En estos veinte días sin escribir un cuento completo pasaron muchas cosas. Nació la hija de una amiga, supe que el sobrino por venir será varón, trabajé fuera de la oficina, empecé a correr, me propuse darle más bola al bajo y la guitarra, conocí a personas que solamente había leído, perdí la despedida de mi primo que ahora retoza en Nueva Zelanda, volví a escribir caminando. Me partí la frente varias veces, apreté los dientes y agaché la cabeza. Grité frente al espejo. Reviví viejas pesadillas. También intento empezar a sanar una vieja herida. Quiero exigirme un poco más. Acepto que aunque no sé cómo ni cuándo, ya sé qué y con quién. El futuro no es más que presente transcurriendo.
El proceso de aceptación es largo y tedioso, frustrante y esquivo. A veces me cierro, no puedo dar nada; no tengo más que unas ganas locas de desaparecer. Cerrar los ojos y que al abrirlos haya un vacío donde se arremolinan la lluvia, la nieve, el silencio. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté de pie sobre una roca frente al mar, temblando como una hoja que atraviesa el viento. Cerrar los ojos y que al abrirlos esté frente al valle verde que veías con el corazón antes de alcanzar la cima de la montaña. Cerrar los ojos y que al abrirlos me haya convertido en una ballena a la deriva, con todo el mundo por delante. Cerrar los ojos y que al abrirlos sea un perro lobo con recuerdos del fuego amigo. Cerrar los ojos y que al abrirlos todo sea nuevo.
Estirar la mano. Encontrar tus dedos. Recordar cómo era ser humana.
Se hizo de noche mientras tomábamos el último sorbo de exprimido. Ya no me latía el corazón como al principio, aunque sabía que él se iba en un rato nomás. ¿Qué otra excusa iba a poner para seguir hablando?
Esperé tanto ese momento, contando los días como una presa. De febrero a abril había cambiado de trabajo, desarrollado una lumbalgia y caído en la más profunda de las tristezas. No guardo recuerdos después de la primera semana de marzo de 2004, cuando volví del festival de cine. Ahí lo pasé bien. Dos semanas antes de eso, él me había despertado llorando.
Quería hablar. Yo lo amaba con esa voracidad de los veinte años y cada palabra que conseguí de él está grabada a fuego en mi memoria. Me senté con la espalda contra la pared, en esa cama descuajeringada que conocía mejor que ningún otro lugar del mundo porque él era mi mundo.
Y me dejó. Ahí mismo, abrazándome y llorando por primera vez. Qué fuerte era verlo llorar después de siete años de conocernos cada gesto. Fue una conversación muy breve en la que me limité a hacer gestos y monosílabos para no interrumpirlo. Acepté todo lo que dijo, no refuté nada. Lo único que podía pensar es "¿en qué fallé? ¿en qué fallé? ¿en qué fallé?", pero no conseguí articular un solo reclamo. Me dijo que ya no estaba enamorado, así que más no se podía hacer. ¿Qué importaba desde cuándo y por qué?
El amor nos había separado al fin.
Me pidió que no lo contactara más porque creía que no iba a poder resistir las ganas de verme si yo le dirigía la palabra. ¿Ni siquiera por mail o msn? Ni siquiera. Me logueé en el MSN en su computadora y le hice mirar mientras bloqueaba y eliminaba su contacto, el de sus familiares y amigos. Sonreí para darle ánimos en medio de las lágrimas y ahí, creo, me rompí. Una grieta fulera. Crac.
Era un sábado de verano y el calor dio la excusa perfecta para levantarse temprano. Creo que lo hizo para que no nos cruzáramos con nadie de su familia cuando saliéramos de la casa. Para que no vieran nuestros ojos rojos, como nunca habían visto u oído nada extraño entre nosotros. Me llevó a la estación de trenes en silencio y volvió a llorar cuando estacionó en la puerta. "Prometeme que vas a estar bien y no vas a hacer ninguna locura". Prometí, porque estaba muy convencida de que si bien ya no importaban un carajo ni la vida ni el futuro, era capaz de hacer por él lo que nunca haría por mí misma.
Ni siquiera me di vuelta a mirarlo por última vez porque ni bien cerré la puerta del 504 a mi espalda empecé a llorar con angustia, el pecho reventando de gemidos. Creí que me moría de dolor y me pareció tan injusto mostrárselo. Tan indigno. Corrí el tren, me subí a uno de los últimos vagones, me acurruqué junto a la ventana y quedé ciega al mundo. No escuchaba, no podía hablar, no hacía nada más que llorar porque no iba a escuchar su voz nunca más, no iba a poder tocarlo nunca más.
Recuerdo que pensé muchas veces "ojalá me muera ahora".
El vidrio en el que apoyaba mi cabeza reventó a la salida de Ringuelet. Sentí el estruendo en el cráneo. Volví a la realidad porque los pocos pasajeros del vagón me rodeaban gesticulando y gritando. Miré la ventana, había un agujerito y astillas que se desprendieron un poco cuando me separé de ellas. No escuchaba lo que me decían. Sonreí y les dije que estaba bien. Debatieron brevemente que si piedrazo o balinazo mientras yo volvía a apoyar la cabeza en el exacto lugar del agujero.
"Ahora no vas a llorar más" escuché. Y literalmente no volví a llorar. Crac. Los pedazos cayeron. Bajé en Constitución con un frío en las tripas que nunca había sentido antes.
Se hace de noche y yo pienso en todo esto. Gracias a vos, aprendí a escuchar y a hablar. Aprendí a aceptarme, ¿qué importa si el resto del mundo no te entiende? ¿No estás mejor ahora que sos un bicho a los gritos, que cuando te hacías la chica Clueless? Sí, estoy mejor gracias a vos. Qué mal me hace mirarte a los ojos y saber que este amor nunca más será correspondido. Tu mano sobre la mía y esa sonrisa de alivio sincero porque ahora podemos vernos como amigos.
"¿Viste que la distancia era mejor, al final?" Sí, la puta madre, era mejor. Procesé tu ausencia y en el camino me volví un fantasma. Mi familia ya no sabe quién soy. Estoy saliendo con un tipo porque necesito coger con alguien, querer a alguien, encaminar este quilombo que es mi vida y pretender que está todo bien. Pero justo ahora que pagás la cuenta y vamos hacia la puerta me doy cuenta hasta qué punto la tristeza agujereó el contenedor de mentiras, se colaron todas. Estoy vacía de verdades. Camino como un zombie y no paro de perder trocitos día a día. Como te perdí, me pierdo.
Una buena: ahora que no somos nada, por fin te puedo mentir. Y todo lo que ves cuando subís al auto y agitás la mano para despedirte es la mirada de una mujer que te quiere bien. Una mujer superada. Tu amiga. La realidad es que sigo vacía desde que te fuiste, que ese lugar no va a ocuparlo nadie y que ahora sé que se puede amar a alguien que no te corresponde, pero el precio es alto e innegociable.
Cómo iba a imaginar que ese frío en las tripas y la falta de lágrimas continuarían muchos años más.
(abril de 2004)
Esperá, antes de que te vayas
tenés que saber cómo me siento mientras te vas
Entiendo que necesites algo de tiempo,
un poco de soledad.
Esperá un poquito, antes de que te vayas
deberías saber ya que mi corazón es tuyo.
Sé que tenés que irte,
y puedo ver que no es fácil para vos, no.
Pero estaré aquí y sabé que mi alma
está siempre cerca tuyo.
Esperá, antes de que te vayas
tendrías que saber a esta altura
que te amo y que esperaré también.
Mueve la vid y las hojas caen,
derrama el vino y nuestros sueños se derrumban
todo alrededor.
Las arenas del tiempo se deslizan entre mis dedos.
Volvimos de viaje cuando todos se estaban yendo con una noticia muy triste a cuestas. En alguna parte de la ciudad que compartimos, esta vida se apaga y no hay mucho más por hacer. Una sonrisa y el puño cerrado, con el corazón apretado adentro y el resto es silencio.
La vida y la muerte sobrevuelan. Hay que estar muy adormecido para no sentirlo, muy metido en el trabajo o la rutina de los días, muy lejos de todo lo que se parezca a ser humanos. Cada vez que subo al auto me despido un poco de la vida porque en la ruta nunca se sabe. Nadie te va a cuidar allí. Ni el cinturón atado, ni toda la prudencia del que maneja te garantizan llegar a salvo cuando la premisa ajena es escapar.
Allá, en el silencio, la vida y la muerte también me acarician. Ardía Chubut mientras nosotros parábamos en Río Negro. El silencio del bosque en otoño, casi sin gente, con algunos perros peleando por las noches como única banda sonora de estas vacaciones, me puso en contacto con las cosas que más quiero y necesito.
Esta noche de sábado, lejos de todo eso (una vez más), nuestro Getsemaní es la sensación inexorable de final. Un final que es todos los finales. La red invisible te hace eso. Sos un hilo al que hacen vibrar otros hilos. El tapiz es intrincado; la distancia no significa nada.
Los seres humanos valoramos muy poco la compañía, en realidad. Nos agrupamos en megalópolis para no escucharnos nunca, exacerbamos emociones en las redes sociales para no tener que abrazarnos cuando estamos frente a frente, presumimos de informados cuando hace años que no caminamos un milímetro por fuera de la línea de lo que mandan los poderosos de este mundo.
No quiero pertenecer a este colectivo autómata al precio de perder mi humanidad.
Sí deseo, cada vez más fuerte, esta proximidad con el mundo que olvidamos de tanto anclar en el cemento.
Sensibilizados por la primera parte de nuestras vacaciones, decidimos usar los días que quedaban para recorrer la mayor cantidad de bosques posible. Hay un hilo común entre los anarquistas que nos configuran a él y a mí. Un hilo de silencio entretejido de árboles, insectos, aves, agua, tierra y piedra. Un silencio que tiene el olor del compost vegetal, la digna indiferencia de los coihues antiguos colapsados por las tormentas y de los gigantes verdes que se abrazan uno al otro mientras compiten por el sol.
Hay un hilo entre nosotros y el resto de los habitantes del bosque, los otros humanos que se escaparon del cemento y con los que interactuamos espontáneamente esos días, casi sin palabras. Ana, Adrián, Susana, Graciela, Edgardo, tantos otros cuyos nombres no pregunté y que no hicieron preguntas, tampoco. Ana, capaz de manejar veinte horas de ida y veinte de vuelta en un citroen hasta Córdoba para ver a una amiga que agoniza víctima del cáncer, apretarla en un abrazo y regresar enseguida porque siempre hay mucho por hacer. Adrián, que trabaja en silencio y apenas se anima a las sonrisas pero tiene el alma sensible a todo lo que respira. Edgardo, excéntrico chocolatero de costumbres exhuberantes, siempre firme en el único puesto de la feria que no cierra ningún día de la semana. Graciela, que llegó del litoral un verano y ya lleva cuatro inviernos seguidos en la Patagonia. Susana, que quiere morir de pie como los árboles haciendo lo que más le gusta.
Alguien me escribió el otro día "sos una especie de Henry David Thoreau femenina". Me dio vergüenza reconocer que no había leído nada de Thoreau, excepto citas sueltas. A mitad de este fin de semana largo llevo bien avanzado "Walden o la vida en los bosques", pero antes de eso caí rendida por el brevísimo repaso a los títulos y colofones de los libros. ¡"Caminar"! Siempre quise escribir un librito llamado Caminar para dejarlo de legado a mis niños. Más de dos siglos antes de mi propio nacimiento, sus amigos dijeron de Thoreau: "Caminar junto a él era un placer y un privilegio".
Más allá de toda pulsión de ambición o deseo propio, sería lindo que el día que me muera haya un solo ser humano que pueda decir eso de mí.
Chau no: hasta pronto. Te espero, te anhelo, te quiero. Tengo que dejar de escribir porque en cualquier momento vendrán a pinchar esta burbuja hermosa en la que me metiste.
No quiero obsesionarme, pero todo en mí grita que ya deberías haber llamado. Quizá es la ansiedad, la puta necesidad de que llames, es tan raro que no hablemos por más de medio día. No quiero tener miedo de nada. Ahora el mundo se concentra en este miedo que me aprieta el pecho, ¿es esto el futuro?
Sin embargo...
De alguna forma, nos estamos salvando la vida. Gracias a vos, hoy sé que puedo esperar y también actuar.
No voy a defraudarte porque no quiero defraudarte. Tengamos paciencia, seamos positivos. En el peor de los casos, mi incapacidad crónica para darle cierre a las cosas tomará unos días más de lo esperado. Cuándo, cuándo, cuándo. Ya sabés que mi problema no es el cómo, es el cuándo.
No es justo para nadie. Sé que no es justo. No soy ingenua: hay demasiadas cosas en juego. Todo pasó muy rápido y en muy poco tiempo. Cómo pedirte más de lo que ya estás dando. De los dos, el que más tiene por arriesgar sos vos. Pasé los veinticinco sin ninguna esperanza sobre el futuro y por primera vez tengo un norte; todo es posibilidad, todo es asombro, cualquier cosa juntos es más segura que la convicción más arraigada de esta misántropa en la que me convertí.
Van a ser difíciles los próximos días, cuando caiga en la cuenta de que ya no tengo tus abrazos, de que tu olor desaparece poco a poco de ese colchón donde caímos a disfrutarnos y devorarnos a pesar del calor. Anoche dormí en el piso en vez de la cama, en el colchón finito que conservaba para las visitas que nunca vienen, y que a partir de ahora ya no será para nadie.
Estaba tan asustada cuando llegaste, tan nerviosa. Y sin embargo me hiciste olvidarlo todo en el tiempo que dura un viaje en taxi desde Retiro hasta Balvanera. Siento que no estoy a la altura de tu esfuerzo. No sé cómo agradecerte por estas horas preciosas robadas a la rutina.
Como a cucharaditas el último resto de salsa del almuerzo que nos preparaste. Espero que me llames después de un día muy largo.
No será el mío, aunque siempre lo estoy masticando en mi cabeza. Saldrá cuando quiera o cuando esté listo, como me hacen todos desde que somos chicos. Lo que más me impresionó cuando comencé a leer sobre reproducción humana fue que las mujeres ya nacemos con todos los óvulos que lanzaremos al mundo una vez al mes durante todos los meses de nuestra etapa madura, hasta que no quede ninguno. Mis historias son como esa semilla. Sólo que no tienen regularidad ni obedecen a ciclo alguno. Vienen de algún rincón de mi cabeza, empujando la memoria o el sueño con la potencia de algo anterior a la vida fuera del útero.
A los otros intuitivos padres estériles en lo biológico y máquinas pulsionales de hijos de ficción/no ficción los reconozco en un parpadeo. Truman Capote entre ellos. Uno de los cuentos que más disfruté leer fue este:
En mi primera lectura emergió punzante, instantáneo, el personaje de Sook. No es el hilo conductor de la trama. Aparece en la apertura y el cierre del relato. Aún sabiendo que parte de esa estampa (si no toda) surgía de la propia vida de Capote, que ya me apasionaba hasta el punto de devorar sus ficciones buscando puntos de contacto con su cabeza torturada, suspendí la obsesión capturada por la inocencia de esa tía vieja.
Hace un par de días murió Rosa. La Rosita. La que nadie llamó tía, sino simplemente Rosa. La que apenas sabía escribir su nombre afirmando bien la lapicera y cuyos primeros años se pierden en la sombra de un pasado que no dejó herederos. Rosa, la inocente de la familia, la entenada de risa explosiva, malversadora del lenguaje. Rosa, que acompañó a mi bisabuela en sus mejores años hasta el final de los días y que pasó después a ser acompañada por nosotros, los que la íbamos dejando atrás.
Rosa, que me enseñó el truco para enjuagar la ropa y colgarla de la cuerda de forma tal que podía después guardarla sin arrugas, también cebaba los mejores mates de té de Gualeguaychú. Tenía una suerte increíble para la quiniela, justo ella que no comprendía totalmente el valor del dinero. Le gustaba su prolija rutina familiar, alterada cada tanto por los nacimientos y muertes que no parecían tocarla demasiado. Le gustaban los animales. Le gustaban los niños.
Hace un tiempo largo empezó a envejecer. Por suerte, casi no se dio cuenta. Rosita apenas registraba el dolor. Se quejaba más bien de los cambios en su entorno, de las interrupciones cada vez más largas del ritmo de la casa, de un cansancio inexplicable que no le permitía caminar derecha y rápido.
El deterioro de los inocentes es un latigazo que se los lleva en poco tiempo. Suerte que Rosa nos duró tantos buenos años. Tuvo una vida larga y feliz en la que recibió y brindó muchísimo amor. Rosa es para tres generaciones de la familia una marca de nacimiento que no se borra. Una compañera en nuestra infancia, un fastidio en nuestra adolescencia, una tía muy querida para la eternidad.
Agradezco profundamente que hayas sido parte de nuestras vidas.
Ejercer la empatía es transitar una delgada línea entre la mirada del depredador y la de la presa, sin saber bien a quién tenés enfrente "hasta que..."
Ni la mirada más transparente deja ver la intención cuando el psicópata es bueno. Conocí muchos muy buenos, pero el cuerpo también habla. Por eso no miro solamente a la cara, ni espero concentrar la atención en mí. Distraído, el objeto de estudio me revela todo lo que quiero. Más temprano que tarde.
La eficacia del depredador está en su capacidad de capturar primero con la mirada, después con una especie de devoción que no es otra cosa que un calculado interés. Dirá justo lo que querés escuchar. Tendrá gestos medidos de sensibilidad.
Todos los gestos estudiados son iguales. Siempre. El tema es distinguir si esa sensibilidad aprendida es producto de una necesidad real de experimentar sentimientos y emociones genuinas, o apenas otro cazabobos.
La realidad puede ser mejor que la expectativa, pero el delirante tiende a preferir su fantasía primero, recreándola mentalmente durante un determinado tiempo; luego buscará su concreción. Más a cualquier precio cuanto más delirante.
Lo bueno es lo malo de todo esto: nadie es infalible. Ni para protegerse ni para salirse con la suya.
Leer mucho ayuda a entender, pero nada abre tanto la cabeza como la búsqueda del conocimiento de los Otros que te rodean, con la misma curiosidad y atención que te dedicarías a vos mismo.
Funciono, como muchos de nosotros, a fuerza de paranoia. Pero la tengo tan naturalizada que se siente como si llevase un sistema complejo de alarmas revistiéndome por completo. Mi coraza es la exclusión del otro, su recategorización en depredador o presa.
Estaré a salvo mientras no me convierta en presa.
Mi objetivo vital es la supervivencia para poder seguir viendo estos tiempos con ojos bien abiertos.
Transito la línea cada hora de cada día, en cada espacio abierto y cerrado.
Si yo te contara, pienso mientras mis dedos tipean frases de elegante y esquivo flirteo en el teclado. Si pudiera decirte todo lo que soy realmente, cómo me siento por las noches cuando me voy a dormir, quizá entenderías. Pero ni siquiera me ves ahora, por suerte no tengo webcam; ni siquiera me ves en remerón y chinelas, el pelo revuelto y sucio de dos días sin bañarme. No ves que a mis pies hay un envase de cerveza vacío, otro a mi lado en la mesa de la compu y un tercero en la heladera.
Si me oyeras hablar ahora te darías cuenta de lo mucho que me cuesta articular una sola palabra. ¿Y si me vieras, qué? ¿Y qué si me escucharas? ¿Preguntarías por qué me estoy haciendo esto? ¿Querrías saber más? Yo no te diría nada. Nada. Me quedaría metida en esta cueva mental, los labios apretados en una sonrisa helada que es el candado de mi alma, desafiándote a leerme solo con tus ojos.
Mientras escribimos cosas que empiezan a erizarme la piel y tenemos epifanías capaces de parar el tiempo, pienso en todo lo que no te he dicho pero que ya intuís: que te miento en la edad (sin decírtelo), en el aspecto físico (sin decírtelo); en la situación sentimental que nunca se menciona. Que al esconderme entre palabras te estoy mezquinando Agustina, que mientras creo que te estoy abriendo el alma apenas estoy demorando el momento de la salida.
Porque sigo encerrada en un metro cuadrado con plantas de plástico y una claraboya intentando pensar que estoy en un mundo interior rico, vasto. Hace años que me apagué, esa es la verdad. No sé desde cuándo. Gracias a nuestras charlas empiezo a echarle la culpa a esta sociedad caníbal a la que yo misma decidí mudarme. Es un comienzo, un paso; ponerle fecha a esta depresión. Todavía me falta darle nombre a otras carencias. Todavía no asumo que estoy en depresión.
Pretendo ser una mujer misteriosa, extravagante, incomprendida y de profunda belleza interna, oscura y atormentada, citando a músicos que nos gustan a los dos. Citando a Tolkien, a la Biblia, a Leonard Cohen. Y mientras yo creo que te vendo a Brigitte Bardot (pero a los setenta: tortón y arrugada, rea y malhumorada), vos comprás a Jane Birkin. Me imaginás morocha y de huesos menudos, mucho más chica que vos en físico, aunque más próxima en edad. Y en este juego se nos va la vida. Vos, desnudo y sincero en cada letra; yo, bicho bolita, enroscada e hipócrita. Tratando de avisarte que es momento de huir de mí antes de que sea tarde, pero sin poder evitar quererte, pedirte en muda manipulación que te quedes.
¿Cómo puedo decirte que te quiero sin que huyas? Pero te quiero. Recién empecé a chatear con vos hace cinco días y ya no puedo vivir sin tus palabras, sin ver parpadear la única ventana de MSN que tengo abierta ahora (antes podía atender siete, diez conversaciones a la vez; ahora no quiero, me olvidé cómo se hacía). ¿Te quiero o me estoy encaprichando de nuevo? ¿Ya te hablé de los mecanismos de mi obsesión? ¿De cómo mi cabeza se agarra a una idea y no puede parar? ¿De que convierto en cenizas todo lo que toco? Ah, me hablás de otras mujeres, de tu corazón en ruinas, de tu falsa apariencia de estabilidad, de tu frialdad y tu reticencia a los abrazos. Y me envalentono, y te digo que soy Ungóliant; que no paro hasta conseguir lo que quiero y que ese objeto de deseo nunca es poca cosa. Yo quiero la luz de todo lo que existe, la que está enterrada en el corazón de los hombres heridos y sensibles como vos, porque hace tanto que no brillo que creo que ya no tengo una luz propia. Nos enredamos en la historia de los Silmaril y mi amenaza queda en suspenso.
Ya la recordarás. Mientras, seguimos escribiendo.
La música que llega a tu vida por una razón y se queda como banda de sonido de algunos momentos no necesita justificación alguna. Casi todas las canciones de este álbum definían una época... claro que, mientras lo escuchábamos, no nos dimos cuenta.
Los niños de mi vida tienen su propia sensibilidad. Justo en el umbral de la adolescencia, cuando se me escapan, puedo reconocer un poco de lo que serán. En ese umbral los dejo para que más adelante puedan buscarme por sí mismos si lo necesitan, y me vuelco (no tan) inconscientemente a los que me quedan cerca, en la parte más interesante de la infancia: cuando afloran los miedos, el reconocimiento del Otro, las primeras preguntas que no empiezan con "¿por qué?".
La peque me dejó abrazarla, hecha un bollito en la cama al final de un día largo en el que nada salió como ella quería. Después de haber llorado mucho y de espantar la tristeza con un chiste (su mejor amiga tiene una enfermedad rara, no la está pasando bien) se hizo un silencio entre las dos. Al final de la pausa estaban sus palabras, las que quiero recordar para siempre:
"Esto puede sonar raro" dijo con una sonrisa vergonzosa "pero voy a tener ocho años una sola vez en la vida".
Y me miró haciendo una mueca de pánico.
Ella, ocho años recién cumplidos, tiró esa frase prolijamente armada después de un importante estallido emocional. Es fácil darse cuenta de que no estaba simplemente repitiendo como un loro algo que escuchó (seguro se lo dijo su madre cuando fue a consolarla). Cuando la miré a los ojos, supe que ese pensamiento ya es parte de ella y que puede comprenderlo.
Así que repregunté:
"¿Creés que va a ser un año importante de tu vida?"
Hizo que sí con la cabeza, muy convencida, y replicó, como siempre, con otra pregunta:
"¿Cuál fue el año más importante de tu vida?"
Me obligó a pensar lo suficientemente rápido para no perder su atención. Le conté que creía que el más importante era 1992, e improvisé una lista de sucesos:
- Fue mi último año de escuela primaria, y me separé de muchos amigos que quería.
- El primer chico con el que me "arreglé" cortó conmigo avisándome a través de un primo.
- Escribí mi primera novela corta.
- Me iba bastante mal en el colegio y no tenía muchos amigos porque era chinchuda y peleona. Eso me hacía estar mucho tiempo sola para leer, pensar y escribir.
- Tuvimos el primer divorcio en la familia.
- Murió mi abuelo paterno.
Lo del abuelo la impresionó mucho: ella todavía tiene a los cuatro vivos. Por las dudas, le aclaré que con ese abuelo no teníamos mucho trato, que no era igual a su Tata, pero que igual me dio mucha tristeza cuando murió. No le dije que había visto llorar como nunca antes a mi papá (su abuelo) ni le hablé de la angustia que me quedó en el pecho mucho después de salir del velorio. Pero necesitaba decirle algo que la acercara a la niña que fui entonces y que se parecía a ella más que a ninguna otra de la familia.
Le conté que al día siguiente de la muerte del abuelo tenía un cumpleaños, el último que festejaba conmigo una de las compañeras que perdí en el camino al secundario. Que me habían insistido mucho para que fuera y que mis papás estuvieron de acuerdo en que yo debía ir. Recuerdo incluso la ropa que llevaba puesta: un pantalón de corderoy rosado, una blusa clara de mangas cortas, el pelo en media cola con una cinta de raso blanca. Llegué, entregué el regalo, comí y me pasé el resto del cumpleaños hamacándome sola al costado del patio.
Sin estar exactamente acongojada, sentía que le debía a mi abuelo un par de días de silencio mientras ordenaba mis sentimientos hacia él, las sensaciones que me generó encontrar a la parte de la familia que no trataba nunca, la extrañeza al verlo en el cajón. Se lo expliqué lo mejor que pude sabiendo que me iba a entender aunque jamás hubiera vivido algo parecido.
"Entonces" dijo "un año importante en la vida sería cuando te das cuenta de que pasa el tiempo y que no vuelve".
Conócete a tí mismo, me dijo al oído un segundo antes de que el cirujano me quitara el cordón del cuello.
Tengo registros muy precoces de la voz que me habla usando mi propia voz, nací con los ojos sin vendar, nada del mundo se me escapa.
Entonces, el velo de los otros como capas traslúcidas. Una sobre otra hasta que mis ojos no pueden ver bien. Recurro al hambre. Olfato y gusto sobreexcitados borran el tacto, el dolor tarda en llegar a mi cerebro hasta que es muy tarde.
Las capas siguen acumulándose. Pasan los años.
Hago cosas muy malas por dar palos de ciego en la oscuridad, víctima y ejecutora de una curiosidad que es más desesperación que vocación de supervivencia. Por alguna razón, no pierdo el camino del todo. Conócete a tí mismo, con los ojos bien abiertos. Aprendo a caminar para aclarar la cabeza y me vuelvo una vagabunda estético-emocional que no puede parar de ver alrededor. El objetivo se demora, pero el conocimiento al alcance de la mano es tan abrumador. Tan tentador.
Ser parte de otros es una idea que seduciría a la misma Obsesión. Hurgar en otra mente, ese impulso tsunami. Virtualmente imposible de detener.
No soy un robot, pero a veces me muevo como uno. En los días de angustia, envuelta por la bruma negra, llevo la sombra a todas partes. Alrededor se hace el silencio, como cuando se callan los pájaros en el bosque. La fiera va herida buscando algo. Dejo de interesarme en los otros y sudo alquitrán, balas, fuego.
Cada tanto esgrimo el cuchillo que rompe los velos para permitirme espiar las verdades del mundo con los ojos bien abiertos. Y aunque cada grieta es una herida que duele como ninguna, aguanto cada vez más tiempo el cuchillo, buscando el camino al mundo originario.
(este video es una obrita de arte del montaje. Acompaña la música de Peter Gabriel una selección de escenas de la película "Mononoke Hime" de Hayao Miyazaki, posiblemente una de las películas que más veces vi en mi vida).
Todo lo que como está muerto. La carne, las verduras, los lácteos, los granos. Cada cosa que tomo para nutrirme fue fulminada, arrancada, procesada, devastada antes de llegar a mi boca. Y algo en mí sabe que aunque cada porción de alimento empezó un proceso de vida aparte con la descomposición, una colonia de bacterias no baila en mi boca como lo haría un trozo de carne todavía caliente, o una hoja espléndida de lechuga tomada directo de la planta.
Cuando era chica me gustaba tumbarme en el pasto boca abajo y arrancar los macachines para comerlos pétalo a pétalo hasta llegar al cáliz, lo más rico de todo, con una dulzura que no existe fuera de la propia flor. El tallo era tan tierno que me ponía contenta solamente de morderlo. Chupaba los tallos de las flores silvestres como otros niños chupaban los caramelos Mielcita. Pero la primera flor que ejecuté a dentelladas fue un jazmín del país, y su gusto se reveló tan distinto del aroma que me dejó impactada. La carnosidad de los pétalos y su astringencia simultánea eran una contradicción que me volvía loca. Nunca más, juraba cada vez, y cada vez caía en el hábito. Las primeras rosas (y las últimas) regaladas por un novio. Los rabanitos de la huerta de la Gringa. Moras y hasta la comida de los perros. Todo me incitaba a morder.
Mi voracidad es atávica. No sé de dónde viene. Me cuentan que cuando era un bebé que todavía no sabía hablar ni caminar, aplaudía y chillaba en mi sillita alta cada vez que el plato de comida llegaba a la mesa. Que arrancaba las plantas del patio de los abuelos y a veces las mordía. Desde que tengo memoria estoy en las cocinas o al lado de la parrilla observando a madres, tíos y abuelos en el acto de cocinar. Lista para robarme algo. A los seis sacaba de la heladera un paquete de salchichas de viena que comía a escondidas en el lavadero, una tras otra hasta que me dolía la panza. Comía a cualquier hora y en cantidades alarmantes.
Carne cruda, masa cruda, semillas, granos sin tostar, bichos de mar vivos y frutas directo de la planta con la rapidez y la angustia del que sabe que se está despidiendo. Comía con lágrimas en los ojos o riendo como una maníaca. Si dejaba de comer, era grave. Alimentarme es mi vida.
Nunca estaba satisfecha. Nunca estoy satisfecha.
Los apetitos te forman y te cambian, al mismo tiempo que se forman y cambian. El anhelo detrás del apetito, la famosa ansiedad, es un pozo que no tiene fondo. Sé que hay un tabú detrás de mi deseo porque cada vez que veo una rosa y se me hace la boca agua, cada vez que sostengo algo vivo entre mis manos, cada vez que un ser humano se brinda indefenso a la engañosa seguridad de mi abrazo, el caníbal en mí descoyunta las mandíbulas en un grito sin sonido que taladra la tierra y es el origen de todos los terremotos que sacuden mi mundo.
Empezó con la alarma del celular, la mañana de un día cualquiera. En mi celular siempre hay seis alarmas: tres fijas y tres móviles que voy editando según las necesito. Las apago y me levanto sin hacer ruido. Todas las mañanas empiezan igual, llenas de posibilidades; no sé lo que es levantarse de mal humor. Nunca preveo bien cómo va a ser el día. Tengo un techo sobre mi cabeza, qué importa si la ventana da a una calle semicortada y repleta del tránsito y del ruido de Buenos Aires. Tengo un trabajo, tengo una vida plena que disfruto a fondo, obligaciones como las de cualquier otro y una pizca de neurosis por despejar, pegaditas a los sueños que quiero cumplir.
Esa mañana cualquiera me descubrí incómoda nomás apagar la alarma. Físicamente incómoda. Por primera vez en muchos años, tuve rabia de tener que salir a la oficina. No era la sensación de "ufa, hay que salir a la calle" o "hay que laburar" que todos conocemos en algún momento de la vida. Era una sensación bien de mierda, una cosa negra y viscosa que se pegó a mis huesos y ya no me abandonó más. Era la anticipación de ocupar un espacio que no siento propio ni prestado, en un lugar donde siempre estoy incómoda. El hábito de ser agradecida me impedía darme máquina con la idea, pero esa mañana no hubo manera de frenar el malestar.
No quería vestirme. No quería salir de la casa. No quería hacer otra cosa que volver a la cama a mirar el techo y retomar lo que fuera que estaba pensando antes del sonido de las campanitas del celular. Por supuesto, y como soy una buena salvaje, reprimí cada impulso. Me vestí, desayuné, me fui escuchando la radio. La apagué no bien llegué a la parada del colectivo porque tampoco soportaba a los conductores del programa. Abrí y cerré todas las aplicaciones buscando algo que me sacara la sensación de mierda de encima. No hubo caso.
No voy a profundizar en lo desestabilizador y tortuoso que fue ir todos estos días a trabajar sin ganas, amargada, exprimiéndome las neuronas para intentar definir qué, qué, QUÉ MIERDA está pasando que ya se me cortó el hábito de la buena onda, que no puedo formular un solo pensamiento positivo aunque los siga teniendo, que no puedo parar de pelearme conmigo misma y esto va a terminar con peleas en el entorno porque el malestar ya se volvió indisimulable.
Mi cabeza es una habitación desordenada, llena de cajones que aparecen y desaparecen, que cambian de lugar y de forma. Estoy acostumbrada a ese movimiento interno porque es hijo de mi conciencia. Últimamente ando poniendo un poco de orden en los cajones que conozco mejor y es posible que algo que toqué esté generando esa incomodidad.
No se puede ser feliz en todos los ámbitos, me enseñaron desde muy chica. A veces hay que hacer cosas que no te gustan y cuando sos grande se pone peor. Muchas veces hay que renunciar por causas mejores, proyectar para un futuro, darle espacio a un Otro. Esos mantras saltan de los cajones al piso todo el tiempo y tengo que ponerme a levantar los pedazos. Hasta que me canso y no ordeno más, no junto más, no sostengo más nada. Quiero caer de rodillas en el desorden y gritar hasta que la voz se rompa y se vuelva chiquita de tan poco aire en los pulmones.
Entonces lo vi, un segundo. A todos los cajones ordenados. No sé cómo ni cuándo pasó, fue apenas eso: un segundo. Me sequé los ojos y todo seguía igual: las puertas batientes, cortinas ondulando con el viento, papeles tirados, cajas y un montón de talismanes regados por ahí, llenos de polvo. Alguien me tomó de la mano y me dijo al oído: "Equivóquese". Y todo volvió a tomar un ritmo: las alarmas, la rutina, las no ganas de vestirme, salir a la oficina, hacer las cosas que hace cualquier ciudadano promedio, volver a casa.
Hay una pequeña diferencia ahora, sin embargo. La diferencia entre una media del derecho o del revés: ahora trabajo en casa, lo que quiero ser y hacer está en casa todo el tiempo. Pero no lo puedo apagar cuando me voy de aquí, continúa cuando duermo y se lleva como el culo con los celulares, las alarmas, las distracciones y la cotidianeidad.
La incomodidad persiste. El movimiento, ese territorio que creía tan mío, puede ser un lugar tan inhóspito como la quietud misma.
(¿ven el videito ahí abajo? habitualmente lo pongo para que le den "play" antes de leer. gracias)
Mis sueños se volvieron vívidos 24/7 desde agosto, no puedo registrar el momento preciso pero sí lo que yo estaba mirando del otro lado de la realidad: un techo de vigas de madera con anillas metálicas incrustadas estratégicamente. El sonido ambiente: pájaros, viento entrando por ventanas abiertas. Perfume a menta y romero. Me desperté y desde entonces cada día de cada semana mis sueños son vívidos y hay elementos que se repiten.
Hay una secuencia perturbadora. Estoy frente a un camino que lleva a las montañas, entre el silencio cargado del bosque poniéndose en pausa y el sol derramado sobre todas las cosas. Alguien sale de entre los árboles y se para frente a mí para desafiarme en un lenguaje que no entiendo. Reconozco al cuerpo que habla aunque no comprenda las palabras: soy yo, parada frente a mí, a menos que la que creo que soy yo sea en realidad otra persona. ¿Cómo saberlo? Me toco la cara. Qué curioso, cómo después de treinta y cuatro años de tocarme la cara a diario no soy capaz de reconocer mis rasgos por el tacto. El pelo parece mío, las manos las reconozco. Debo ser yo y por alguna razón, me estoy batiendo a duelo conmigo misma del otro lado de la realidad. Donde todo es posible. Donde vivo hace meses.
Una noche de nuestras primeras volvíamos del cine y algo se rompió en mí. Salí llorando y seguía llorando cuando entramos al departamento. Lloraba sin poder decirte nada, sin poder darle una explicación a tu cara de angustia. Lloraba porque tenía el pasado y el futuro atragantados en el pecho y creía que no iba a poder desatar jamás el nudo de la culpa. Años después pude poner en palabras lo que pasó esa noche. Cuánta paciencia en todo este tiempo, ¿alcanzarán los días por venir para agradecerla?
Me cuesta hablar de lo que llevo adentro. Puedo llenar los espacios con chorreras de anécdotas y relatos divertidos o tristes de una época que ya pasó. Puedo analizar en retrospectiva casi todas las cosas, aunque a veces elija seguir tergiversándolas porque no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia, ¿era así? Y yo nací para transmitir. Nunca sé qué. No sé si bien o mal. Es para lo único que soy buena.
Cada vez que siento que viene el terremoto, alejo a todos los que quiero de mi lado pero a vos te pido que te quedes. Es la primera vez que le pido a alguien "quedate, no te vayas". Cada primera vez juntos es fundacional. Salgo transformada de cada una de ellas, igual que vos.
Te vi resurgir con fuerza nueva de lugares imposibles, cómo no voy a creer que sos capaz de soportar estos temblores. Acurrucada en tus palabras y silencios soy la que nunca me permití ser: una niña que busca protección. Nunca me cuidó nadie. Fui la primer flecha disparada y todavía corto el viento sin saber a dónde voy. Vos, clavel del aire, llegaste y con firmeza te acoplaste a mí, sabiendo que podés seguir de largo cuando quieras. Que yo puedo seguir de largo cuando quiera.
Es tiempo de empezar cada día. Dejo el lastre en tierra, olvidate que alguna vez fuimos humanos. Nacimos para esta felicidad esquiva hecha de instantes perfectos y tantos tropiezos. Somos los tuertos, los tullidos, las ruinas de algo hermoso. A cada rato estamos por explotar. Gracias a esta comunión extravagante y pagana, el napalm se transforma en fuegos artificiales para que los de afuera no tengan miedo. Bien que hacen; conocen nuestro potencial de incendio. Desde la primera hora de la mañana hasta la última de la noche planeo en el aire buscando el lugar donde finalmente creceremos.
No me sueltes, también tengo la fuerza para cargarte si hace falta.
Este es mi refugio, mi templo. El reino de lo escrito. No importa cuánta ansiedad tenga encima si hay a mano elementos para escribir. Me lo repito desde que me levanto: estoy en el paraíso. ¿Por qué? Si todavía no consigo alcanzar todos mis sueños, si la plata no alcanza, si los proyectos siguen siendo apenas proyectos. Estoy en el paraíso porque me despierto cada día sana y lúcida, con la mente clara, dispuesta a trabajar por esta ciudadela móvil que todavía no encuentra el suelo donde afianzarse.
Empiezo a entender que puedo ser una en gajos para siempre. Estoy bien con eso.
Hago las llamadas necesarias. Me permito equivocarme sin pedir disculpas. Dos logros de este año, y cómo cuesta desafiarse todavía, y cuánto falta.
La Agus que hilvanaba historias taconeando guillerminas en el damero de la Villa creció y se volvió un monstruito anarquista que nunca está completamente cómodo en ninguna estructura, que todavía intenta sacudirse rótulos, buscando salir del cuadro. Una cosa amorfa que lo único que tiene de armonioso es esa música de fondo, la canción perfecta con la que fue pensada y engendrada. Poco más.
Soy una chispa vital ambulante y a veces la sobrecarga me taladra la cabeza. Soy caprichosa, inestable, iracunda. Menos que muchos de todos los que me rodean; ellos no se dan ni cuenta de que los miro desde el suelo mordiéndome las uñas.
Escribí esto en cinco minutos sin corregir ni repensar porque tengo que salir a la calle de nuevo, y no saben lo que le cuesta a quien ganó la paz en su casa volver a la vida fugaz de cientos de extraños que gritan en silencio.
Lo escribí porque escribiendo me doy fuerzas. Cuando no tenga ningún otro soporte, lo tengo claro, escribiré en la piel.
Soy de las palabras, sean escritas o pronunciadas. Soy la esclava de las palabras. Cuando no salen, me tienen atada al metro cuadrado del sótano con una ventanita chica allá arriba. Cuando salen pueden convertirse en un tsunami, algo monumental y catastrófico a la vez. Son mías y las uso como quiero, excepto cuando otro encuentra palabras mejores y me tira de vuelta al sótano, a pan y agua hasta que descubra la manera de volver a contar.
De un tiempo a esta parte está sucediendo que los demás agitan el caldo y las palabras llegan solas a mí, como latigazos. Como luciérnagas. Y yo, que soy medio miope y encima ya me acostumbré a los golpes de lucidez, tengo que salir a correrlas para entender de qué están hechas, qué quiso decir esto, cómo puedo reproducir la imagen que se acaba de formar en mi cabeza. Los que me hablan en estos años post-crisis de los 30 no tienen idea de la monstruosidad que ayudan a generar con sus palabras. Hablan de ellos, pero hablan de mí. Cuentan su vida y despejan ecuaciones que aclaran un poco la mía. Lo que me acerca a todos estos nuevos extraños desarma mi identidad y la pone en duda. ¿Qué fui todo este tiempo? ¿Qué puedo cambiar?
¿Qué pasa con lo que no cambia con los años?
Por ejemplo, este amor por el clima frío. Mi imposibilidad de fastidiarme aún si el frío me hace pasar una mala noche. La alegría enorme al sentir la cara escarchada, los pulmones llenos de un aire doloroso y cortante. Los dedos dormidos, los labios azules, el abrazo del frío húmedo que usa mis piernas de raíz para treparse por los huesos hasta el cráneo. La muerte blanca, quedarse frío, Jack London, las crónicas de los exploradores polares, "Viven!", mis inviernos de enfermedad y soledad. También los pasos de ballet en un césped helado, puños infantiles quebrando la superficie helada de una palangana para que los animales puedan beber antes de mediodía. Tanto positivo, tanto negativo, y pese a las asociaciones dolorosas amar el clima frío, preferirlo al abotagamiento del calor.¿Por qué esto no cambia con los años?
La epifanía personal es una astilla bien clavada que un día asoma, por cansancio de la misma piel o porque la podredumbre pulsa debajo para que salga. Hay astillas con las que nacemos sin saber y se disuelven despacio hasta volvérsenos parte. Son las insacables, y cuando encuentro una intento entender qué función cumple, cómo me afecta, cómo llegó, cómo la anulo. Las otras son mi obsesión, las que se pueden extraer, estudiar. Las que tienen interpretación y, quizás, una cura.
Por ejemplo, este amor por el clima frío que me acostumbré a no explicar y que es la punta de una astilla que asoma bajo un abceso particularmente grande. Los amores, todos esos amores más grandes que la vida, todas esas pasiones que no tienen explicación porque son emoción pura. Detrás de esas manifestaciones engañosamente simples, placenteras aunque pequeñas, insignificantes hasta para darles categoría de compulsión, están las tormentas.
Quisiera tener algún talento que me gustara exhibir. Quisiera no tener las cosas tan borrosas. Quisiera empezar a reconocer que todas las palabras duras que alguna vez dije y escribí también hablan de quién soy y cuáles son mis miserias. Los puntos débiles me los reservo, porque tengo un deseo mortal pero no voy a mostrar el flanco, no soy tan fácil. No soy nada fácil, en verdad.
Vivo con todos mis vivos y muertos a cuestas, no me los saco ni para hacer las cosas que más me gustan, pero puedo apagarlos si quiero. Sabrás disculpar que no cargue con vos, tengo que dejar lugar para futuros muertos importantes. Aunque podés ser el muerto de otro, si querés.
Mi deseo para el fin del mundo es convertirme en otra Jean Baptiste Grénouille, creando una paradoja que me borre de otras vidas. Tirar una bomba de humo que los que valgan algo puedan atravesar si el deseo es sincero. Eso busco cuando me desbarato en palabras: confundir, alejar, diluírme. Desvanecerme de la memoria del indeseable y el dañino, ser un agujero en la tierra del que salió un árbol que nadie sabe quién plantó, que no es de nadie.
Desato los nudos de la panza pensando en esas cosas mínimas que me reconectan con la vida. El calor de tu mano que siempre encuentra la mía. Los videos de las nenas. Las fotos de los últimos viajes. Los paisajes que rondan mi cabeza, la ficción y la no ficción, los gritos que voy a dar cuando pueda volver a gritar por algo. Un recuerdo feliz que amaga terminar en lágrimas. El instante suspendido entre una mezcla de aromas que abraza a la Agus que fui. Pensar qué bueno que existe un hombre que sabe y disfruta besar. Desearle el bien a los que ya no tengo cerca y acariciarlos de paso en la distancia de un afecto congelado.
Pienso en el tiempo que se detiene y retoma en cámara lenta, en la música que resignifico a cada escucha hasta exprimirle la última nota. Escribo mentalmente las canciones que serán. Pienso en los ojos de un niño que todavía no conoce el dolor y que mira todo como si quisiera comérselo. En las mandarinas al sol del otoño entrerriano. En la textura de los pantalones Adidas con las rodillas gastadas por los años de uso (no me los quería sacar nunca). Pienso en cómo se veía el cielo desde el fondo del agua con las primeras gotas cayendo mansas en la superficie.
Giran en mi cabeza como mantras infinitos para que pueda seguirlas pensando una y otra vez. Mi remedio natural para la inquietud de las tripas: la imaginación. En otro lugar, en otro Universo, está pasando esto: dos hermanos se enamoran, las ratas dominan el mundo, un vaso que se rompe marca el inicio de una guerra y nace un niño sin boca. Anoche soñé con ríos de un verde imposible y sé que en algún momento, quebrando el tabú de todos estos años, me atreví a mirarme a un espejo. Y me desperté.
Salí a la calle a las siete; doce horas después voy caminando el ruido humeante de Buenos Aires mientras mi cabeza les cree por un momento a mis ojos que sólo pueden mirar los pocos árboles y volar rápidamente al lugar que me espera en el futuro.
Llego a casa y ya no hay nudos porque voy desenvolviendo mis capas de mundo a medida que me saco los zapatos, la ropa y la pegajosa grisura ajena. Llego a casa y todo lo demás se borra.
Hace mucho que la gente dejó de leer blogs. Nos quedamos los pocos que todavía entendemos para qué queríamos uno, y a veces ni siquiera nos devolvemos la visita como exigía la etiqueta tácita de aquellos primeros años. Quién sabe si conservo yo los mismos lectores del 2005 o si ahora me frecuentan otros nuevos, de perfil inimaginable. Quién sabe si se habrán tomado el trabajo de leer todo el blog (como hago yo cada vez que encuentro uno, aunque me pasa cada vez menos) para entender cuánto de lo que era ya cambió.
Por si sos uno de los últimos, tengo que advertirte: Me gustan los cambios. Cuando no estoy motorizando un cambio me pongo mustia, impredecible. Donde otros verían seguridad en las tres malditas palabras "zona de confort", yo veo un semáforo enloquecido, intercalando amarillo y rojo, amarillo y rojo. "Comodidad" me es tan mala palabra que cada situación en que la viví es la peor etapa de mi vida que puedo recordar. Los cambios no necesariamente requieren de una experiencia cercana a la muerte, un viaje bisagra o el encuentro con tu persona favorita. Los cambios no requieren un despliegue rotundo de dinero ni la entrega absoluta del que quiere cambiar a la adrenalina de un momento. Si se mezcla todo esto nos volvemos bombas de tiempo caminando, en pánico por el horror vacui y propensos a volarnos a la menor amenaza. Decimos sí, sí, sí, sin pensar un solo segundo. Y volamos. Vaya que volamos, una y otra vez. Cada vez, los cambios cuestan menos y se vuelven la norma, no la excepción.
Hay un origen de lo que llaman la inteligencia emocional, yo estuve ahí. Yo lo viví. Lo recuerdo aunque fuera muy chica, como estoy condenada a recordar las impresiones más terribles también. Es el origen de todo el amor, o si te gustan las metáforas musicales: el preludio. El prólogo: mirá lo que tenemos por delante. Empieza con una respiración tibia y emocionada perceptible en el radio de un metro cuadrado de uno mismo, y puede terminar de muchas formas. El círculo perfecto concluye con un abrazo, que es a su vez un círculo perfecto aunque sus extremos no se unan: la intuición formaliza y completa el contacto.
Cada vez que cedo a la idea de un cambio, cada vez que venzo el miedo y salto al agua revuelta, recibo a cambio un abrazo que sólo puedo identificar con el primero. Mi preludio: los brazos de mi madre, que jamás se me negaron. Los de mi padre. Los de mis hermanos, tíos, abuelos. Los de mis niños cercanos. Las primeras amigas.
Tan reales estos brazos que me rodearon que me volvieron sólida, segura. Nunca dudo de mí ni de mi poder: soy capaz de curar porque fui curada por la misma fuerza que después me enseñó lo que podían doler algunas heridas. Soy el brazo ejecutor de mis propias profecías, sean vaticinios de amor o de desgracias. Porque ser inteligente emocional no significa ser sabio, ni siquiera aproximarse a eso. Aunque sí es una ventaja en el camino: conozco lo que hay y lo que puede haber, lo acepto sin miedo, y aquello que se me dio en abundancia lo entrego sin reservas.
Me sigo equivocando y me levanto con la boca llena de sangre, mocos y lágrimas. Algo que saben los que pueden sentir que en cada abrazo entrego un pedacito de mí misma. A esa Yo monstruosa que no puedo tolerar del todo, ellos no le tienen miedo y la reciben con abrazos cuando llega a casa, porque alguna vez esta cosa torpe y deforme que puedo ser les dio lo mejor de sí misma, lo más importante que aprendió de chiquita y lo único que puede enseñar: el amor no se le niega a ninguna criatura de la Tierra.