso.
Hoy me distraen otras cosas, soy un tren a la nada, cargado de anhelos, que deja en cada paraje un pedacito más de lastre inútil. Soy un incendio que arrasa la culpa de estar viva. Vuelvo a los que vuelven una y otra vez a mí, con ganas de hablar sus verdades aunque me duelan, de escuchar lo que realmente digo y no ese barullo con el que intentaba tapar todo el dolor atragantado. Vuelvo a la impureza, juego con las fracturas sin ánimo de recomponer, en un trance de interés puramente arqueológico.
Las personas somos lenguaje. El verbal y el corporal. Hay quienes se expresan mejor con el primero. Aunque me gustaría, no es mi caso. El lenguaje que me define es el otro, el atravesado por y en el cuerpo. Nada dice más de mí que la forma en que me levanto cada mañana, los crujidos de mis huesos y el paso vivo.
Creo que soy exactamente como camino. Creo que estoy hecha para caminar.
Me cuesta horrores aceptar algunas cosas que no puedo modificar. El cambio y el perdón los doy por hechos. Pero esas otras voces en la base de la nuca a veces me complican. He pasado gran parte de mis horas de vigilia, durante toda la vida, intentando llenar ese rumor con otras cosas. Música, libros, ejercicio. Y comida. Muchísima comida. Pero lo que mejor acallaba el ruido era dar largas caminatas. Volvía a conectar con mi cuerpo, del que me sentía ajena la mayor parte del tiempo. Prestaba atención a cada latido, creía percibir incluso el rumor de la sangre que llegaba a mi cabeza. Soñaba despierta, escribía muchísimo al andar. Si había hecho algo malo o recibido un reproche, una buena caminata bastaba para procesar el mea culpa y el remordimiento. Si alguna situación me enceguecía de ira, trataba de salir de la escena caminando.
Alejarme y poner distancia, fueron decisiones que nunca lamenté. Como sí lamento muchos golpes que di por no saber tomarlas a tiempo.
La mayor parte de las ciudades que visité las conozco principalmente por recorridos a pie. Si lo pienso, abruma un poco la cantidad de veces que me detuve a hablar con extraños y caminar junto a personas que recién conocía, o que quizá no volvería a ver nunca más. Caminando somos más observadores, por ensoñados que parezcamos a cualquiera que se nos cruce. Caminar es escuchar, ejercitar la paciencia, la resistencia y la voluntad de autoconocerse. Es un gran ansiolítico, bueno contra la ira y la frustración.
Así las cosas, camino por gratitud hacia la vida. Porque estoy viva y sana y puedo hacerlo. Camino muy cansada, cuando llueve, cuando hace calor. Camino incómoda, con la espalda dolorida y las piernas agarrotadas. Dialogo conmigo misma. Estoy pendiente del entorno, pero en lo más profundo de mí corre otra película. Los recuerdos, las fantasías proyectivas, el libro que estoy leyendo, las vivencias del día, las últimas enseñanzas.
Mientras camino me habilito todo. La vergüenza y la culpa. La tristeza y los recuerdos. Todo aquello que me deja mal parada y desguaza la subjetividad que con tanta dificultad construyo. Si estoy pensando en algo que me genera estas emociones, canturreo y chasqueo los dedos. Qué importa si te miran los demás. Me vacío, abstraigo cada sonido hasta alcanzar un sucedáneo de silencio.
En el universo que se abre mientras camino no es obligatorio ser buena persona, intachable, perfecta. Soy lo que soy, lo que quiero ser y por unas horas consigo perdonarme.
Camino en vacaciones y feriados, camino por el living entre soliloquios a la nada, camino del trabajo a casa porque cada paso me salva de mí misma y pone a trabajar mucho más que el cuerpo y la cabeza.
Vuelvo al blog cada vez que siento que no quedan más refugios virtuales a la realidad sin infiltrar con cuestiones que deberíamos defender voz y cuerpo presentes. Vuelvo a mis papeles cada día porque sé que el destino del papel es degradarse y arder, como los cuerpos y la mente, y no quiero otro destino para mi palabra. Vuelvo a casa porque he crecido y devenido, de alguna forma, conservadora de lo poco que logré en la vida, al mismo tiempo que pienso cómo deshacerme de todo eso para empezar de nuevo. Vuelvo porque el retorno está en la misma esencia del ser humano, porque no hay resiliencia sin revisitar aquello que nos ha marcado, porque no entiendo otra manera de vivir. Todavía.
Y vuelvo a mi pendular, a la búsqueda de comprensión que me lleva cada vez más lejos aunque no me aleje demasiado del mismo punto, como Verne, que sólo vio el mundo a través de sus lecturas, o Spyri, que entendió a las instituciones humanas como una extensión de su pequeña aldea suiza.
Las claves de estas vacaciones: no soy perfecta y nunca lo seré, así que más me vale ajustar este mínimo atrezzo disponible y sacar lo mejor que pueda de allí, porque es mejor arder cuando ya estás consumida y no te queda nada más que ese vos que eras al nacer, la mínima potencia, el tanque vacío, la tierra baldía en la que crece una vara de ciprés lista para ser el árbol que no verá mi generación, sino, con suerte, las que sigan.
Quiero viajar liviana y dar hasta gastarme.
Que no quede nada de mí, ni la ceniza ni el recuerdo.
Que en el lugar vacío crezca algo completamente distinto.
Si me devolvieran todo el tiempo que perdí en amargarme, viviría un par de años más de los que tengo destinados.
Es un momento extraño que no puedo explicarle a nadie. Desparramo piezas otra vez. Una vieja costumbre para una nueva conducta. Haré lo que haya que hacer, no se pueden vivir todas las vidas. Me tomo estos meses como un sabático de incertidumbre y pruebo, fallo, vuelvo a probar. Encontré papeles viejos, una frase de mis veintipico: he sido buena y cobarde en lugar de mala y valiente. ¿En qué momento nos damos cuenta de que pasamos media vida equivocados? ¿Y qué se puede hacer con lo que queda?
Palabras nunca sobran.
Las mastico, las trago, como alguna vez tragué veneno ajeno. Depósito de almas. Doy vida y descarto, no puedo detenerme en un solo personaje, me ahogo. Peleo contra lo que quiero, después a favor. Soy un doble agente del deseo y el hambre.
Las cosas que quiero escribir en estos días reposan en el papel por la sencilla razón de que no encuentro el ánimo para sentarme a pasarlo. El tiempo frente a la computadora me resulta penoso cuando hace este calor. Las temperaturas subtropicales y yo no nos llevamos bien desde que tengo memoria. La sangre me quema, las tripas me arden. Tanto, que a veces fantaseo con cuchillos helados por todo el cuerpo. Sueño que me corto con esos cuchillos y dreno ácido, vapor sulfuroso, hasta quedar exangüe y fría. No puedo caminar ni correr, ni coger, ni bailar, ni siquiera comer con temperaturas arriba de los treinta grados. Aunque esté en un ambiente climatizado, el cuerpo sabe. Incluso en invierno me siento desnuda frente a la computadora para escribir y sudo a mares, desde la raíz del pelo hasta los tobillos.
Hace años sueño que vivo en otras latitudes y cada cosa que hago tiene como único objetivo escapar del verano subtropical en el que pasé toda mi vida. Frío y silencio es todo lo que necesito. Frío y silencio. Frío y silencio. Frío y silencio.
Un día empecé a escribirte y no paré. Hubo una noche entera que pasé despierta al teléfono por primera vez en la vida. Una tarde te pedí que no cortaras el Skype aunque me caía de sueño y tenías que seguir trabajando. Una madrugada te susurré lo que ya sabías y te oí responder "cagaste". Sonreí entre lágrimas. Luego viajé a verte. Padecimos todo un febrero. En marzo emergimos. Ese año fue vértigo y encierro. Las primeras discusiones, la convicción de que nuestro carácter nos haría alternativamente la vida imposible, e imposiblemente hermosa. Pasamos meses reconcentrados en nosotros mismos, entre largos silencios y charlas maratónicas. Reunimos unas pocas pertenencias, cambiamos de casa, pudimos hacer los viajes que siempre quisimos. Me partí en mil pedazos y los sostuviste a todos. Te quebraste e intenté hacer lo mismo que habías hecho para sanarme. Los miedos vinieron y se fueron, se van y vienen. Como los días, como olas. Vimos crecer a los niños, convertirse en adultos. Vimos nacer a otros niños. Empezamos proyectos que nos dimos el lujo de dejar en pausa como si fuéramos eternos, pensando que siempre hay tiempo, que si no es hoy será mañana. Un poco así somos las almas gastadas. Lo mejor siempre está al frente y la suerte favorece a la mente preparada. Deambulo por este extraño mundo que hace rato no transita nadie, casi puedo escuchar el eco de mis pasos. Todo esto, nuestra vida que discurre, me parece que empezó ayer nomás. No siento el cansancio de los años en el cuerpo ni en la mente. ¿Qué hacemos si un día amanecemos viejos sin habernos dado cuenta? pregunto, y contestás, con ojos llenos de vida y una sonrisa, nuestra cita preferida del Eclesiastés: "Todo tiene un tiempo bajo el sol".
Hay que escapar. A donde sea. Hay que esconderse de la angustia, la tristeza, los impedimentos. Hay que escaparse, levantar un puñado de tierra del camino, morder el puño y enterarse de que más allá (mucho más lejos del último lugar que toca la vista) no espera nada.. Hay que correr, caminar, cojear, licuar los huesos en un último arrastrarse. Hay que viajar a las tierras exteriores. Son muchas voces a las que hacer caso, tantas que el hilo se tensa por los cuatro lados y sus subsidiarias estrangulan la sangre en todas las direcciones, como una telaraña rosa de los vientos.
En la mente, una guadaña trasegando imposiciones. En la boca, una risa que se agranda.
En estos veinte días sin escribir un cuento completo pasaron muchas cosas. Nació la hija de una amiga, supe que el sobrino por venir será varón, trabajé fuera de la oficina, empecé a correr, me propuse darle más bola al bajo y la guitarra, conocí a personas que solamente había leído, perdí la despedida de mi primo que ahora retoza en Nueva Zelanda, volví a escribir caminando. Me partí la frente varias veces, apreté los dientes y agaché la cabeza. Grité frente al espejo. Reviví viejas pesadillas. También intento empezar a sanar una vieja herida. Quiero exigirme un poco más. Acepto que aunque no sé cómo ni cuándo, ya sé qué y con quién. El futuro no es más que presente transcurriendo.
El proceso de aceptación es largo y tedioso, frustrante y esquivo. A veces me cierro, no puedo dar nada; no tengo más que unas ganas locas de desaparecer. Cerrar los ojos y que al abrirlos haya un vacío donde se arremolinan la lluvia, la nieve, el silencio. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté de pie sobre una roca frente al mar, temblando como una hoja que atraviesa el viento. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté frente al valle verde que veías con el corazón antes de alcanzar la cima de la montaña. Cerrar los ojos y que al abrirlos me haya convertido en una ballena a la deriva, con todo el mundo por delante. Cerrar los ojos y que al abrirlos sea un perro lobo con recuerdos del fuego amigo. Cerrar los ojos y que al abrirlos todo sea nuevo.
Estirar la mano. Encontrar tus dedos. Recordar cómo era ser humana.
Se hizo de noche mientras tomábamos el último sorbo de exprimido. Ya no me latía el corazón como al principio, aunque sabía que él se iba en un rato nomás. ¿Qué otra excusa iba a poner para seguir hablando?
Esperé tanto ese momento, contando los días como una presa. De febrero a abril había cambiado de trabajo, desarrollado una lumbalgia y caído en la más profunda de las tristezas. No guardo recuerdos después de la primera semana de marzo de 2004, cuando volví del festival de cine. Ahí lo pasé bien. Dos semanas antes de eso, él me había despertado llorando.
Quería hablar. Yo lo amaba con esa voracidad de los veinte años y cada palabra que conseguí de él está grabada a fuego en mi memoria. Me senté con la espalda contra la pared, en esa cama descuajeringada que conocía mejor que ningún otro lugar del mundo porque él era mi mundo.
Y me dejó. Ahí mismo, abrazándome y llorando por primera vez. Qué fuerte era verlo llorar después de siete años de conocernos cada gesto. Fue una conversación muy breve en la que me limité a hacer gestos y monosílabos para no interrumpirlo. Acepté todo lo que dijo, no refuté nada. Lo único que podía pensar es "¿en qué fallé? ¿en qué fallé? ¿en qué fallé?", pero no conseguí articular un solo reclamo. Me dijo que ya no estaba enamorado, así que más no se podía hacer. ¿Qué importaba desde cuándo y por qué?
El amor nos había separado al fin.
Me pidió que no lo contactara más porque creía que no iba a poder resistir las ganas de verme si yo le dirigía la palabra. ¿Ni siquiera por mail o msn? Ni siquiera. Me logueé en el MSN en su computadora y le hice mirar mientras bloqueaba y eliminaba su contacto, el de sus familiares y amigos. Sonreí para darle ánimos en medio de las lágrimas y ahí, creo, me rompí. Una grieta fulera. Crac.
Era un sábado de verano y el calor dio la excusa perfecta para levantarse temprano. Creo que lo hizo para que no nos cruzáramos con nadie de su familia cuando saliéramos de la casa. Para que no vieran nuestros ojos rojos, como nunca habían visto u oído nada extraño entre nosotros. Me llevó a la estación de trenes en silencio y volvió a llorar cuando estacionó en la puerta. "Prometeme que vas a estar bien y no vas a hacer ninguna locura". Prometí, porque estaba muy convencida de que si bien ya no importaban un carajo ni la vida ni el futuro, era capaz de hacer por él lo que nunca haría por mí misma.
Ni siquiera me di vuelta a mirarlo por última vez porque ni bien cerré la puerta del 504 a mi espalda empecé a llorar con angustia, el pecho reventando de gemidos. Creí que me moría de dolor y me pareció tan injusto mostrárselo. Tan indigno. Corrí el tren, me subí a uno de los últimos vagones, me acurruqué junto a la ventana y quedé ciega al mundo. No escuchaba, no podía hablar, no hacía nada más que llorar porque no iba a escuchar su voz nunca más, no iba a poder tocarlo nunca más.
Recuerdo que pensé muchas veces "ojalá me muera ahora".
El vidrio en el que apoyaba mi cabeza reventó a la salida de Ringuelet. Sentí el estruendo en el cráneo. Volví a la realidad porque los pocos pasajeros del vagón me rodeaban gesticulando y gritando. Miré la ventana, había un agujerito y astillas que se desprendieron un poco cuando me separé de ellas. No escuchaba lo que me decían. Sonreí y les dije que estaba bien. Debatieron brevemente que si piedrazo o balinazo mientras yo volvía a apoyar la cabeza en el exacto lugar del agujero.
"Ahora no vas a llorar más" escuché. Y literalmente no volví a llorar. Crac. Los pedazos cayeron. Bajé en Constitución con un frío en las tripas que nunca había sentido antes.
Se hace de noche y yo pienso en todo esto. Gracias a vos, aprendí a escuchar y a hablar. Aprendí a aceptarme, ¿qué importa si el resto del mundo no te entiende? ¿No estás mejor ahora que sos un bicho a los gritos, que cuando te hacías la chica Clueless? Sí, estoy mejor gracias a vos. Qué mal me hace mirarte a los ojos y saber que este amor nunca más será correspondido. Tu mano sobre la mía y esa sonrisa de alivio sincero porque ahora podemos vernos como amigos.
"¿Viste que la distancia era mejor, al final?" Sí, la puta madre, era mejor. Procesé tu ausencia y en el camino me volví un fantasma. Mi familia ya no sabe quién soy. Estoy saliendo con un tipo porque necesito coger con alguien, querer a alguien, encaminar este quilombo que es mi vida y pretender que está todo bien. Pero justo ahora que pagás la cuenta y vamos hacia la puerta me doy cuenta hasta qué punto la tristeza agujereó el contenedor de mentiras, se colaron todas. Estoy vacía de verdades. Camino como un zombie y no paro de perder trocitos día a día. Como te perdí, me pierdo.
Una buena: ahora que no somos nada, por fin te puedo mentir. Y todo lo que ves cuando subís al auto y agitás la mano para despedirte es la mirada de una mujer que te quiere bien. Una mujer superada. Tu amiga. La realidad es que sigo vacía desde que te fuiste, que ese lugar no va a ocuparlo nadie y que ahora sé que se puede amar a alguien que no te corresponde, pero el precio es alto e innegociable.
Cómo iba a imaginar que ese frío en las tripas y la falta de lágrimas continuarían muchos años más.
(abril de 2004)
Esperá, antes de que te vayas
tenés que saber cómo me siento mientras te vas
Entiendo que necesites algo de tiempo,
un poco de soledad.
Esperá un poquito, antes de que te vayas
deberías saber ya que mi corazón es tuyo.
Sé que tenés que irte,
y puedo ver que no es fácil para vos, no.
Pero estaré aquí y sabé que mi alma
está siempre cerca tuyo.
Esperá, antes de que te vayas
tendrías que saber a esta altura
que te amo y que esperaré también.
Mueve la vid y las hojas caen,
derrama el vino y nuestros sueños se derrumban
todo alrededor.
Las arenas del tiempo se deslizan entre mis dedos.
Volvimos de viaje cuando todos se estaban yendo con una noticia muy triste a cuestas. En alguna parte de la ciudad que compartimos, esta vida se apaga y no hay mucho más por hacer. Una sonrisa y el puño cerrado, con el corazón apretado adentro y el resto es silencio.
La vida y la muerte sobrevuelan. Hay que estar muy adormecido para no sentirlo, muy metido en el trabajo o la rutina de los días, muy lejos de todo lo que se parezca a ser humanos. Cada vez que subo al auto me despido un poco de la vida porque en la ruta nunca se sabe. Nadie te va a cuidar allí. Ni el cinturón atado, ni toda la prudencia del que maneja te garantizan llegar a salvo cuando la premisa ajena es escapar.
Allá, en el silencio, la vida y la muerte también me acarician. Ardía Chubut mientras nosotros parábamos en Río Negro. El silencio del bosque en otoño, casi sin gente, con algunos perros peleando por las noches como única banda sonora de estas vacaciones, me puso en contacto con las cosas que más quiero y necesito.
Esta noche de sábado, lejos de todo eso (una vez más), nuestro Getsemaní es la sensación inexorable de final. Un final que es todos los finales. La red invisible te hace eso. Sos un hilo al que hacen vibrar otros hilos. El tapiz es intrincado; la distancia no significa nada.
Los seres humanos valoramos muy poco la compañía, en realidad. Nos agrupamos en megalópolis para no escucharnos nunca, exacerbamos emociones en las redes sociales para no tener que abrazarnos cuando estamos frente a frente, presumimos de informados cuando hace años que no caminamos un milímetro por fuera de la línea de lo que mandan los poderosos de este mundo.
No quiero pertenecer a este colectivo autómata al precio de perder mi humanidad.
Sí deseo, cada vez más fuerte, esta proximidad con el mundo que olvidamos de tanto anclar en el cemento.
Sensibilizados por la primera parte de nuestras vacaciones, decidimos usar los días que quedaban para recorrer la mayor cantidad de bosques posible. Hay un hilo común entre los anarquistas que nos configuran a él y a mí. Un hilo de silencio entretejido de árboles, insectos, aves, agua, tierra y piedra. Un silencio que tiene el olor del compost vegetal, la digna indiferencia de los coihues antiguos colapsados por las tormentas y de los gigantes verdes que se abrazan uno al otro mientras compiten por el sol.
Hay un hilo entre nosotros y el resto de los habitantes del bosque, los otros humanos que se escaparon del cemento y con los que interactuamos espontáneamente esos días, casi sin palabras. Ana, Adrián, Susana, Graciela, Edgardo, tantos otros cuyos nombres no pregunté y que no hicieron preguntas, tampoco. Ana, capaz de manejar veinte horas de ida y veinte de vuelta en un citroen hasta Córdoba para ver a una amiga que agoniza víctima del cáncer, apretarla en un abrazo y regresar enseguida porque siempre hay mucho por hacer. Adrián, que trabaja en silencio y apenas se anima a las sonrisas pero tiene el alma sensible a todo lo que respira. Edgardo, excéntrico chocolatero de costumbres exhuberantes, siempre firme en el único puesto de la feria que no cierra ningún día de la semana. Graciela, que llegó del litoral un verano y ya lleva cuatro inviernos seguidos en la Patagonia. Susana, que quiere morir de pie como los árboles haciendo lo que más le gusta.
Alguien me escribió el otro día "sos una especie de Henry David Thoreau femenina". Me dio vergüenza reconocer que no había leído nada de Thoreau, excepto citas sueltas. A mitad de este fin de semana largo llevo bien avanzado "Walden o la vida en los bosques", pero antes de eso caí rendida por el brevísimo repaso a los títulos y colofones de los libros. ¡"Caminar"! Siempre quise escribir un librito llamado Caminar para dejarlo de legado a mis niños. Más de dos siglos antes de mi propio nacimiento, sus amigos dijeron de Thoreau: "Caminar junto a él era un placer y un privilegio".
Más allá de toda pulsión de ambición o deseo propio, sería lindo que el día que me muera haya un solo ser humano que pueda decir eso de mí.
Chau no: hasta pronto. Te espero, te anhelo, te quiero. Tengo que dejar de escribir porque en cualquier momento vendrán a pinchar esta burbuja hermosa en la que me metiste.
No quiero obsesionarme, pero todo en mí grita que ya deberías haber llamado. Quizá es la ansiedad, la puta necesidad de que llames, es tan raro que no hablemos por más de medio día. No quiero tener miedo de nada. Ahora el mundo se concentra en este miedo que me aprieta el pecho, ¿es esto el futuro?
Sin embargo...
De alguna forma, nos estamos salvando la vida. Gracias a vos, hoy sé que puedo esperar y también actuar.
No voy a defraudarte porque no quiero defraudarte. Tengamos paciencia, seamos positivos. En el peor de los casos, mi incapacidad crónica para darle cierre a las cosas tomará unos días más de lo esperado. Cuándo, cuándo, cuándo. Ya sabés que mi problema no es el cómo, es el cuándo.
No es justo para nadie. Sé que no es justo. No soy ingenua: hay demasiadas cosas en juego. Todo pasó muy rápido y en muy poco tiempo. Cómo pedirte más de lo que ya estás dando. De los dos, el que más tiene por arriesgar sos vos. Pasé los veinticinco sin ninguna esperanza sobre el futuro y por primera vez tengo un norte; todo es posibilidad, todo es asombro, cualquier cosa juntos es más segura que la convicción más arraigada de esta misántropa en la que me convertí.
Van a ser difíciles los próximos días, cuando caiga en la cuenta de que ya no tengo tus abrazos, de que tu olor desaparece poco a poco de ese colchón donde caímos a disfrutarnos y devorarnos a pesar del calor. Anoche dormí en el piso en vez de la cama, en el colchón finito que conservaba para las visitas que nunca vienen, y que a partir de ahora ya no será para nadie.
Estaba tan asustada cuando llegaste, tan nerviosa. Y sin embargo me hiciste olvidarlo todo en el tiempo que dura un viaje en taxi desde Retiro hasta Balvanera. Siento que no estoy a la altura de tu esfuerzo. No sé cómo agradecerte por estas horas preciosas robadas a la rutina.
Como a cucharaditas el último resto de salsa del almuerzo que nos preparaste. Espero que me llames después de un día muy largo.