viernes, octubre 31, 2008

Siniestro

Hoy se celebra Halloween, y no sólo en los países angloparlantes, parece.
A la salida del trabajo, María nos avisó que pasaba una madre arreando un séquito de niñitos disfrazados y toda cargada, ella, de paquetes y bolsitas alusivas. Esto era en Córdoba al 800, plenas seis y cuarto de la tarde.
Antes, me tocó ir a un edificio muy paqueto en Puerto Madero. En el tercer piso, donde nos esperaban para descargar una mercadería, los recepcionistas ofrecían sendas calabazas de plástico repletas de caramelos insípidos a los visitantes. Las caras sombrías acompañaban bastante bien el clima halloweenesco.

Antes de eso, en viaje, me comentaron como al pasar: "Están empezando a echar gente". Lógico, pensé: la crisis y sus psicosis... Igual que con las corridas, las empresas se empiezan a pasar la pelota...
"¿De dónde?"
"De todos lados"
Y llegó la enumeración. Empresas grandes, de las que ya tenía noticia desde la primera corrida. Me inquietó descubrir que algunas empresas más chicas también estaban tomando esas medidas drásticas. Un pequeño distribuidor informático echó a quince personas solamente ayer. Simplemente así: a las seis de la tarde, hora de cierre, reunieron a toda la planta presente y dijeron a dedo: "Estas son las quince personas que a partir de mañana no tienen que venir".
Hoy pasó otro tanto en una empresa del mismo rubro. Diez personas ya están fuera. Y los mensajes siguen llegando.
Gente muy querida por mí, que suele frecuentar este blog, está pasando por la misma incertidumbre. Algunos, desde hace meses.

Disculpen el ánimo poco festivo, pero estoy muy inquieta. Hay algo siniestro en el aire y no tiene nada que ver con nuestros queridos personajes, ocasionalmente conmemorativos.

La pregunta obligada es... ¿por qué los medios no están haciéndose eco de esta ola de despidos masivos?
¿Para no alimentar la psicosis?
¿Para generar una neurosis protectora en aquellos que sentimos que tenemos el culo cubierto? (Entérense: después de lo que escuché hoy, no tengo muchas esperanzas de vacas atadas. Propias ni ajenas).
¿Para apañar a alguien, a algo, a sus propios grupos empresarios? Después de todo, medios son empresas.

Para descomprimir, y con la esperanza de que todo pase (para mejor), les dejo este regalito. Que lo disfruten.



(Y para los Wicca y compañía, feliz Beltane)

sábado, octubre 25, 2008

Felicitudes y avisancias de sábado

No tengo más que ganas de recomendar, así que hoy copio a otros bloggers que suelen hacer esto los sábados antes de salir a la puta calle (como yo en este momento) y les dejo mis recomendaciones para este sábado.

- Fender viene escribiendo unos cuantos posts buenísimos en estos días, pero este (para una medioburra como yo) es el súmum.

- La amiga Gerund volvió con todo hace algunos meses y desde entonces nos regala  joyitas como los Saturday Morning Cartoons. Pero no conforme con eso, ha dedicado todo el mes de octubre (y contando...) a la temática tenébrico-terrorífica. En cada post hay joyitas, así que no dejen de pasar.

- ¡Revivió Malas Ondas! Más mala onda que nunca. Con nuevos colaboradores. Con piñas y cortes de mano para repartir. Si quieren compartir alguna indignación pueden enviarla vía mail, que será debidamente analizada por el MalasOndas Team y posteada para que otros puedan sumarse a su cólera.

- Un blogger muy estimado por mí desde antes de ser blogger, Hugo Zapata, está  de aniversario. En su página web se pueden encontrar dossiers sobre los temas que más le gustan. Música, cine, historietas, libros. Todo desde la perspectiva de un fanático atento y con muchas pilas.

- Si son enfermitos de "Peter Capusotto y sus videos", no pueden dejar de visitar el sitio de Bombita Rodríguez (con letras, fotos y todos los programas de la sección) y el MySpace de Marcelo Iconomidis, "EL" coleccionista de rare videos y dealer nº1 del programa de los lunes. 

Y en nuestra sección Aviso a la Población:

Habrán notado que el blog Esquizofónico está cerrado y sólo admite usuarios invitados. Tomamos esta decisión luego de varios inconvenientes sufridos en las últimas semanas y mientras vemos qué rumbo va a tomar esa queridísima web, alias Hijo Naranja, permanecerá así. 
A los pocos disfrutadores de ese humilde espacio les pedimos las disculpas del caso y les invitamos a pasarnos un mail (privadamente, por favor) si es que están interesados en acceder hasta nuevo aviso.

¡Buen fin de semana para todos!

jueves, octubre 23, 2008

Ejercicio de autoconciencia / Jueves

No sirvo para ser "la que nunca se queja".
Ya pasé por ahí.
Larga vida a mis neurosis, mis berrinches y catarsis.

miércoles, octubre 22, 2008

De mi mala relación con las fotos propias

Desde chica revuelvo y organizo (y saqueo) los cajones de fotos de mi familia. No se salva nada: ni el álbum de la tatarabuela, uno de esos que se ataban al costadito, con hojas de cartón duro y esquineros para enganchar las fotos sin que se dañen, ni las sueltitas que salieron mal y quedaron excluídas de todos lados.
Me encanta encontrarme con la expresión adolescente de la abuela en una foto de sus doce años, sentada en una tranquera del campo, o con mis hermanos cuando eran bebés. Tengo colgadas dos fotos que se sacaron mis padres el mismo día que se conocieron, en el cumpleaños de una amiga común: ella, 15; él, 19. Los dos hermosos y alegres, también en un entorno campestre, la piel bañada de sol primaveral. (¡Pensar que pasaron más de treinta octubres, ya!).

Sólo guardo y exhibo fotos propias donde aparezco junto a mis hermanos, la mayoría sub-20. Principalmente por coquetería: creo que era mucho más bonita a mis 20 que ahora, con una belleza bastante aniñada y fresca que al menos no me daba pudor mostrar. Pero también por motivos un poco más complejos que los meros complejos (cuack).

Todos pasamos por momentos de quiebre en nuestras vidas. Hay un día, o una semana, o un año que te marcan para siempre. A veces hay más de un quiebre y consecuentemente se acumulan experiencias, sensaciones, revires, que van empezando a formar parte del mapa de tu cuerpo y de tu mente. Más cuando tu cuerpo y tu mente empiezan a ser una sola cosa.

Obsesiva de los detalles, soy capaz de trazar un mapa en las caras de todos mis familiares y conocidos. Puedo rastrear la soledad, la tranquilidad, la depresión, la enfermedad, la hipocresía. En cada arruga de los rostros de mis viejos (los ausentes y los presentes) hay una historia distinta. En mi propia mirada hay distintos grados de cansancio, neurosis y caos a medida que pasan los años.

Mis fotos post-20 años están cargadas de impresiones como esa.
Lo sentía al escribir el post que no publiqué el domingo (y que a esta altura ya no publicaré nunca), más que nada porque pienso casi toda mi vida en función de escenas, como las de una película o una obra de teatro, y después las condenso en imágenes congeladas.

Lo pensaba desde el sábado, ahora que me doy cuenta. El sábado, además, vimos "Pieces of April". Era mi segunda vez y llegando al final las lágrimas salieron sin ningún tipo de preaviso. No hubo nudo en la garganta, sino un estallido. Empezó en la escena donde la madre de April se queda mirando a la niña que está detrás de la puerta del baño, con las medias y la bombacha a mediapierna. Pero lloré hasta el final de los créditos.

Lo volví a pensar ayer, cuando me dijeron (una vez más y van...) "la de la foto no sos vos".

Lo cierto es que las fotos me matan. En todos los sentidos. Tienen un poco de lo que fue, más un poco de lo que vendrá. Pero eso es más ilegible.
Yo estoy segura, cuando me miro en esas fotos sub-20, que si en ese preciso momento me contaban cómo iba a cambiar mi vida y mi relación con el mundo en menos de dos meses, mi cara no habría estado tan fresca, los ojos no habrían transmitido esa confianza en el futuro. Yo había aprendido a caminar sola hacía muy poco tiempo y tenía esa fe ciega que sólo tenemos los optimistas.
Después llegaron las fracturas, una y otra vez. Las desilusiones, el remar contra la corriente, las lágrimas aguantadas porque siempre había alguien que sufría más que yo, el dar y dar un poco más, la insensibilidad, el cinismo, el descontrol físico y psíquico, el desamparo. Mi alma pasó de la madurez a la vejez en muy poco tiempo.

Desde entonces, nunca volví a ser reconocible en las fotos. Al menos para mí.
¿Cómo voy a reconocer a esa extraña de ojos alucinados que me devuelven las fotos de 2006?
¿Nadie se daba cuenta del rictus en la boca, de las arrugas prematuras en el ceño permanentemente fruncido? ¿Del olor a limpio en la piel irritada de tanto restregarla, de las mentiras yuxtapuestas?

Ahora que sonrío más, sigo sin reconocerme. Esa chispa de nervios se me crispó en los ojos para siempre y se activa por reflejo cada vez que una cámara anda cerca.

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Como yapa descompresora a este post bajoneante, recomiendo algo que viene muy a cuento: una película argentina excepcional, dirigida por la talentosa María Victoria Menis. Se llama "La cámara oscura", está basada en un cuento de Angélica Gorodischer (a quien respeto y admiro mucho) y es ... bella, simplemente bella.
Les dejo el trailer y los invito a ver el sitio oficial, donde también pueden escuchar una partecita ínfima de la exquisita banda sonora.
Por supuesto, también les recomiendo que vayan a verla. La exhiben en el Gaumont, donde la entrada no cuesta tanto y te hacen descuento por cualquier cosa. Aprovechen. Por ahí les pasa como a mí, y se quedan con un par de frases interesantes sobre la belleza y el arte.



martes, octubre 21, 2008

Ausencias

El fin de semana me puse a escribir lo que iba a ser un post cortito, para el día de la madre, y terminó siendo un choclo largo, incomprensible, demasiado mío para dejarlo acá colgado. Así que no lo puse. Me siento mejor, pero algo me falta. Leo el texto que quedó (una hoja y pico) y sigo agregando cosas, para no sentirme en falta con alguien, para que todas mis madres queden contenidas ahí.

No puedo.
Desisto.

Hoy estoy acá y no quiero.

Quisiera estar en cualquier otro lado, ser otra persona, volver a ser invisible, dormir una siesta de 100 años y despertar en un mundo donde no queden rastros de nadie más que de mi Marius.


Recién ahí, salir de entre el polvo de las ciudades y empezar de nuevo.






Esta noche duermo y se me pasa. Hoy estoy llena de ausencias, y la primera ausente soy yo.

viernes, octubre 17, 2008

Las dos Camilas

(Publicado originalmente en ProfundoBosque, me pareció pertinente dejarlo aquí también)


Camila tiene 11 años y vive en Gualeguaychú. Dinámica, pasa sus días entre el colegio, las clases de danzas e inglés y su vida familiar. Le gusta navegar por Internet y leer. Me la imagino escribiendo poesía, como hacía su hermano mayor a su misma edad.

Camila es bella. Tiene los ojos de un verde-parduzco, dudo haber visto otros iguales en algún lugar. Tiene pómulos altos y una nariz perfecta donde se insinúan algunas pecas y el primer acné. El pelo, de un rubio más oscuro que el mío e igual de abundante. Es esbelta, no muy alta, y usa cancanes y polleras con zapatillas porque también le da por ser coqueta. No se pinta. Juega con su hermano menor y su sobrinita de tres años y si bien tiene modales correctos, de nena madura y seria, sigue siendo apenas eso: una nena.

A Camila le empezaron a crecer los pechos este año, al poquísimo tiempo de hacerse señorita. A mí me pone incómoda pensar que aquella prima diminuta que sostuve en brazos una tarde de verano, recién salida de la incubadora del sanatorio, ya esté suscitando las miradas y los piropos (algunos subidos de tono) de los muchachones de la ciudad-pueblo. Y me pone incómoda porque yo fui igual. Demasiado grande para ser niña, demasiado niña para ser grande. Y me asustaban los tipos. Con razón, me asustaban. Ahora que soy adulta, me doy cuenta del peligro que corrí no una, sino diez, veinte, cien veces a manos de ciertos "adultos" pretendidamente confiables.

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Camila tiene 11 años y vive en Villa Carlos Paz. Le gustan los animalitos, es católica y muy familiera. El cronista, sin que se le mueva un pelo, destaca como datos simpáticos el hecho de que se convirtió en la Lolita más joven de la Argentina y que, pese a pertenecer a una familia a todas vistas acomodada, va a un colegio público. Sí señor, ¡y además, es abanderada!.
Yo la conocí recién hoy vía Critica Digital y a medida que leía se me iba sublevando la sangre. Basta con rescatar algunas líneas de su testimonio para entender un poquito el por qué de mi indignación.

"Quiero que todos recuerden: los niños no tenemos pecados. Hay que tener fe en Dios, que todo lo cumple. Yo les digo a todos los chicos que luchen por sus sueños. Que peleen por lo que quieren. Que tengan esperanzas.” Aconseja Camila Colombero, 11 años, la nueva Lolita argentina, la más joven de la historia: desbancó a Nicole Neumann, que debutó a los 12. Camila aclara: “Yo los cumplo el 29 de octubre. Falta poco”.

"–¿Y quiénes son tus modelos preferidas?

–¡Nicole Neumann! Ella es la más linda. ¿Sabés qué me gusta de ella? (...) Me gusta porque ella quiere a los animales. ¡Como yo! ¿Sabés que en Santiago del Estero mi papá tiene una finca? Y ahí está lleno de animalitos. Hay cabras y gallos kiki. Son unos gallitos enanos, re lindos. ¡Ah! Y de las actrices me gusta Emilia Attias."

"–Y tus papás, ¿te ayudan con tu nueva ocupación?, ¿qué te dicen?
Ellos me cuidan mucho. Pero no por esto que estoy haciendo ahora... Ellos me cuidan siempre. En el cole, en la casa, en todos lados."


(Y claro... qué va a contestar?? es una CRIATURA, por el amor de Jebús!!)

Once años, repito.
Creo que esta foto es bastante elocuente de por sí.






Ya pensé tantas veces que a los padres de estas gurisas habría que spankearlos a morir, que me temo estoy gastando el castigo. Lo peor es que nos estamos acostumbrando a este nivel de pelotudez. ¿Qué necesidad puede tener una pendeja de semejante grado de exposición a tan temprana edad? Ella es quizá muy chica para procesarlo, pero los padres, los adultos que la rodean, siquiera algún amigo o amiga más grande que ella pueden perfectamente alertarla sobre cuestiones tan básicas como la reacción que causa en otras personas con su físico contundente expuesto de este modo. O sobre los riesgos de soñar con un futuro en el que tu cuerpo es a la vez una mercancía, tu herramienta de laburo y por ende, el objeto de tus desvelos. O sobre el peligro que encierra la premisa (errónea) de que porque sos inocente y "no tenés pecado" este mundo caníbal te va a respetar.

Mi querida Camila, a las lolitas como vos se las comen crudas hasta los lobeznos de esa industria nefasta. Las que sobreviven pagan un precio altísimo. Pero como no te ponen límites, y para tus papás es suficiente saber que estás contenta jugando a Patito Feo y Las Divinas en el Pretty College, lo vas a aprender muy tarde, cuando te cases con algún tipo platudo y algo complejo, al que le guste cogerse algún travesti de vez en cuando mientras vos te pasás el día en el gym para pilotear el estrago de los años y los embarazos sucesivos, lidiando con las niñeras que cuidan a tus hijos y esquivando a los medios que están alerta las 24 horas para saber de qué color son tus zapatos, cuántas veces los usaste o qué olor tienen los pedos que te tirás.

Después hablamos de explotación infantil en Sri Lanka o en Misiones, o en Moscú, o en Ciudad Juárez. Por favor. ¿Es mucho pedir que les den a los chicos la posibilidad de una infancia tranquila, con ritmos madurativos acorde a los biológicos? ¿Que les digan "hasta acá"?

Pretender que la burbuja salvadora de los principios y las creencias te van a cuidar de los hijos de puta del mundo no es más que un pensamiento simplista; indolencia y estupidez, detrás de una máscara de ingenuidad neurótica.

Si me preguntan, por más que termine preñada a los 15, aunque se llene de tatuajes y piercings y se pelee con sus padres, aunque se saque un cinco o un tres en Matemáticas y llore porque no puede tener todo lo que quiere, me quedo con mi Camila.

martes, octubre 14, 2008

Finalmente, la lluvia...

...Me estaba olvidando cuándo fue la última vez que escuché el golpeteo de las gotas en el techo de mi habitación, los relámpagos como flashes, el ruido del trueno ahí nomás.

Ahora que miro bien, me doy cuenta que es muy raro que se formen frente a la casa aquellos surcos de agua que corrían paralelos al cordón y en dias de mucha lluvia llegaban a inundar la calle. Hace mucho que no llueve como antes. También es cierto que los sistemas de desagüe mejoraron y el agua escurre más; ni siquiera la casa es la que era, y el año pasado el fresno que adornaba la entrada también sucumbió a una mejor urbanización (bueno, al menos los fresnos de las otras casas siguen ahí, y algunas palomas en los zócalos también).

Llueve. Es un fin de semana gris, como los de antes, cuando me decían que hacía falta que llegara yo para que se largara a llover. Ya hacía casi dos años que no veía semejante colchón de nubes. Me fue inevitable pensar en el post anterior cuando salimos a la calle y vimos pasar las hojas dando bandazos entre los charcos.

En un minuto recordé las carreras de barcos de papel que seguíamos con la corriente hasta que doblaban la esquina y se perdían rumbo a los barrios más bajos, a una velocidad que ya no podíamos sostener con las piernas cortitas y las botas de goma. Cuántas veces mamá nos dejó bailar en esos charcos, calzados y descalzos, a veces completamente vestidos de fiesta, al regreso de un cumpleaños, con la única recomendación de que nos cuidáramos de los autos. En aquellos días, había todavía menos tránsito en mi cuadra que el que hay ahora (¿un auto, dos, cada diez minutos?) y si nos manteníamos cerca del cordón aprovechábamos mejor la corriente de agua, ya límpida, que bajaba desde las calles del centro.

Pocas cosas importan tanto como el goce cuando sos chico. Después llega el otoño de la vida y te quedás mirando por la ventana esos charcos donde antes saltabas.

Hay otros goces, como el de las madrugadas con las gotas cantando en el techo de zinc y los truenos que ya no asustan, y los pájaros del amanecer sacudiéndose la última humedad.

Eso no cambia, aunque hayamos crecido.

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(Este post iba a salir el sábado, pero me encapriché con ponerle una foto, o quizás un video de esa lluvia entrerriana y lo verde que se veían los árboles y el pasto... pero ninguna salió como quería. Suele pasar. A cambio les dejo una canción que me acompañó incidentalmente alguna de esas madrugadas)




jueves, octubre 09, 2008

En estos últimos dos o tres días y por esas cosas desencontradizas estuve viniendo a pie a la oficina. Sola.
A falta de una mano que agarrar, ocupo las dos que me quedan libres en tomar el volantito que ofrece siempre el mismo señor, en una de las esquinas de Tribunales. Sigo mi camino mientras hago un barquito de papel (ese volante tiene el tamaño justo). Tardo en hacerlo lo que me lleva caminar hasta el Teatro Colón; unos tres o cuatro minutos. Lo tiro siempre en un tacho distinto, así, prolijamente armadito, con la ilusión de que alguna de las personas que día a día pasan mirando o revolviendo la basura se quede pensando quién será el loco o la loca que todos los días deja un barquito de papel distinto en los tachos de basura de la zona de Tribunales.

Mientras mi cabeza piensa en esas tonteras, el otro hemisferio escucha...




miércoles, octubre 08, 2008

In this town we call home...

... everyone hail to the pumpkin song!
(This-is-Halloween, this-is-Halloween...)

Visitando el VF me encontré esta linda sorpresa, y como su propietaria siempre es tan generosa, me chorié la idea.

Así que ahora tengo este avatar


...que va a ir junto al "estonoespsicodelia" hasta el 31/10 a la medianoche... y por ahí un poquito más.
¡Gracias, Gé, por la excusa de esta celebración anticipada!



viernes, octubre 03, 2008

Es fija (III)

Un poco de viento fresco me cambia este humor huraño y se me pasan (un poquito) las ganas de volar de acá.
La simpatía cósmica existe.

miércoles, octubre 01, 2008

..."Ha de ser el corazón"



Tuvimos la invaluable posibilidad de ver esta joyita con el metraje extra (versión encontrada en el Museo del Cine este mismo año), y quise poner este video con la intro, simplemente porque no tengo palabras para esa experiencia.
Fueron dos horas y pico intensísimas de música en vivo, de imágenes hipnóticas y desconexión de la realidad: en un auditorio lleno de gente, nadie se movía ni hablaba. Todos estábamos compenetrados en la historia de Freder y María, del alucinado Rotwang, el leal Josaphat y el ambicioso Joh Fredersen.

Mi amor por el cine llegó mucho antes que mi cinefilia, en una salita con olor a humedad y cortinados negros donde a veces se escondían murciélagos y lechuzas. "Metropolis" es la síntesis perfecta de estos factores. Porque se puede ser cinéfilo (o cinéfago) sin necesariamente amar al cine, y se puede amar al cine sin volverse cinéfilo jamás.
Casi siempre estuve más cerca de esta segunda combinación que de la primera.
Después de las 23.17 hs de ayer, ya no estoy tan segura.

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Hace un par de semanas falleció Salvador Sammaritano; fundador de Cine Club Núcleo, crítico de cine y ex subdirector del INCAA, es también uno de los involuntarios protagonistas de este hallazgo. Fue él quien le dio a Fernando Martín Peña la pista de la copia perdida de "Metropolis" al recordar la proyección que hizo para el Cineclub en los años ´60. (Todos los detalles, pueden leerlos aquí).

Seguro al "Negro" le habría encantado poder ver esta película una vez más. Y la realidad es que nadie debería perdérsela cuando vuelva a Argentina restaurada.

sábado, septiembre 27, 2008

Grizzly en primavera

Me siento un poco rara saliendo a la calle de abrigo negro cerrado hasta el cuello (por liviana que sea la remera que está abajo), con botitas cortas y pantalón holgado largo.
Un poquito rara, nomás. Preferiría, por comodidad, ir más ligerita y sin abrigo. Pero me acostumbré demasiado a la intimidad de mi cuerpo encerrado bajo mucha ropa, a esa sensación de preservación de la mirada ajena detrás de los anteojos de sol y de aislamiento del ruido que dan los auriculares del mp3.

Justo yo, que odio los anteojos de sol y que siempre renegué de la música en las orejas (porque me sigue alcanzando con la de mi cabeza).

Me inquieta un poco lo fácil que me acostumbro a estas cosas y lo mucho que todavía me angustia exponerme a la mirada ajena, no importa cuán benévola o neutral sea.

Quisiera que el invierno no se fuera nunca para poder seguir poniéndome este abrigo, guardándome detrás de una coraza falsa, sintiéndome la mujer invisible, ignorada hasta que yo misma lo disponga. Quisiera ser, no sé, mucho más chiquita o más flexible. Quisiera caminar por el cielo para no volver a chocar o esquivar a nadie.






Buen fin de semana (ochentoso!)

lunes, septiembre 22, 2008

Poco importa

Una de las mejores referencias a Murphy (no recuerdo si ley, corolario o postulado) que leí en algún momento me acompaña hasta hoy como un mantra: "Si no te importa... que no te importe".
Pero soy una drama queen. Lo saben mis familiares y amigos como lo han sabido mis parejas, o mis eventuales compañeros de ruta en la facultad, el colegio, el teatro. De tanto en tanto me descubro exasperada, irritable por algo, y me doy cuenta de cuánto me importan ciertas cosas. Cuánta relevancia le doy a pequeños detalles que (independientemente de las vueltas que dé) me preocupan. La medida de la importancia que les doy no siempre es proporcional a la reacción que me provocan.

¿Qué será, entonces, lo que me impide desprenderme de eso? Porque está claro que me sería más cómodo despreocuparme, dejar pasar lo no dicho como justamente eso: algo que no se dijo, y después aguantátelas.
Asumo, pues, que algo tendrán que ver las alusiones tangenciales que voy encontrando (algunas con meses o años de delay) respecto de situaciones no muy claras o que nunca se cerraron.

La actitud más sana sería "agua y ajo". Pero siempre sobrevuela la culpa de no haber sido demasiado clara, de no haber ofrecido a mi vez la excusa para un cierre, un quiebre, una respuesta directa. Es que no se me da bien ir al choque. Eso es tan evidente como mi dramaqueenismo. Y es algo de lo que es muy fácil aprovecharse, también.

Sería un buen propósito para este año (y me importa un carajo que esté más que empezado) darle un cierre a todo esto encarando con una actitud vigorosa y nueva esas situaciones donde no queda claro del todo...

- qué me rompe las pelotas
- qué me entristece
- qué me incomoda
- qué me da vergüenza o pudor
- qué me hace mal

Algo es seguro: Para que definitivamente deje de importarme, tengo que dejar de callarme. Las tripas me arden con todo lo que guardo por consideración a otros que no tienen la consideración de ahorrarme sus propias palabras.

Las palabras y mis propias manos siempre fueron la mejor cura para todo.
Estoy ansiosa por extirparme viejos venenos ajenos.

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Postdata 1
: ¡Soy TAN feliz ahora que volvió Peter Capusotto! (Enorme sección: "Pesados del Rock". ¡Queremos más!).

Postdata 2
: No se pierdan este evento el sábado. Lo recomiendo con todo mi corazón:

Liliana Felipe dará un concierto en la ex ESMA, organizado por la televisión pública.
El sábado 27 de septiembre, a las 17, tendrá lugar en la sede del Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos (ex ESMA), Avda. del Libertador 8151, el Concierto Homenaje Juventud y Memoria a cargo de la cantante argentina/mexicana Liliana Felipe, acompañada en la oportunidad por la Orquesta Sinfónica de Canal 7.
¿Cómo? ¿No la conocen? Subsanemos eso urgente con algo alusivo.




Tienes que decidir
quién prefieres que te mate:
un comando terrorista
o tu propio gobierno para salvarte
del comando terrorista.

Tienes que decidir
qué prefieres que te mate:
la pobreza, la miseria,
el Tratado de Libre Comercio
o el programa contra el hambre.

Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos si quiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.

Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos civiles,
rehenes, vampiros o simples mortales.

Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir cómo queremos morir.

Tienes que decidir cómo prefieres morir:
de hambre natural,
de asco terminal,
de pago de predial,
ahorcada con tu chal,
debiendo un dineral,
cruzando de ilegal.

Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos siquiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.

Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos ciiviles,
rehenes, vampiros o simples mortales.

Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir

cómo queremos morir.

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Y de yapa... Susana Zabaleta canta "Mala" (también de Liliana)




... pero qué bonita, chingaos!

domingo, septiembre 21, 2008

Ejercicio de autoconciencia y yapa / Domingo

- No importa cuánta razón tenga, cuán apasionada o vehemente me sienta respecto de un tema: invariablemente las discusiones me ponen mal. Así como hay ruidos que no tolero (una pava que chilla, un teléfono que suena, voces chillonas y portazos), hay tensiones que no puedo soportar. Las discusiones, más aún las socráticas, están cargadas de esto. Prefiero el debate. Pero como el mundo está lleno de personas que se miden la poronga, el debate es una tradición que pierde terreno frente a los portazos que le da el "yotengorazonicismo".


- Daría toda mi autoconciencia por un poquito más de control de mi ciclotimia, y perder para siempre este miedo al enfrentamiento, este temblor en las manos que me obliga a pegarle a algo o a alguien. Al menos estaría bueno que la vida me pusiera enfrente a un ser digno de matarlo a piñas.


- Hay momentos en que no puedo manejar mi propio cuerpo, mi mente se desboca y el límite entre los mundos queda borrado. Los sueños empiezan a ser más complejos, más vívidos. Siento insectos caminando por todo mi cuerpo, una sugestión extraña, nacida de mi manía por la limpieza y el orden. Hablo mientras duermo. Escucho voces viejas y percibo los olores con más fuerza. Vuelven mis instintos primigenios y la boca se me llena del anhelo de carne cruda, de masticar macachines o jazmín del país.
Con el paso de los años voy entendiendo que esta serie de factores se da con más fuerza en los cambios de estaciones, especialmente en la transición verano/otoño e invierno/primavera.

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En otro orden de cosas, este blog cumple años.

Yo que me creía incapaz de sostener nada en este mundo virtual por demasiado tiempo, encuentro cada día más motivos para seguir escribiendo, aburriendo gente y desprendiéndome de mis límites.

Si todo sale bien, hoy me voy a levantar temprano a caminar junto al río. Me sentaré en el pasto hasta que la humedad me manche los pantalones. No voy a bañarme hasta que vuelva a Buenos Aires. Que duren el olor a tierra, a verdín y a pelo lavado ayer. La mugre bajo las uñas y el frío en la punta de la nariz, la alergia de cada primavera inminente y el barro en las zapatillas.

La vida sólo vale la pena si hay ganas de vivirla. Así que vivan lo mejor que puedan.
Vivan a la altura de sus sueños.
Vivan para servir y para arrancar sonrisas.
Vivan para ser útiles.
Sigan su instinto. Escúchense.
Cáguense en los prejuicios y en la mala leche del que sólo vive para ver lo que hacen los demás.

O mejor, no me hagan mucho caso. Después de todo, la fórmula que me hace bien puede no funcionar para nadie más.


A los que tengan la suerte o la desgracia de leerme, les dejo la canción de estos días.



jueves, septiembre 18, 2008

Días de ruido

Vivo en esta ciudad llena de gente, autos, mugre y ruido. Ruido sobre todo. Tanto, que la gente está acostumbrada. Lo odia y lo necesita como si fuera una droga. No son capaces de quedarse en silencio porque se morirían de angustia. Se estresarían por falta de ruido.
Supongo que por eso terminan yendo de vacaciones a urbes superpobladas, como Córdoba, Mar del Plata o las playas más "in" de Brasil. O se encierran en corralones a saltar amontonados al ritmo de una música frenética que a menos que estés a dos metros del parlante suena átona. Simplemente ruido y más ruido.
Usualmente me cierro a él, acostumbrada a ignorarlo por mi salud mental. Pero desde hace unos días no paro de escucharlo.
Es inevitable, se mete por todas las hendijas y me taladra la cabeza, golpeándome como si fuera un punchingball. Las motos, las bocinas, los caños de escape abiertos, las alarmas, los martillos neumáticos, los gritos, me están dejando de cama. Por suerte es hoy, y hasta el lunes (espero) nada más... no más bochinche. O sí, pero de otro tipo.

En días como hoy pienso "¿Quién carajo me mandó mudarme acá?"
Y enseguida me acuerdo de que todo tiene una razón de ser, y que si no hubiera recorrido este camino hoy no tendría lo que tengo, ni sentiría lo que siento, ni habría vuelto a escribir. Nunca más.

Así que ... gracias.


You are my sweetest downfall...



(I loved you first)

lunes, septiembre 08, 2008

Sin miedo a las serpientes

(Inspirado por esta imagen, que vi en lo de Estrella)


Mi infancia fue, entre muchas otras cosas, interesante y afortunada. Sobre todo porque las cuestiones menos afortunadas y felices se articulaban con lentitud en algún lugar del subconsciente y quedaban para después. ¡Sabia madre Natura!

Una de esas cosas fabulosas fue mi colegio, el Malvina Seguí de Clavarino, mejor conocido como "Villa Malvina" o simplemente "la Villa". Un lugar algo aislado del centro de la ciudad, en un barrio tranquilo camino a la ruta 136; un terreno enorme donde aún conviven el viejo solar del matrimonio Seguí (que es actualmente "la casa de las monjitas") y el edificio del colegio propiamente dicho, bastante más moderno. La capilla anexa era lo primero que se veía al final de la calle, y es una de las más lindas que haya visto en mi vida.
Fui a ese colegio en parte porque mis padres trabajaban día y noche, y no se animaban a mandarnos caminando a alguna escuela más próxima a casa, en tanto que "la Villa" tenía su propio servicio de transporte escolar. En parte, también, porque todas mis tías eran egresadas notables de ese colegio y había una suerte de pacto de simpatía entre la familia de mi papá y las monjitas.
Mamá dijo, algunos años más tarde, que habría preferido enviarnos a una escuela pública como la ENOVA, a la que fue ella. Que quizá nos habría preservado de muchos desengaños y del elemento humano que suele rondar ese tipo de colegios.

"La Villa" me contó entre sus huestes desde preescolar hasta mi egreso, un total de doce años. Desde la sala "Hormiguita Viajera" hasta el quinto año del Bachillerato en Letras cambié de amistades, aprendí a estudiar, a negociar, a expresarme y a pelear.
El preescolar me encontró escribiendo mis primeras rimas junto a algunos dibujos y cumpliendo penitencia en un rincón, con algún libro en la mano. Recuerdo el olor a barniz de madera que tenía la banderita "de los de jardín" y la textura de la soga al izarla. Recuerdo las alianzas bajo las coronas de novia y las luchas de poder en el arenero y los toboganes.
A medida que nos hicimos púberes, mis hermanos y yo nos acostumbramos a llegar a la parada del transporte a las siete menos cinco de la mañana, de lunes a viernes. El transporte era un colectivo pintado de naranja con el cartel del colegio, manejado por un cincuentón de cara cansada y bigote blanco que se llamaba Ángel. Peleábamos por un lugar en el fondo del colectivo y a veces nos sentábamos los tres juntos, aupados y amontonados, en un asiento simple. Compartíamos la merienda incluso cuando ya habíamos pasado al secundario y a nuestras amistades les resultaba rarísimo ver un caso tan patológico de solidaridad fraterna.

Mi colegio tenía gente excepcional en más de un sentido. Excepcionales idiotas y excepcionales seres humanos. Tenía un roble gigante en medio del patio y un salón de actos que servía de gimnasio cubierto los días de lluvia. Sobrevive en el patio una fuente de cemento y un bicentenario cordón de casuarinas que da vuelta a todo el perímetro. Todavía están ahí los bebederos de mármol y las glorietas con glicina y azahar que tienen olor a "Un año más" de Mecano, cuando llegan las vacaciones de verano.

Lo mejor de todo es ese parque enorme, en el que me gustaba perderme aún en épocas de prohibición. Por la calle que circunvalaba el parque pasaban las canaletas de Obras Sanitarias, criadero de yararáes, arañas y culebras. Apenas llegaban las estaciones cálidas, una tanza custodiada por maestras de la primaria partía el parque en dos, impidiéndonos cruzar a las zonas de peligro. Yo prefería perder cinco minutos de recreo buscando la manera de pasar sin que me vieran, antes que quedarme jugando cerca de la bandera.
Mi lugar preferido era La Gruta, una reconstrucción a escala del lugar donde la Virgen de la Inmaculada Concepción se le apareció a Santa Bernardita. A ese lugar con olor a pino y tierra con lombrices me iba a pensar, a escribir o simplemente a soñar despierta, sentada en los bancos de madera (¡tan parecidos al de la foto!) o al pie de un árbol, con la pollera del uniforme bien extendida cubriéndome las piernas.
En mi adolescencia fui seria y disciplinada como un soldado, o tan revulsiva y rebelde como cualquiera de las más revoltosas del curso, dependiendo del día y de mi humor. El único lugar donde me sentía yo misma era aquella gruta con glorieta, hiedras y un sendero de casuarinas por detrás, donde podía cantar sin que me oyeran o treparme a los árboles sin riesgo de que un varón me espiara los calzones.

Un invierno en que se hizo difícil parar la olla y uno de los tres tuvo que renunciar al transporte, empecé a levantarme todos los días quince minutos más temprano para vestirme con doble capa de abrigo (cancanes y un saquito de lana azul, tejido por la abuela) y encarar en bicicleta o a pie las calles silenciosas, aún en penumbra, donde la helada aparecía primero en los techos de los autos.
Llegando al boulevard se avistaban los primeros jardines blancos. Casi podía sentir que se gelificaba el humo de mi aliento. Los perros del barrio, medio ateridos de frío, me acompañaban en procesión silenciosa cuando llegaba a la calle cortada que desembocaba directamente en el portón de hierro forjado de la entrada. A veces llegaba tan rápido que tenía que esperar que Molina, el casero del colegio, abriera la puerta de acceso peatonal, mientras el sol empezaba a levantar la helada del campo de deportes y la humedad me calaba los huesos.
En ese momento exacto, de silencio perfecto y temperatura bajo cero, sentía que el corazón me iba a explotar de felicidad.

Entre obligaciones y recreos, convivencias y jornadas deportivas, aprendí a desengañarme de las falsas amistades, a renegar de los prejuicios, a leer a las personas y a no dar nada por sentado. A bancarme las humillaciones soterradas y las traiciones de gente intachable que me juzgaba en silencio por mis excentricidades. También pude construir auténticos principios y valores que me sirven al día de hoy, bastante más que aquellos que pretendieron inculcarme.
Nunca me vieron llorar, pero sí aprendieron a temer mis enojos. Nunca dejé de hablar con los bichos o con los arco iris. Ex compañeros y docentes todavía me recuerdan por eso; por ser la que hablaba con los pájaros, los perros y las flores. Y porque no le tenía miedo a nada.

Es por estas cosas, entre algunas otras, que cada vez que mi madre lamenta haberme enviado a ese colegio yo le respondo que ningún otro lugar me habría gustado más, o me habría enseñado mejor a sobrevivir.

miércoles, septiembre 03, 2008

Oído al pasar (2)

(Colectivo 111. Viernes a mediodía)

Suben tres post-adolescentes vestidos como adultos. Dos chicas de rigurosa pollera a la rodilla con medias y botas altas, más saco de lana a la moda. Él de casual day.
Hablan y se ríen muy fuerte en el fondo del colectivo. Son voces trabajadas. "Estudiantes de periodismo de alguna universidad privada" pienso enseguida. 
Son muy obvios. Están tan enamorados de su voz que necesitan sacarla, escucharla y que todos la escuchen. Conozco el paño.
La que habla más fuerte es una chica de veintipocos, de pelo rubio y largo atado en una coleta alta.

- De la charla de ruptura no hay vuelta, eh. Si te das cuenta de que te van a cortar, tenés que cambiar el tema de conversación lo más rápido posible. Hablar de cualquier cosa, evitar el tema, evitar momentos de silencio que lleven al tema. Alargalo todo lo que sea posible: dos, tres, seis meses. Si en el medio te portás bien, vas a ver que se olvida de que te quería cortar.

Los tres siguen hablando sobre bueyes perdidos. En la zona de Puerto Madero tocan el timbre y se bajan. Cruzan la calle:  enfrente está la UCA. Qué puntería, Cass.

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(Hotel 4 estrellas, zona Retiro. Mismo viernes, 15 hs)

Espero a una persona en la recepción del hotel mientras hago barquitos de papel con los volantes de admisión. Una Toyota Corolla de color negro y vidrios polarizados para en la vereda de enfrente. Bajan una mujer despampanante, que pasa directo al ascensor, y un tipo parecido a Jason Statham en "El Transportador"
Él (llamémosle Jason) habla con el recepcionista como si se vieran todos los días.

- Va a venir en un rato, a eso de las 15.30. ¿Le podés llevar lo de siempre a la 3**5?

Y se va. Espío el vehículo que arranca. Tiene chapa diplomática.


miércoles, agosto 27, 2008

¡Cosas de palurdos! (2)

(continúa desde aquí)

Para un palurdo...

- Un jogging, un buzo desteñido y medias con agujeros son un atuendo perfecto para el fin de semana.
- El "cuerpo ideal" es una apología de la anorexia.
- El bajo perfil está por delante del jetonismo.
- La vergüenza ajena es peor que la propia. ("¿Qué es vergüenza?")
- Es normal sentir un extraño gusto por el dolor, derivado de la conciencia del propio cuerpo, que empieza a manifestarse desde las anginas de la más tierna infancia.
- Si los reprimen, desarrollan conductas culposas de adulto (como darse atracones desmesurados a escondidas, pasar de la elegancia perfecta a la crotez absoluta o un peligroso gusto por la bebida en solitario).

Bonus (susceptibles abstenerse): Los palurdos, mal aprendidos como son(mos), van al baño sin cerrar la puerta con tal de seguir la conversación.
Cuando éramos chicos, mis hermanos me seguían al baño para que les contara cuentos. Se sentaban del espaldas al inodoro, con los pies adentro de la bacha de la ducha, y escuchaban mis historias sobre los conejos Pat, Pit y Pot.




(¿Qué esperaban? No todas son rosas en el mundo de Cassandra).

lunes, agosto 25, 2008

Cortesía 0

Una muestra de la espantosa educación que dieron los padres a estos pseudo adultos que transitan las calles del Señor en las que me muevo, es esa manía de invadir mi espacio privado.

Entendámonos: Hay un metro cuadrado que es mío y no quiero que otros entren en él. Soy consciente de mi tamaño y de mi andar rápido, pero no puedo hacerles la vida tan fácil a otros transeúntes con delirios de expansión territorial.

La pregunta que me hago una y otra vez es: ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que se mueve?
Las prerrogativas siempre son ajenas. Nunca mías.

Esta parejita viene en babia, mirando hacia abajo mientras se susurran al oído. No me ven, por eso no se corren. Claro.
Esta señora empuña un coche tipo paragüitas con un semejante "angelito" de cinco años, despatarrado de sueño. Cómo no darle paso...
Este hombre está muy apurado y va hablando por su celular, con la atención puesta a años luz de lo que pasa en la calle. Pase, señor, pase.
Esta señora camina muy despacio, justo por el medio de la vereda. Quizá quiera correrse a un lado, pero sus débiles piernas no se lo permitan. Baja Cass a la calle para darle paso, haciendo al mismo tiempo una finta para esquivar a esa bicicleta que circula en contramano.

Y así transcurren mis días, entre danzas invisibles, giros, torzadas y paraditas en punta de pie.

¿Qué hay de mis prerrogativas? ¿Y qué de mi espacio vital?

No hay caso. Siempre soy yo la que se corre. Hija de mis padres "por favor-perdón-permiso-gracias-buenos días-hasta luego", me deshago en fórmulas amables que nadie corresponde. A veces me divierto provocando caras de extrañeza con un "¡Buenos días!" alto y cantarín, subiendo al colectivo. Kiosqueros y panaderos me saludan con cara de miedo, pero sin mirarme.

Cuando camino me empeño en el contacto visual. Si me devolvieran la mirada, si solamente me estuvieran mirando a los ojos, no les daría la cara para robarse mi espacio vital. (Ah, qué problema ése... el contacto visual. Tengo vecinas de edificio que no sólo no responden jamás mi saludo, sino que viajan conmigo en el ascensor como si yo fuera transparente. Creo que podría identificarlas por cualquier rasgo, excepto por sus ojos.)

Hoy hice una prueba. Sin hartazgo, sin cansancio ni mal humor: por mera curiosidad antropológica. Decidí que en un trayecto de diez cuadras de ida y diez de vuelta, no iba a correrme ni un paso. Guardaría mi espacio sin hostilidad, pero con firmeza.

El resultado: Logré que me esquivaran cuatro o cinco personas. Sólo un hombre se detuvo en un umbral para darme paso. El resto me llevó puesta.

Los compadezco, de verdad. Llevarme por delante cuando camino por la calle es como darse contra una puerta. Si en mi hacer diario los esquivo todo lo que puedo, es justamente para evitarles el moretón en el antebrazo, la puteada, el golpe en la bolsa de las compras, el medio giro o el choque de piernas.
Créanme que a mí me da casi el mismo rechazo el hecho de que me toquen, invadiendo de prepo mi metro cuadrado, que el daño que les pueda hacer con un encontronazo.
Me incomoda mucho su incomodidad.

Pero me estoy cansando de la pelotudez ajena, de las distracciones fingidas, del atropellamiento a mansalva.

Hoy mismo empiezo una acción agresiva de remilgos callejeros. Apuesto a que les da tanto asco mi melosa cortesía que se apartan de mi camino más rápido de lo que canta un gallo. Es eso, o aprenden de una vez a comportarse.

Eso. Cortesía absoluta. No puede fallar.


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Este post está dedicado a Fender, que es quien me preguntó por primera vez "¿por qué siempre soy yo el que se corre?"


viernes, agosto 22, 2008

Viernes porteño

Esta ciudad me quema.
Me lastima, me aliena.

La ciudad me agrede como un gigante malhumorado, desde sus rascacielos erguidos, desde la indiferencia de su tránsito asesino, desde la estridencia de los martillos neumáticos, motores y bocinas.

La ciudad me expulsa. Hoy es uno de esos días. Me doy cuenta de que no me quiere, que no estoy adaptada para esta vida, y ella-él me huele. Me percibe, me rechaza. Como un perro que siente el miedo, me ataca. Se me tira encima, me pasa por arriba, me muerde y me desgarra.

A veces despierto cubierta de cenizas y no alcanzan ni mis alas para cubrirme, ni toda el agua del mundo para lavarme. A veces la piel se me hace áspera y no huelo más que a polvo y a asfalto caliente, a humo aceite de motores, a gris metalizado.
Los gigantescos espejos a duras penas me reflejan; tampoco me veo en vidrieras o en los ojos de las personas que caminan a mi lado. Hasta los turistas se encuentran apagados o fuera del área de cobertura: mirando para arriba como quien camina en un prado desierto, sin olores, sin tacto, sin nada que despierte el apetito del alma. ¿De qué otras junglas de cemento vienen y buscando qué? ¿Belleza? ¿Historia? ¿Música? ¿Personas parecidas a ellos? ¿Distintas de ellos?
Sea por costumbre o por falta de ganas, apenas le encuentro atractivo a esta ciudad cosmopolita, crisol de razas.

Vengo de una mañana larga. Mi camino empezó en la puerta de casa y desde allí me fui apagando un poco. Rejas en Tribunales y un montón de policías ignorantes de todo, menos de su función; ignorantes de maniobrar sin mirar, porque sí, porque para eso están, llevándose puesta a una madre con su hijo que va al colegio arrastrando penosamente una mochila-carrito. Sombras chinas en un subte lleno a las ocho de la mañana, música en mis oídos .

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Bajo en Agüero, camino al hospital de niños. Hay más tránsito de pequeños pies que en una escuela en pleno 25 de mayo; familias que copan un parche de piso a falta de asientos, sillas de ruedas, gatos. Sigo a un falso Persa blanco hasta el corredor que atraviesa el patio . Nunca pisé este lugar y sin embargo lo reconozco... ¿tanto se parece al Hospital de mi ciudad? Veo por primera vez sonreír a los médicos y enfermeras. Están como sedados en una nube de algodón rosa: acarician sin pedir permiso, hablan con calma y naturalidad, siempre miran a los ojos.
Una mano que asoma por un pullover celeste me da los papeles que necesito y salgo de ahí, casi corriendo, después de haber respirado todo el aire de la esperanza y los pensamientos confusos de cientos de padres con sus hijos, escuchando en loop los gritos de una criatura que apenas abría los ojos y babeaba yogur por las comisuras de sus labios.

Me zambullo en un colectivo que va a la oficina y me entero que hay que volver a salir. Otra vez el Bajo y sus edificios gigantes, los turistas que papan moscas jugando a ser presa fácil de cualquier punga. Cuando llega Tir Na mBan, me doy cuenta de que estoy a punto de soltar la bolsa que llevo.

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Una torre alta y fea, marrón. Por suerte es rápido y la gente tiene esa felicidad ligera de viernes, te hacen todo más fácil. Llego a la calle. El cielo es azul y el pecho está vacío de esa llamita que tenía cuando salí de casa. Me apago.









Qué suerte que existe Joanna, un cacho de verde entre tanto gris.
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Buen fin de semana.